Charles Dickens
OLIVER TWIST
CAPÍTULO UNO
LOS PRIMEROS AÑOS DE OLIVER TWIST
Una fría noche de invierno, en una pequeña ciudad de Inglaterra, unos transeúntes
hallaron a una joven y bella mujer tirada en la calle. Estaba muy enferma y pronto
daría a luz un bebé. Como no tenía dinero, la llevaron al hospicio, una institución
regentada por la junta parroquial de la ciudad que daba cobijo a los necesitados. AE
día siguiente nació su hijo y, poco después, murió ella sin que nadie supiera quién
era ni de dónde venía. Al niño lo llamaron Oliver Twist.
En aquel hospicio pasó Oliver los diez primeros meses de su vida. Transcurrido este
tiempo, la junta parroquial lo envió a otro centro situado fuera de la ciudad donde
vivían veinte o treinta huérfanos más. Los pobrecillos estaban sometidos a la
crueldad de la señora Mann, una mujer cuya avaricia la llevaba a apropiarse del
dinero que la parroquia destinaba a cada niño para su manutención. De modo, que
aquellas indefensas criaturas pasaban mucha hambre, y la mayoría enfermaba de
privación y frío.
El día de su noveno cumpleaños, Oliver se encontraba encerrado en la carbonera
con otros dos compañeros. Los tres habían sido castigados por haber cometido el
imperdonable pecado de decir que tenían hambre. El señor Blumble, celador de la
parroquia, se presentó de forma imprevista, hecho que sobresaltó a la señora Mann.
El hombre tenía por costumbre anunciar su visita con antelación, tiempo que la
señora Mann aprovechaba para limpiar la casa y asear a los niños, ocultando así las
malas condiciones en las que vivían los pobres muchachos.
-¡Dios mio! ¿Es usted, señor Bumble? -exclamó horrorizada la señora Mann.
Y, dirigién se en voz baja a la criada, ordenó:
-Susan, sube a esos tres mocosos de la carbonera y lávalos inmediatamente.
-Vengo a llevarme a Oliver Twist -dijo el celador-. Hoy cumple nueve años y ya es
mayor para permanecer aquí.
-Ahora mismo lo traigo -dijo la señora Mann saliendo de la habitación.
Oliver llegó ante el señor Bumble limpio y peinado; nadie hubiera dicho que era el
mismo muchacho que poco antes estaba cubierto de suciedad. Al poco rato, el
celador y el niño abandonaban juntos el miserable lugar
Oliver miró por última vez hacia atrás; a pesar de que allí nunca había recibido un
gesto cariñoso ni una palabra bondadosa, una fuerte congoja se apoderó de él.
“¿Cuándo volveré a ver a los únicos amigos que he tenido nunca?”, se preguntó. Y,
por primera vez en su vida, sintió el niño la sensación de su soledad.
Nada más llegar al nuevo hospicio, Oliver fue llevado ante la junta parroquial y allí,
el señor Limbkins, que era el director, se dirigió a él.
-¿Cómo te llamas, muchacho?
Oliver, asustado, no contestó; de repente, sintió un fuerte pescozón que le hizo
echarse a llorar, había sido el celador que se encontraba detrás de él.
-Este chico es tonto -dijo un señor de chaleco blanco.
-¡Chist! -ordenó el primero. Y, dirigiéndose a Oliver, dijo-: Hasta ahora, la
parroquia te ha criado y mantenido, ¿verdad? Bien, pues ya es hora de que hagas
algo útil. Estás aquí para aprender un oficio. ¿Entendido?
-Sí. Sí, señor-contestó Oliver entre sollozos.
En el hospicio, el hambre seguía atormentando a Oliver y a sus compañeros: sólo
les daban un cacillo de gachas al día, excepto los días de fiesta en que recibían,
además de las gachas, un trocito de pan. Al cabo de tres meses, los chicos
decidieron cometer la osadía de pedir más comida y, tras echarlo a suertes, le tocó a
Oliver hacerlo. Aquella noche, después de cenar, Oliver se levantó de la mesa, se
acercó al director y dijo:
-Por favor, señor, quiero un poco más.
-¿Qué? -preguntó el señor Limbkins muy enfadado.
-Por favor, señor, quiero un poco más -repitió el muchacho.
El chico fue encerrado durante una semana en un cuarto frío y oscuro; allí pasó los
días y las noches llorando amargamente. Sólo se le permitía salir para ser azotado
en el comedor delante de todos sus compañeros. El caso del “insolente muchacho”
fue llevado a la junta parroquial; ésta decidió poner un cartel en la puerta del
hospicio ofreciend c¡nco libras a quien aceptara hacerse cargo de Oliver.
El señor Gamfield era un hombre de rasgos groseros y gestos rudos, deshollinador
de profesión. Una mañana iba paseando por la calle, pensaba cómo podría pagar sus
deudas; al pasar frente al hospicio, sus ojos se clavaron en el cartel recién colocado.
-¡Sooo! -ordenó el señor Gamfield azotando a su burro.
El hombre del chaleco blanco estaba en la puerta, y al momento entendió que
Gamfield era el tipo de amo que le hacía falta a Oliver; de modo que fue a llamar al
señor Limb kins. Éste salió inmediatamente y, al ver el interés que manifestaba el
deshollinador por el muchacho, se frotó las manos y dijo con aire apesadumbrado:
-Usted quiere al chico para realizar un oficio peligroso; así que cinco libras nos
parece mucho dinero.
-Entonces, ¿cuánto me darán si me lo quedo? -preguntó Gamfield.
-Tres libras y diez chelines -contestó el director.
-No seas tonto -dijo el señor del chaleco blanco-, llévatelo. Es exactamente el
muchacho que necesitas. Unos cuant os palos le vendrán bien y no te preocupes por
su manutención: no está acostumbrado a llenar su estómago, ¡ja, ja, ja!
El trato quedó inmediatamente cerrado. A continuación, se ordenó al señor Bumble
que llevara aquella misma tarde a OI¡ver ante el juez para que aprobara y firmara el
contrato. El magistrado se encontraba en una estancia enorme sentado detrás de un
escitorio. Bumble colocó a Oliver frente a él y dijo:
-Éste es el muchacho, señoría.
El anciano se puso las gafas y sus ojos toparon con el rostro pálido y aterrorizado
de Oliver.
-¡Muchachito! -dijo el anciano-. ¿Por qué estás asustado?
Oliver, desconcertado por el tono suave y benévolo del juez, cayó de rodillas y,
juntando las manos, suplicó:
-¡Por favor, señor! Mándeme al cuarto oscuro... máteme de hambre si quiere...;
pero no me obligue a it con este hombre.
Tras unos instantes de silencio, el juez dijo en tono solemne:
-Me niego a firmar este contrato. Llévese al muchacho de nuevo al hospicio, y
trátelo bien. Creo que lo necesita.
A la mañana siguiente, el cartel en el que se ofrecían cinco libras a quien quisiera
llevarse a Oliver, estaba otra vez colocado en la puerta del hospicio. El primero en
interesarse por el negocio fue el señor Sowerberry, encargado de la funeraria
parroquial. Era un hombre escuálido que siempre vestía un traje negro y raído.
Después de revisar minuciosamente al muchacho, decidió quedárselo.
La junta parroquial decidió que Oliver se fuera con él aquella misma noche. Pero de
camino a casa de su nuevo amo, el chico no pudo reprimir las lágrimas.
-Eres el muchacho más desagradecido que he visto en mi vida -le dijo el señor
Bumble.
-No, no señor No soy desagradecido; pero es que me sien to tan solo -contestó
Oliver entre sollozos-. Por favor, señor, no se enfade conmigo.
Cuando llegaron a la funeraria del señor Sowerberry, Bumble ordenó a Oliver que
se secara las lágrimas.
-Aquí estoy con el muchacho.
-¡Dios mío! -exclamó la señora Sowerberry-. s muy pequeño.
-Sí, es bastante pequeño, pero no se preocupe, señora -dijo el señor Bumble-, ya
crecerá.
-¡Claro que crecerá! -contestó la mujer malhumorada-. ¿Y quién lo va a pagar?
Mantener a los niños de la parroquia cuesta más de lo que se obtiene de ellos.
¡Menudo ahorro!
Y dirigiéndose a Oliver añadió:
-¡Venga, talego de huesos.
La mujer del dueño de la funeraria abrió una pequeña puerta y empujó a Oliver por
una empinada escalera. Al final de ella, se encontraba la cocina, que era un sótano
de piedra húmeda y oscura. Allí sentada estaba una muchacha sucia y desastrada.
-Charlotte -ordenó la señora Sowerberry-, dale a este muchacho algunas de las
sobras que hemos apartado para Trip.
Los ojos de Oliver se iluminaron al ver llegar el cuenco de comida y se lanzó sobre
unos restos que hasta el perro habná desdeñado, Cuando hubo acabado de comer, la
señora Sowerberry llevó a Oliver hasta la tienda bajo cuyo mostrador había puesto
un viejo colchón.
-Dormirás aquí. Supongo que no te molestará estar entre ataúdes. Y si te molesta,
te aguantas. No hay otro sitio.
Solo ya en la funeraria, Oliver sintió un escalofrío, el hueco donde estaba el colchón
también parecía un sepulcro. Oliver lo miró y, por un momento, deseó que aquélla
fuera de verdad su tumba; así podría dormir eternamente y descansar en el camposanto,
con la hierba acariciando su cabeza.
OLIVER TWIST
CAPÍTULO UNO
LOS PRIMEROS AÑOS DE OLIVER TWIST
Una fría noche de invierno, en una pequeña ciudad de Inglaterra, unos transeúntes
hallaron a una joven y bella mujer tirada en la calle. Estaba muy enferma y pronto
daría a luz un bebé. Como no tenía dinero, la llevaron al hospicio, una institución
regentada por la junta parroquial de la ciudad que daba cobijo a los necesitados. AE
día siguiente nació su hijo y, poco después, murió ella sin que nadie supiera quién
era ni de dónde venía. Al niño lo llamaron Oliver Twist.
En aquel hospicio pasó Oliver los diez primeros meses de su vida. Transcurrido este
tiempo, la junta parroquial lo envió a otro centro situado fuera de la ciudad donde
vivían veinte o treinta huérfanos más. Los pobrecillos estaban sometidos a la
crueldad de la señora Mann, una mujer cuya avaricia la llevaba a apropiarse del
dinero que la parroquia destinaba a cada niño para su manutención. De modo, que
aquellas indefensas criaturas pasaban mucha hambre, y la mayoría enfermaba de
privación y frío.
El día de su noveno cumpleaños, Oliver se encontraba encerrado en la carbonera
con otros dos compañeros. Los tres habían sido castigados por haber cometido el
imperdonable pecado de decir que tenían hambre. El señor Blumble, celador de la
parroquia, se presentó de forma imprevista, hecho que sobresaltó a la señora Mann.
El hombre tenía por costumbre anunciar su visita con antelación, tiempo que la
señora Mann aprovechaba para limpiar la casa y asear a los niños, ocultando así las
malas condiciones en las que vivían los pobres muchachos.
-¡Dios mio! ¿Es usted, señor Bumble? -exclamó horrorizada la señora Mann.
Y, dirigién se en voz baja a la criada, ordenó:
-Susan, sube a esos tres mocosos de la carbonera y lávalos inmediatamente.
-Vengo a llevarme a Oliver Twist -dijo el celador-. Hoy cumple nueve años y ya es
mayor para permanecer aquí.
-Ahora mismo lo traigo -dijo la señora Mann saliendo de la habitación.
Oliver llegó ante el señor Bumble limpio y peinado; nadie hubiera dicho que era el
mismo muchacho que poco antes estaba cubierto de suciedad. Al poco rato, el
celador y el niño abandonaban juntos el miserable lugar
Oliver miró por última vez hacia atrás; a pesar de que allí nunca había recibido un
gesto cariñoso ni una palabra bondadosa, una fuerte congoja se apoderó de él.
“¿Cuándo volveré a ver a los únicos amigos que he tenido nunca?”, se preguntó. Y,
por primera vez en su vida, sintió el niño la sensación de su soledad.
Nada más llegar al nuevo hospicio, Oliver fue llevado ante la junta parroquial y allí,
el señor Limbkins, que era el director, se dirigió a él.
-¿Cómo te llamas, muchacho?
Oliver, asustado, no contestó; de repente, sintió un fuerte pescozón que le hizo
echarse a llorar, había sido el celador que se encontraba detrás de él.
-Este chico es tonto -dijo un señor de chaleco blanco.
-¡Chist! -ordenó el primero. Y, dirigiéndose a Oliver, dijo-: Hasta ahora, la
parroquia te ha criado y mantenido, ¿verdad? Bien, pues ya es hora de que hagas
algo útil. Estás aquí para aprender un oficio. ¿Entendido?
-Sí. Sí, señor-contestó Oliver entre sollozos.
En el hospicio, el hambre seguía atormentando a Oliver y a sus compañeros: sólo
les daban un cacillo de gachas al día, excepto los días de fiesta en que recibían,
además de las gachas, un trocito de pan. Al cabo de tres meses, los chicos
decidieron cometer la osadía de pedir más comida y, tras echarlo a suertes, le tocó a
Oliver hacerlo. Aquella noche, después de cenar, Oliver se levantó de la mesa, se
acercó al director y dijo:
-Por favor, señor, quiero un poco más.
-¿Qué? -preguntó el señor Limbkins muy enfadado.
-Por favor, señor, quiero un poco más -repitió el muchacho.
El chico fue encerrado durante una semana en un cuarto frío y oscuro; allí pasó los
días y las noches llorando amargamente. Sólo se le permitía salir para ser azotado
en el comedor delante de todos sus compañeros. El caso del “insolente muchacho”
fue llevado a la junta parroquial; ésta decidió poner un cartel en la puerta del
hospicio ofreciend c¡nco libras a quien aceptara hacerse cargo de Oliver.
El señor Gamfield era un hombre de rasgos groseros y gestos rudos, deshollinador
de profesión. Una mañana iba paseando por la calle, pensaba cómo podría pagar sus
deudas; al pasar frente al hospicio, sus ojos se clavaron en el cartel recién colocado.
-¡Sooo! -ordenó el señor Gamfield azotando a su burro.
El hombre del chaleco blanco estaba en la puerta, y al momento entendió que
Gamfield era el tipo de amo que le hacía falta a Oliver; de modo que fue a llamar al
señor Limb kins. Éste salió inmediatamente y, al ver el interés que manifestaba el
deshollinador por el muchacho, se frotó las manos y dijo con aire apesadumbrado:
-Usted quiere al chico para realizar un oficio peligroso; así que cinco libras nos
parece mucho dinero.
-Entonces, ¿cuánto me darán si me lo quedo? -preguntó Gamfield.
-Tres libras y diez chelines -contestó el director.
-No seas tonto -dijo el señor del chaleco blanco-, llévatelo. Es exactamente el
muchacho que necesitas. Unos cuant os palos le vendrán bien y no te preocupes por
su manutención: no está acostumbrado a llenar su estómago, ¡ja, ja, ja!
El trato quedó inmediatamente cerrado. A continuación, se ordenó al señor Bumble
que llevara aquella misma tarde a OI¡ver ante el juez para que aprobara y firmara el
contrato. El magistrado se encontraba en una estancia enorme sentado detrás de un
escitorio. Bumble colocó a Oliver frente a él y dijo:
-Éste es el muchacho, señoría.
El anciano se puso las gafas y sus ojos toparon con el rostro pálido y aterrorizado
de Oliver.
-¡Muchachito! -dijo el anciano-. ¿Por qué estás asustado?
Oliver, desconcertado por el tono suave y benévolo del juez, cayó de rodillas y,
juntando las manos, suplicó:
-¡Por favor, señor! Mándeme al cuarto oscuro... máteme de hambre si quiere...;
pero no me obligue a it con este hombre.
Tras unos instantes de silencio, el juez dijo en tono solemne:
-Me niego a firmar este contrato. Llévese al muchacho de nuevo al hospicio, y
trátelo bien. Creo que lo necesita.
A la mañana siguiente, el cartel en el que se ofrecían cinco libras a quien quisiera
llevarse a Oliver, estaba otra vez colocado en la puerta del hospicio. El primero en
interesarse por el negocio fue el señor Sowerberry, encargado de la funeraria
parroquial. Era un hombre escuálido que siempre vestía un traje negro y raído.
Después de revisar minuciosamente al muchacho, decidió quedárselo.
La junta parroquial decidió que Oliver se fuera con él aquella misma noche. Pero de
camino a casa de su nuevo amo, el chico no pudo reprimir las lágrimas.
-Eres el muchacho más desagradecido que he visto en mi vida -le dijo el señor
Bumble.
-No, no señor No soy desagradecido; pero es que me sien to tan solo -contestó
Oliver entre sollozos-. Por favor, señor, no se enfade conmigo.
Cuando llegaron a la funeraria del señor Sowerberry, Bumble ordenó a Oliver que
se secara las lágrimas.
-Aquí estoy con el muchacho.
-¡Dios mío! -exclamó la señora Sowerberry-. s muy pequeño.
-Sí, es bastante pequeño, pero no se preocupe, señora -dijo el señor Bumble-, ya
crecerá.
-¡Claro que crecerá! -contestó la mujer malhumorada-. ¿Y quién lo va a pagar?
Mantener a los niños de la parroquia cuesta más de lo que se obtiene de ellos.
¡Menudo ahorro!
Y dirigiéndose a Oliver añadió:
-¡Venga, talego de huesos.
La mujer del dueño de la funeraria abrió una pequeña puerta y empujó a Oliver por
una empinada escalera. Al final de ella, se encontraba la cocina, que era un sótano
de piedra húmeda y oscura. Allí sentada estaba una muchacha sucia y desastrada.
-Charlotte -ordenó la señora Sowerberry-, dale a este muchacho algunas de las
sobras que hemos apartado para Trip.
Los ojos de Oliver se iluminaron al ver llegar el cuenco de comida y se lanzó sobre
unos restos que hasta el perro habná desdeñado, Cuando hubo acabado de comer, la
señora Sowerberry llevó a Oliver hasta la tienda bajo cuyo mostrador había puesto
un viejo colchón.
-Dormirás aquí. Supongo que no te molestará estar entre ataúdes. Y si te molesta,
te aguantas. No hay otro sitio.
Solo ya en la funeraria, Oliver sintió un escalofrío, el hueco donde estaba el colchón
también parecía un sepulcro. Oliver lo miró y, por un momento, deseó que aquélla
fuera de verdad su tumba; así podría dormir eternamente y descansar en el camposanto,
con la hierba acariciando su cabeza.
CAPÍTULO DOS
EN LA FUNERARIA
Por la mañana, unas violentas patadas en la puerta de la tienda despertaron a
Oliver
-¡Abre de una vez! -gritó una voz detrás de la puerta.
-Ya voy, señor -contestó Oliver vistiéndose a toda prisa.
-Supongo que eres el mocoso del hospicio -siguió la voz-. ¿Cuántos años tienes?
-Tengo diez, señor
Oliver abrió la puerta con manos temblorosas, pero sólo vio a un muchacho de la
inclusa que estaba sentado en un mojón comiendo una rebanada de pan con
mantequilla.
-Perdone -dijo sliver-, ¿es usted el que ha llamado?
-Soy el que ha dado patadas -rectificó el muchacho-. Veo que no sabes con quién
estás hablando. Soy el señor Noah Claypole, y tú eres mi subordinado.
Diciendo esto, propinó a Oliver una patada, y entró en la tienda pavoneándose. Y
es que, Noah era un acogido de la inclusa, pero tenía padre y madre conocidos.
Llevaba años aguantando sin replicar los insultos de los muchachos del barrio, y
ahora que la fortuna había puesto en su camino a un huérfano sin nombre , pensaba
tomarse la revancha.
Llevaba Oliver casi un mes en la funeraria, cuando al señor Sowerberry se le
ocurrió una idea:
-Querida -le dijo a su mujer-, he pensado que Oliver sería perfecto para acompañar
los entierros de los niños. Con la edad aproximada del muerto, causará una gran
sensación.
A la mañana siguiente, el señor Bumble entró en la tienda.
Vengo a encargar un ataúd y un funeral para una pobre mujer de la parroquia.
Aquí tiene la dirección.
-Ahora mismo voy -contestó el de la funeraria-. Oliver, ponte la gorra y ven
conmigo.
Caminaron por calles sucias y miserables. Cuando llegaron a la casa indicada,
subieron hasta el primer piso y el señor Sowerberry llamó con los nudillos. Una
muchacha de unos trece años abrió la puerta y ambos entraron. Dentro de la casa, el
espectáculo era estremecedor: agachado frente a una chimenea sin lumbre, había un
hombre flaco y pálido; a su lado, una vieja sentada en un taburete; más allá, unos
niños harapientos mirando hacia el cadáver que yacía en el suelo cubierto con una
manta. Cuando el señor Sowerberry hizo intención de acercarse al cuerpo sin vida
para realizar su trabajo, el hombre flaco se levantó como una centella gritando:
-¡Que nadie se acerque a mi esposa!
No obstante, el encargado de la funeraria sacó de su bolsillo una cinta métrica y se
arrodilló junto al cuerpo sin vida.
-¡Ah! -gimió el hombre hincándose de rodillas junto a la difunta-. ¡La han matado
de hambre! Fui a mendigar para ella y me metieron en la cárcel.
Al día siguiente, se celebró el entierro. Cuando el señor Sowerberry y Oliver,
volvían a la funeraria, el hombre preguntó:
-Bueno, muchacho, ¿te gusta este oficio?
-La verdad es que no mucho, señor-contestó.
-Ya verás, todo es cuestión de acostumbrarse.
Transcurrido el mes de prueba, Oliver pasó a ser aprendiz oficialmente. A Noah le
corroía la envidia de ver ascendido al pequeño Oliver y desde entonces, se propuso
hacerle la vida imposible. Cierto día en que ambos se encontraban en la cocina, el
jovenzuelo empezó a tirarle del pelo y, al no conseguir sacarle una sola lágrima,
recurrió al insulto.
-Hospiciano -dijo Noah-, ¿y tu madre?
-Murió -contestó Oliver un poco crispado-. Preferiná que no hablaras de ella
delante. de mí.
-¿De qué murió?
-De pena -respondió Oliver con los ojos cargados de lágrimas-. No me hables más
de ella, será mejor para ti.
-¿Mejor para m? Seguro que tu madre era una cualquiera.
Rojo de furia, Oliver agarró a Noah por el cuello, lo zarandeó violentamente y le
asestó un puñetazo con tanta fuerza que lo derribó al suelo.
-¡Charlotte! ¡Ama! -se puso a gritar Noah-. ¡El nuevo me está matando! ¡Socorro!
Las dos mujeres acudieron inmediatamente a la cocina. Entre los tres propinaron a
Oliver una buena paliza: Noah lo inmmovilizó, la criada lo golpeó y el ama le arañó la
cara. Luego lo encerraron en el sotanillo de la basura.
-Noah -ordenó la señora Sowerberry-, corre a buscar al señor Bumble y dile que
venga de inmediato.
Obedeciendo las órdenes de su ama, Noah echó a correr y no paró hasta llegar a la
puerta del hospicio.
-¡Señor Bumble! ¡De prisa, venga a la tienda! Oliver Twist se ha vuelto loco.
Intentó matarme, y luego intentó matar a Charlotte y también a la señora
Sowerberry.
-Me ocuparé de ello -dijo el señor Bumble.
Cuando él y Noah llegaron a la funeraria, Oliv er seguía dando patadas a la puerta
del sotanillo.
-¡Oliver! -llamó el celador en voz baja.
-¡Sáquenme de aquiil -gritó Oliver.
-Soy el señor Bumble. ¿Es que no tiemblas al oír mi voz?
-No -respondió Oliver valientemente.
-Debe haberse vuelto loco -intervino la señora Sowerberry-. Ningún muchacho en
su sano juicio se atrevená a contestarle de ese modo.
-No es locura, señora-dijo el celador-, es comida.
-¿Cómo? -exclamó la señora Sowerberry.
-Comida, señora, comida. Usted le ha dado demasiado de comer, y ahora tiene
fuerza y energía.
-Esto me pasa por ser tan generosa -dijo hipócritamente.
Cuando llegó el señor Sowerberry, le contaron lo ocurrido con tantas
exageraciones, que el hombre, indignado, abrió la puerta del sotanillo y sacó a
rastras a su rebelde aprendiz aga rrándole por el cuello de la camisa. Oliver tenía las
ropas desgarradas, el pelo revuelto y la cara amoratada y arañada. Pero, a pesar de
todo, seguía mostrando indignación en su rostro, y miró valientemente a Noah.
-Dijo cosas de mi madre -explicó Oliver a su amo.
-¿Y qué, si lo que dijo es cierto? -repuso la señora Sowerberry.
-No lo es -contestó Oliver rabioso.
-Sí, sí lo es.
El niño pasó todo el día arrinconado, sin más comida que una rebanada de pan. Al
llegar la noche, lo mandaron subir a su cama; entonces Oliver rompió a llorar
Cuando se calmó, envolvió lo poco que poseía en un pañuelo y se sentó a espe rar el
amanecer
Con los primeros rayos de sol, escapó calle arriba. Pasó por delante del hospicio y
vio a uno de sus antiguos compañero s trabajando en el jardín.
-¡Hola, Dick! -susurró Oliver-. ¿Hay alguien levantado?
-Sólo yo -contestó el niño.
-No digas que me has visto. Me he escapado porque me odian y me maltratan. ¡Y
tú qué pálido estás, amigo!
-He oído decir al médico que me voy a morir, Oliver -dijo el niño con una leve
sonrisa-. Estoy muy contento de verte, pero no te entretengas. ¡Vete ya!
-Quería decirte adiós, Dick. ¡Deseo que seas feliz!
-Cuando muera, lo seré. Dame un beso -pidió el niño trepando sobre la puerta y
echando a Oliver los brazos alrededor del cuello-. ¡Que Dios te bendiga!
Oliver
-¡Abre de una vez! -gritó una voz detrás de la puerta.
-Ya voy, señor -contestó Oliver vistiéndose a toda prisa.
-Supongo que eres el mocoso del hospicio -siguió la voz-. ¿Cuántos años tienes?
-Tengo diez, señor
Oliver abrió la puerta con manos temblorosas, pero sólo vio a un muchacho de la
inclusa que estaba sentado en un mojón comiendo una rebanada de pan con
mantequilla.
-Perdone -dijo sliver-, ¿es usted el que ha llamado?
-Soy el que ha dado patadas -rectificó el muchacho-. Veo que no sabes con quién
estás hablando. Soy el señor Noah Claypole, y tú eres mi subordinado.
Diciendo esto, propinó a Oliver una patada, y entró en la tienda pavoneándose. Y
es que, Noah era un acogido de la inclusa, pero tenía padre y madre conocidos.
Llevaba años aguantando sin replicar los insultos de los muchachos del barrio, y
ahora que la fortuna había puesto en su camino a un huérfano sin nombre , pensaba
tomarse la revancha.
Llevaba Oliver casi un mes en la funeraria, cuando al señor Sowerberry se le
ocurrió una idea:
-Querida -le dijo a su mujer-, he pensado que Oliver sería perfecto para acompañar
los entierros de los niños. Con la edad aproximada del muerto, causará una gran
sensación.
A la mañana siguiente, el señor Bumble entró en la tienda.
Vengo a encargar un ataúd y un funeral para una pobre mujer de la parroquia.
Aquí tiene la dirección.
-Ahora mismo voy -contestó el de la funeraria-. Oliver, ponte la gorra y ven
conmigo.
Caminaron por calles sucias y miserables. Cuando llegaron a la casa indicada,
subieron hasta el primer piso y el señor Sowerberry llamó con los nudillos. Una
muchacha de unos trece años abrió la puerta y ambos entraron. Dentro de la casa, el
espectáculo era estremecedor: agachado frente a una chimenea sin lumbre, había un
hombre flaco y pálido; a su lado, una vieja sentada en un taburete; más allá, unos
niños harapientos mirando hacia el cadáver que yacía en el suelo cubierto con una
manta. Cuando el señor Sowerberry hizo intención de acercarse al cuerpo sin vida
para realizar su trabajo, el hombre flaco se levantó como una centella gritando:
-¡Que nadie se acerque a mi esposa!
No obstante, el encargado de la funeraria sacó de su bolsillo una cinta métrica y se
arrodilló junto al cuerpo sin vida.
-¡Ah! -gimió el hombre hincándose de rodillas junto a la difunta-. ¡La han matado
de hambre! Fui a mendigar para ella y me metieron en la cárcel.
Al día siguiente, se celebró el entierro. Cuando el señor Sowerberry y Oliver,
volvían a la funeraria, el hombre preguntó:
-Bueno, muchacho, ¿te gusta este oficio?
-La verdad es que no mucho, señor-contestó.
-Ya verás, todo es cuestión de acostumbrarse.
Transcurrido el mes de prueba, Oliver pasó a ser aprendiz oficialmente. A Noah le
corroía la envidia de ver ascendido al pequeño Oliver y desde entonces, se propuso
hacerle la vida imposible. Cierto día en que ambos se encontraban en la cocina, el
jovenzuelo empezó a tirarle del pelo y, al no conseguir sacarle una sola lágrima,
recurrió al insulto.
-Hospiciano -dijo Noah-, ¿y tu madre?
-Murió -contestó Oliver un poco crispado-. Preferiná que no hablaras de ella
delante. de mí.
-¿De qué murió?
-De pena -respondió Oliver con los ojos cargados de lágrimas-. No me hables más
de ella, será mejor para ti.
-¿Mejor para m? Seguro que tu madre era una cualquiera.
Rojo de furia, Oliver agarró a Noah por el cuello, lo zarandeó violentamente y le
asestó un puñetazo con tanta fuerza que lo derribó al suelo.
-¡Charlotte! ¡Ama! -se puso a gritar Noah-. ¡El nuevo me está matando! ¡Socorro!
Las dos mujeres acudieron inmediatamente a la cocina. Entre los tres propinaron a
Oliver una buena paliza: Noah lo inmmovilizó, la criada lo golpeó y el ama le arañó la
cara. Luego lo encerraron en el sotanillo de la basura.
-Noah -ordenó la señora Sowerberry-, corre a buscar al señor Bumble y dile que
venga de inmediato.
Obedeciendo las órdenes de su ama, Noah echó a correr y no paró hasta llegar a la
puerta del hospicio.
-¡Señor Bumble! ¡De prisa, venga a la tienda! Oliver Twist se ha vuelto loco.
Intentó matarme, y luego intentó matar a Charlotte y también a la señora
Sowerberry.
-Me ocuparé de ello -dijo el señor Bumble.
Cuando él y Noah llegaron a la funeraria, Oliv er seguía dando patadas a la puerta
del sotanillo.
-¡Oliver! -llamó el celador en voz baja.
-¡Sáquenme de aquiil -gritó Oliver.
-Soy el señor Bumble. ¿Es que no tiemblas al oír mi voz?
-No -respondió Oliver valientemente.
-Debe haberse vuelto loco -intervino la señora Sowerberry-. Ningún muchacho en
su sano juicio se atrevená a contestarle de ese modo.
-No es locura, señora-dijo el celador-, es comida.
-¿Cómo? -exclamó la señora Sowerberry.
-Comida, señora, comida. Usted le ha dado demasiado de comer, y ahora tiene
fuerza y energía.
-Esto me pasa por ser tan generosa -dijo hipócritamente.
Cuando llegó el señor Sowerberry, le contaron lo ocurrido con tantas
exageraciones, que el hombre, indignado, abrió la puerta del sotanillo y sacó a
rastras a su rebelde aprendiz aga rrándole por el cuello de la camisa. Oliver tenía las
ropas desgarradas, el pelo revuelto y la cara amoratada y arañada. Pero, a pesar de
todo, seguía mostrando indignación en su rostro, y miró valientemente a Noah.
-Dijo cosas de mi madre -explicó Oliver a su amo.
-¿Y qué, si lo que dijo es cierto? -repuso la señora Sowerberry.
-No lo es -contestó Oliver rabioso.
-Sí, sí lo es.
El niño pasó todo el día arrinconado, sin más comida que una rebanada de pan. Al
llegar la noche, lo mandaron subir a su cama; entonces Oliver rompió a llorar
Cuando se calmó, envolvió lo poco que poseía en un pañuelo y se sentó a espe rar el
amanecer
Con los primeros rayos de sol, escapó calle arriba. Pasó por delante del hospicio y
vio a uno de sus antiguos compañero s trabajando en el jardín.
-¡Hola, Dick! -susurró Oliver-. ¿Hay alguien levantado?
-Sólo yo -contestó el niño.
-No digas que me has visto. Me he escapado porque me odian y me maltratan. ¡Y
tú qué pálido estás, amigo!
-He oído decir al médico que me voy a morir, Oliver -dijo el niño con una leve
sonrisa-. Estoy muy contento de verte, pero no te entretengas. ¡Vete ya!
-Quería decirte adiós, Dick. ¡Deseo que seas feliz!
-Cuando muera, lo seré. Dame un beso -pidió el niño trepando sobre la puerta y
echando a Oliver los brazos alrededor del cuello-. ¡Que Dios te bendiga!
CAPÍTULO TRES
FAGIN Y COMPAÑÍA
Oliver decidió ir Londres, aunque la gran ciudad se encontraba a más de setenta
millas. Anduvo una semana sin comer apenas, al cabo de la cual, llegó al pequeño
pueblo de Barnet, cubierto de polvo y con los pies ensangrentados. Agotado, se
sentó a descansar en un portal, y allí permaneció inmó vil y silencioso. De pronto se
fijó en muchacho de su misma edad, sucio y desaseado, que no paraba de mirarle
desde el otro lado de la calle. El desconocido, con las manos metidas en los bolsillos
de su pantalón, cruzó y, plantándose delante de Oliver, le dijo:
-¿Qué haces aquí, coleguilla? ¿Tienes problemas?
-Tengo hambre y estoy muy cansado -contestó Oliver sin poder contener el llanto-.
Llevo siete días andando.
-¡Siete días o pata! -exclamó el jovencito-. ¡Madre mía! Tú lo que necesitas es una
buena jola. Yo también ando pelao pero algo conseguiré.
El muchacho compró jamón y pan en una tienducha y Oliver hizo una larga y
abundante comida.
-Me llamo Jack Dawkins, pero todos me llaman et P¡llastre. Seguro que vas a
Londres, ¿a que sí?
-Eso pretendo -contestó Oliver-, pero no tengo dinero, ni sé dónde me podré
alojar.
-No te comas el coco con eso, sé dónde te darán alojamiento gratis. Si te parece,
haremos el resto del camino juntos.
-¡Sería estupendo! -exclamó Oliver sorprendido-. Llevo sin dormir bajo techo desde
que salí de la casa de mi amo.
Jack y Oliver llegaron a Londres avanzada la noche. Camina ron por calles sucias y
miserables hasta una casa donde el P¡llastre entró con decisión..
-¿Quién es? -gritó una voz desde el interior.
Jack dijo algo parecido a una contraseña. En ese momento, la cabeza de un
hombre asomó por la barandilla.
-Vengo con un nuevo compinche -anunció.
-¡Sube, anda! Dime, ¿de dónde lo has sacado?
-De la inopia -contestó Jack mientras subían la escalera.
Los dos entraron en una habitación de paredes negras y sucias donde un viejo
judío de aspecto repugnante estaba friendo salchichas. Alrededor de la mesa estaban
sentados varios muchachos que tendrían más o menos la edad del P¡llastre. Todos
fumaban en pipa y bebían cerveza,
-Este es Fagin -dijo Jack Dawkins señalando al anciano-; y éste, mi amigo Oliver
Twist.
-Espero que seamos amigos -dijo el hombre estrechándole la mano-. Siéntate a
cenar con nosotros.
Oliver no salió de aquella habitación durante varios días. Observaba lo que sucedía
a su alrededor con gran extrañeza y, por más que lo intentaba, no lograba
comprender cómo se ganaban la vida aquellos chicos; por qué salían por la mañana
y regresaban por la noche con carteras, pañuelos de seda o joyas que entregaban a
su protector. Tampoco entendía por qué Fagin los mandaba a la cama sin cenar
cuando volvían a casa con las manos vacías. Ni se podía explicar el motivo por el
cual vivía en aquel antro sucio y desolado un hombre tan rico.
Un día, el señor Fagin reunió al P¡llastre, a uno de los chicos llamado Charley Bates
y a Oliver, y les dijo:
-Este jovencito saldrá hoy a trabajar con vosotros. Es hora de que vaya
aprendiendo el oficio.
Iban los tres caminando por la calle cuando, de pronto, el P¡llastre se paró en seco
y dijo en voz baja:
-¿Veis al viejo que está en el puesto de libros? ¡A por él!
Oliver observó horrorizado cómo sus compañeros se colocaban detrás del
respetable anciano; luego, el P¡llastre le metía la mano en el bolsillo y le robaba un
pañuelo, para desaparecer finalmente, en un abrir y cerrar de ojos. Fue entonces
cuando Oliver entendió que había estado viviendo con una pandilla de ladrones. El
terror y la confusión se apoderaron de él y no supo hacer otra cosa que echar a
correr. La mala suerte quiso que, en aquel momento, el anciano se diera cuenta del
hurto y, al ver a Oliver corriendo, lo tomó por el ratero. Así es que salió en su
persecución gritando: “¡Al ladrón! ¡Al ladrón!” Pronto, decenas de personas
empezaron a perseguirlo y, aunque OI¡ver corrió y corrió, finalmente lograron
alcanzarlo.
-¿Es éste el muchacho? -preguntaron al caballero.
-Sí, me temo que sí -contestó el anciano.
En aquel momento, llegó un agente y agarró a Oliver por e¡ cuello de la camisa.
-¡No he sido yo! ¡Se lo prometo! -dijo Oliver juntando las manos en tono
suplicante.
-¡Levántate de una vez, demonio! -ordenó el agente.
Oliver se incorporó a duras penas a inmediatamente se vio arrastrado por el
policía.
-Aquí traigo a un joven cazapañuelos -dijo el agente al entrar a la comisaría.
-Señores -dijo el caballero víctima del robo-, no estoy seguro de que este
muchacho haya sido el ladrón. Yo prefiriría dejar este asunto...
Sin hacer caso de sus argumentos, el anciano fue conducido a una sala donde se
encontraba el juez Fang. Tenía aspecto de hombre autoritario y estaba sentado
detrás de una mesa situada sobre un estrado. Al lado de la puerta, había una jaula
de madera y, en ella, estaba encerrado Oliver.
-¿Quién es usted? -preguntó el señor Fang.
-Mi nombre es Brownlow, señor -contestó el anciano-. Y antes de prestarjuramento
roganá a su señoná que me permitiera decir algo...
-¡Cállese! -ordenó bruscamente el juez.
-¿Cómo? -preguntó el señor Brownlow rojo de ira. Pero comprendió que se tenía
que dominar para no perjudicar al pobre Oliver Cuando llegó su turno, expuso su
caso y concluyó diciendo:
-Ruego a su señoría que traten a este muchacho con indulgencia. Me temo que se
encuentra muy mal.
-¿Cómo te llamas, pequeño ratero? -preguntó el juez Fang.
Oliver se sentía incapaz de responder porque todo le daba vueltas y más vueltas.
Entonces, Fang se dirigió a un anciano que estaba de pie junto al estrado y
preguntó:
-Oficial, ¿cómo se llama este pilluelo?
Éste, al ver que iba a ser imposible sacarle una palabra al muchacho, improvisó un
nombre:
-Se llama Tom White.
En aquel punto del interrogatorio, Oliver, con un hilo de voz, suplicó que le dieran
un poco de agua.
-¡Cuidado, se va a caer! -gritó el señor Brownlow al ver a Olivertambalearse. Al
instante, Oliver cayó al suelo.
-Ya se levantará cuando se canse -dijo el juez-. Queda condenado a tres meses de
trabajos forzados. ¡Despejen la sala!
De repente, un anciano, de digna aunque pobre apariencia, irrumpió en la sala y
avanzó hasta el estrado.
-¡No se lleven al muchacho! -gritó-. Yo soy el dueño del puesto de libros donde
sucedió el robo. Lo vi todo y juro que él no es el ladrón.
El juez miró con cara de desconfianza a todos los que se encontraban en la sala y
dijo con indiferencia:
-El muchacho queda absuelto.
El señor Brownlow, ayudado por el librero, montó a OI¡ver en su coche y lo llevó a
su casa; allí, por primera vez, el muchaco fue cuidado con cariño y bondad.
millas. Anduvo una semana sin comer apenas, al cabo de la cual, llegó al pequeño
pueblo de Barnet, cubierto de polvo y con los pies ensangrentados. Agotado, se
sentó a descansar en un portal, y allí permaneció inmó vil y silencioso. De pronto se
fijó en muchacho de su misma edad, sucio y desaseado, que no paraba de mirarle
desde el otro lado de la calle. El desconocido, con las manos metidas en los bolsillos
de su pantalón, cruzó y, plantándose delante de Oliver, le dijo:
-¿Qué haces aquí, coleguilla? ¿Tienes problemas?
-Tengo hambre y estoy muy cansado -contestó Oliver sin poder contener el llanto-.
Llevo siete días andando.
-¡Siete días o pata! -exclamó el jovencito-. ¡Madre mía! Tú lo que necesitas es una
buena jola. Yo también ando pelao pero algo conseguiré.
El muchacho compró jamón y pan en una tienducha y Oliver hizo una larga y
abundante comida.
-Me llamo Jack Dawkins, pero todos me llaman et P¡llastre. Seguro que vas a
Londres, ¿a que sí?
-Eso pretendo -contestó Oliver-, pero no tengo dinero, ni sé dónde me podré
alojar.
-No te comas el coco con eso, sé dónde te darán alojamiento gratis. Si te parece,
haremos el resto del camino juntos.
-¡Sería estupendo! -exclamó Oliver sorprendido-. Llevo sin dormir bajo techo desde
que salí de la casa de mi amo.
Jack y Oliver llegaron a Londres avanzada la noche. Camina ron por calles sucias y
miserables hasta una casa donde el P¡llastre entró con decisión..
-¿Quién es? -gritó una voz desde el interior.
Jack dijo algo parecido a una contraseña. En ese momento, la cabeza de un
hombre asomó por la barandilla.
-Vengo con un nuevo compinche -anunció.
-¡Sube, anda! Dime, ¿de dónde lo has sacado?
-De la inopia -contestó Jack mientras subían la escalera.
Los dos entraron en una habitación de paredes negras y sucias donde un viejo
judío de aspecto repugnante estaba friendo salchichas. Alrededor de la mesa estaban
sentados varios muchachos que tendrían más o menos la edad del P¡llastre. Todos
fumaban en pipa y bebían cerveza,
-Este es Fagin -dijo Jack Dawkins señalando al anciano-; y éste, mi amigo Oliver
Twist.
-Espero que seamos amigos -dijo el hombre estrechándole la mano-. Siéntate a
cenar con nosotros.
Oliver no salió de aquella habitación durante varios días. Observaba lo que sucedía
a su alrededor con gran extrañeza y, por más que lo intentaba, no lograba
comprender cómo se ganaban la vida aquellos chicos; por qué salían por la mañana
y regresaban por la noche con carteras, pañuelos de seda o joyas que entregaban a
su protector. Tampoco entendía por qué Fagin los mandaba a la cama sin cenar
cuando volvían a casa con las manos vacías. Ni se podía explicar el motivo por el
cual vivía en aquel antro sucio y desolado un hombre tan rico.
Un día, el señor Fagin reunió al P¡llastre, a uno de los chicos llamado Charley Bates
y a Oliver, y les dijo:
-Este jovencito saldrá hoy a trabajar con vosotros. Es hora de que vaya
aprendiendo el oficio.
Iban los tres caminando por la calle cuando, de pronto, el P¡llastre se paró en seco
y dijo en voz baja:
-¿Veis al viejo que está en el puesto de libros? ¡A por él!
Oliver observó horrorizado cómo sus compañeros se colocaban detrás del
respetable anciano; luego, el P¡llastre le metía la mano en el bolsillo y le robaba un
pañuelo, para desaparecer finalmente, en un abrir y cerrar de ojos. Fue entonces
cuando Oliver entendió que había estado viviendo con una pandilla de ladrones. El
terror y la confusión se apoderaron de él y no supo hacer otra cosa que echar a
correr. La mala suerte quiso que, en aquel momento, el anciano se diera cuenta del
hurto y, al ver a Oliver corriendo, lo tomó por el ratero. Así es que salió en su
persecución gritando: “¡Al ladrón! ¡Al ladrón!” Pronto, decenas de personas
empezaron a perseguirlo y, aunque OI¡ver corrió y corrió, finalmente lograron
alcanzarlo.
-¿Es éste el muchacho? -preguntaron al caballero.
-Sí, me temo que sí -contestó el anciano.
En aquel momento, llegó un agente y agarró a Oliver por e¡ cuello de la camisa.
-¡No he sido yo! ¡Se lo prometo! -dijo Oliver juntando las manos en tono
suplicante.
-¡Levántate de una vez, demonio! -ordenó el agente.
Oliver se incorporó a duras penas a inmediatamente se vio arrastrado por el
policía.
-Aquí traigo a un joven cazapañuelos -dijo el agente al entrar a la comisaría.
-Señores -dijo el caballero víctima del robo-, no estoy seguro de que este
muchacho haya sido el ladrón. Yo prefiriría dejar este asunto...
Sin hacer caso de sus argumentos, el anciano fue conducido a una sala donde se
encontraba el juez Fang. Tenía aspecto de hombre autoritario y estaba sentado
detrás de una mesa situada sobre un estrado. Al lado de la puerta, había una jaula
de madera y, en ella, estaba encerrado Oliver.
-¿Quién es usted? -preguntó el señor Fang.
-Mi nombre es Brownlow, señor -contestó el anciano-. Y antes de prestarjuramento
roganá a su señoná que me permitiera decir algo...
-¡Cállese! -ordenó bruscamente el juez.
-¿Cómo? -preguntó el señor Brownlow rojo de ira. Pero comprendió que se tenía
que dominar para no perjudicar al pobre Oliver Cuando llegó su turno, expuso su
caso y concluyó diciendo:
-Ruego a su señoría que traten a este muchacho con indulgencia. Me temo que se
encuentra muy mal.
-¿Cómo te llamas, pequeño ratero? -preguntó el juez Fang.
Oliver se sentía incapaz de responder porque todo le daba vueltas y más vueltas.
Entonces, Fang se dirigió a un anciano que estaba de pie junto al estrado y
preguntó:
-Oficial, ¿cómo se llama este pilluelo?
Éste, al ver que iba a ser imposible sacarle una palabra al muchacho, improvisó un
nombre:
-Se llama Tom White.
En aquel punto del interrogatorio, Oliver, con un hilo de voz, suplicó que le dieran
un poco de agua.
-¡Cuidado, se va a caer! -gritó el señor Brownlow al ver a Olivertambalearse. Al
instante, Oliver cayó al suelo.
-Ya se levantará cuando se canse -dijo el juez-. Queda condenado a tres meses de
trabajos forzados. ¡Despejen la sala!
De repente, un anciano, de digna aunque pobre apariencia, irrumpió en la sala y
avanzó hasta el estrado.
-¡No se lleven al muchacho! -gritó-. Yo soy el dueño del puesto de libros donde
sucedió el robo. Lo vi todo y juro que él no es el ladrón.
El juez miró con cara de desconfianza a todos los que se encontraban en la sala y
dijo con indiferencia:
-El muchacho queda absuelto.
El señor Brownlow, ayudado por el librero, montó a OI¡ver en su coche y lo llevó a
su casa; allí, por primera vez, el muchaco fue cuidado con cariño y bondad.
CAPÍTULO CUATRO
EN LA CASA DEL SEÑOR BROWNLOW
Mientras Oliver era llevado a casa del señor Brownlow, el Pillastre y Charley Bates
regresaban a casa de Fagin.
-¿Dónde está Oliver? -preguntó el hombre.
Como no recibió respuesta, cogió al P¡llastre por el cuello de la camisa y,
zarandeándolo, gritó:
-¡Habla o te ahorco!
-La pasmo lo ha trincao -contestó el P¡llastre asustado.
En aquel momento, entró gruñendo un hombre corpulento, mal vestido y de sucia
apariencia, llamado Bill Sikes.
-¿Qué mosca te ha picado? -gritó dirigiéndose a Fagin-. ¿Qué es eso de maltratar a
los muchachos, bellaco avaricioso?
Los chicos le contaron el relato de la captura de Oliver Entonces, Sikes dijo con aire
preocupado:
-Alguien debería averiguar lo que ha pasado en esa comi saría.
Entre todos decidieron encargarle la misión a Nancy, una de las muchachas que
vivía también bajo la “protección” de Fagin.
Nancy salió de la casa y, al rato, regresó diciendo:
-Se lo ha llevado un viejales a su queli de Petonville.
-Hay que encontrarlo como sea -dijo Fagin preocupado.
Mientras tanto, en otra zona de la ciudad, Oliver se reponía al cuidado de una
viejecita maternal y muy dulce, la señora Bedwin, que era el ama de llaves del señor
Brownlow. A los tres días, Oliver, aunque seguía muy débil, pudo levantarse de la
cama y pasar un rato en un sillón junto al fuego. Fue entonces cuando los ojos del
chico se clavaron en un retrato que estaba colgado en la pared.
-¡Qué cara más bonita y más dulce tiene esa señora! -exclamó el muchacho!-.
¿Quién es?
-No lo sé, querido -contestó la viejecita-. Nadie que tú y yo conozcamos.
-¡Es tan hermosa! Parece que me está mirando. Al mirarla, siento cómo mi corazón
palpita más rápido.
-¡Dios mío! No hables así, querido. Deja que le dé la vuelta al sillón para que no la
veas. No te conviene nada alterarte en tu estado.
En aquel momento, entró el señor Brownlow.
-¡Pobre muchachito! -dijo mirando a Oliver con ternura-. ¿Cómo te encuentras
hoy?
-Muy feliz, señor -contestó Oliver-. Nunca nadie me había tratado tan bien. Le
estoy de veras muy agradecido, señor
-¡Buen chico, Tom!
-No me llamo Tom, señor, me llamo Oliver, Oliver Twist.
-¿Por qué dijiste entonces que te llamabas Tom White?
-Yo nunca dije tal cosa, señor-contestó Oliver perplejo.
-Bueno, habrá sido algún error... ¡Dios mío! ¡Mire eso, señora Bedwin! -exclamó
muy agitado el señor Brownlow señalando el retrato y luego, la cara del muchacho.
Y es que, el parecido entre la señora del retrato y Oliver era impresionante. Pero
Oliver no llegó a saber la causa de aquella súbita exclamación porque, segundos
antes, se había desmayado.
A la mañana siguiente, el muchacho se despertó, restablecido de su
desvanecimiento. Después de desayunar, se sentó de nuevo en el sillón y vio,
decepcionado, que se habían llevado el cuadro.
-¿Dónde está el retrato? -preguntó a la señora Bedwin.
-El señor Brownlow se lo llevó para que no te alteraras, Pero te prometo que en
cuanto te pongas bien lo volveremos a colgar
Los días de su recuperación fueron para Oliver los más felices de su vida. Se
encontraba rodeado de atenciones, dulzura y buenas palabras. Aquella casa le
parecía el paraíso. Una tarde, el señor Brownlow lo llamó a su despacho.
-Acércate a la mesa y siéntate -pidió el caballero-. Quiero que prestes mucha
atención a lo que te voy a decir
-¡Por favor, señor Brownlow! -exclamó horrorizado Oliver-. No me diga que me va
a echar de su casa. Le suplico que no me envíe de nuevo a vagabundear por las
calles. Déjeme ser su criado.
-¡Querido chiquillo! -dijo el señor Brownlow enternec ido por el pánico que advertía
en el muchacho-. No te vamos a abandonar; sólo quiero que me cuentes la
verdadera historia de tu vida; te aseguro que no te faltará mi amistad.
Cuando el chico estaba a punto de empezar su relato, llegó el señor Grimwig, un
viejo amigo del señor Brownlow. Era un anciano de gestos duros pero de corazón
muy noble.
-¿Quién es este jovencito? -preguntó mirando a Oliver
-Es Oliver Twist, el muchacho del que estuvimos hablando -contestó el señor
Brownlow-. Es muy guapo, ¿no te parece?
-¿Qué sabes tú de él? ¿De dónde ha salido? ¿Quién es?
El señor Grimwig estaba dispuesto a admitir que la aparien cia y las maneras de
Oliver eran enormemente atractivas, pero a él le gustaba llevar la contraria, y había
decidido desde un principio no dar la razón a su amigo.
La fortuna quiso que la señora Bedwin apareciera en aquel momento. Traía un
paquetito de libros encargados por el señor Brownlow al librero que había salvado a
Oliver de tres meses de trabajos forzados.
-¡Llame al chico que ha traído los libros! -ordenó el señor Brownlow-. Hay que
pagarle éstos y devolverle los que nos dejó la semana pasada.
-¡Oh! Ya se ha marchado --contestó la señora Bedwin.
-Si usted quiere -intervino Oliver-, se los puedo llevar yo mismo. Iré corriendo,
señor Me gustaría mucho ser útil.
-Está bien, amiguito. Tienes que devolverle estos libros -contestó el señor
Brownlow tendiéndole un paquete- y pagarle las cuatro libras y diez chelines que le
debo. Aquí tienes cinco libras.
-Confíe en mí. No tardaré ni diez minutos, se lo prometo.
Mientras tanto, en un tugurio llamado Los Tres Patacones, que estaba en la zona
más sucia de la ciudad, Fagin entregaba a Bill Sikes un puñado de monedas
envuettas en un viejo pañuelo.
-Esto es más de lo que te debo -le dijo-, pero sé que me devolverás el favor en
otra ocasión...
-Corto el rollo -replicó el ladrón- y llama al camarero.
Fagin obedeció la orden de Sikes, a inmediatamente apareció el tabernero, un judío
llamado Barney, más joven que Fagin pero con un aspecto igual de repugnante y
ruin. Sikes se limitó a señalar su jarra vacía, y el joven la llenó de inmediato. Al poco
rato, Nancy llegó a la taberna, se sentó con los dos hombres y los tres bebieron unos
tragos. Después, Nancy salió a la calle acompañada de Sikes.
Muy cerca de allí, Oliver caminaba sin imaginar que se encontraba a dos pasos de
toda aquella gente. De pronto, a pocos metros, escuchó unos gritos que lo
sobresaltaron:
-¡Ay, hermanito mío! ¡Por fin te encuentro!
Inmediatamente dos brazos lo agarraron por el cuello.
-¿Qué ocurre? -preguntó Oliver-. ¿Por qué me detienen?
-¡Bendito sea Dios! -siguió diciendo la joven entre lágrimas-. ¿Dónde te habías
metido, granuja?
-No sé quién es usted. Yo no tengo hermanas, ni padre, ni madre -gritaba Oliver
debatiéndose torpemente.
Entonces, reconoció a Nancy, y vio cómo Sikes intervenía en su secuestro.
-¡Socorro! ¡Ayúdenme! -gritaba Oliver haciendo grandes esfuerzos por soltarse de
las poderosas garras de aquel hombre.
-¡Yo sí que te voy a ayudar! -dijo Sikes-. ¿Qué son estos libros? ¡Dámelos!
-ordenó, arrancándoselos y pegándole un fuerte golpe en la cabeza.
Débil por la reciente enfermedad y atontado por los golpes, Oliver comprendió que
era inútil resistirse, y un momento después se vio arrastrado por un laberinto de
callejuelas estrechas y oscuras.
regresaban a casa de Fagin.
-¿Dónde está Oliver? -preguntó el hombre.
Como no recibió respuesta, cogió al P¡llastre por el cuello de la camisa y,
zarandeándolo, gritó:
-¡Habla o te ahorco!
-La pasmo lo ha trincao -contestó el P¡llastre asustado.
En aquel momento, entró gruñendo un hombre corpulento, mal vestido y de sucia
apariencia, llamado Bill Sikes.
-¿Qué mosca te ha picado? -gritó dirigiéndose a Fagin-. ¿Qué es eso de maltratar a
los muchachos, bellaco avaricioso?
Los chicos le contaron el relato de la captura de Oliver Entonces, Sikes dijo con aire
preocupado:
-Alguien debería averiguar lo que ha pasado en esa comi saría.
Entre todos decidieron encargarle la misión a Nancy, una de las muchachas que
vivía también bajo la “protección” de Fagin.
Nancy salió de la casa y, al rato, regresó diciendo:
-Se lo ha llevado un viejales a su queli de Petonville.
-Hay que encontrarlo como sea -dijo Fagin preocupado.
Mientras tanto, en otra zona de la ciudad, Oliver se reponía al cuidado de una
viejecita maternal y muy dulce, la señora Bedwin, que era el ama de llaves del señor
Brownlow. A los tres días, Oliver, aunque seguía muy débil, pudo levantarse de la
cama y pasar un rato en un sillón junto al fuego. Fue entonces cuando los ojos del
chico se clavaron en un retrato que estaba colgado en la pared.
-¡Qué cara más bonita y más dulce tiene esa señora! -exclamó el muchacho!-.
¿Quién es?
-No lo sé, querido -contestó la viejecita-. Nadie que tú y yo conozcamos.
-¡Es tan hermosa! Parece que me está mirando. Al mirarla, siento cómo mi corazón
palpita más rápido.
-¡Dios mío! No hables así, querido. Deja que le dé la vuelta al sillón para que no la
veas. No te conviene nada alterarte en tu estado.
En aquel momento, entró el señor Brownlow.
-¡Pobre muchachito! -dijo mirando a Oliver con ternura-. ¿Cómo te encuentras
hoy?
-Muy feliz, señor -contestó Oliver-. Nunca nadie me había tratado tan bien. Le
estoy de veras muy agradecido, señor
-¡Buen chico, Tom!
-No me llamo Tom, señor, me llamo Oliver, Oliver Twist.
-¿Por qué dijiste entonces que te llamabas Tom White?
-Yo nunca dije tal cosa, señor-contestó Oliver perplejo.
-Bueno, habrá sido algún error... ¡Dios mío! ¡Mire eso, señora Bedwin! -exclamó
muy agitado el señor Brownlow señalando el retrato y luego, la cara del muchacho.
Y es que, el parecido entre la señora del retrato y Oliver era impresionante. Pero
Oliver no llegó a saber la causa de aquella súbita exclamación porque, segundos
antes, se había desmayado.
A la mañana siguiente, el muchacho se despertó, restablecido de su
desvanecimiento. Después de desayunar, se sentó de nuevo en el sillón y vio,
decepcionado, que se habían llevado el cuadro.
-¿Dónde está el retrato? -preguntó a la señora Bedwin.
-El señor Brownlow se lo llevó para que no te alteraras, Pero te prometo que en
cuanto te pongas bien lo volveremos a colgar
Los días de su recuperación fueron para Oliver los más felices de su vida. Se
encontraba rodeado de atenciones, dulzura y buenas palabras. Aquella casa le
parecía el paraíso. Una tarde, el señor Brownlow lo llamó a su despacho.
-Acércate a la mesa y siéntate -pidió el caballero-. Quiero que prestes mucha
atención a lo que te voy a decir
-¡Por favor, señor Brownlow! -exclamó horrorizado Oliver-. No me diga que me va
a echar de su casa. Le suplico que no me envíe de nuevo a vagabundear por las
calles. Déjeme ser su criado.
-¡Querido chiquillo! -dijo el señor Brownlow enternec ido por el pánico que advertía
en el muchacho-. No te vamos a abandonar; sólo quiero que me cuentes la
verdadera historia de tu vida; te aseguro que no te faltará mi amistad.
Cuando el chico estaba a punto de empezar su relato, llegó el señor Grimwig, un
viejo amigo del señor Brownlow. Era un anciano de gestos duros pero de corazón
muy noble.
-¿Quién es este jovencito? -preguntó mirando a Oliver
-Es Oliver Twist, el muchacho del que estuvimos hablando -contestó el señor
Brownlow-. Es muy guapo, ¿no te parece?
-¿Qué sabes tú de él? ¿De dónde ha salido? ¿Quién es?
El señor Grimwig estaba dispuesto a admitir que la aparien cia y las maneras de
Oliver eran enormemente atractivas, pero a él le gustaba llevar la contraria, y había
decidido desde un principio no dar la razón a su amigo.
La fortuna quiso que la señora Bedwin apareciera en aquel momento. Traía un
paquetito de libros encargados por el señor Brownlow al librero que había salvado a
Oliver de tres meses de trabajos forzados.
-¡Llame al chico que ha traído los libros! -ordenó el señor Brownlow-. Hay que
pagarle éstos y devolverle los que nos dejó la semana pasada.
-¡Oh! Ya se ha marchado --contestó la señora Bedwin.
-Si usted quiere -intervino Oliver-, se los puedo llevar yo mismo. Iré corriendo,
señor Me gustaría mucho ser útil.
-Está bien, amiguito. Tienes que devolverle estos libros -contestó el señor
Brownlow tendiéndole un paquete- y pagarle las cuatro libras y diez chelines que le
debo. Aquí tienes cinco libras.
-Confíe en mí. No tardaré ni diez minutos, se lo prometo.
Mientras tanto, en un tugurio llamado Los Tres Patacones, que estaba en la zona
más sucia de la ciudad, Fagin entregaba a Bill Sikes un puñado de monedas
envuettas en un viejo pañuelo.
-Esto es más de lo que te debo -le dijo-, pero sé que me devolverás el favor en
otra ocasión...
-Corto el rollo -replicó el ladrón- y llama al camarero.
Fagin obedeció la orden de Sikes, a inmediatamente apareció el tabernero, un judío
llamado Barney, más joven que Fagin pero con un aspecto igual de repugnante y
ruin. Sikes se limitó a señalar su jarra vacía, y el joven la llenó de inmediato. Al poco
rato, Nancy llegó a la taberna, se sentó con los dos hombres y los tres bebieron unos
tragos. Después, Nancy salió a la calle acompañada de Sikes.
Muy cerca de allí, Oliver caminaba sin imaginar que se encontraba a dos pasos de
toda aquella gente. De pronto, a pocos metros, escuchó unos gritos que lo
sobresaltaron:
-¡Ay, hermanito mío! ¡Por fin te encuentro!
Inmediatamente dos brazos lo agarraron por el cuello.
-¿Qué ocurre? -preguntó Oliver-. ¿Por qué me detienen?
-¡Bendito sea Dios! -siguió diciendo la joven entre lágrimas-. ¿Dónde te habías
metido, granuja?
-No sé quién es usted. Yo no tengo hermanas, ni padre, ni madre -gritaba Oliver
debatiéndose torpemente.
Entonces, reconoció a Nancy, y vio cómo Sikes intervenía en su secuestro.
-¡Socorro! ¡Ayúdenme! -gritaba Oliver haciendo grandes esfuerzos por soltarse de
las poderosas garras de aquel hombre.
-¡Yo sí que te voy a ayudar! -dijo Sikes-. ¿Qué son estos libros? ¡Dámelos!
-ordenó, arrancándoselos y pegándole un fuerte golpe en la cabeza.
Débil por la reciente enfermedad y atontado por los golpes, Oliver comprendió que
era inútil resistirse, y un momento después se vio arrastrado por un laberinto de
callejuelas estrechas y oscuras.
CAPÍTULO CINCO
DE NUEVO ENTRE LADRONES
Media hora después, Oliver y los dos delincuentes entra- - ron en una casa en
ruinas. El P¡llastre los recibió con una vela de sebo en la mano y los condujo hasta
un cuarto bajo que olía a tierra, donde se encontraban Charley Bates y Fagin.
-¡Buenas noches, amiguito -dijo éste a Oliver, haciendo una serie de reverencias a
modo de burla.
-¡Caramba! -exclamó el P¡llastre sacando del bolsillo de OI¡ver el billete de cinco
libras-. ¡Si hasta trae pasta a casa!
-Eso es mío -dijo Fagin cogiendo el dinero.
-¡Que te lo has creído! -contestó Bill Sikes arrancándole el billete de las manos.
-Ese dinero es del anciano que me cuidó -se atrevió a decir Oliver retorciéndose las
manos con nerviosismo -. Déjenme aquí encerrado toda la vida si quieren, pero, por
favor, devuélvanle el dinero y los libros. No me gustaría que pensara que yo se los
he robado.
-Eso es exactamente lo que va a pensar todo el mundo -dijo el anciano judío.
Al oír aquellas palabras, Oliver se puso de pie de un salto, miró como enloquecido a
derecha a izquierda, y salió disparado de la habitación lanzando gritos de socorro. Al
instante, el perro de Sikes, llamado Certero, echó a correr detrás de Oliver
-¡Sujeta a ese perro, B¡ll! -gritó Nancy, cerrando el paso a Sikes y al chucho-. ¡Va
a despedazar al muchacho!
-Le estaría bien empleado -contestó él-. ¡Quítate de en medio, maldita, si no
quieres que te rompa el cráneo!
-Pues tendrás que matarme si quieres que tu perro acabe con el muchacho.
El ladrón mandó de un empujón a Nancy al otro lado de la habitación, justo cuando
el judío y los dos muchachos volvían arrastrando a Oliver
-De modo que quenías escaparte, ¿eh? -dijo el judío agarrando un garrote de la
chimenea-. Si no me equivoco, hasta llamabas a la policía, ¿no es cierto?
Y en ese momento, le asestó un garrotazo en la espalda que hizo desplomarse a
Oliver Nancy arrancó al judío el garrote de la mano cuando estaba a punto de lanzar
el segundo golpe.
-Ya tenéis al chico. ¿Qué más queré is? -gritó la joven-. ¡Ojalá que me hubiera
caído muerta esta noche antes de traerlo de nuevo aquil A partir de ahora, el pobre
está condenado a ser un ladrón y un mentiroso. ¿No te basta, Fagin? Yo he robado
para ti cuando no era la mitad de pequeña que Oliver y llevo doce años a tus
órdenes. Tú me arrojaste a las calles frías y miserables, y tú me vas a mantener en
ellas día y noche hasta que me muera. Esto mismo es lo que le espera al chico. ¿No
tienes bastante?
La muchacha, en un arrebato de cólera, se lanzó contra el judío. Sikes la agarró las
muñecas y ella, agotada por la tensión, se desmayó.
-Es lo malo de tener que tratar con mujeres -dijo Fagin-. En fin, Charley, enséñale
a Oliver su cama.
Charley Bates condujo a Oliver a una cocina contigua, le quitó la ropa nueva y se la
cambió por unos viejos harapos. Al rato, Oliver se quedó dormido, terriblemente
triste, no tanto por verse otra vez atrapado entre indeseables, como por la idea que
el señor Brownlow se estaría forjando de él.
Oliver no podía imaginar siquiera lo que estaba sucediendo en casa de su
protector. El señor Bumble había tenido que venir a la capital para arreglar unos
asuntos de la parroquia y el destino había querido que, al abrir un periódico, sus ojos
toparan con el siguiente anuncio:
“CINCO GUINEAS DE RECOMPENSA.”
“Se ofrecen cinco guineas a quien ofrezca noticias
acerca de Oliver Twist, en paradero desconocido desde
el pasado jueves, así como a quienquiera que facilite
datos sobre su pasado, por el que el anunciante siente
gran interés.”
El señor Bumble, movido por posibilidad de ganarse las cinco guineas, se presentó
en casa del señor Brownlow.
-¿Qué sabe usted de él? -le preguntó sin más introducción el anciano caballero.
-No sé qué interés tiene usted en ese muchacho, pero sí le quiero advertir que
tenga cuidado con él. Ese chico nació en el hospicio de la parroquia del que yo soy
celador; es hijo de unos padres ruines y despreciables, como se puede usted figurar
Durante los años que pasó con nosotros, no tuvo ni un gesto de agradecimiento, y
sólo demostró maldad y falsedad. Más tarde se le dio la oportunidad de aprender un
oficio en una casa de pompas fúnebres, pero no se le ocurrió nada mejor que atacar
violentamente a toda la familia que amablemente le había acogido. Tras lo cual,
desapareció sin más ni más, y no hemos vuelto a tener noticias suyas.
-Me temo que lo que dice es verdad -dijo apesadumbrado el señor Brownlow.
Cuando el señor Bumble se hubo marchado con su recompensa en el bolsillo, el
señor Brownlow llamó a la señora Bedwin y le contó todo lo que le había dicho el
celador
-No puede ser -dijo la viejecita-, nunca lo creeré. Yo sé mucho de niños, y le puedo
asegurar que Oliver Twist es un muchacho agradecido y cariñoso.
-No vuelva a pronunciar nunca más su nombre delante de mí, ¿me oye? No quiero
volver a saber de él.
Hubo muchos corazones tristes aquella noche, y entre ellos el de Oliver que, en la
otra punta de la ciudad, dormía en su miserable cuartucho. Allí permaneció
encerrado durante una semana, al cabo de la cual Fagin le permitió salir y hablar con
los demás muchachos.
A ti te han criado mal, colega -le dijo un día el Pillastre-. Deja que lo eduque Fagin.
Lo quieras o no, terminarás siendo ladrón.
-¡Muy cierto! -lijo el judío, que entraba en aquel preciso momento. Iba
acompañado de Nancy y de un muchacho de unos dieciocho años llamado Tom
Chitling, recién salido de la cárcel y al que Oliver no había visto nunca.
Los siguientes días, los ocuparon todos los miembros de la banda en aleccionar a
Oliver, dándole instrucciones sobre su futuro trabajo a intentando que se
familiarizara con su nueva condición. Una noche estaban reunidos Nancy, Fagin y Bill
Sikes en casa de éste, discutiendo de negocios.
-¿Qué pasa con esa queli de Chertsey? -dijo el anciano judio-. ¿Cuándo será el
robo? Una vajilla como la que hay en esa casa no se encuentra todos los días.
-Toby Crackit lleva quince días intentando camelar al mayordomo y a la criada
-respondió Sikes-, pero no hay nada que hacer, no se quieren pringar O sea, que
desde dentro es imposible. Pero podríamos hacerlo desde fuera...
-¡Trato hecho! -concluyó él judío.
-Pero necesitamos un muchacho que sea pequeño.
-¿Qué te parece Oliver Twist? -propuso Fagin.
-¿Ése? -preguntó Sikes sorprendido.
-Acéptalo, Bill -intervino Nancy-. Para abrir una puerta no necesitas a un experto, y
ese muchacho es de fiar.
-Está bien. Pero como haga algo chungo durante el robo, no volverás a verlo vivo.
¿Entendido?
-No te preocupes, Bill: en cuanto consigamos convencerlo de que es un ladrón,
será nuestro. ¡Nuestro para siempre!
En aquella reunión, decidieron que el robo se haría dos días más tarde.
ruinas. El P¡llastre los recibió con una vela de sebo en la mano y los condujo hasta
un cuarto bajo que olía a tierra, donde se encontraban Charley Bates y Fagin.
-¡Buenas noches, amiguito -dijo éste a Oliver, haciendo una serie de reverencias a
modo de burla.
-¡Caramba! -exclamó el P¡llastre sacando del bolsillo de OI¡ver el billete de cinco
libras-. ¡Si hasta trae pasta a casa!
-Eso es mío -dijo Fagin cogiendo el dinero.
-¡Que te lo has creído! -contestó Bill Sikes arrancándole el billete de las manos.
-Ese dinero es del anciano que me cuidó -se atrevió a decir Oliver retorciéndose las
manos con nerviosismo -. Déjenme aquí encerrado toda la vida si quieren, pero, por
favor, devuélvanle el dinero y los libros. No me gustaría que pensara que yo se los
he robado.
-Eso es exactamente lo que va a pensar todo el mundo -dijo el anciano judío.
Al oír aquellas palabras, Oliver se puso de pie de un salto, miró como enloquecido a
derecha a izquierda, y salió disparado de la habitación lanzando gritos de socorro. Al
instante, el perro de Sikes, llamado Certero, echó a correr detrás de Oliver
-¡Sujeta a ese perro, B¡ll! -gritó Nancy, cerrando el paso a Sikes y al chucho-. ¡Va
a despedazar al muchacho!
-Le estaría bien empleado -contestó él-. ¡Quítate de en medio, maldita, si no
quieres que te rompa el cráneo!
-Pues tendrás que matarme si quieres que tu perro acabe con el muchacho.
El ladrón mandó de un empujón a Nancy al otro lado de la habitación, justo cuando
el judío y los dos muchachos volvían arrastrando a Oliver
-De modo que quenías escaparte, ¿eh? -dijo el judío agarrando un garrote de la
chimenea-. Si no me equivoco, hasta llamabas a la policía, ¿no es cierto?
Y en ese momento, le asestó un garrotazo en la espalda que hizo desplomarse a
Oliver Nancy arrancó al judío el garrote de la mano cuando estaba a punto de lanzar
el segundo golpe.
-Ya tenéis al chico. ¿Qué más queré is? -gritó la joven-. ¡Ojalá que me hubiera
caído muerta esta noche antes de traerlo de nuevo aquil A partir de ahora, el pobre
está condenado a ser un ladrón y un mentiroso. ¿No te basta, Fagin? Yo he robado
para ti cuando no era la mitad de pequeña que Oliver y llevo doce años a tus
órdenes. Tú me arrojaste a las calles frías y miserables, y tú me vas a mantener en
ellas día y noche hasta que me muera. Esto mismo es lo que le espera al chico. ¿No
tienes bastante?
La muchacha, en un arrebato de cólera, se lanzó contra el judío. Sikes la agarró las
muñecas y ella, agotada por la tensión, se desmayó.
-Es lo malo de tener que tratar con mujeres -dijo Fagin-. En fin, Charley, enséñale
a Oliver su cama.
Charley Bates condujo a Oliver a una cocina contigua, le quitó la ropa nueva y se la
cambió por unos viejos harapos. Al rato, Oliver se quedó dormido, terriblemente
triste, no tanto por verse otra vez atrapado entre indeseables, como por la idea que
el señor Brownlow se estaría forjando de él.
Oliver no podía imaginar siquiera lo que estaba sucediendo en casa de su
protector. El señor Bumble había tenido que venir a la capital para arreglar unos
asuntos de la parroquia y el destino había querido que, al abrir un periódico, sus ojos
toparan con el siguiente anuncio:
“CINCO GUINEAS DE RECOMPENSA.”
“Se ofrecen cinco guineas a quien ofrezca noticias
acerca de Oliver Twist, en paradero desconocido desde
el pasado jueves, así como a quienquiera que facilite
datos sobre su pasado, por el que el anunciante siente
gran interés.”
El señor Bumble, movido por posibilidad de ganarse las cinco guineas, se presentó
en casa del señor Brownlow.
-¿Qué sabe usted de él? -le preguntó sin más introducción el anciano caballero.
-No sé qué interés tiene usted en ese muchacho, pero sí le quiero advertir que
tenga cuidado con él. Ese chico nació en el hospicio de la parroquia del que yo soy
celador; es hijo de unos padres ruines y despreciables, como se puede usted figurar
Durante los años que pasó con nosotros, no tuvo ni un gesto de agradecimiento, y
sólo demostró maldad y falsedad. Más tarde se le dio la oportunidad de aprender un
oficio en una casa de pompas fúnebres, pero no se le ocurrió nada mejor que atacar
violentamente a toda la familia que amablemente le había acogido. Tras lo cual,
desapareció sin más ni más, y no hemos vuelto a tener noticias suyas.
-Me temo que lo que dice es verdad -dijo apesadumbrado el señor Brownlow.
Cuando el señor Bumble se hubo marchado con su recompensa en el bolsillo, el
señor Brownlow llamó a la señora Bedwin y le contó todo lo que le había dicho el
celador
-No puede ser -dijo la viejecita-, nunca lo creeré. Yo sé mucho de niños, y le puedo
asegurar que Oliver Twist es un muchacho agradecido y cariñoso.
-No vuelva a pronunciar nunca más su nombre delante de mí, ¿me oye? No quiero
volver a saber de él.
Hubo muchos corazones tristes aquella noche, y entre ellos el de Oliver que, en la
otra punta de la ciudad, dormía en su miserable cuartucho. Allí permaneció
encerrado durante una semana, al cabo de la cual Fagin le permitió salir y hablar con
los demás muchachos.
A ti te han criado mal, colega -le dijo un día el Pillastre-. Deja que lo eduque Fagin.
Lo quieras o no, terminarás siendo ladrón.
-¡Muy cierto! -lijo el judío, que entraba en aquel preciso momento. Iba
acompañado de Nancy y de un muchacho de unos dieciocho años llamado Tom
Chitling, recién salido de la cárcel y al que Oliver no había visto nunca.
Los siguientes días, los ocuparon todos los miembros de la banda en aleccionar a
Oliver, dándole instrucciones sobre su futuro trabajo a intentando que se
familiarizara con su nueva condición. Una noche estaban reunidos Nancy, Fagin y Bill
Sikes en casa de éste, discutiendo de negocios.
-¿Qué pasa con esa queli de Chertsey? -dijo el anciano judio-. ¿Cuándo será el
robo? Una vajilla como la que hay en esa casa no se encuentra todos los días.
-Toby Crackit lleva quince días intentando camelar al mayordomo y a la criada
-respondió Sikes-, pero no hay nada que hacer, no se quieren pringar O sea, que
desde dentro es imposible. Pero podríamos hacerlo desde fuera...
-¡Trato hecho! -concluyó él judío.
-Pero necesitamos un muchacho que sea pequeño.
-¿Qué te parece Oliver Twist? -propuso Fagin.
-¿Ése? -preguntó Sikes sorprendido.
-Acéptalo, Bill -intervino Nancy-. Para abrir una puerta no necesitas a un experto, y
ese muchacho es de fiar.
-Está bien. Pero como haga algo chungo durante el robo, no volverás a verlo vivo.
¿Entendido?
-No te preocupes, Bill: en cuanto consigamos convencerlo de que es un ladrón,
será nuestro. ¡Nuestro para siempre!
En aquella reunión, decidieron que el robo se haría dos días más tarde.
CAPÍTULO SEIS
EL ROBO
Cuando Oliver se despertó a la mañana siguiente, vio, sorprendido, que sus viejos
zapatos habían desaparecido y que, en su lugar, se encontraban otros nuevos y
lustrosos. No tardó mucho en entender tal cambio.
-Esta noche irás a casa de Sikes -le dijo Fagin.
No le dio ninguna explicación más y Olivertampoco se atrevió a hacer preguntas.
Pero antes de marcharse dejando de nuevo a Oliver solo en la casa, el ladrón le dijo:
-Ahí tienes un libro para que lo leas mientras vienen a buscarte.
Oliver cogió el libro; en él se contaban las vidas de grandes malhechores; eran
relatos de espantosos crímenes que helaban la sangre, de asesinatos secretos y
cadáveres escondidos. En un ataque de pavor, arrojó el libro lejos de él, se hincó de
rodillas y empezó a rezar
-¡Oh, Dios mío! ¡Líbrame de ser autor o víctima de crímenes tan espantosos!
Estaba todavía en aquella postura, con la cabeza hundida entre las manos, cuando
se sobresaltó al oír un leve ruido.
-Tranquilo, Oli, soy yo, Nancy -dijo la muchacha con un susurro.
-¿Qué te pasa, Nancy? Estás muy pálida.
-¡Esta habitación es tan húmeda! -disimuló la muchacha, abrigándose con su
manto-. Vamos. Te tengo que llevar a casa de B¡ll.
Sin decir una palabra, Oliver se cogió de su mano y, tras un breve pero profundo
silencio, Nancy respiró hondo y dijo:
-Mina, Oliver, he intentado hacer algo por ti, pero ha sido en vano. Ahora no es el
momento de escapar Te libré una vez de ser maltratado, y lo volveré a hacer pero
esta vez debes portarte bien. Si no, sólo conseguirás perjudicarte a ti mismo, y
también a mí.
Luego, enseñándole unos cardenales que tenía en el cuello y en los brazos, añadió
en voz muy baja:
-¡Mira, Oliver! Todo esto lo he pasado por ti. Si pudiera ayudarte, lo haría, pero no
tengo los medios.
Nancy apretó con fuerza la mano de Oliver y salieron jun tos. Se subieron a un
coche de alquiler y pronto llegaron a casa de Sikes.
-¡Buenas noches! -saludó Sikes, que había salido a recibirles con una vela en la
mano.
Una vez dentro de la casa, el hombre se acercó a Oliver y, apoyándose en el
hombro del muchacho como si estuviera muy cansado, tomó una silla y se sentó. A
continuación, atrajo al muchacho hacia sí y, mostrándole una pistola, le preguntó:
-iSabes qué es esto?
-Sí, señor-contestó Oliver.
-Bien -dijo el ladrón, apoyando el cañón de la pistola en la sien del muchacho-.
Pues si dices una sola palabra, una bala entrará en tu cabeza sin previo aviso.
¿Entendido?
-Sí, señor-contestó Olivertemblando como una hoja.
A las cinco y media de la mañana, Sikes despertó a Oliver
-¡Arriba! -le gritó el ladrón-. Es tarde y no hay tiempo que perder O espabilas o te
quedas sin desayunar ¡Elige!
Oliver se arregló y desayunó en un momento. Luego, se aga rró de la mano del
ladrón y juntos salieron a la calle.
Las calles estaban desiertas y las ventanas de las casas perma necían cerradas.
Pero conforme se acercaban al centro de la ciudad, el bullicio se iba haciendo cada
vez mayor. Era día de mercado: campesinos, carniceros, verduleros, charlatanes,
miro nes, ladrones y maleantes se mezclaban en aquel lugar Sikes fue abriéndose
paso a codazos entre la gente, hasta que dejaron atrás aquel tumulto. Poco después,
habían salido de la ciudad.
Caminaron durante casi todo el día. A veces, un carretero amable les subía en su
carro y les ahorraba un buen trecho. Cayó la noche y, cuando dieron las siete, Oliver
divisó las luces de un pueblo cercano; pero no llegaron a entra r en él y se detuvieron
frente a una casa en ruinas que estaba aparentemente deshabitada. Oliver y Sikes
avanzaron sigilosamente haste el portal; el hombre levantó el picaporte y la puerta
cedió.
En el interior, los recibió Barney, el camarero judío de Los Tres Patacones, que los
condujo a una habitación baja, oscura y destartalada. Sobre un sofá estaba tumbado
un hombre alto y pelirrojo llamado Crackit que llevaba un montón de vulgares
sortijas en sus mugrientos dedos.
-¿Quién es éste? -preguntó sorprendido al ver a Oliver.
-Es uno de los muchachos de Fagin.
-¡Pues menuda facha tiene!- exclamó Crackit.
Descansaron un poco y, a la una y media de la madrugada, los hombres
empezaron a prepararse: se cubrieron con grandes bufandas oscuras y enormes
abrigos.
-¿Lo lleváis todo? -preguntó Sikes-. ¿Las pipas, los verdugos, las llaves, los
taladros, los garrotes?
-Está todo -contestó Barney.
Salieron de la casa y, en poco tiempo, atravesaron el pueblo que habían visto
antes. A esas horas y con la niebla espesa que lo invadía todo, la aldea estaba
completamente desierta. Tan sólo algún ladrido rompía de cuando en cuando el
silencio de la noche. Subieron por un camino y se detuvieron frente a una casa
aislada rodeada por una gran tapia. Toby Crackit trepó a ella en un abrir y cerrar de
ojos.
-Ahora, que suba el muchacho -dijo desde lo alto.
Sikes aupó a Oliver, y pronto se encontraron los tres al otro lado del muro. Se
deslizaron cautelosamente hacia la entrada de la casa y fue entonces cuando Oliver
comprendió, con angustia y pavor, que iba a participar en un robo y, quizá, en un
crimen. Un sudor frío empezó a caer por sus sienes y un grito se escapó de su boca.
Cayó al suelo de rodìllas a imploró:
-¡Por el amor de Dios, tengan piedad de mil Déjenme marchar. ¡Les juro que no
diré nada!
-¡Arriba! -gritó S¡Ikes sacando la pistola de su bolsillo y apuntando al muchacho-.
Levántate si no quieres que tus sesos queden ahora mismo desparramados por el
suelo.
En aquel momento, Toby Crackit le arrancó a su compañero la pistola de las manos
y, tapándole a Oliver la boca, lo arrastró hasta la entrada de la casa.
-¡Venga, B¡ll! -dijo-. Fuerza el postigo.
Sikes obedeció y pronto se abrió un ventanuco con celosía que se encontraba a
unos cinco pies del suelo. El hueco era muy pequeño, pero Oliver podía entrar de
sobra por allí.
-Ahora escucha, granuja -le ordenó Sikes enfocándole la cara con una linterna- vas
a entrar por este hueco y nos vas a abrir la puerta de entrada de la casa.
En el poco tiempo que tuvo para reaccionar, Oliver había decidido que, aunque le
costara la vida, daná la voz de alarma. Pero cuando ya se había metido por el hueco
y estaba dispuesto a llevar a cabo su plan, oyó a Sikes gritar:
-¡Vuelve! ¡Vuelve!
Sorprendido y asustado por los gritos, Oliver dejó caer la linterna al suelo y se
quedó paralizado. Una luz se dirigía hacia él; vio las siluetas de dos hombres medio
desnudos en lo alto de la escalera; sonó un disparo; se produjo una nube de humo y
el muchacho retrocedió tambaleándose. Sikes lo agarró por el cuello, disparó y tiró
para arriba de él.
-¡Rápido, dame una bufanda! -gritó Sikes : ¡Le han dado, le han dado! ¡Dios mío,
cómo sangra!
Oliver oyó luego el repiqueteo de una campanilla, disparos y gritos. Sintió que se lo
llevaban a paso rá.pido. Poco a poco, los ruidos fueron haciéndose cada vez más
lejanos, y una sensación de frío mortal se apoderó de él. Luego, ya no vio ni oyó
nada.
zapatos habían desaparecido y que, en su lugar, se encontraban otros nuevos y
lustrosos. No tardó mucho en entender tal cambio.
-Esta noche irás a casa de Sikes -le dijo Fagin.
No le dio ninguna explicación más y Olivertampoco se atrevió a hacer preguntas.
Pero antes de marcharse dejando de nuevo a Oliver solo en la casa, el ladrón le dijo:
-Ahí tienes un libro para que lo leas mientras vienen a buscarte.
Oliver cogió el libro; en él se contaban las vidas de grandes malhechores; eran
relatos de espantosos crímenes que helaban la sangre, de asesinatos secretos y
cadáveres escondidos. En un ataque de pavor, arrojó el libro lejos de él, se hincó de
rodillas y empezó a rezar
-¡Oh, Dios mío! ¡Líbrame de ser autor o víctima de crímenes tan espantosos!
Estaba todavía en aquella postura, con la cabeza hundida entre las manos, cuando
se sobresaltó al oír un leve ruido.
-Tranquilo, Oli, soy yo, Nancy -dijo la muchacha con un susurro.
-¿Qué te pasa, Nancy? Estás muy pálida.
-¡Esta habitación es tan húmeda! -disimuló la muchacha, abrigándose con su
manto-. Vamos. Te tengo que llevar a casa de B¡ll.
Sin decir una palabra, Oliver se cogió de su mano y, tras un breve pero profundo
silencio, Nancy respiró hondo y dijo:
-Mina, Oliver, he intentado hacer algo por ti, pero ha sido en vano. Ahora no es el
momento de escapar Te libré una vez de ser maltratado, y lo volveré a hacer pero
esta vez debes portarte bien. Si no, sólo conseguirás perjudicarte a ti mismo, y
también a mí.
Luego, enseñándole unos cardenales que tenía en el cuello y en los brazos, añadió
en voz muy baja:
-¡Mira, Oliver! Todo esto lo he pasado por ti. Si pudiera ayudarte, lo haría, pero no
tengo los medios.
Nancy apretó con fuerza la mano de Oliver y salieron jun tos. Se subieron a un
coche de alquiler y pronto llegaron a casa de Sikes.
-¡Buenas noches! -saludó Sikes, que había salido a recibirles con una vela en la
mano.
Una vez dentro de la casa, el hombre se acercó a Oliver y, apoyándose en el
hombro del muchacho como si estuviera muy cansado, tomó una silla y se sentó. A
continuación, atrajo al muchacho hacia sí y, mostrándole una pistola, le preguntó:
-iSabes qué es esto?
-Sí, señor-contestó Oliver.
-Bien -dijo el ladrón, apoyando el cañón de la pistola en la sien del muchacho-.
Pues si dices una sola palabra, una bala entrará en tu cabeza sin previo aviso.
¿Entendido?
-Sí, señor-contestó Olivertemblando como una hoja.
A las cinco y media de la mañana, Sikes despertó a Oliver
-¡Arriba! -le gritó el ladrón-. Es tarde y no hay tiempo que perder O espabilas o te
quedas sin desayunar ¡Elige!
Oliver se arregló y desayunó en un momento. Luego, se aga rró de la mano del
ladrón y juntos salieron a la calle.
Las calles estaban desiertas y las ventanas de las casas perma necían cerradas.
Pero conforme se acercaban al centro de la ciudad, el bullicio se iba haciendo cada
vez mayor. Era día de mercado: campesinos, carniceros, verduleros, charlatanes,
miro nes, ladrones y maleantes se mezclaban en aquel lugar Sikes fue abriéndose
paso a codazos entre la gente, hasta que dejaron atrás aquel tumulto. Poco después,
habían salido de la ciudad.
Caminaron durante casi todo el día. A veces, un carretero amable les subía en su
carro y les ahorraba un buen trecho. Cayó la noche y, cuando dieron las siete, Oliver
divisó las luces de un pueblo cercano; pero no llegaron a entra r en él y se detuvieron
frente a una casa en ruinas que estaba aparentemente deshabitada. Oliver y Sikes
avanzaron sigilosamente haste el portal; el hombre levantó el picaporte y la puerta
cedió.
En el interior, los recibió Barney, el camarero judío de Los Tres Patacones, que los
condujo a una habitación baja, oscura y destartalada. Sobre un sofá estaba tumbado
un hombre alto y pelirrojo llamado Crackit que llevaba un montón de vulgares
sortijas en sus mugrientos dedos.
-¿Quién es éste? -preguntó sorprendido al ver a Oliver.
-Es uno de los muchachos de Fagin.
-¡Pues menuda facha tiene!- exclamó Crackit.
Descansaron un poco y, a la una y media de la madrugada, los hombres
empezaron a prepararse: se cubrieron con grandes bufandas oscuras y enormes
abrigos.
-¿Lo lleváis todo? -preguntó Sikes-. ¿Las pipas, los verdugos, las llaves, los
taladros, los garrotes?
-Está todo -contestó Barney.
Salieron de la casa y, en poco tiempo, atravesaron el pueblo que habían visto
antes. A esas horas y con la niebla espesa que lo invadía todo, la aldea estaba
completamente desierta. Tan sólo algún ladrido rompía de cuando en cuando el
silencio de la noche. Subieron por un camino y se detuvieron frente a una casa
aislada rodeada por una gran tapia. Toby Crackit trepó a ella en un abrir y cerrar de
ojos.
-Ahora, que suba el muchacho -dijo desde lo alto.
Sikes aupó a Oliver, y pronto se encontraron los tres al otro lado del muro. Se
deslizaron cautelosamente hacia la entrada de la casa y fue entonces cuando Oliver
comprendió, con angustia y pavor, que iba a participar en un robo y, quizá, en un
crimen. Un sudor frío empezó a caer por sus sienes y un grito se escapó de su boca.
Cayó al suelo de rodìllas a imploró:
-¡Por el amor de Dios, tengan piedad de mil Déjenme marchar. ¡Les juro que no
diré nada!
-¡Arriba! -gritó S¡Ikes sacando la pistola de su bolsillo y apuntando al muchacho-.
Levántate si no quieres que tus sesos queden ahora mismo desparramados por el
suelo.
En aquel momento, Toby Crackit le arrancó a su compañero la pistola de las manos
y, tapándole a Oliver la boca, lo arrastró hasta la entrada de la casa.
-¡Venga, B¡ll! -dijo-. Fuerza el postigo.
Sikes obedeció y pronto se abrió un ventanuco con celosía que se encontraba a
unos cinco pies del suelo. El hueco era muy pequeño, pero Oliver podía entrar de
sobra por allí.
-Ahora escucha, granuja -le ordenó Sikes enfocándole la cara con una linterna- vas
a entrar por este hueco y nos vas a abrir la puerta de entrada de la casa.
En el poco tiempo que tuvo para reaccionar, Oliver había decidido que, aunque le
costara la vida, daná la voz de alarma. Pero cuando ya se había metido por el hueco
y estaba dispuesto a llevar a cabo su plan, oyó a Sikes gritar:
-¡Vuelve! ¡Vuelve!
Sorprendido y asustado por los gritos, Oliver dejó caer la linterna al suelo y se
quedó paralizado. Una luz se dirigía hacia él; vio las siluetas de dos hombres medio
desnudos en lo alto de la escalera; sonó un disparo; se produjo una nube de humo y
el muchacho retrocedió tambaleándose. Sikes lo agarró por el cuello, disparó y tiró
para arriba de él.
-¡Rápido, dame una bufanda! -gritó Sikes : ¡Le han dado, le han dado! ¡Dios mío,
cómo sangra!
Oliver oyó luego el repiqueteo de una campanilla, disparos y gritos. Sintió que se lo
llevaban a paso rá.pido. Poco a poco, los ruidos fueron haciéndose cada vez más
lejanos, y una sensación de frío mortal se apoderó de él. Luego, ya no vio ni oyó
nada.
CAPÍTULO SIETE
UN EXTRAÑO PERSONAJE
Al día siguiente, en casa de Fagin, estaban el P¡llastre y sus colegas rateros,
absortos en una larga y controvertida partida de naipes. El judío permanecía inmóvil,
sentado frente al fuego, cabizbajo y visiblemente preocupado. Había leído en los
periódicos que el robo había fallado, pero no tenía noticias de Sikes, ni de Toby, ni,
sobre todo, de su estimado pupilo.
-¡Han llamado a la puerta! -gritó de pronto el P¡llastre.
Cogió la luz y fue a ver quién era.
-Es Toby Crackit -susurró al oído de su amo.
-¿Qué? -gritó el judío-. ¿Está solo?
-Si -contestó el P¡llastre.
-D¡le que entre -ordenó Fagin-. Los demás, ya os podéis largar de aquí
discretamente.
La orden fue obedecida por todos, de modo que cuando el P¡llastre volvió con
Crackit, Fagin se encontraba solo en la habitación.
-¿Qué tall -saludó Toby Crackit con aire desenvuelto.
Fagin no decía nada. Miraba ansioso al ladrón, a la espera de alguna noticia.
-No me mires así, hombre -lijo Toby-. ¿Crees que puedo hablarte del curro con el
estómago vacío?
Toby se puso entonces a comer y a beber, aparentemente sin prisa por iniciar la
conversación; sólo cuando se sintió satisfecho, preguntó:
-¿Cómo está Bill?
-¿Qué? -gritó Fagin sin dar crédito a lo que estaba oyendo-. ¿Qué cómo está Bill?
-No me digas que no sabes nada de... -respondió el otro con aire misterioso.
-No sé nada de nada -gritó Fagin pateando furioso el suelo-. Así es que ya puedes
empezar a contármelo todo.
-Nos falló el golpe -dijo Toby con voz tenue y cabizbajo.
-Eso ya lo he leído en los periódicos. Quiero saber más.
-Dispararon y un tiro alcanzó al chico -siguió Toby-. Todo el vecindario salió
armado detrás de nosotros, con perros y todo. Escapamos campo a través como
pudimos.
-¿Y Oliver?
-Bill lo llevaba a cuestas. Nos pisaban los talones y el chico estaba frío como un
témpano. Así es que nos separamos y dejamos al muchacho en una zanja. No sé si
estaba vivo o muerto.
El judío no quiso escuchar más y, lanzando un grito que hizo temblar las paredes,
salió de su casa como una exhalación. Anduvo largo rato por estrechas a inmundas
callejuelas hasta llegar a Los Tres Patacones.
-¿Está él aquí? -susurró of oído del dueño del local.
-¿A quién se refiere? ¿A Monks? -preguntó el tabernero.
-Sí -contestó Fagin-, pero hable más bajo.
-Todavía no -contestó el hombre-, pero ya tenía que haber llegado. Si se espera
diez minutos..
-No, no -contestó Fagin aliviado-. Dígale que venga a mi casa mañana. He de
hablar con él.
El judío salió de aquel antro y, sin más, cogió un coche de alquiler y se dirigió a
casa de Bill Sikes y Nancy. Fagin súbió las escaleras de la casa y, sin demasiados
miramientos, irrumpió en la habitación de la joven, que se encontraba visiblemente
borracha con la cabeza apoyada sobre la mesa. El ruido que hizo Fagin al entrar la
sobresaltó por un instante, circunstancia que aprovechó el judío para explicarle lo
sucedido con el pequeño Oliver y Sikes. Cuando hubo terminado, Nancy retomó su
postura inicial, sin decir una sola palabra.
-¿Dónde crees que podná estar Bill? -preguntó Fagin.
-¡Y qué sé yo! -dijo ella llorando.
-¡Pobre chiquillo! -suspiró Fagin mirando a Nancy, al acecho de cualquier cambio
en su rostro que la pudiera delatar
Fagin había comprendido que la muchacha sentía simpatía y compasión por el
pequeño Oliver; por eso pensó que quizá sabría algo de él. Pero ella tan sólo
exclamó:
-¿Pobre chiquillo? Está mucho mejor ahora que cuando estaba entre nosotros.
¡Ojalá se haya muerto!
-¿Pero qué estás diciendo? ¿Te has vuelto loca?
-En el fondo me alegro de lo que le ha ocurrido. Lo peor ya ha pasado para él.
Además, no podía soportarlo cerca de mí.
Me hacía sentir asco de mí misma y de todos nosotros; de todo lo que somos...
-¡Bah! -dijo el judío-. ¡Estás borracha! Ahora, déjate de tonterías y escucha bien: si
tu Bill vuelve y ha dejado atrás al muchacho, si él ha salido vivo de esto y no me
devuelve a Oliver, mátalo tú misma si quieres evitarle la horca.
-¿A qué viene esto? -gritó ella.
-Mira, pellejo -continuó Fagin furioso-, Oliver es mi mejor negocio, y no lo voy a
perder por culpa de los caprichos de una pandilla de borrachos. Además, ese hijo de
Satán al que estoy atado tiene suficiente poder para... para...
En aquel instante, el judío comprendió que había hablado demasiado a hizo un
esfuerzo por contener su ira. Sin decir ni una palabra más, se dejó caer, exhausto,
en una silla, temblando ante el temor de haber revelado parte de su secreto. No
tardó en comprobar que Nancy se encontraba tan borracha que seguramente no se
había enterado de nada. Entonces salió de aquella casa, dejando a la muchacha tal y
como la había encontrado en el momento de su llegada.
Al llegar a la esquina de su calle, se detuvo unos instantes para buscar la llave de
la puerta. De pronto, una sombra salió de la profunda oscuridad de un porche
cercano y se acercó sigilosamente hasta él.
-¡Fagin! -le susurró una voz cerca de la oreja.
-¡Ah! -gritó el judío, sobresaltado-. ¿Eres Monks?
-Sí -le contestó la sombra-. Llevo dos horas esperándote. ¿Dónde te habías
metido?
-Entremos en mi casa. Hablaremos más tranquilos.
Cuando aquel extraño personaje se quitó el embozo que le cubría parte de la cara,
dejó ver un rostro lleno de maldad; una mirada profunda y negra de crueldad que
revelaba un egoísmo sin límites.
-El chico -dijo él- tenía que haberse quedado aquí, con los demás. ¿Por qué no
haber hecho de él un simple ratero? Dentro de unos meses lo habrían cogido y lo
habrían expulsado de! país para toda la vida. Para eso lo contraté.
-Escucha, Monks -dijo Fagin-, a ese muchacho era imposible convertirlo en un
ladrón. En todo el tiempo que ha estado aquí, no he conseguido ennegrecer su alma
ni un poquito siquiera.
-¡Maldito antro! -gritó Monks-, ¿qué es eso?
-¿Qué es qué?
-¡Allí! -gritó el hombre, señalando la pared opuesta-. ¡Una sombra! ¡He visto la
sombra de una mujer!
Los dos hombres salieron de la habitación
absortos en una larga y controvertida partida de naipes. El judío permanecía inmóvil,
sentado frente al fuego, cabizbajo y visiblemente preocupado. Había leído en los
periódicos que el robo había fallado, pero no tenía noticias de Sikes, ni de Toby, ni,
sobre todo, de su estimado pupilo.
-¡Han llamado a la puerta! -gritó de pronto el P¡llastre.
Cogió la luz y fue a ver quién era.
-Es Toby Crackit -susurró al oído de su amo.
-¿Qué? -gritó el judío-. ¿Está solo?
-Si -contestó el P¡llastre.
-D¡le que entre -ordenó Fagin-. Los demás, ya os podéis largar de aquí
discretamente.
La orden fue obedecida por todos, de modo que cuando el P¡llastre volvió con
Crackit, Fagin se encontraba solo en la habitación.
-¿Qué tall -saludó Toby Crackit con aire desenvuelto.
Fagin no decía nada. Miraba ansioso al ladrón, a la espera de alguna noticia.
-No me mires así, hombre -lijo Toby-. ¿Crees que puedo hablarte del curro con el
estómago vacío?
Toby se puso entonces a comer y a beber, aparentemente sin prisa por iniciar la
conversación; sólo cuando se sintió satisfecho, preguntó:
-¿Cómo está Bill?
-¿Qué? -gritó Fagin sin dar crédito a lo que estaba oyendo-. ¿Qué cómo está Bill?
-No me digas que no sabes nada de... -respondió el otro con aire misterioso.
-No sé nada de nada -gritó Fagin pateando furioso el suelo-. Así es que ya puedes
empezar a contármelo todo.
-Nos falló el golpe -dijo Toby con voz tenue y cabizbajo.
-Eso ya lo he leído en los periódicos. Quiero saber más.
-Dispararon y un tiro alcanzó al chico -siguió Toby-. Todo el vecindario salió
armado detrás de nosotros, con perros y todo. Escapamos campo a través como
pudimos.
-¿Y Oliver?
-Bill lo llevaba a cuestas. Nos pisaban los talones y el chico estaba frío como un
témpano. Así es que nos separamos y dejamos al muchacho en una zanja. No sé si
estaba vivo o muerto.
El judío no quiso escuchar más y, lanzando un grito que hizo temblar las paredes,
salió de su casa como una exhalación. Anduvo largo rato por estrechas a inmundas
callejuelas hasta llegar a Los Tres Patacones.
-¿Está él aquí? -susurró of oído del dueño del local.
-¿A quién se refiere? ¿A Monks? -preguntó el tabernero.
-Sí -contestó Fagin-, pero hable más bajo.
-Todavía no -contestó el hombre-, pero ya tenía que haber llegado. Si se espera
diez minutos..
-No, no -contestó Fagin aliviado-. Dígale que venga a mi casa mañana. He de
hablar con él.
El judío salió de aquel antro y, sin más, cogió un coche de alquiler y se dirigió a
casa de Bill Sikes y Nancy. Fagin súbió las escaleras de la casa y, sin demasiados
miramientos, irrumpió en la habitación de la joven, que se encontraba visiblemente
borracha con la cabeza apoyada sobre la mesa. El ruido que hizo Fagin al entrar la
sobresaltó por un instante, circunstancia que aprovechó el judío para explicarle lo
sucedido con el pequeño Oliver y Sikes. Cuando hubo terminado, Nancy retomó su
postura inicial, sin decir una sola palabra.
-¿Dónde crees que podná estar Bill? -preguntó Fagin.
-¡Y qué sé yo! -dijo ella llorando.
-¡Pobre chiquillo! -suspiró Fagin mirando a Nancy, al acecho de cualquier cambio
en su rostro que la pudiera delatar
Fagin había comprendido que la muchacha sentía simpatía y compasión por el
pequeño Oliver; por eso pensó que quizá sabría algo de él. Pero ella tan sólo
exclamó:
-¿Pobre chiquillo? Está mucho mejor ahora que cuando estaba entre nosotros.
¡Ojalá se haya muerto!
-¿Pero qué estás diciendo? ¿Te has vuelto loca?
-En el fondo me alegro de lo que le ha ocurrido. Lo peor ya ha pasado para él.
Además, no podía soportarlo cerca de mí.
Me hacía sentir asco de mí misma y de todos nosotros; de todo lo que somos...
-¡Bah! -dijo el judío-. ¡Estás borracha! Ahora, déjate de tonterías y escucha bien: si
tu Bill vuelve y ha dejado atrás al muchacho, si él ha salido vivo de esto y no me
devuelve a Oliver, mátalo tú misma si quieres evitarle la horca.
-¿A qué viene esto? -gritó ella.
-Mira, pellejo -continuó Fagin furioso-, Oliver es mi mejor negocio, y no lo voy a
perder por culpa de los caprichos de una pandilla de borrachos. Además, ese hijo de
Satán al que estoy atado tiene suficiente poder para... para...
En aquel instante, el judío comprendió que había hablado demasiado a hizo un
esfuerzo por contener su ira. Sin decir ni una palabra más, se dejó caer, exhausto,
en una silla, temblando ante el temor de haber revelado parte de su secreto. No
tardó en comprobar que Nancy se encontraba tan borracha que seguramente no se
había enterado de nada. Entonces salió de aquella casa, dejando a la muchacha tal y
como la había encontrado en el momento de su llegada.
Al llegar a la esquina de su calle, se detuvo unos instantes para buscar la llave de
la puerta. De pronto, una sombra salió de la profunda oscuridad de un porche
cercano y se acercó sigilosamente hasta él.
-¡Fagin! -le susurró una voz cerca de la oreja.
-¡Ah! -gritó el judío, sobresaltado-. ¿Eres Monks?
-Sí -le contestó la sombra-. Llevo dos horas esperándote. ¿Dónde te habías
metido?
-Entremos en mi casa. Hablaremos más tranquilos.
Cuando aquel extraño personaje se quitó el embozo que le cubría parte de la cara,
dejó ver un rostro lleno de maldad; una mirada profunda y negra de crueldad que
revelaba un egoísmo sin límites.
-El chico -dijo él- tenía que haberse quedado aquí, con los demás. ¿Por qué no
haber hecho de él un simple ratero? Dentro de unos meses lo habrían cogido y lo
habrían expulsado de! país para toda la vida. Para eso lo contraté.
-Escucha, Monks -dijo Fagin-, a ese muchacho era imposible convertirlo en un
ladrón. En todo el tiempo que ha estado aquí, no he conseguido ennegrecer su alma
ni un poquito siquiera.
-¡Maldito antro! -gritó Monks-, ¿qué es eso?
-¿Qué es qué?
-¡Allí! -gritó el hombre, señalando la pared opuesta-. ¡Una sombra! ¡He visto la
sombra de una mujer!
Los dos hombres salieron de la habitación
Archivo Marzo 2008





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