GIBRÁN KHALIL GIBRÁN
ESPÍRITUS REBELDES (1908)
KAHLIL EL HEREJE
I
Sheik Abbas era considerado un príncipe por los habitantes de una aldea solitaria del norte del Líbano.
Su mansión, situada en medio de las pobres chozas de los aldeanos, parecía un saludable gigante rebosante
de vida en medio de débiles enanos. El Sheik vivía rodeado de lujo, mientras sus vecinos soportaban una
penosa existencia. Lo obedecían y se inclinaban respetuosamente ante él cuando se dirigía a ellos. Parecía
como si el poder de la mente lo hubiera designado su portavoz e intérprete oficial. Su cólera los hacía
estremecer y dispersarse como las hojas barridas por el fuerte viento del otoño. Si abofeteaba a alguien, era
una herejía por parte del individuo el moverse o levantar el rostro o evidenciar cualquier intento de
descubrir el porqué de tamaña ira. Si sonreía a alguien, éste era considerado por los aldeanos como la
persona más honrada y afortunada. El temor y el sometimiento de la gente no era consecuencia de la
debilidad: la pobreza y necesidad habían provocado este estado de perpetua humillación. Hasta las chozas
en que vivían y los campos que cultivaban pertenecían a Sheik Abbas, quien las había heredado de sus
antepasados.
La labranza de la tierra, la siembra de semillas y la cosecha del cereal, todo era realizado bajo la
supervisión del Sheik, quien, a cambio del esfuerzo realizado, recompensaba a los labriegos con una
pequeña porción de trigo que apenas les alcanzaba para no morirse de hambre.
Con frecuencia, muchos de ellos necesitaban pan antes de finalizar la cosecha e iban a pedirle al Sheik
con lágrimas en los ojos que les adelantara algunas piastras o un poco de trigo; el Sheik accedía gustoso,
pues sabía que pagarían sus deudas con creces cuando llegara el tiempo de la cosecha. Así, aquellos
hombres permanecían endeudados toda la vida, dejando un legado de deudas a sus hijos, y se sometían a su
amo, cuya cólera habían temido desde siempre y cuya amistad y estima habían permanentemente tratado,
en vano, de ganar.
II
Llegó el invierno, y con. él la pesada nieve y el viento cruel; los valles y los campos quedaron desnudos
salvo por los árboles sin hojas que se erguían como espectros de muerte sobre las desiertas planicies.
Después de haber guardado en los graneros del Sheik los productos de la tierra, y de haber llenado sus
copas con el vino de sus viñedos, los aldeanos se retiraron a sus chozas para pasar una parte de sus vidas
holgazaneando junto al fuego, y recordando la gloria de épocas pasadas, y relatándose unos a otros las
historias de cansadores días y largas noches.
El viejo año había exhalado su último suspiro en el cielo ceniciento. Era la noche en la cual el Año
Nuevo sería coronado y colocado en el trono del Universo. Comenzó a nevar pesadamente, y los vientos
ululantes descendían de las encumbradas montañas hacia el abismo, y arrastrando la nieve formaban
montículos que se acumulaban en los valles.
Los árboles se balanceaban a causa de las fuertes tormentas,, y los campos y lomas estaban cubiertos con
un blanco manto sobre el que la Muerte escribía borrosos trazos que luego borraba. La nevada parecía
separar unas de otras las dispersas aldeas emplazadas junto a los valles. La parpadeante luz de las lámparas
de aquellas miserables chozas, apenas discernible a través de las ventanas, se desvanecía tras el espeso velo
de la Naturaleza enfurecida.
El miedo había hecho presa de los corazones de los fellaínes y los animales se habían guarecido en los
establos, mientras los perros se escondían en los rincones. Podía escucharse el ulular de los vientos y el
tronar de las tormentas retumbando en lo profundo de los valles. Parecía como si la Naturaleza se
enfureciera por la muerte del año viejo y tratara de vengarse de aquellas almas apacibles, luchando con
armas de frío y escarcha.
Aquella noche, un joven intentaba caminar bajo los cielos enfurecidos del sinuoso sendero que se
extendía entre las aldeas de Deir Kizhaya y Sheik Abbas. Sus miembros estaban entumecidos de frío,
mientras el dolor y el hambre lo habían despojado de su fuerza. Su oscura vestimenta estaba blanqueada
por la nieve que caía, y parecía amortajado aún antes de la hora de su muerte. Luchaba contra el viento. Le
resultaba difícil avanzar, pues con cada esfuerzo sólo lograba adelantar unos pocos pasos. Gritó pidiendo
socorro y luego permaneció en silencio, aterido por el frío de la noche. Casi sin esperanza, el joven
consumía sus fuerzas bajo el peso del desaliento y la fatiga. Era como un pájaro de alas rotas, presa de los
remolinos de una corriente de agua que lo arrastraba hacia lo profundo.
El joven continuó, caminando y cayéndose hasta que su sangre dejó de circular, y finalmente desfalleció.
Lanzó un grito de horror... la voz de un alma que enfrenta el rostro hueco de la Muerte... la voz de la
juventud agonizante, debilitada por el hambre y atrapada por la naturaleza..: la voz del amor a la vida en el
abismo de la nada.
III
Hacia el norte del poblado, y en medio de los campos arrasados por los vientos, estaba situada la solitaria
choza de una mujer llamada Rachel y su hija Miriam, quien aún no tenía dieciocho años. Rachel era viuda
de Samaari Ramy, que fuera encontrado asesinado seis años atrás. La justicia humana nunca había dado
con el culpable.
Como todas las viudas libanesas, Rachel se mantenía con lo poco que le proporcionaba su agotador y
arduo trabajo. En épocas de cosecha, buscaba las espigas de trigo abandonadas en los campos y en otoño,
recogía los restos de frutos olvidados en los árboles. En invierno, hilaba y confeccionaba ropas por las que
recibía unas pocas piastras o un saco de trigo. Miriam, su hija, era una hermosa muchacha que compartía
con su madre el peso del trabajo.
Aquella noche amarga, las dos mujeres estaban sentadas junto al fuego, cuya calidez era atenuada por la
escarcha y cuyos tizones estaban casi sepultados bajo las cenizas. Junto a ellas, la trémula luz de una
lámpara proyectaba su mortecino reflejo en el corazón de la oscuridad, como una plegaria que transmite
fantasmas de esperanza a los corazones de los apesadumbrados.
Llegó la medianoche y afuera el viento susurraba. De vez en cuando, Miriam se levantaba y abría el
pequeño montante para mirar el ennegrecido cielo; entonces, preocupada y atemorizada por la furia de los
elementos, regresaba a su sitio. De repente Miriam se estremeció como si algo la hubiera arrebatado de su
profundo letargo. Miró ansiosamente a su madre y dijo:
-¿Has oído eso, madre? ¿Has oído una voz pidiendo socorro?
La madre prestó atención un momento y dijo:
-Nada escucho excepto el gimiente viento, hija mía. Entonces Miriam exclamó:
-Escuché un grito más profundo que los cielos atronadores y más triste que la quejumbrosa tempestad.
Después de pronunciar esta frase se puso de pie, abrió la puerta, y aguzó el oído un instante. Entonces,
Miriam dijo:
- ¡Lo he vuelto a escuchar, madre!
Rachel se dirigió rápidamente hacia la puerta endeble, y después de dudar un momento dijo:
-Ahora yo también lo escucho. Vayamos a ver.
Se cubrió con un largo manto, abrió más la puerta y salió cautelosamente, mientras Miriam permaneció
en el umbral, de cara al viento que alborotaba sus largos cabellos.
Luego de recorrer un trecho abriéndose paso entre la nieve, Rachel se detuvo y gritó:
-¿Quién llama?... ¿Dónde se halla?
Pero no hubo respuesta; entonces repitió las mismas palabras innumerables veces, pero nada más se
escuchó entre los truenos. Se adelantó unos pasos valientemente, mirando hacia uno y otro lado. Había
andado algunos pasos cuando descubrió unas profundas huellas sobre la nieve; las siguió temerosa y en
unos, momentos tuvo ante sus ojos un cuerpo que yacía sobre la nieve como un remiendo sobre un vestido
blanco. Al aproximarse y reclinar la cabeza del joven sobre sus rodillas, pudo sentir el pulso que reflejaba
los débiles latidos de aquel trémulo corazón y sus escasas posibilidades de salvación. Volvió el rostro hacia
la choza y llamó:
- ¡Ven, Miriam, ven y ayúdame, lo he hallado!
Miriam corrió siguiendo las huellas de su madre en la nieve, aterida y trémula de miedo. Al llegar al
lugar donde yacía aquel cuerpo inerte, profirió un grito de dolor. La madre puso las manos bajo las axilas
del joven, calmó a Miriam y le dijo:
-No temas, él aún vive; toma con fuerza las puntas de su capa y ayúdame a llevarlo a casa.
Haciendo frente al impetuoso viento y a la copiosa nieve, las dos mujeres cargaron al joven y se
dirigieron hacia la choza. Al llegar al refugio lo colocaron junto al fuego. Rachel empezó a frotarle las
entumecidas manos, mientras Miriam le secaba los cabellos con el ruedo de su vestido. A poco, el joven
comenzó a moverse. Parpadeó y lanzó un profundo suspiro, revelando así sus esperanzas de salvación a los
corazones de aquellas piadosas mujeres. Le sacaron los zapatos y el negro manto. Miriam miró a su madre
y dijo:
-Observa su vestimenta, madre; viste el hábito de los monjes.
Después de alimentar el fuego con un puñado de ramas secas, Rachel miró perpleja a su hija y le dijo:
-Los monjes no salen del convento en una noche como ésta.
-Pero es lampiño -dijo Miriam-; los monjes tienen barba.
La madre escrutó al muchacho con ojos llenos de misericordia y amor maternal; luego se volvió hacia su
hija.
-Nada importa si es monje o criminal -dijo -; seca perfectamente sus pies, hija mía.
Rachel abrió un armario, sacó una jarra de vino y vertió un poco en una vasija de barro. Miriam le
sostenía la cabeza mientras su madre le daba un poco de vino para estimular su corazón. Al sorber el vino
el joven abrió los ojos por primera vez y concedió a sus salvadoras una sufrida mirada de agradecimiento:
la mirada de un hombre que vuelve a sentir la suave caricia de la vida tras haber sido presa de las afiladas
garras de la muerte; una mirada esperanzada tras haber visto morir la esperanza. Luego inclinó la cabeza, y
con labios trémulos dijo:
-¡Que Dios os bendiga!
Rachel apoyó la mano sobre su hombro y respondió:
-Cálmate, hermano. No te agites hablando hasta haber recobrado las fuerzas.
Y Miriam agregó:
-Apoya la cabeza sobre esta almohada, hermano, que te acercaremos al fuego.
Rachel volvió a llenar la vasija con vino y se la dio. Luego miró a su hija y dijo:
-Cuelga su ropa junto al fuego para que se seque. Después de cumplir la orden de su madre, la muchacha
regresó al lado del joven y comenzó a mirarlo compasivamente, como si quisiera ayudarlo transmitiéndole
toda la calidez que su corazón contenía. Rachel trajo dos trozos de pan con algunas conservas y frutas
secas; y sentada, junto a él, comenzó a alimentarlo con bocados pequeños, como una madre que alimenta a
su pequeño. Después de esto el joven se sintió más fuerte y se incorporó sobre la pequeña alfombra al pie
de la chimenea, mientras las enrojecidas llamas del fuego se reflejaban sobre su afligido rostro. Los ojos se
le iluminaron y movió lentamente la cabeza, diciendo:
-La Piedad y la Crueldad luchan en el corazón humano así como los elementos del cielo luchan en esta
terrible noche, pero la piedad vencerá a la crueldad porque es divina, y el terror que domina a esta noche
morirá, en soledad; al rayar el día.
El silencio reinó por un instante, y luego agregó con voz susurrante:
-Una mano humana me arrojó a la desesperación, y una mano humana me salvó; ¡qué severo, y qué
piadoso es el hombre!
- ¿Cómo te has atrevido, hermano, a salir del convento en una noche tan terrible, cuando hasta los
animales no se atreven a dar un paso? -preguntó Rachel.
El joven cerró los ojos como si quisiera contener las lágrimas en las profundidades de su corazón.
-Los animales viven en sus cuevas, y las aves del cielo en sus nidos -dijo-, pero el hijo del hombre no
posee un sitio donde reclinar su cabeza.
-Eso es lo que Jesús dijo dé sí mismo -respondió Rachel-. El joven prosiguió:
-Ésta es la respuesta a todo hombre que desea seguir al Espíritu y a la Verdad en esta época de falsedad,
hipocresía y corrupción.
Después de meditar un instante, Rachel dijo:
-Pero hay muchas habitaciones confortables en el convento, y las arcas están colmadas de oro y de toda
clase de provisiones. Los cobertizos del convento rebosan de becerros y ovejas; ¿qué te indujo a abandonar
un paraíso así en esta noche aborrecible?
El joven respiró profundamente y dijo:
-Abandoné ese lugar porque lo aborrecía.
-Un monje en un convento es como un soldado en el campo de batalla -replicó Rachel- a quien se le
ordena obedecer las órdenes de sus superiores independientemente de su naturaleza. Supe que un hombre
no podría convertirse en monje hasta tanto no se despojara de sus posesiones, pensamientos, deseos y de
todo lo que esté dentro de los dominios de la mente. Pero un religioso superior no pide a sus monjes cosas
descabelladas. ¿Cómo pudo el superior de Deir Kizhaya pedirle a alguien que ofrende su vida a la tormenta
y a la nieve?
-En opinión del superior -dijo él-, un hombre no puede convertirse en monje si no es ciego e ignorante,
sordo e insensible. Abandoné el convento pues soy un hombre sensible capaz de ver, sentir y oír.
Miriam y Rachel lo miraron fijamente como si acabaran de descubrir en su rostro un oculto secreto;
después de meditar un segundo, la madre dijo:
¿Puede un hombre capaz de ver y oír salir en una noche que ciega los ojos y ensordece los oídos?
El joven anunció serenamente: -Fui expulsado del convento.
¡Expulsado! -exclamó Rachel; y Miriam repitió . al unísono la palabra junto con su madre.
El levantó el rostro, arrepintiéndose de sus palabras, pues temía que el amor y la bondad que ellas habían
demostrado se convirtieran en odio y desprecio; pero cuando las miró observó que de sus ojos aún
emanaban reflejos de misericordia, y que sus cuerpos se estremecían de ansiedad por saberlo todo.
Prosiguió con voz ahogada:
-Sí, fui expulsado del convento porque no fui capaz de cavar mi sepulcro con mis propias manos; mi
corazón se había cansado de tanto mentir. Fui expulsado del convento porque mi alma rehusó regocijarse
con el don de aquellos que se rindieron a la ignorancia. Fui expulsado porque no pude hallar paz en los
confortables cuartos, erigidos con el dinero de los pobres fellaínes. Mi estómago no toleraba el pan
amasado con las lágrimas de los huérfanos. Mis labios no podían pronunciar las plegarias que más
superiores vendían a la gente simple y honrada a cambio de oro o alimentos. Fui expulsado del convento
como un apestante leproso por tratar de hacer recordar a los monjes las reglas que las condujeron a su
actual condición.
El silencio ganó la habitación mientras Miriam y Rachel repensaban las palabras con la mirada fija en el
joven.
-¿Viven tus padres? -preguntaron.
Y él respondió:
-No tengo padre ni madre ni sitio donde guarecerme. Rachel aspiró profundamente y Miriam volvió el
rostro hacia la pared para ocultar sus amorosas y piadosas lágrimas. Así como una florecilla marchita torna
a la vida gracias a las gotas de rocío que el alba derrama sobre sus sedientos pétalos, así revivió el
anhelante corazón del joven gracias al afecto y bondad de sus benefactoras. Las miró como un soldado mira
a los que vienen a rescatarlo de las garras del enemigo, y prosiguió:
-Perdí a mis padres antes de cumplir siete años. El sacerdote de la aldea me condujo a Deir Kizhaya y me
dejó al cuidado de los monjes, que se alegraron de tenerme entre ellos y me ordenaron que me ocupara del
ganado y el rebaño y de llevarlos a pastar cada día. Al cumplir quince años me vistieron con este negro
manto y me condujeron hasta el altar, donde el superior se dirigió a mí con estas palabras: "Jurad en
nombre de Dios y de todos los santos y prometed llevar una virtuosa vida de pobreza y obediencia." Repetí
las palabras hasta que comprendí su significado y supe lo que ellos entendían por pobreza, virtud y
obediencia.
"Mi nombre es Khalil, y desde ese momento los monjes me llamaron Hermano Bobaarak, aunque nunca
me trataron como a un hermano. Comían los platos más exquisitos y bebían el vino más delicioso, mientras
yo me alimentaba de vegetales secos y agua, mezclados con lágrimas. Descansaban en mullidos lechos
mientras yo dormía sobre una tabla en una habitación fría y oscura junto al granero. A menudo me
preguntaba: ¿Cuándo seré monje y compartiré la prosperidad de esos afortunados? ¿Cuándo cesará mi
corazón de ansiar los platos que ellos saborean y el vino que beben? ¿Cuándo dejaré de temblar de miedo
ante mi superior?. Pero todas mis esperanzas fueron vanas, pues me mantuvieron en la misma situación; y
además de ocuparme del ganado, me obligaron a cargar pesadas piedras sobre los hombros y a cavar fosos
y vallas. Me mantenía en pie gracias a los escasos bocados de pan recibidos en pago a mi labor. No sabía
hacia dónde dirigirme, y los sacerdotes del convento me habían inducido a aborrecer todo lo que hacían.
Habían envenenado mi mente hasta que empecé a pensar que el mundo entero era un océano de
sufrimientos y miserias, y que el convento era el único puerto de salvación. Pero cuando descubrí el origen
de sus alimentos y oro, me alegré de no compartirlos. -Kahlil se recompuso y miró a su alrededor, como si
algo bello se hubiera revelado a sus ojos en aquella miserable cabaña. Rachel y Miriam permanecieron en
silencio y luego el joven prosiguió: -Dios, que me arrebató mi padre y me exilió en el convento como un
huérfano, no quiso que desperdiciara mi vida caminando a ciegas a través de un bosque peligroso; tampoco
quiso que fuera un mísero esclavo durante el resto de mi vida. Dios me abrió los ojos y oídos y me develó
la luz divina y me hizo escuchar a la Verdad cuando la Verdad hablaba.
Rachel pensó en voz alta:
-¿Acaso existe luz alguna, diferente de la del sol, que brille sobre la gente? ¿Son los seres humanos
capaces de comprender la Verdad?
-La luz verdadera es aquella que emana del hombre
-respondió Kahlil-, y que revela al alma los secretos del corazón, tornándola feliz y contenta con la vida.
La Verdad es como las estrellas: no surge sino de las tinieblas de la noche. La Verdad es como todas las
cosas bellas de este mundo: no revela sus deseos excepto a aquellos que sienten antes que nadie la
influencia de la falsedad. La Verdad es una dama generosa que nos enseña a conformarnos con nuestra vida
cotidiana y a compartir con nuestros semejantes la misma felicidad.
-Muchos son los que viven de acuerdo con su bondad
-respondió Rachel-, y muchos son los que creen que la compasión es la sombra de la Ley Divina revelada
al hombre; sin embargo, ellos no gozan de sus vidas, pues permanecen míseros hasta la muerte.
Kahlil replicó:
-Vanas son las creencias y enseñanzas que vuelven mísero al hombre, y falsa es la bondad que lo
conduce al sufrimiento y desesperanza, pues es el destino del hombre ser feliz en esta tierra y hallar el
camino hacia la felicidad y predicar su verdad dondequiera que vaya. Aquel que no halla el reino de los
cielos en esta vida no lo hallará jamás en la vida futura. No somos exiliados en esta tierra, sino inocentes
criaturas de Dios, prestas a aprender cómo adorar al espíritu eterno y sagrado, y descubrir en la belleza de
la vida los secretos ocultos en nosotros mismos. Ésta es la verdad que aprendí de las enseñanzas del
Nazareno. Ésta es la luz que surgió en lo íntimo de mi ser e iluminó los oscuros rincones del convento que
amedrentaban mi vida. Éste es el secreto oculto que los maravillosos campos y valles me revelaron cuando
estaba hambriento, sólo y gimiente a la sombra de los árboles.
Ésta es la religión que el convento debería divulgar, como Dios lo quiso, como Jesús lo enseñó. Cierto
día, con mi alma segura de las celestiales bellezas de la Verdad, me presenté bravamente ante los monjes
reunidos en el jardín, y critiqué su equivocado comportamiento diciéndoles: ¿Por qué pasáis vuestros días
en este sitio y os regocijáis con la condición de los pobres, saboreando el pan que ellos amasaron con el
sudor de sus cuerpos y las lágrimas de sus corazones? ¿Por qué vivís a la sombra del parasitismo y
segregados de los que necesitan instrucción? ¿Por qué priváis a la nación de vuestra ayuda? Jesús os ha
enviado para que seáis corderos entre los lobos: ¿qué os ha convertido en lobos entre corderos? ¿Es que
huís de la humanidad y del Dios que os creó? Si sois en verdad más buenos que aquellos que transitan el
sendero de la vida, deberíais acercaros a ellos y mejorar sus vidas; pero si pensáis que ellos son mejores
que vosotros, deberíais estar deseosos de aprender de ellos. ¿Por qué hacéis votos de pobreza, y luego
olvidáis lo que habéis prometido y vivís en el lujo? ¿Por qué juráis obedecer a Dios y luego os rebeláis
contra todo lo que significa la religión? ¿Por qué adoptáis la virtud como vuestro mandamiento cuando
vuestros corazones están llenos de pecado? Simuláis martirizar vuestros cuerpos cuando en realidad matáis
vuestras almas. Os comprometéis a abjurar de las cosas terrenas, mas vuestros corazones exudan avidez.
Hacéis que vuestros semejantes crean en vosotros pues os consideran sus maestros religiosos; en verdad,
sois como el ganado que se olvida de aprender por pastar en las verdes y hermosas praderas. Restituyamos
a los necesitados las vastas tierras del convento y devolvámosles la plata y el oro que les robamos.
Abandonemos nuestra reclusión y sirvamos al débil que nos concedió fortaleza, y purifiquemos la nación
que habitamos. Enseñemos a esta miserable nación a sonreír y a gozar de los privilegios celestiales, la
libertad y la gloria de la vida.
"Las lágrimas de nuestros semejantes son más bellas y están más próximas a Dios que la paz y la
tranquilidad a las que os habéis acostumbrado en este sitio. La compasión que conmueve el corazón de
nuestros prójimos es más suprema que la virtud oculta en los rincones más recónditos del convento. Una
palabra compasiva al débil criminal o la prostituta es más noble que las fútiles e interminables plegarias que
repetís automáticamente cada día en el templo.
En este punto del relato, Kahlil suspiró profundamente. Luego elevó los ojos hacia Rachel y Miriam y
dijo:
-Mientras decía todas estas cosas a los monjes, éstos me escuchaban con perplejidad, como si no
pudieran convencerse de que un joven se atreviera a pronunciar palabras tan audaces. Cuando terminé, uno
de los monjes se adelantó y me dijo con enfado: "¿Cómo te atreves a hablar de ese modo en nuestra
presencia?" Y otro rió y agregó: "¿Has aprendido esto de las vacas y los cerdos que cuidas en los campos?"
Y un tercero se irguió y me amenazó diciendo: "¡Serás castigado, hereje!" Luego se dispersaron como
huyendo de un leproso. Algunos se quejaron ante el superior, quien me mandó llamar al atardecer. Los
monjes se regocijaban por adelantado de mi sufrimiento, y el júbilo henchía sus rostros cuando ordenaron
azotarme y encarcelarme por cuarenta días y cuarenta noches. Me condujeron a una celda oscura donde
pasé los días yaciendo en una cueva que no me permitía ver la luz. No podía distinguir el fin de la noche
del comienzo del día, y no podía percibir nada, excepto a los insectos arrastrándose bajo mis pies. Nada
podía escuchar, salvo el sonido de los pasos, cuando me traían, tras largos intervalos, un mendrugo de pan
y un poco de agua mezclada con vinagre.
"Cuando salí de la prisión me encontraba débil y enfermo, y los monjes creyeron que me habían curado
de pensar, y que habían matado el deseo de mi alma. Pensaron que el hambre y la sed habían sofocado la
bondad que Dios depositó en mi corazón. Durante mis cuarenta días de soledad me esforcé por hallar un
método que ayudara a los monjes a ver la luz y a oír la verdadera melodía de la vida, pero todas mis
reflexiones fueron en vano, pues el velo espeso que los siglos habían tejido en sus ojos no podría rasgarse
en tan poco tiempo; y el mortero con el que la ignorancia había ensordecido sus oídos era demasiado sólido
y no podía romperse con el roce de suaves dedos.
Se hizo silencio un instante, y luego Miriam miró a su madre como pidiéndole permiso para hablar.
Entonces dijo:
-Debes haber hablado de nuevo a los monjes,,, ya que ellos eligieron una noche tan terrible para
desterrarte del convento. Deberían aprender a ser bondadosos aun con sus enemigos.
-Esta noche -respondió Kahlil-, mientras la atronadora tormenta y los aguerridos elementos luchaban en
el cielo, abandoné a los monjes reunidos junto al fuego, relatándose cuentos e historias humorísticas. Al
verme solitario, comenzaron a divertirse a costa mía. Yo leía los Evangelios y meditaba acerca de las bellas
palabras de Jesús que me hacían olvidar momentáneamente la cólera de la naturaleza y los beligerantes
elementos del cielo, cuando se me acercaron con intenciones de ponerme en ridículo. Los ignoré tratando
de ocupar mi mente y de mirar a través de la, ventana, pero ellos se enfurecieron, pues mi silencio acallaba
las risas de sus corazones y los sarcasmos de sus labios. Uno de ellos dijo:
¿Qué lees, Gran Reformador?. En respuesta a esta pregunta, abrí el libro y leí en voz alta el siguiente
trozo: "Pero al ver que muchos fariseos y saduceos acudían a su bautismo, él les dijo: Oh raza de víboras,
¿quién os ha aconsejado huir de la ira por venir? Traed pues ofrendas y arrepentios; y no penséis en deciros
a vosotros mismos Abraham es nuestro padre; pues yo os digo que Dios puede hacer que de estas piedras
nazcan los hijos de Abraham. También el hacha se clava en las raíces de los árboles; y todo árbol que no
produzca buenos frutos es derribado y arrojado al fuego".
Al leerles las frases de Juan el Bautis ta, los monjes enmudecieron como si una mano invisible
estrangulara sus espíritus, mas se revistieron de falso valor y comenzaron a reírse. Uno de ellos dijo:
'Hemos leído muchas veces esas frases, y no necesitamos que un pastor nos las recuerde'.
Entonces protesté: Si hubierais leído estas frases y hubierais comprendido su significado, los pobres
aldeanos no hubieran muerto de hambre y frío. Al decir esto, uno de los monjes me abofeteó como si yo
hubiera hablado pestes de los sacerdotes; otro me dio un puntapié y un tercero me arrebató el libro, y un
cuarto llamó al superior quien corrió apresurado, trémulo de ira. Gritó: 'Coged a este rebelde y echadlo de
este sitio sagrado, y dejad que la furia de la tormenta le enseñe obediencia. Arrojadlo a la intemperie y
dejad que la naturaleza sea un instrumento de la voluntad Divina, y luego purificad vuestras manos de los
gérmenes ponzoñosos de la herejía que infectan sus vestiduras. Y si regresa clamando perdón, no le abráis
las puertas, pues la víbora. que estuvo prisionera no se convierte jamás en paloma, ni la zarza prende si se la
planta en un viñedo'.
La orden se cumplió estrictamente, fui arrastrado hacia fuera del convento ante las risas de los monjes.
Antes de que cerraran la puerta detrás de mí, escuché que uno de ellos decía: 'Ayer eras el rey de las vacas
y los cerdos, y hoy estás destronado, oh Gran Reformador; ve ahora y erígete en rey de los lobos y
enséñales a vivir en sus cubiles'.
Kahlil suspiró profundamente, luego volvió el rostro hacia las llamas del fuego. Con voz dulce y
agradable, y con pálido semblante, dijo:
-Así fue cómo me desterraron del convento, y así fue cómo los monjes me dejaron librado a las garras de
la Muerte. Luché a ciegas a través de la negra noche; el fuerte viento rasgaba mi hábito y la nieve
acumulada aprisionaba mis pies, y continuó empujándome hasta que finalmente caí, gritando con
desesperación. Pensé que nadie me habría escuchado excepto la Muerte, pero un padre sabio y piadoso
había escuchado mi llamada. Ese poder no quis o que muriera sin antes saber qué queda de los secretos de la
vida. Ese poder fue el que os envió a salvar mi vida de las profundidades del abismo y de la nada.
Rachel y Miriam se sintieron como si sus espíritus comprendieran el misterio del alma del joven,
compartieron sus sentimientos y lo comprendieron. No pudiendo contenerse más, Rachel se inclinó y
tocándole tiernamente su mano mientras las lágrimas rodaban por su rostro, le habló:
-Aquel que ha sido elegido por los cielos como el defensor de la Verdad, no perecerá en manos de las
tormentas y la nieve de los mismos cielos.
-Las tormentas y la nieve pueden matar a las flores, pero no a las simientes, pues la nieve las protege de
la asesina escarcha
-agregó Miriam.
El rostro de Kahlil se iluminó al oír aquellas palabras de aliento.
-Si vosotras no me consideráis rebelde y hereje como los monjes me consideraron -dijo entonces-, la
persecución de que fui objeto en el convento es el símbolo de una nación oprimida que aún no ha logrado
alcanzar la madurez; y esta noche en que estuve al borde de la muerte es como la revolución que precede a
la justicia. Del corazón de una mujer sensible surge la felicidad de la humanidad, y de la bondad de su
noble espíritu el afecto que debe reinar entre los hombres.
Cerró los ojos y se recostó en la almohada; las dos mujeres no lo perturbaron con su conversación, pues
sabían que la larga exposición a la intemperie lo había extenuado. Kahlil durmió como un niño extraviado
que finalmente halla protección en brazos de su madre.
Rachel y su hija se encaminaron lentamente hacia sus lechos y allí se sentaron a observarlo, como si
hubieran hallado en ese rostro atormentado un imán que atrajera sus corazones.
-Sus ojos poseen una curiosa fuerza que habla en silencio y estimula los deseos del alma -susurró la
madre.
-Sus manos son, madre, como las de Cristo en el templo -dijo Miriam.
-En su rostro se funden la ternura de la mujer y la audacia del hombre -replicó la madre.
Y en alas del sueño las mujeres se trasladaron al mundo de la fantasía, y el fuego se extinguió hasta no
ser nada más que cenizas, mientras la luz de la lámpara de aceite se fue desvaneciendo hasta desaparecer.
Afuera la furiosa tempestad bramaba y los cielos tenebrosos arrojaban cúmulos de nieve que el viento
dispersaba por doquier.
IV
Cinco días habían pasado, y de los cielos aún descendía la nieve sepultando implacable montañas y
praderas. Kahlil intentó tres veces despedirse y proseguir su viaje hacia la llanura, pero Rachel lo detenía a
cada instante diciéndole:
-No ofrendes tu vida a los elementos enceguecidos, hermano; quédate aquí, pues el pan que alcanza para
dos también alimenta a tres, y el fuego que ardía antes de tu llegada seguirá ardiendo después de tu partida.
Somos pobres, hermano, pero al igual que el resto de las hombres, vivimos nuestras vidas de cara al sol y a
la humanidad, y Dios nos da el pan de cada día.
Y Miriam le rogaba con enternecedoras miradas y profundos suspiros, porque desde que el joven había
entrado a la choza, ella había sentido en su alma la presencia de un poder divino que colmaba de luz a su
corazón, y que despertaba renovados sentimientos en el santuario de su espíritu. Por primera vez
experimentaba el sentimiento que convirtió a su corazón en una rosa inmaculada que bebe las gotas de
rocío de la mañana y exhala su fragancia al vasto firmamento.
No hay afecto más puro y apacible para el espíritu que el que se oculta en el corazón de una doncella,
quien despierta súbitamente con el espíritu desbordante de la melodía celestial que transforma sus días en
poéticos sueños y llena sus noches de profecías. No hay secreto más bello y poderoso en el misterio de la
vida que ese vínculo que convierte el silencioso espíritu de una virgen en la perpetua vigilia que nos hace
olvidar el pasado, pues enciende en nuestros corazones una prodigiosa y a la vez abrumadora confianza en
el futuro inmediato.
Es la simpleza lo que distingue a las libanesas de las mujeres de cualquier otra nación. Las características
de su formación limitan el progreso de su educación y obstaculizan su futuro. Es por esta razón, sin
embargo, que a menudo se sorprende explorando las inclinaciones y los misterios de su corazón. La joven
libanesa es como una fuente que surge del centro mismo de la tierra, y sigue su curso entre sinuosas
depresiones, pero al no hallar salida al mar, se transforma en un lago de aguas apacibles en cuya creciente
superficie se reflejan los astros rutilantes. Kahlil percibió las vibraciones del corazón de Miriam enlazando
quedamente su alma, y supo que la antorcha divina que había iluminado su corazón también había rozado
el de ella. Se llenó de júbilo por primera vez, como un arroyo sediento se regocija con la lluvia, pero de
inmediato censuró su propia premura, pensando que esa comprensión espiritual se desvanecería como una
nube cuando partiera de la aldea. Con frecuencia se decía: "¿Qué misterio es éste que rige una parte tan
importante de nuestras vidas? ¿Qué Ley es ésta que nos arroja a un sendero pedregoso y nos detiene justo
antes de que veamos jubilosos el rostro del sol? ¿Qué poder es éste que sonriente y glorioso eleva nuestros
espíritus hasta la cima de las montañas, aunque luego nos despertemos gimientes y doloridos en las
profundidades del valle? ¿Qué vida es ésta que nos rodea hoy como un amante y mañana como un
enemigo? ¿No fui ayer perseguido? ¿No sobreviví al hambre y la sed y el sufrimiento y la desidia en aras
de la Verdad que los cielos han revelado a mi corazón? ¿Acaso no dije a los monjes que la felicidad que
proporciona el conocimiento de la Verdad es la voluntad y el propósito de Dios? ¿Entonces por qué este
miedo? ¿Y por qué cierro los ojos a la luz que emana de los de esa mujer? Soy un descastado y ella es
pobre, pero ¿es que sólo de pan vive el hombre? ¿Acaso no somos entre la escasez y la abundancia como
árboles entre invierno y verano? ¿Qué diría Rachel si supiera que mi corazón y el de su hija se comprenden
en silencio, y se aproximan al círculo de la Luz Suprema? ¿Qué diría si descubriera que el joven a quien
salvó anhela adorar a su hija? ¿Qué dirían los aldeanos simples si supieran que un joven desechado en un
convento llegó a su aldea movido por la necesidad y desea vivir junto a una hermosa doncella? ¿Me
escucharían si les dijera que aquel que abandona el convento para vivir con ellos es como el ave que
traspasa los sórdidos muros de su jaula y huye hacia la luz de la libertad? ¿Qué diría Sheik Abbas si oyera
mi historia? ¿Y qué dirían los sacerdotes de la aldea si supieran la causa de mi destierro?
Así hablaba Kahlil consigo mismo, sentado junto al fuego y contemplando las llamas, símbolo de su
amor. Y Miriam de vez en cuando lo miraba de soslayo, leyendo el río de sus pensamientos, y sintiendo la
intensidad de su amor, aún cuando no se pronunciara ni una sola palabra.
Una noche, mientras Kahlil permanecía en la pequeña ventana que daba al valle donde árboles y rocas
parecían cubiertos con blancas mortajas, Miriam se acercó y se detuvo junto a él, mirando el cielo. Cuando
sus ojos se encontraron, el joven suspiró profundamente y cerró los ojos como si su alma navegara por el
vasto firmamento en busca de una palabra. Descubrió que sobraban las palabras, pues el silencio hablaba
por ellos. Miriam se decidió a hablar:
-¿Hacia dónde irás cuando la nieve se deshaga en arroyos y se sequen los senderos?
El abrió los ojos, fijándolos más allá de la línea del horizonte, y explicó:
-Seguiré mi camino hacia dónde el destino y mi devoción por la Verdad me conduzcan.
Miriam sus piró. tristemente.
-¿Por qué no te quedas aquí y vives junto a nosotras?
-dijo-. ¿Es que acaso estás obligado a ir a otro sitio?
Se sintió llevado por esas palabras amables y tiernas, pero reaccionó
-Los aldeanos no aceptarían a un monje desterrado como yo, y no me permitirían respirar el aire que ellos
respiran, porque pensarían que todo enemigo del convento es un infiel, maldecido por Dios y los santos.
Miriam permaneció en silencio, pues la Verdad que la atormentaba le impedía continuar hablando. Luego
Kahlil se volvió y explicó:
-Los que tienen autoridad, Miriam, enseñan a estos aldeanos a odiar a todo el que tenga pensamientos
propios; se los instruye a permanecer apartados de aquellos cuya mente vuela con libertad; Dios no desea
ser alabado por el ignorante imitador de otros; si yo permaneciera en esta aldea y pidiera a sus habitantes
que alabaran a quien quisieran, dirían de mí que soy un infiel que desconoce la autoridad con que Dios
invistió al sacerdote. Si les pidiera que prestaran atención a la voz de sus corazones y que se comportaran
de acuerdo a los mandatos de sus almas, dirían que soy un malvado cuyo único propósito es alejarlos del
clero que Dios colocó entre el cielo y la tierra. -Kahlil fijó sus ojos en los de Miriam, y con voz semejante
al sonido de cuerdas de plata, dijo. -Pero Miriam, hay en esta aldea un mágico poder que me ha capturado y
se ha apoderado de mi alma.; un poder divino que me ha hecho olvidar los pesares. En esta aldea vi el
rostro de la Muerte cara a cara, y en este sitio mi alma abrazó el espíritu de Dios. Hay en esta aldea una
hermosa flor nacida del suelo árido; su belleza atrae mi corazón y su fragancia colma mis dominios. ¿Debo
abandonar esta inapreciable flor y salir a predicar las ideas que provocaron mi expulsión del convento, o
debo permanecer junto a esa flor y cavar una tumba y sepultar mis pensamientos y creencias entre las
espinas circundantes? ¿Qué debo hacer, Miriam?
Al oír estas palabras, Miriam se estremeció como el lirio ante la brisa juguetona del alba. Su corazón se
encendió a través de sus ojos cuando dijo con voz tré mula:
-Ambos estamos en manos de una misteriosa y despiadada fuerza. Dejemos que se cumpla su voluntad.
En -ese momento los dos corazones se unieron y poco después sus espíritus se fundían en una antorcha
encendida que iluminaba sus vidas.
V
Desde el principio de la creación y hasta nuestros días, ciertos clanes de heredadas riquezas, en
complicidad con el clero, se han erigido en administradores del pueblo. Es una herida antigua y honda en el
corazón de la sociedad que no podrá cicatrizar mientras exista la ignorancia.
Aquel que adquiere sus riquezas por herencia, construye su mansión con el menguado dinero de los
pobres. El clérigo erige su templo sobre las tumbas y los huesas de los devotos feligreses. El príncipe
maniata los brazos del labriego mientras el sacerdote le vacía los bolsillos; el gobernante contempla a los
hijos de los campos con el ceño fruncido, y el obispo los consuela con una sonrisa, y entre el ceñudo tigre y
el sonriente lobo perece el rebaño; el gobernante se erige en dueño de las leyes, y el sacerdote en ministro
de Dios, y entre ellos los cuerpos se destrozan y las almas se desvanecen en la nada.
En el Líbano, esa montaña rica de luz y pobre de conocimientos, el noble y el sacerdote aunaban
esfuerzos para explotar al labriego que trabajaba la tierra y cosechaba el cereal para protegerse de la espada
del gobernante y el castigo del sacerdote. El rico libanés se paró orgulloso junto a su palacio y llamó a la
multitud para decirles: "El Sultán me ha designado vuestro señor." Y el sacerdote de pie ante el altar, dice:
"Dios me ha escogido como guía de vuestras almas." Mas los libaneses permanecen en silencio, porque los
muertos no hablan.
Sheik Abbas era el amigo del alma de los sacerdotes, pues ellos eran sus aliados para reprimir la.
sabiduría del pueblo y revivir el espíritu de ciega obediencia entre los labriegos.
Aquella noche en que Kahlil y Miriam más se aproximaban al trono del Amor mientras Rachel los
contemplaba con mirada afectuosa, el Padre Elías informaba a Sheik Abbas que el superior del convento
había expulsado a un joven rebelde que había hallado refugio en casa de Rachel, la viuda de Samaan Ramy.
E insatisfecho con la escasa información que había proporcionado al Sheik comentó:
-El demonio que hemos expulsado del convento no podrá convertirse en ángel en esta aldea, así como el
árbol derribado y arrojado al fuego no da frutos mientras se quema. Si deseamos desterrar de la aldea a
animales e indeseables, debemos echarlo como hicieron los monjes.
-¿Estáis seguro de que el joven ejerce una nefasta influencia sobre nuestro pueblo? ¿No sería más
conveniente retenerlo y hacerlo trabajar en los viñedos? -inquirió el Sheik-. Necesitamos hombres fuertes.
El rostro del sacerdote reveló su desagrado. Mientras se acariciaba la barba con los dedos, dijo con
astucia:
-Si fuera apto para el trabajo, no hubiera sido expulsado del convento. Un estudiante que trabaja en el
convento y que anoche fue mi huésped por azar, me informó que este joven había violado las órdenes del
superior predicando ideas peligrosas entre los monjes. Lo citó diciendo: "Devolved a los pobres los campos
y viñedos y las riquezas del convento y esparcidlos a los cuatro vientos; y ayudad a aquellos que no tienen
instrucción; si hacéis esto, halagaréis al Padre que está en los Cielos."
Al escuchar estas palabras, Sheik Abbas se puso de pie violentamente, y como un tigre acechando a su
víctima, se fue hacia la puerta y llamó a los sirvientes ordenándoles que acudieran de inmediato.
Aparecieron tres hombres, a quienes el Sheik ordenó:
-En la casa de Rachel, la viuda de Samaan Ramy, hay un joven que viste hábito de monje. Apresadlo y
traedlo aquí. Si la mujer se resiste, cogedla de los cabellos, arrojadla a la nieve y traedla aquí, juntamente
con el joven, pues quien ayuda a la maldad es la maldad misma.
Los hombres se inclinaron respetuosamente y se encaminaron presurosos hacia la casa de Rachel,
mientras el Sheik y el sacerdote discutían acerca de la clase de castigo que impondrían a Kahlil y Rachel.
VI
El día había huido y la noche se habla instalado cubriendo de sombras las míseras chozas sumergidas en
la espesura de la nieve. Finalmente las estrellas poblaron el cielo, como la esperanza en la eternidad futura
puebla nuestra existencia después de experimentar la agonía de la muerte. Las puertas y ventanas estaban
cerradas, pero adentro las lámparas encendidas. Los labriegos se hallaban junto al fuego que caldeaba sus
cuerpos. Rachel, Miriam y Kahlil estaban sentados a la rústica mesa de madera comiendo su cena, cuando
se oyó un golpe en la puerta y tres hombres entraron. Rachel y Miriam se asustaron, pero Kahlil se.
mantuvo en calma, como si la llegada de los hombres no le sorprendiera. Uno de los sirvientes del Sheik se
dirigió hacia Kahlil, le apoyó las manos en los hombros y preguntó:
-¿Tú eres el que ha sido expulsado del convento? -Sí, soy yo. ¿Qué buscáis?
-Tenemos órdenes de arrestarte y de llevarte ante Sheik Abbas, y si te resistes te arrastraremos. -
respondió el hombre. Rachel palideció y exclamó:
-¿Qué crimen ha cometido, y por qué queréis atarlo y arrojarlo a la nieve?
Las dos mujeres clamaron con voz gimiente diciendo: -Es uno solo mientras vosotros sois tres, y es
propio de cobardes hacerlo sufrir.
El hombre se encolerizó y vociferó:
¿Es que existe mujer alguna en esta aldea que se oponga a las órdenes del Sheik?
Entonces extrajo una soga y comenzó a atar las manos de Kahlil. Kahlil levantó orgulloso el rostro, y una
apesadumbrada sonrisa pareció dibujársele en los labios cuando dijo:
-Siento pena pues sois un instrumento ciego y poderoso en manos de un hombre que oprime a los débiles
con la fuerza de vuestros brazos. Sois esclavos de la ignorancia. Ayer yo era como vosotros, pero mañana
vosotros seréis libres como yo lo soy ahora. Hay entre nosotros un abismo profundo que ahoga mi voz de
ruego y os oculta mi realidad. Eso os impide oír o ver. Aquí me tenéis, atad mis manos y haced lo que os
plazca.
Los tres hombres se conmovieron con sus palabras y parecía como si su voz hubiera despertado en ellos
un nuevo espíritu; pero la voz de Sheik Abbas aún resonaba en sus oídos conminándolos a completar su
misión. Ataron sus manos y lo condujeron en silencio hacia el exterior, sintiendo el peso de sus
conciencias. Rachel y Miriam los acompañaron hasta la casa del Sheik, como las hijas de Jerusalén
acompañaron a Cristo hasta el Calvario.
VII
Las noticias, tengan o no importancia, se divulgan rápidamente entre los habitantes de las pequeñas
aldeas, pues el estar alejados de la sociedad los hace comentar con ansiedad entre ellos los acontecimientos
de sus limitados dominios. En invierno, cuando los campos descansan bajo un manto de nieve y la vida
humana se refugia y se guarece junto al fuego, los aldeanos sienten la imperiosa necesidad de enterarse de
las últimas novedades para permanecer ocupados.
Poco después de que Kahlil fuera arrestado, la noticia se difundió entre los aldeanos como una epidemia.
Abandonaron sus cabañas como un ejército proveniente de todas las direcciones para dirigirse hacia la casa
del Sheik Abbas. Cuando Kahlil penetró en la casa del Sheik, el lugar ya estaba repleto de hombres,
mujeres y niños deseosos de echar una mirada al infiel que había sido expulsado del convento. También
estaban ansiosos por ver a Rachel y a su hija, quienes lo habían ayudado a contagiar la peste diabólica de la
herejía en el cielo puro de su aldea.
El Sheik sé ubicó en el asiento principal y junto a él se sentó el Padre Elías, mientras la muchedumbre
contemplaba al joven maniatado que valientemente permanecía ante sus ojos. Rachel y Miriam, de pie
detrás de Kahlil, temblaban de miedo. ¿Pero qué daño puede causar el miedo al corazón de una mujer que
halló la Verdad y siguió sus huellas? ¿Qué daño puede causar la desidia de la multitud al alma de una
doncella a quien ha sorprendido el Amor? Sheik Abbas miró al joven y lo interrogó con voz atronadora:
¿Cómo te llamas, hombre?
-Mi nombre es Kahlil -respondió el joven.
¿Quiénes son vuestros padres y familiares, y dónde nacisteis? -preguntó el Sheik.
Kahlil se volvió hacia los labriegos que lo miraban llenos de odio, y dijo:
-Los pobres y oprimidos son mi clan y familiares, y he nacido en esta vasta nación.
Sheik Abbas dijo, con un dejo de sorna:
Aquellos a quienes has reconocido como vuestros parientes piden que seáis castigado, y la nación que
has proclamado como vuestro lugar de nacimiento se opone a que forméis parte de su pueblo.
-Las naciones ignorantes castigan a sus mejores ciudadanos y los entregan a sus déspotas; y la nación
gobernada por un tirano, persigue a aquellos que tratan de liberar a su pueblo de las garras de la esclavitud.
¿Pero es capaz un buen hijo de abandonar a su madre si ella está enferma? ¿Puede el piadoso negar a su
hermano miserable? Esos pobres hombres que me arrestaron y me trajeron hoy hasta aquí son los mismos
que ayer se sometían a ti. Y esta tierra ilimitada que desconoce mi existencia es la misma que no traga ni
engulle a los ávidos déspotas.
El Sheik profirió una risa penetrante, como si quisiera desahuciar al joven e impedirle que influenciara a
la concurrencia. Se volvió hacia Kahlil y dijo tratando de impresionar:
- ¡Ah! cuidador de ganado, ¿acaso pensáis que seremos más clementes que los monjes que os expulsaron
del convento? ¿Acaso pensáis que nos compadeceremos de un peligroso agitador?
-Es verdad que he cuidado del ganado, pero me siento feliz de no ser carnicero. He conducido mis
rebaños a las ricas praderas y jamás pastaron en tierras áridas. Los he llevado a beber de los más cristalinos
manantiales y nunca a los apestados pantanos. Al atardecer regresaban a salvo a los establos y jamás los
abandonaba en los valles para que fueran presa de los lobos. Así he tratado a los animales; y si vosotros
hubierais seguido mi ejemplo y hubierais tratado a los seres humanos como yo traté a mis rebaños, esta
pobre gente no viviría en humildes cabañas ni sufriría los tormentos de la pobreza, mientras vosotros vivís
como Nerón en esta deslumbrante mansión.
La frente del Sheik relucía con gotas de sudor, y su contrariedad se transformó en ira, pero se esforzó por
mantener la calma simulando no prestar atención a las palabras de Kahlil, y señalándolo exclamó:
-Eres un hereje, y no escucharemos vuestras ridículas palabras; te hemos mandado traer para que seáis
juzgado como un criminal, y aquí estás en presencia del Amo de esta aldea investido como el representante
de vuestra Excelencia el Emir Ameen Shehad. Te hallas ante el Padre Elías, ministro de la Sagrada Iglesia a
cuyas enseñanzas te opones. Ahora, defiéndete o híncate de rodillas ante esta gente y te perdonaremos y
nombraremos cuidador de ganado, igual que cuando estabas en el convento.
-Un criminal no puede ser juzgado por otro criminal
-respondió Kahlil con tranquilidad-, así como el ateo no puede defenderse ante los pecadores. Kahlil miró
a la concurrencia y dijo: -Hermanos: el hombre a quien llamáis Señor de vuestros campos, y a quien así os
habéis sometido por largo tiempo, me ha traído para juzgarme a este edificio construido sobre las tumbas
de vuestros antepasados. Y aquel que se convirtió en pastor de vuestra iglesia con su fe, ha venido a
juzgarme y a ayudaros a humillarme y a aumentar mis sufrimientos. Os habéis apresurado a venir a este
sitio desde donde estuvierais para verme sufrir y clamar misericordia. Habéis abandonado vuestro hogares
para ver maniatado a vuestro hijo y hermano. Habéis venido a ver la presa estremeciéndose en. las garras
de una bestia feroz. Habéis venido aquí esta noche para regocijaros con el infiel que está de pie ante los
jueces. Yo soy el criminal y hereje expulsado del convento. La tempestad me trajo hasta vuestra aldea.
Escuchad mi defensa, y no seáis piadosos pero sí justos, pues la piedad se concede al criminal, mientras que
la justicia es la recompensa del inocente.
"Os selecciono ahora para que seáis mis jueces, pero la voluntad del pueblo es la voluntad de Dios.
Revivid vuestros corazones y escuchad atentamente y luego procesadme de acuerdo con lo que os dicte la
conciencia. Os han dicho que soy un infiel, pero no os han informado de qué crimen o pecado soy culpable.
Me habéis visto maniatado como un ladrón, pero nada sabéis de las calumnias de que fui objeto, sin
embargo los castigos surgen atronadores. Mi crimen, queridos compatriotas, es haber comprendido vuestra
desdicha, pues he sentido en carne propia el peso de las cadenas que os oprimen. Mi pecado es el sincero
pesar por vuestras mujeres; es la compasión por vuestros niños que beben de los pechos la vida mezclada
con la sombra de la muerte. Soy uno de vosotros, y mis antepasados habitaron estos valles y murieron bajo
el mismo yugo que ahora aprisiona vuestras cabezas. Creo en Dios que escucha el llanto de las almas
dolientes, y creo en las Escrituras que nos hermanan en el cielo. Creo en las enseñanzas que nos hacen
semejantes y que nos dejan en libertad sobre la tierra, donde transita cauteloso el Señor.
"Mientras cuidaba las vacas del convento, y contemplaba la sufriente condición que soportáis, escuché el
grito desesperado que venía de vuestras humildes moradas: el grito de almas oprimidas, el grito de
corazones ultrajados aprisionados en vuestros cuerpos como esclavos del señor de estos campos. Al mirar
me hallé en el convento y a vosotros en los campos, y os vi como a un rebaño persiguiendo al lobo que
huye hacia su cubil; y al detenerme en medio del camino para socorrer a las ovejas, pedí ayuda a gritos,
pero el lobo me atacó con sus afilados colmillos.
"He sobrevivido a la prisión, al hambre y la sed en aras de la verdad que sólo hiere al cuerpo. He
padecido lo indecible porque transformé vuestros quejosos suspiros en voz enérgica que sacudió con su eco
los muros del convento.
Nunca sentí miedo ni cansancio porque vuestro doliente llanto inyectaba cada día renovada fuerza a mi
corazón rejuveneciéndolo. Podéis preguntaros: ¿Quién de nosotros ha pedido socorro alguna vez, y quién
se atreve a despegar los labios? Pero yo os digo que vuestras almas gimen cada día y cada noche, aunque
vosotros no podéis oírlas, pues los que agonizan no pueden escuchar los latidos quejumbrosos de sus
corazones que sin embargo, son escuchados por quienes se encuentran a su lado. El ave mutilada, pese a
sus esfuerzos danza penosamente sin saber por qué, pero los testigos de esa danza conocen su origen. ¿En
qué momento del día no suspiráis dolorosamente? ¿Es acaso por la mañana, cuando el amo r a la vida,
rasgando el velo que cubre vuestros ojos, os llama para conduciros a los campos como esclavos? ¿Es acaso
al mediodía, cuando deseáis sentaros a la sombra de los árboles para protegeros del sol abrasador? ¿O es
acaso al atardecer, cuando regresáis hambrientos a vuestros hogares, anhelando un sustancioso plato de
comida en vez de un magro bocado y agua impura? ¿O por las noches, cuando la fatiga os arroja sobre
vuestras camas maltrechas, y ni bien el cansancio cierra vuestros párpados, volvéis a incorporaros
desvelados temiendo que la voz del Sheik retumbe en vuestros oídos? ¿En que estación del año no os
lamentáis de vuestra suerte? ¿Es acaso en primavera, cuando la naturaleza se viste primorosa y, salís a su
encuentro con harapientos vestidos? ¿O es en verano, cuando recogéis el trigo y el maíz y colmáis con ellos
los graneros de vuestro señor, para recibir en recompensa sólo heno y paja? ¿Es acaso en otoño, cuando
recogéis los frutos y lleváis las uvas al lagar, y recibís a cambio una jarra de vinagre y un saco de marlos?
¿O en invierno, cuando, confinados en vuestra cabañas sepultadas bajo la nieve, os sentáis junto al fuego y
tembláis cuando los cielos enfurecidos os conminan más allá del límite de vuestras mentes débiles?
"Ésta es la vida de los pobres; este es el llanto perpetuo que escucho. Esto es lo que impulsa a mi espíritu
a rebelarse contra los opresores y despreciar su conducta. Cuando pedí a los monjes que se apiadaran de
vosotros, pensaron que era ateo, y me res
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KAHLIL , EL HEREJE // EL LLANTO DE LOS SEPULCROS // KHALIL GIBRAN
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