La Llamada de Cthulhu
H. P. Lovecraft
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(Encontrado entre los papeles del difunto Francis Wayland Thurston, de Boston)
“Resulta concebible pensar en la supervivencia de tales poderes y criaturas [...] una supervivencia de una época inmensamente remota en la que [...] la consciencia estaba manifestada. quizá, en formas y figuras que desaparecieron hace mucho ante el avance de la humanidad [...] formas de las que sólo la poesía y la leyenda captaron un fugaz recuerdo llamándolas dioses, monstruos, y criaturas míticas de todo tipo y especie…”
-Algernon Blackwood
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I.
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El Horror en Arcilla.
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A mi parecer, no hay nada más misericordioso en el mundo que la incapacidad del cerebro humano de correlacionar todos sus contenidos. Vivimos en una plácida isla de ignorancia en medio de mares negros e infinitos, pero no fue concebido que debiéramos llegar muy lejos. Hasta el momento las ciencias, cada una orientada en su propia dirección, nos han causado poco daño; pero algún día, la reconstrucción de conocimientos dispersos nos dará a conocer tan terribles panorámicas de la realidad, y lo terrorífico del lugar que ocupamos en ella, que sólo podremos enloquecer como consecuencia de tal revelación, o huir de la mortífera luz hacia la paz y seguridad de una nueva era de tinieblas.
Los teósofos han adivinado la imponente grandeza del ciclo cósmico en el que nuestro mundo y la raza humana no son sino un incidente transitorio. Los filósofos han hecho insinuaciones acerca de extrañas supervivencias en términos que podrían helar la sangre si no se enmascarasen tras un suave optimismo. Pero no procede de ellos la visión de épocas prohibidas que me hace sentir escalofríos cada vez que pienso en ella y me vuelve loco en mis sueños. Esa pequeña visión, como todas las pavorosas visiones de la realidad. fue el producto de una reconstrucción accidental a partir de varias cosas diferentes, en este caso un antiguo artículo de periódico y las notas de un profesor fallecido. Espero que nadie más sea capaz de repetir esta reconstrucción; de hecho, si yo viviera lo bastante, jamás aportaría conscientemente un solo eslabón más a tan horrible cadena. Creo que el profesor también tenía intención de silenciar aquella parte de la que tuvo conocimiento, así como de haber destruido sus notas si no le hubiera sobrevenido una repentina muerte.
Mi conocimiento del asunto se remonta al invierno de 1926-27 momento en que tuvo lugar la muerte de mi tío abuelo George Gammel Angell, profesor emérito de Filología Semítica en la Universidad de Browm, en Providence, Rhode Island. El profesor Angell era una autoridad reconocida en inscripciones de la antigüedad, y con frecuencia habían recurrido a él los directores de museos importantes; a esto se debe que su fallecimiento a la edad de noventa y dos años sea recordado por muchos. En el ámbito local el interés se acrecentó por las oscuras circunstancias de su muerte. El profesor sufrió una extraña dolencia mientras volvía del barco de Newport; tal y como dijeron los testigos, se derrumbó de repente tras haber recibido el empellón de un negro con aspecto de marinero que había salido de uno de los raros y oscuros callejones de la escarpada pendiente que constituía un atajo entre los muelles y la casa del difunto en Williams Street. Los médicos fueron incapaces de encontrar ningún trastorno visible, pero terminaron por apuntar, tras una discusión, que la causa de la muerte debía ser una lesión desconocida del corazón, causada por el rápido ascenso de un hombre ya mayor por una colina tan pronunciada. En aquel momento no vi razón alguna para disentir de ese dictamen, pero más tarde me vi inclinado a cuestionarlo... e incluso más que cuestionarlo.
Como heredero y albacea de mi tío abuelo, que había muerto viudo y sin hijos, debía examinar sus papeles con cierta minuciosidad; a tal fin llevé todos sus archivos y cajas a mi alojamiento en Boston. La mayoría del material que correlacioné será publicado más adelante por la Sociedad Americana de Arqueología, pero había una caja que me resultó sumamente misteriosa, y que me sentí reacio a enseñar a otros ojos que los míos. Estaba cerrada, y no encontré la llave hasta que se me ocurrió buscar en el llavero que el profesor llevaba siempre en su bolsillo. Entonces pude abrirla, pero parece que fuera solamente para toparme con una barrera más fuerte e infranqueable. ¿Cuál podía ser el significado de aquel extraño bajorrelieve de arcilla, y de los inconexos apuntes, notas y recortes que encontré? ¿Había comenzado mi tío a creer semejantes supercherías en sus últimos años? Decidí emprender la búsqueda del excéntrico escultor responsable de aquel claro trastorno de la paz mental de un anciano.
El bajorrelieve era una tosca pieza rectangular de algo más de dos centímetros de grosor y con una superficie de unos trece por quince; de origen evidentemente moderno. Por el contrario, su diseño distaba mucho de resultar moderno en lo que se refiere al tema y a lo sugerido por la obra ya que, aunque los caprichos del cubismo y el futurismo son muchos y descabellados, no suelen servir para reproducir la enigmática regularidad que se esconde tras la escritura prehistórica y, ciertamente, el grueso de aquellos diseños parecía ser algún tipo de escritura. Sin embargo, y a pesar de estar muy familiarizado con los papeles y colecciones de mi tío, la memoria me fallaba al intentar identificar a qué tipo pertenecía, o incluso al intentar recordar alguna pista de la más remota afinidad de aquella con otras escrituras.
Sobre esos presuntos jeroglíficos se encontraba una figura con evidente propósito pictórico, aunque su ejecución impresionista impedía hacerse una idea clara de su naturaleza. Parecía tratarse de algún tipo de monstruo, un símbolo que lo representase, o una forma que sólo una imaginación enfermiza podría llegar a concebir. No estaría traicionando al espíritu de aquella cosa si digo que mi imaginación, algo calenturienta de por sí, creía percibir en ella, de forma simultánea, las figuras de un pulpo, un dragón, y una caricatura de ser humano. Una cabeza viscosa y cubierta de tentáculos destacaba sobre un cuerpo grotesco y escamoso con unas alas rudimentarias; pero era el perfil general de toda ella lo que resultaba más espantoso. Detrás de la figura quedaba insinuado un ciclópeo trasfondo arquitectónico.
Los escritos que acompañaban a aquella rareza, dejando a un lado un montón de recortes de prensa, habían sido escritos hace poco de la mano del profesor Angell, y no había pretensión literaria alguna en su estilo. Lo que parecía ser el documento principal se titulaba “CULTO DE CTHULHU” en caracteres trazados concienzudamente para evitar una lectura equivocada de una palabra tan inaudita. El manuscrito estaba dividido en dos secciones, estando titulada la primera “1925-Los sueños y trabajos sobre los sueños de H.A. Wilcox, 7 Thomas St., Providence, Rhode Island”, y el segundo “Narración del inspector John. R. Legrasse, 121 Bienville St., Nueva Orleans, La., 1908 A.A.S. Mtg. -Notas sobre los mismos y sobre el relato del profesor Webb”. El resto de los papeles manuscritos eran notas breves, algunas de ellas acerca de extraños sueños de personas diversas, y otras, menciones de libros y revistas teosóficos (particularmente el Atlantis y el continente perdido de Lemuria de W. Scott Elliot). El resto eran comentarios acerca de longevas sociedades secretas y cultos secretos, con referencias a varios pasajes de fuentes mitológicas y antropológicas como puedan ser La rama de oro de Frazer y la Brujería en la Europa occidental de la señorita Murray. Los recortes aludían a extrañas enfermedades mentales y a una ola de locura o demencia colectiva que tuvo lugar en la primavera de 1925.
La primera mitad del manuscrito principal daba cuenta de un suceso bastante peculiar. Parece ser que el 1 de Marzo de 1925, un hombre moreno y delgado, de aspecto neurótico y excitado, se presentó en casa del profesor Angell llevando el singular bajorrelieve, todavía húmedo y fresco. En su tarjeta de visita aparecía el nombre Henry Anthony Wilcox, y mi tío lo reconoció como el benjamín de una excelente familia que le resultaba conocida. En los últimos tiempos el joven Wilcox había estado estudiando escultura en la Escuela de Diseño de Rhode Island y viviendo solo en el edificio Fleur-de- Lys, cercano a dicha institución. Wilcox era un joven precoz de genio reconocido pero de una gran excentricidad, y ya desde la niñez había entusiasmado a gente con las extrañas historias y sueños que tenía por costumbre relatar. Decía de sí mismo que era “'psíquicamente hipersensible”, pero la gente formal de aquella antigua ciudad comercial le tomaba simplemente por un “tipo rarito”. Al no mezclarse demasiado con sus compañeros de estudio se apartó gradualmente de la vida social, y en aquel momento sólo se relacionaba con un grupo de estetas de otras ciudades. Incluso el Club de Arte de Providence, en su celo conservacionista, lo dejó por imposible.
Con motivo de la visita, según se leía en el manuscrito del profesor, el escultor pidió bruscamente la ayuda de mi tío para que, dados sus conocimientos arqueológicos, identificara los jeroglíficos del bajorrelieve. Habló de una manera tan distraída y afectada, y que indicaba tal presunción, que anulaba cualquier simpatía que pudiera sentirse por él. Mi tío le contestó con cierta brusquedad, ya que la notable frescura de la tablilla implicaba parentesco con cualquier cosa excepto con la arqueología. La réplica del joven Wilcox, que impresionó a mi tío hasta el punto de recordarla y anotarla al pie de la letra, estuvo caracterizada por un matiz fantásticamente poético que debió marcar sin duda toda la conversación, y que tal y como he podido comprobar más tarde, resultaba muy propio de él. Lo que dijo fue: “¡Claro que es nueva! La hice la pasada noche en un sueño que tuve sobre extrañas ciudades; y los sueños son más antiguos que la ensoñadora Tiro, la contemplativa Esfinge, o la misma Babilonia cercada de jardines.”
Fue entonces cuando comenzó su inconexo relato, que de repente avivó un recuerdo aletargado de mi tío, y se ganó su fervoroso interés. La noche anterior había tenido lugar un leve terremoto, el de mayor intensidad de los últimos años en Nueva Inglaterra; y la imaginación del joven Wilcox había resultado fuertemente afectada. Al irse a dormir tuvo éste un sueño sin precedentes sobre ciclópeas ciudades de titánicos sillares de piedra y monolitos que alcanzaban el cielo, chorreando todo el conjunto
légamo de color verde y anunciando un horror latente. Los muros y pilares estaban cubiertos de jeroglíficos, y desde algún punto bajo el suelo le llegó una voz que no era tal; una sensación caótica que tan solo la imaginación podría transliterar en sonido, cosa que intentó hacer por medio de un revoltijo casi impronunciable de letras: “Cthulhu fhtagn”.
Este galimatías fue la clave para que el profesor recordase algo que le preocupaba y confundía. Preguntó al escultor con minuciosidad científica, y estudió con intensidad casi frenética el bajorrelieve en el que el joven se encontraba trabajando cuando, helándose de frío y vestido sólo con su pijama, despertó de repente y se sorprendió al ver lo que hacía. Mi tío culpaba a su edad, como dijo Wilcox posteriormente, de su lentitud en reconocer los jeroglíficos y el diseño pictórico.
Muchas de sus preguntas le parecieron fuera de lugar al visitante, especialmente cuando el profesor intentó encontrar conexiones entre Wilcox y extrañas sectas y sociedades. Wilcox no pudo entender las repetidas promesas de silencio que le fueron ofrecidas a cambio de admitir su pertenencia a una extendida organización religiosa de carácter pagano o místico. Cuando el profesor se convenció de que Wilcox ignoraba la existencia de cualquier tipo de culto o de saber arcano, no dudó en asediar a su visitante solicitándole futuros informes acerca de sus sueños. Esto dio su fruto de una forma continuada, ya que tras la primera entrevista el manuscrito hace constar las visitas diarias del joven. en las que relataba sorprendentes fragmentos de imágenes oníricas cuyo principal contenido era siempre alguna terrible panorámica de carácter ciclópeo, y de piedra oscura y chorreante, a la que acompañaba una voz o inteligencia subterránea que de forma monótona profería enigmáticos impactos sensoriales imposibles de transliterar salvo en un galimatías. Los dos sonidos repetidos con más frecuencia. mencionados en las cartas, eran “Cthulhu” y “R’lyeh”.
El 23 de Marzo, según apuntaba el manuscrito, Wilcox no apareció; las pesquisas en su alojamiento revelaron que había sido asaltado por una especie inusual de fiebre y que había sido llevado a la casa de su familia en Watterman Street. Wilcox había estado gritando durante la noche, despertando a varios de los otros artistas que vivían en la residencia, y desde entonces sólo había manifestado estados alternativos de inconsciencia y delirio. Mi tío se apresuró a telefonear a la familia, y desde ese momento en adelante prestó una gran atención al caso, llamando a menudo a la consulta del Dr. Tobey en Thayer Street, al enterarse de que era el médico de Wilcox. Al parecer, la febril mente del joven se explayaba sobre cosas extrañas; y a ratos el doctor se estremecía al oír hablar de ellas. Tales visiones no se limitaban a la repetición constante de cosas soñadas con anterioridad, sino que aludían locamente a una gigantesca cosa “de kilómetros de altura” que caminaba, o se movía, pesadamente. En ningún momento llegó a describir por completo a aquel ser, pero algunas palabras frenéticas y ocasionales, repetidas por el doctor Tobey, convencieron al profesor de que debía ser idéntico a la monstruosidad sin nombre que había tratado de representar en aquella figura esculpida en sueños. El doctor añadió que cualquier referencia a este objeto suponía, sin excepción, el preludio del hundimiento del joven en un estado letárgico. Extrañamente su temperatura no estaba muy por encima de la normal; pero su condición, por lo demás, indicaba la presencia de una auténtica fiebre y no de un trastorno mental.
Alrededor de las 3 de la tarde del 2 de Abril, todo rastro de la enfermedad de Wilcox desapareció de repente. Éste se sentó sobre la cama, asombrado de encontrarse en casa de sus padres, y completamente ignorante de lo acontecido en los sueños o la realidad desde la noche del 22 de Marzo. Tras darle de alta el médico. Wilcox tardó sólo tres días en volver a su alojamiento; pero en adelante dejó de interesar al profesor Angell. Todo rastro de sueños extraños se había desvanecido al llegar su recuperación, y mi tío dejó de tomar nota de sus visiones oníricas tras una semana de explicaciones irrelevantes y sin sentido acerca de sueños corrientes.
Aquí termina la primera parte del manuscrito, pero algunas referencias a ciertas notas dispersas me dieron mucho en lo que pensar. hasta el punto de que sólo el arraigado escepticismo que caracterizaba mi filosofía por aquel entonces, era capaz de explicar mi continua desconfianza por el artista. Las notas en cuestión eran las que describían los sueños de varias personas a lo largo del mismo periodo en que el joven Wilcox había experimentado sus extrañas visitaciones. Parece ser que mi tío inició rápidamente un sistema increíblemente ramificado de investigación entre casi todos los amigos a los que podía preguntar, sin parecer impertinente, acerca de sus sueños nocturnos así como de la fecha de cualquier visión fuera de lo común que hubieran experimentado en tiempos recientes. Según parece, la acogida de su solicitud resultó muy variada, pero al menos debió recibir más respuestas de las que una sola persona podría ser capaz de atender sin la ayuda de un secretario. La correspondencia original no ha sido conservada, pero sus notas al respecto forman un minucioso y significativo resumen. La gente normal de la vida social y de los negocios -la “sal de la vida” de la sociedad de Nueva Inglaterra- dio un resultado negativo casi en su mayoría, aunque hubo algún que otro caso aislado de intranquilas e indefinidas visiones nocturnas, siempre entre el 23 de Marzo y el 2 de Abril, periodo que coincidía con el delirio del joven Wilcox. Aquellos dedicados a la ciencia no resultaron mucho más afectados, aunque cuatro casos de vagas
descripciones podrían sugerir la existencia de visiones fugaces de extraños paisajes, y uno de ellos hacía incluso mención a un miedo ante algo anormal que pudiera sobrevenir.
Fue de los artistas y poetas de quienes llegaron las respuestas pertinentes, y sé perfectamente que se hubiera desatado el pánico entre ellos de tener posibilidad de comparar sus notas. A la vista de aquello, y faltando las cartas originales, llegué a sospechar que el recopilador había formulado preguntas tendenciosas, o que había redactado la correspondencia de forma que quedase corroborado lo que él, de forma latente, estaba resuelto a confirmar. Esta es la razón por la que continué pensando que Wilcox, de alguna forma al corriente de ciertos datos del pasado en posesión de mi tío, había estado aprovechándose del veterano científico. Las respuestas de aquellos estetas daban forma a una inquietante historia. Desde el 28 de Febrero al 2 de Abril una gran proporción de ellos había soñado con cosas muy extrañas, siendo la intensidad de estos sueños incongruentemente mayor durante el periodo correspondiente al delirio del escultor. Más de la cuarta parte de los que informaron acerca de algo, decían haber tenido visiones y escuchado sonidos no muy distintos de los que Wilcox había descrito. Alguno de los soñadores confesó haber sentido un miedo intenso hacia una cosa gigantesca e innombrable, visible casi al final. Uno de los casos descritos con más énfasis en las notas fue realmente lamentable. El sujeto, un arquitecto de renombre con ciertas inclinaciones hacia la teosofía y el ocultismo, enloqueció violentamente el día del ataque de Wilcox, y falleció unos meses más tarde tras gritar de manera incesante que le salvaran de un ser huido del mismísimo infierno. Si mi tío hubiera hecho referencia a estos casos por el nombre y los apellidos y no mediante un número, yo mismo hubiera hecho un intento de corroborar todo mediante una investigación, pero tal como estaban, sólo tuve éxito en seguir la pista a unos cuantos. Sin embargo, estos confirmaron lo registrado en las notas. Con frecuencia me he preguntado si todos los sujetos encuestados por mi tío se sentirían tan confundidos como estos pocos. Es mejor que jamás reciban explicación alguna al respecto.
Los recortes de prensa, como ya he dado a entender, aluden a casos de pánico, manía, y excentricidad que tuvieron lugar durante el periodo en cuestión. Sin duda el profesor Angell debió contratar los servicios de una agencia de recortes de prensa, ya que la cantidad de extractos era enorme, y éstos procedían de fuentes muy diversas repartidas por todo el globo. Uno trataba acerca de un suicidio nocturno en Londres, donde una persona que dormía sola había saltado por una ventana tras proferir un grito espantoso. Había otro que consistía en una inconexa carta, dirigida al director de un periódico sudamericano, en la que un fanático deducía un catastrófico futuro a partir de ciertas visiones que había tenido. Un comunicado procedente de California describía a una colonia de teósofos vistiéndose de togas blancas como preparativo de algún “glorioso cumplimiento” que jamás tuvo lugar, mientras que las noticias llegadas desde la India hablaban con cautela acerca de serios disturbios causados por nativos hacia finales de Marzo. Los ritos orgiásticos del vudú se multiplican en Haití, y de los puestos avanzados africanos llegaba información acerca de rumores y malos augurios. Las autoridades americanas en Filipinas se encontraron con la agitación de varias tribus por esas fechas, y en Nueva York la policía era acosada por multitudes de tez aceitunada la noche del 22 al 23 de marzo. En la zona occidental de Irlanda también abundaban los descabellados rumores y leyendas, y el pintor de temas fantásticos Ardois-Bonnot colgaba su blasfemo Paisaje Onírico en el salón de primavera de París de 1926. Fueron tan numerosas las alteraciones que tuvieron lugar en los manicomios, que solamente un milagro hubiera sido capaz de evitar que la cofradía médica advirtiese los extraños paralelismos y sacase desconcertantes conclusiones de aquello. Un extraño montón de recortes, que aún hoy no puedo concebir con qué insensible racionalismo fui capaz de desechar. Pero por aquel entonces ya estaba convencido de que el joven Wilcox conocía aquellas viejas cuestiones mencionadas por el profesor.
H. P. Lovecraft
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(Encontrado entre los papeles del difunto Francis Wayland Thurston, de Boston)
“Resulta concebible pensar en la supervivencia de tales poderes y criaturas [...] una supervivencia de una época inmensamente remota en la que [...] la consciencia estaba manifestada. quizá, en formas y figuras que desaparecieron hace mucho ante el avance de la humanidad [...] formas de las que sólo la poesía y la leyenda captaron un fugaz recuerdo llamándolas dioses, monstruos, y criaturas míticas de todo tipo y especie…”
-Algernon Blackwood
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I.
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El Horror en Arcilla.
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A mi parecer, no hay nada más misericordioso en el mundo que la incapacidad del cerebro humano de correlacionar todos sus contenidos. Vivimos en una plácida isla de ignorancia en medio de mares negros e infinitos, pero no fue concebido que debiéramos llegar muy lejos. Hasta el momento las ciencias, cada una orientada en su propia dirección, nos han causado poco daño; pero algún día, la reconstrucción de conocimientos dispersos nos dará a conocer tan terribles panorámicas de la realidad, y lo terrorífico del lugar que ocupamos en ella, que sólo podremos enloquecer como consecuencia de tal revelación, o huir de la mortífera luz hacia la paz y seguridad de una nueva era de tinieblas.
Los teósofos han adivinado la imponente grandeza del ciclo cósmico en el que nuestro mundo y la raza humana no son sino un incidente transitorio. Los filósofos han hecho insinuaciones acerca de extrañas supervivencias en términos que podrían helar la sangre si no se enmascarasen tras un suave optimismo. Pero no procede de ellos la visión de épocas prohibidas que me hace sentir escalofríos cada vez que pienso en ella y me vuelve loco en mis sueños. Esa pequeña visión, como todas las pavorosas visiones de la realidad. fue el producto de una reconstrucción accidental a partir de varias cosas diferentes, en este caso un antiguo artículo de periódico y las notas de un profesor fallecido. Espero que nadie más sea capaz de repetir esta reconstrucción; de hecho, si yo viviera lo bastante, jamás aportaría conscientemente un solo eslabón más a tan horrible cadena. Creo que el profesor también tenía intención de silenciar aquella parte de la que tuvo conocimiento, así como de haber destruido sus notas si no le hubiera sobrevenido una repentina muerte.
Mi conocimiento del asunto se remonta al invierno de 1926-27 momento en que tuvo lugar la muerte de mi tío abuelo George Gammel Angell, profesor emérito de Filología Semítica en la Universidad de Browm, en Providence, Rhode Island. El profesor Angell era una autoridad reconocida en inscripciones de la antigüedad, y con frecuencia habían recurrido a él los directores de museos importantes; a esto se debe que su fallecimiento a la edad de noventa y dos años sea recordado por muchos. En el ámbito local el interés se acrecentó por las oscuras circunstancias de su muerte. El profesor sufrió una extraña dolencia mientras volvía del barco de Newport; tal y como dijeron los testigos, se derrumbó de repente tras haber recibido el empellón de un negro con aspecto de marinero que había salido de uno de los raros y oscuros callejones de la escarpada pendiente que constituía un atajo entre los muelles y la casa del difunto en Williams Street. Los médicos fueron incapaces de encontrar ningún trastorno visible, pero terminaron por apuntar, tras una discusión, que la causa de la muerte debía ser una lesión desconocida del corazón, causada por el rápido ascenso de un hombre ya mayor por una colina tan pronunciada. En aquel momento no vi razón alguna para disentir de ese dictamen, pero más tarde me vi inclinado a cuestionarlo... e incluso más que cuestionarlo.
Como heredero y albacea de mi tío abuelo, que había muerto viudo y sin hijos, debía examinar sus papeles con cierta minuciosidad; a tal fin llevé todos sus archivos y cajas a mi alojamiento en Boston. La mayoría del material que correlacioné será publicado más adelante por la Sociedad Americana de Arqueología, pero había una caja que me resultó sumamente misteriosa, y que me sentí reacio a enseñar a otros ojos que los míos. Estaba cerrada, y no encontré la llave hasta que se me ocurrió buscar en el llavero que el profesor llevaba siempre en su bolsillo. Entonces pude abrirla, pero parece que fuera solamente para toparme con una barrera más fuerte e infranqueable. ¿Cuál podía ser el significado de aquel extraño bajorrelieve de arcilla, y de los inconexos apuntes, notas y recortes que encontré? ¿Había comenzado mi tío a creer semejantes supercherías en sus últimos años? Decidí emprender la búsqueda del excéntrico escultor responsable de aquel claro trastorno de la paz mental de un anciano.
El bajorrelieve era una tosca pieza rectangular de algo más de dos centímetros de grosor y con una superficie de unos trece por quince; de origen evidentemente moderno. Por el contrario, su diseño distaba mucho de resultar moderno en lo que se refiere al tema y a lo sugerido por la obra ya que, aunque los caprichos del cubismo y el futurismo son muchos y descabellados, no suelen servir para reproducir la enigmática regularidad que se esconde tras la escritura prehistórica y, ciertamente, el grueso de aquellos diseños parecía ser algún tipo de escritura. Sin embargo, y a pesar de estar muy familiarizado con los papeles y colecciones de mi tío, la memoria me fallaba al intentar identificar a qué tipo pertenecía, o incluso al intentar recordar alguna pista de la más remota afinidad de aquella con otras escrituras.
Sobre esos presuntos jeroglíficos se encontraba una figura con evidente propósito pictórico, aunque su ejecución impresionista impedía hacerse una idea clara de su naturaleza. Parecía tratarse de algún tipo de monstruo, un símbolo que lo representase, o una forma que sólo una imaginación enfermiza podría llegar a concebir. No estaría traicionando al espíritu de aquella cosa si digo que mi imaginación, algo calenturienta de por sí, creía percibir en ella, de forma simultánea, las figuras de un pulpo, un dragón, y una caricatura de ser humano. Una cabeza viscosa y cubierta de tentáculos destacaba sobre un cuerpo grotesco y escamoso con unas alas rudimentarias; pero era el perfil general de toda ella lo que resultaba más espantoso. Detrás de la figura quedaba insinuado un ciclópeo trasfondo arquitectónico.
Los escritos que acompañaban a aquella rareza, dejando a un lado un montón de recortes de prensa, habían sido escritos hace poco de la mano del profesor Angell, y no había pretensión literaria alguna en su estilo. Lo que parecía ser el documento principal se titulaba “CULTO DE CTHULHU” en caracteres trazados concienzudamente para evitar una lectura equivocada de una palabra tan inaudita. El manuscrito estaba dividido en dos secciones, estando titulada la primera “1925-Los sueños y trabajos sobre los sueños de H.A. Wilcox, 7 Thomas St., Providence, Rhode Island”, y el segundo “Narración del inspector John. R. Legrasse, 121 Bienville St., Nueva Orleans, La., 1908 A.A.S. Mtg. -Notas sobre los mismos y sobre el relato del profesor Webb”. El resto de los papeles manuscritos eran notas breves, algunas de ellas acerca de extraños sueños de personas diversas, y otras, menciones de libros y revistas teosóficos (particularmente el Atlantis y el continente perdido de Lemuria de W. Scott Elliot). El resto eran comentarios acerca de longevas sociedades secretas y cultos secretos, con referencias a varios pasajes de fuentes mitológicas y antropológicas como puedan ser La rama de oro de Frazer y la Brujería en la Europa occidental de la señorita Murray. Los recortes aludían a extrañas enfermedades mentales y a una ola de locura o demencia colectiva que tuvo lugar en la primavera de 1925.
La primera mitad del manuscrito principal daba cuenta de un suceso bastante peculiar. Parece ser que el 1 de Marzo de 1925, un hombre moreno y delgado, de aspecto neurótico y excitado, se presentó en casa del profesor Angell llevando el singular bajorrelieve, todavía húmedo y fresco. En su tarjeta de visita aparecía el nombre Henry Anthony Wilcox, y mi tío lo reconoció como el benjamín de una excelente familia que le resultaba conocida. En los últimos tiempos el joven Wilcox había estado estudiando escultura en la Escuela de Diseño de Rhode Island y viviendo solo en el edificio Fleur-de- Lys, cercano a dicha institución. Wilcox era un joven precoz de genio reconocido pero de una gran excentricidad, y ya desde la niñez había entusiasmado a gente con las extrañas historias y sueños que tenía por costumbre relatar. Decía de sí mismo que era “'psíquicamente hipersensible”, pero la gente formal de aquella antigua ciudad comercial le tomaba simplemente por un “tipo rarito”. Al no mezclarse demasiado con sus compañeros de estudio se apartó gradualmente de la vida social, y en aquel momento sólo se relacionaba con un grupo de estetas de otras ciudades. Incluso el Club de Arte de Providence, en su celo conservacionista, lo dejó por imposible.
Con motivo de la visita, según se leía en el manuscrito del profesor, el escultor pidió bruscamente la ayuda de mi tío para que, dados sus conocimientos arqueológicos, identificara los jeroglíficos del bajorrelieve. Habló de una manera tan distraída y afectada, y que indicaba tal presunción, que anulaba cualquier simpatía que pudiera sentirse por él. Mi tío le contestó con cierta brusquedad, ya que la notable frescura de la tablilla implicaba parentesco con cualquier cosa excepto con la arqueología. La réplica del joven Wilcox, que impresionó a mi tío hasta el punto de recordarla y anotarla al pie de la letra, estuvo caracterizada por un matiz fantásticamente poético que debió marcar sin duda toda la conversación, y que tal y como he podido comprobar más tarde, resultaba muy propio de él. Lo que dijo fue: “¡Claro que es nueva! La hice la pasada noche en un sueño que tuve sobre extrañas ciudades; y los sueños son más antiguos que la ensoñadora Tiro, la contemplativa Esfinge, o la misma Babilonia cercada de jardines.”
Fue entonces cuando comenzó su inconexo relato, que de repente avivó un recuerdo aletargado de mi tío, y se ganó su fervoroso interés. La noche anterior había tenido lugar un leve terremoto, el de mayor intensidad de los últimos años en Nueva Inglaterra; y la imaginación del joven Wilcox había resultado fuertemente afectada. Al irse a dormir tuvo éste un sueño sin precedentes sobre ciclópeas ciudades de titánicos sillares de piedra y monolitos que alcanzaban el cielo, chorreando todo el conjunto
légamo de color verde y anunciando un horror latente. Los muros y pilares estaban cubiertos de jeroglíficos, y desde algún punto bajo el suelo le llegó una voz que no era tal; una sensación caótica que tan solo la imaginación podría transliterar en sonido, cosa que intentó hacer por medio de un revoltijo casi impronunciable de letras: “Cthulhu fhtagn”.
Este galimatías fue la clave para que el profesor recordase algo que le preocupaba y confundía. Preguntó al escultor con minuciosidad científica, y estudió con intensidad casi frenética el bajorrelieve en el que el joven se encontraba trabajando cuando, helándose de frío y vestido sólo con su pijama, despertó de repente y se sorprendió al ver lo que hacía. Mi tío culpaba a su edad, como dijo Wilcox posteriormente, de su lentitud en reconocer los jeroglíficos y el diseño pictórico.
Muchas de sus preguntas le parecieron fuera de lugar al visitante, especialmente cuando el profesor intentó encontrar conexiones entre Wilcox y extrañas sectas y sociedades. Wilcox no pudo entender las repetidas promesas de silencio que le fueron ofrecidas a cambio de admitir su pertenencia a una extendida organización religiosa de carácter pagano o místico. Cuando el profesor se convenció de que Wilcox ignoraba la existencia de cualquier tipo de culto o de saber arcano, no dudó en asediar a su visitante solicitándole futuros informes acerca de sus sueños. Esto dio su fruto de una forma continuada, ya que tras la primera entrevista el manuscrito hace constar las visitas diarias del joven. en las que relataba sorprendentes fragmentos de imágenes oníricas cuyo principal contenido era siempre alguna terrible panorámica de carácter ciclópeo, y de piedra oscura y chorreante, a la que acompañaba una voz o inteligencia subterránea que de forma monótona profería enigmáticos impactos sensoriales imposibles de transliterar salvo en un galimatías. Los dos sonidos repetidos con más frecuencia. mencionados en las cartas, eran “Cthulhu” y “R’lyeh”.
El 23 de Marzo, según apuntaba el manuscrito, Wilcox no apareció; las pesquisas en su alojamiento revelaron que había sido asaltado por una especie inusual de fiebre y que había sido llevado a la casa de su familia en Watterman Street. Wilcox había estado gritando durante la noche, despertando a varios de los otros artistas que vivían en la residencia, y desde entonces sólo había manifestado estados alternativos de inconsciencia y delirio. Mi tío se apresuró a telefonear a la familia, y desde ese momento en adelante prestó una gran atención al caso, llamando a menudo a la consulta del Dr. Tobey en Thayer Street, al enterarse de que era el médico de Wilcox. Al parecer, la febril mente del joven se explayaba sobre cosas extrañas; y a ratos el doctor se estremecía al oír hablar de ellas. Tales visiones no se limitaban a la repetición constante de cosas soñadas con anterioridad, sino que aludían locamente a una gigantesca cosa “de kilómetros de altura” que caminaba, o se movía, pesadamente. En ningún momento llegó a describir por completo a aquel ser, pero algunas palabras frenéticas y ocasionales, repetidas por el doctor Tobey, convencieron al profesor de que debía ser idéntico a la monstruosidad sin nombre que había tratado de representar en aquella figura esculpida en sueños. El doctor añadió que cualquier referencia a este objeto suponía, sin excepción, el preludio del hundimiento del joven en un estado letárgico. Extrañamente su temperatura no estaba muy por encima de la normal; pero su condición, por lo demás, indicaba la presencia de una auténtica fiebre y no de un trastorno mental.
Alrededor de las 3 de la tarde del 2 de Abril, todo rastro de la enfermedad de Wilcox desapareció de repente. Éste se sentó sobre la cama, asombrado de encontrarse en casa de sus padres, y completamente ignorante de lo acontecido en los sueños o la realidad desde la noche del 22 de Marzo. Tras darle de alta el médico. Wilcox tardó sólo tres días en volver a su alojamiento; pero en adelante dejó de interesar al profesor Angell. Todo rastro de sueños extraños se había desvanecido al llegar su recuperación, y mi tío dejó de tomar nota de sus visiones oníricas tras una semana de explicaciones irrelevantes y sin sentido acerca de sueños corrientes.
Aquí termina la primera parte del manuscrito, pero algunas referencias a ciertas notas dispersas me dieron mucho en lo que pensar. hasta el punto de que sólo el arraigado escepticismo que caracterizaba mi filosofía por aquel entonces, era capaz de explicar mi continua desconfianza por el artista. Las notas en cuestión eran las que describían los sueños de varias personas a lo largo del mismo periodo en que el joven Wilcox había experimentado sus extrañas visitaciones. Parece ser que mi tío inició rápidamente un sistema increíblemente ramificado de investigación entre casi todos los amigos a los que podía preguntar, sin parecer impertinente, acerca de sus sueños nocturnos así como de la fecha de cualquier visión fuera de lo común que hubieran experimentado en tiempos recientes. Según parece, la acogida de su solicitud resultó muy variada, pero al menos debió recibir más respuestas de las que una sola persona podría ser capaz de atender sin la ayuda de un secretario. La correspondencia original no ha sido conservada, pero sus notas al respecto forman un minucioso y significativo resumen. La gente normal de la vida social y de los negocios -la “sal de la vida” de la sociedad de Nueva Inglaterra- dio un resultado negativo casi en su mayoría, aunque hubo algún que otro caso aislado de intranquilas e indefinidas visiones nocturnas, siempre entre el 23 de Marzo y el 2 de Abril, periodo que coincidía con el delirio del joven Wilcox. Aquellos dedicados a la ciencia no resultaron mucho más afectados, aunque cuatro casos de vagas
descripciones podrían sugerir la existencia de visiones fugaces de extraños paisajes, y uno de ellos hacía incluso mención a un miedo ante algo anormal que pudiera sobrevenir.
Fue de los artistas y poetas de quienes llegaron las respuestas pertinentes, y sé perfectamente que se hubiera desatado el pánico entre ellos de tener posibilidad de comparar sus notas. A la vista de aquello, y faltando las cartas originales, llegué a sospechar que el recopilador había formulado preguntas tendenciosas, o que había redactado la correspondencia de forma que quedase corroborado lo que él, de forma latente, estaba resuelto a confirmar. Esta es la razón por la que continué pensando que Wilcox, de alguna forma al corriente de ciertos datos del pasado en posesión de mi tío, había estado aprovechándose del veterano científico. Las respuestas de aquellos estetas daban forma a una inquietante historia. Desde el 28 de Febrero al 2 de Abril una gran proporción de ellos había soñado con cosas muy extrañas, siendo la intensidad de estos sueños incongruentemente mayor durante el periodo correspondiente al delirio del escultor. Más de la cuarta parte de los que informaron acerca de algo, decían haber tenido visiones y escuchado sonidos no muy distintos de los que Wilcox había descrito. Alguno de los soñadores confesó haber sentido un miedo intenso hacia una cosa gigantesca e innombrable, visible casi al final. Uno de los casos descritos con más énfasis en las notas fue realmente lamentable. El sujeto, un arquitecto de renombre con ciertas inclinaciones hacia la teosofía y el ocultismo, enloqueció violentamente el día del ataque de Wilcox, y falleció unos meses más tarde tras gritar de manera incesante que le salvaran de un ser huido del mismísimo infierno. Si mi tío hubiera hecho referencia a estos casos por el nombre y los apellidos y no mediante un número, yo mismo hubiera hecho un intento de corroborar todo mediante una investigación, pero tal como estaban, sólo tuve éxito en seguir la pista a unos cuantos. Sin embargo, estos confirmaron lo registrado en las notas. Con frecuencia me he preguntado si todos los sujetos encuestados por mi tío se sentirían tan confundidos como estos pocos. Es mejor que jamás reciban explicación alguna al respecto.
Los recortes de prensa, como ya he dado a entender, aluden a casos de pánico, manía, y excentricidad que tuvieron lugar durante el periodo en cuestión. Sin duda el profesor Angell debió contratar los servicios de una agencia de recortes de prensa, ya que la cantidad de extractos era enorme, y éstos procedían de fuentes muy diversas repartidas por todo el globo. Uno trataba acerca de un suicidio nocturno en Londres, donde una persona que dormía sola había saltado por una ventana tras proferir un grito espantoso. Había otro que consistía en una inconexa carta, dirigida al director de un periódico sudamericano, en la que un fanático deducía un catastrófico futuro a partir de ciertas visiones que había tenido. Un comunicado procedente de California describía a una colonia de teósofos vistiéndose de togas blancas como preparativo de algún “glorioso cumplimiento” que jamás tuvo lugar, mientras que las noticias llegadas desde la India hablaban con cautela acerca de serios disturbios causados por nativos hacia finales de Marzo. Los ritos orgiásticos del vudú se multiplican en Haití, y de los puestos avanzados africanos llegaba información acerca de rumores y malos augurios. Las autoridades americanas en Filipinas se encontraron con la agitación de varias tribus por esas fechas, y en Nueva York la policía era acosada por multitudes de tez aceitunada la noche del 22 al 23 de marzo. En la zona occidental de Irlanda también abundaban los descabellados rumores y leyendas, y el pintor de temas fantásticos Ardois-Bonnot colgaba su blasfemo Paisaje Onírico en el salón de primavera de París de 1926. Fueron tan numerosas las alteraciones que tuvieron lugar en los manicomios, que solamente un milagro hubiera sido capaz de evitar que la cofradía médica advirtiese los extraños paralelismos y sacase desconcertantes conclusiones de aquello. Un extraño montón de recortes, que aún hoy no puedo concebir con qué insensible racionalismo fui capaz de desechar. Pero por aquel entonces ya estaba convencido de que el joven Wilcox conocía aquellas viejas cuestiones mencionadas por el profesor.
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II
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El Relato del Inspector Legrasse.
El Relato del Inspector Legrasse.
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Aquellos viejos asuntos que habían hecho que el sueño del escultor y su bajorrelieve resultaran tan trascendentes para mi tío constituían el tema principal de la segunda mitad de su largo manuscrito. Parece ser que el profesor Angell había visto ya en una ocasión, y estudiado sin obtener resultados, el diabólico perfil de aquella monstruosidad sin nombre representada sobre aquellos desconocidos jeroglíficos, y que también había escuchado las terribles sílabas que sólo pueden ser transliteradas como algo parecido a “Cthulhu”. Aquella vinculación era tan horrible e inquietante que no resulta nada extraño que el profesor acuciase al joven Wilcox con sus preguntas y solicitudes de información.
Esta experiencia anterior tuvo lugar en 1908, hacía diecisiete años, cuando la Sociedad Americana de Arqueología celebraba su reunión anual en San Luis. El profesor Angell, como corresponde a alguien de su mérito y autoridad, había desempeñado un papel importante en las
deliberaciones, y fue uno de los primeros en ser abordado por los diversos profanos que, aprovechando la celebración, acudieron para hacer preguntas y plantear problemas en la confianza de que serían correctamente contestadas y resueltos.
El cabecilla de aquellos profanos, que no tardó en ser el centro de atención de todos los congregados, era un hombre de mediana edad y aspecto corriente que había venido desde Nueva Orleans en busca de cierta información especial que le resultaba imposible obtener de ninguna de las fuentes locales. Su nombre era John Raymond Legrasse, inspector de policía de profesión. Trajo consigo el motivo de su visita, una grotesca, repulsiva, y aparentemente antiquísima estatua de piedra, cuyo origen era incapaz de determinar. No cabe pensar que el inspector Legrasse tuviera el menor interés por la arqueología ya que, por el contrario, su deseo de ser ilustrado al respecto estaba instado por motivos puramente profesionales. La estatuilla, ídolo, fetiche, o lo que quiera que aquello fuera, había sido requisada hacía unos meses en los bosques pantanosos al sur de Nueva Orleans, en el curso de una redada contra los asistentes a una supuesta celebración vudú; tan extraños y horribles eran los ritos practicados en la misma que la policía no pudo sino darse cuenta de que había dado con una oscura secta totalmente desconocida para ellos, e infinitamente más diabólica que el más siniestro de los círculos africanos de la religión vudú. Acerca de su origen no pudo descubrirse absolutamente nada, salvo por ciertas historias erráticas e increíbles que se logró sacar por la fuerza a algunos de los detenidos. A esto último se debe el ansia de la policía por encontrar cualquier dato acerca de las antiguas tradiciones que pueda ayudarles a reconocer el horrible símbolo, para poder seguir la pista del culto hasta su mismo origen.
El inspector Legrasse no estaba preparado para la excitación que suscitó su testimonio. Un simple vistazo a la estatuilla fue suficiente para hacer que los hombres de ciencia allí congregados se sumiesen en un estado de tensa excitación, y no perdieran un solo momento en amontonarse alrededor del policía para así poder contemplar la diminuta figura, de tan extraña apariencia y tan remota antigüedad, que daba lugar a inopinadas y arcaicas perspectivas aún por desvelar Ninguna escuela de arte conocida había alentado la creación de este terrible objeto, pero cientos e incluso miles de años parecían estar marcados sobre su oscura y verdosa superficie de piedra cuya identificación resultaba imposible.
La figura, que al final fue pasada lentamente de mano en mano para que pudiera llevarse a cabo un estudio más cercano y detallado de la misma, tenía entre dieciocho y veinte centímetros de altura y estaba esculpida con gran habilidad artesanal. Representaba a un monstruo de perfil vagamente humano, pero con una cabeza a modo de pulpo cuya cara era una masa de tentáculos, un cuerpo cubierto de escamas y de aspecto gomoso, unas prodigiosas garras tanto en extremidades anteriores como posteriores, y unas largas y estrechas alas en la espalda. Aquella cosa, de la que parecía desprenderse una terrible y antinatural malevolencia, tenía una corpulencia algo abotargada y estaba sentada en cuclillas, con cierto aire maligno, sobre un pedestal cubierto de caracteres indescifrables. Las puntas de las alas tocaban el lado posterior del pedestal, y su trasero ocupaba el centro, mientras que las largas y curvas garras de las dobladas patas inferiores asían la parte frontal y se extendían a lo largo de todo el tercio superior del pedestal. La cabeza de cefalópodo se encontraba inclinada hacia delante, de modo que los extremos de sus tentáculos faciales rozaban la parte posterior de las grandes garras delanteras que, a su vez, estaban abrazadas a las rodillas elevadas de la agachada criatura. El aspecto del conjunto resultaba anormalmente vívido, e incluso sutilmente terrible, ya que su origen era del todo desconocido. Su enorme, pasmosa, e incalculable antigüedad resultaba indiscutible; a pesar de ello no daba muestra de una sola relación con cualquier forma artística conocida de carácter primitivo. De hecho, tampoco guardaba relación con ninguna otra época. Totalmente al margen, el propio material con que estaba construida resultaba un misterio, ya que aquella piedra verdinegra de aspecto maleable con motas y vetas doradas o iridiscentes no se asemejaba a nada conocido por la geología o la mineralogía. Los caracteres que cubrían la base eran igualmente desconcertantes y ninguno de los presentes pudo formarse la menor idea de su origen lingüístico, a pesar de encontrarse allí la mitad de los expertos mundiales en la materia. Estas inscripciones, así como la estatuilla y su material, formaban parte de algo horriblemente remoto y ajeno a la humanidad tal y como la conocemos; algo que terriblemente sugiere la existencia de antiguos e idólatras ciclos de vida en los que nuestro mundo y concepciones no tiene cabida alguna.
No obstante, después de que todos los congregados sacudieran sus cabezas, confesando su derrota ante el problema planteado por el inspector, hubo un hombre entre los allí reunidos que creyó percibir una extraña familiaridad en la monstruosa figura y la escritura, y que al momento contó con cierta timidez lo poco que sabía. Esta persona era el difunto William Channing Webb, profesor de antropología en la Universidad de Princeton, y un explorador de reconocido prestigio. El profesor Webb había participado cuarenta y ocho años atrás en una expedición a Groenlandia e Islandia en busca de ciertas inscripciones rúnicas que no llegó finalmente a encontrar. Mientras remontaban la costa occidental de Groenlandia se encontraron con una extraña tribu o culto de esquimales degenerados cuya religión, una curiosa forma de adoración al diablo, le hizo sentir escalofríos dado lo deliberadamente sanguinario y
repulsivo de sus ritos. Era una fe de la que otros esquimales sabían muy poco, y de la que sólo se hablaba en medio de un gran pánico, diciendo que procedía de épocas horriblemente antiguas y anteriores a la creación de nuestro mundo. Además de ritos indescriptibles y sacrificios humanos, también se practicaban otros extraños ritos de carácter hereditario dirigidos a un anciano demonio supremo o tornasuk. El profesor Webb tomó una cuidadosa transcripción fonética de aquellos ritos de labios de un anciano angekok o hechicero-sacerdote, expresando los sonidos lo mejor que pudo en caracteres latinos. Pero en aquellos momentos el asunto de principal trascendencia no era otro que el fetiche que aquel culto adoraba y alrededor del cual danzaban los sectarios cuando la aurora se alzaba por encima de los gélidos acantilados. Este era, afirmó el profesor, un tosco bajorrelieve de piedra, que constaba de un horrible dibujo y de ciertas inscripciones enigmáticas y, según le parecía, era una versión más tosca pero similar, en todas sus características esenciales, a la inhumana efigie que yacía en aquel momento frente a los reunidos.
Estos datos, recibidos con incertidumbre y asombro por los presentes, probaron ser de especial interés para el inspector Legrasse, que comenzó de inmediato a acosar con preguntas al informante. Ya que había copiado y tomado nota de un ritual oral escuchado a los adoradores del culto de los pantanos que sus hombres detuvieron, suplicó al profesor que recordase lo mejor que pudiera las sílabas que anotó en su convivencia con aquellos diabólicos esquimales. Lo que siguió entonces fue una exhaustiva comparación de detalles y un momento de pavoroso silencio cuando el detective y el científico llegaron a la conclusión de la práctica identidad de la frase común a aquellos dos rituales diabólicos pertenecientes a mundos tan diferentes y distantes entre sí. Lo que cantaban a sus ídolos gemelos, tanto los hechiceros esquimales como los sacerdotes de los pantanos de Luisiana era, en esencia, era algo muy parecido a esto (las divisiones entre palabras se han supuesto en base a los cortes que tradicionalmente se hacían en la frase al cantarla voz alta):
“Ph‘nglui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgah'nagl fhtagn.”
Legrasse tenía algo a su favor frente al profesor Webb, ya que en varias ocasiones sus prisioneros mestizos le habían repetido lo que los viejos oficiantes les contaron del significado de esas palabras. El verso se traduciría por algo parecido a esto:
“En su morada de R’lyeh, el difunto Cthulhu espera soñando.”
En ese momento, en respuesta a una exigencia urgente y generalizada, el inspector Legrasse relató, de la forma más completa posible, su experiencia con los adoradores de los pantanos; un relato que mi tío, tal y como puedo ver, consideró de una profunda trascendencia. La historia participaba de los más locos sueños de mitómanos y teósofos, y demostraba el asombroso grado de imaginación cósmica poseído por aquellos mestizos y parias, algo que era lo que menos se hubiera podido esperar de ellos.
El día 1 de Noviembre de 1907 la policía de Nueva Orleans fue llamada a acudir con urgencia a la región pantanosa y lacustre al sur de la ciudad. Los ocupantes ilegales de la zona, en su mayoría primitivos pero amables descendientes de los hombres de Lafitte, eran presa de un terror absoluto debido a algo desconocido que se les había acercado en silencio durante la noche. Al parecer se trataba de vudú, pero un vudú de un tipo más terrible del que jamás habían llegado a conocer, y algunas mujeres y niños habían desaparecido desde que el maléfico tam-tam comenzó su incesante golpeteo a lo lejos, en el interior de los negros y embrujados bosques por los que ninguno de los colonos se atrevía a aventurarse. Había gritos demenciales y angustiosos chillidos, cantos que helaban la sangre y danzantes llamas endemoniadas, y según añadió el aterrado mensajero, la gente no podía soportarlo por más tiempo.
De ese modo, un destacamento de veinte policías, repartidos entre dos carruajes y un automóvil, emprendió la marcha en las últimas horas de la tarde con el tembloroso colono haciendo las veces de guía. Se apearon al final del camino transitable y durante kilómetros chapotearon en silencio a través del terrible bosque de cipreses al que la luz del día nunca llegaba. Feas raíces y maléficas lianas de musgos de Florida les acosaron y, de vez en cuando, los montones de piedras enmohecidas o los restos de paredes putrefactas intensificaban, con su sola insinuación de unos pobladores tan morbosos, una sensación depresiva que cada árbol malformado y cada fungoso calvero contribuía a crear. Al rato se divisó el asentamiento de aquellos colonos, no más que un miserable montón de cabañas, y sus histéricos moradores corrieron a apiñarse alrededor del grupo de policías que portaba faroles que se balanceaban. El apagado ritmo del tam-tam resultaba ahora levemente audible muy, muy a lo lejos; y algún alarido aterrador llegaba a ratos cuando el viento cambiaba de dirección. Un brillo rojizo parecía también filtrarse a través de la pálida maleza más allá de las interminables avenidas del bosque nocturno. A pesar de tener aún miedo a quedarse solos de nuevo, los aterrados colonos se negaron en redondo a avanzar un solo palmo más en dirección a aquella escena de impía adoración, de modo que el inspector Legrasse y sus diecinueve colegas se internaron sin guía alguno entre negras arquerías de horror por las que ninguno de ellos había pasado con anterioridad.
El área en la que ahora se adentraba la policía había tenido siempre mala fama, era prácticamente desconocida por el hombre blanco y en absoluto transitada por éste. Había leyendas que apuntaban a un lago oculto jamás visto por ojos mortales, en el que habitaba un enorme y amorfo pólipo blanco de ojos luminescentes; y los colonos cuchicheaban acerca de unos diablos con aspecto de murciélago que salían volando de cavernas en el interior de la tierra para adorarlo a la medianoche. Los colonos afirmaban que aquello había estado allí desde antes de D'iberville, desde antes de La Salle, desde antes de los indios, e incluso antes que las saludables bestias y aves que poblaron esos bosques. Aquel ser era una pesadilla en sí mismo, y su sola visión suponía la muerte. Pero también hacía soñar a los hombres, y por esa razón estos sabían lo suficiente como para mantenerse lejos de él. La orgía vudú estaba teniendo lugar en los márgenes de tan temida zona, pero eso era ya lo suficientemente malo de por sí. Es posible por lo tanto que el lugar de la celebración hubiera aterrorizado más a los colonos que los escalofriantes sonidos e incidentes.
Solamente la poesía o la locura pueden hacer justicia a los ruidos escuchados por los hombres de Legrasse a medida que se abrían paso por el negro pantano hacia el rojizo resplandor y el apagado sonido de los tambores. Existen rasgos vocales propios del ser humano, y rasgos vocales propios de las bestias; pero resulta harto horrible escuchar los unos cuando la fuente de la que proceden debería producir los otros. La furia animal y el libertinaje orgiástico se azotaban el uno al otro hasta alcanzar cotas demoniacas, en medio de un éxtasis de aullidos y graznidos que desgarraban aquellos bosques nocturnos y reverberaban por toda su extensión como si se tratase de tormentas pestilentes surgidas de los abismos del infierno. De vez en cuando aquel ulular sin orden ni concierto se detenía, y de lo que parecía ser un coro bien orquestado surgían roncas voces entonando en sonsonete aquella horrible frase o ritual: “Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgah'nagl fhtagn.”
Entonces fue cuando los hombres, habiendo ya alcanzado un lugar donde la vegetación era menos frondosa, se toparon de repente con la visión del terrible espectáculo. Cuatro de ellos se tambalearon, uno se desvaneció, y otros dos profirieron un desquiciado grito que, afortunadamente, fue enmudecido por la furiosa cacofonía que procedía de aquella orgía. Legrasse echó agua de los pantanos en la cara del desmayado, y todos se quedaron temblando allí de pie, casi hipnotizados por el horror.
En un claro natural del pantano había un islote cubierto de hierbas de algo menos de media hectárea, sin árboles y relativamente seco. Allí saltaba y se retorcía una indescriptible horda de monstruosidad humana que nadie salvo Sime o Angarola hubiera sido capaz de retratar. Sin ropa alguna encima, aquellos engendros mestizos rugían, vociferaban y se contorsionaban en torno a una gigantesca hoguera circular en cuyo centro, visible a través de ocasionales aberturas en la cortina de llamas, se alzaba un imponente monolito de granito de unos dos metros y medio de altura, sobre el cual, de manera incongruente dada su extrema pequeñez, descansaba la horrenda estatuilla. Formando un amplio círculo de diez cadalsos dispuestos a intervalos regulares, con el monolito rodeado de llamas en su centro, colgaban boca abajo los cuerpos atrozmente mutilados de los indefensos colonos que habían desaparecido. Era dentro de aquel círculo donde el corro de adoradores saltaba y rugía, desplazándose de forma general de izquierda a derecha en una interminable bacanal entre el círculo de cuerpos y el de llamas.
Puede que fuera solamente la imaginación, o puede que fueran los ecos del lugar los que indujeron a uno de los policías, un hispano un tanto exaltado, a figurarse que había oído respuestas antifonales al ritual procedentes de algún lugar lejano y sin luz en lo más profundo de aquel bosque de ancestrales leyendas y horrores. Más tarde tuve ocasión de encontrarme de nuevo con este hombre, Joseph D. Gálvez se llamaba, que demostró ser molestamente imaginativo. Llegó hasta el punto de insinuar la existencia de un batir de alas apenas perceptible, y de haber vislumbrado unos ojos brillantes y una gigantesca masa blanca más allá de los árboles lejanos, pero creo que lo que sucedía realmente es que había escuchado demasiada superstición local.
La horrible pausa que se tomaron los hombres de Legrasse tras presenciar semejante aberración fue relativamente breve. El deber era lo primero, y aunque debía haber más de un centenar de mestizos celebrantes en aquella multitud, los policías confiaron en sus armas de fuego y se lanzaron resueltos hacia una nauseabunda batalla. Durante unos cinco minutos el caos y el estruendo resultantes fueron más allá de toda descripción. Se libró una auténtica batalla campal y se abrió fuego, si bien muchos de los idólatras se dieron a la fuga. Pero al final el inspector Legrasse pudo contar hasta cuarenta y siete detenidos de hosco semblante, a los que obligó a vestirse a toda prisa y formar entre dos filas de policías. Cinco de los adoradores yacían muertos, y dos más que habían resultado heridos de gravedad fueron acarreados por sus compañeros sobre improvisadas camillas. Por supuesto, la efigie que yacía sobre el monolito fue cuidadosamente retirada y transportada por el propio Legrasse.
Tras un viaje de extrema tensión y agotamiento, los detenidos fueron interrogados en la jefatura de policía, resultando ser todos hombres de muy baja extracción social, de sangre mestiza y enajenados
mentales. La mayoría eran marinos. Unos cuantos negros y mulatos, casi todos de las Indias Occidentales, o Portugueses de Brava, de las islas portuguesas de Cabo Verde, aportaban una nota de colorido vudú al heterogéneo culto. Pero bastante antes de que se hubieran realizado muchos interrogatorios, ya se habla puesto de manifiesto que en todo aquello había algo mucho más profundo y antiguo que el simple fetichismo negro. Degradados e ignorantes como eran, aquellas criaturas se aferraban con sorprendente firmeza a la idea central de su repugnante fe. Tal y como dijeron, adoraban a los Primigenios que existen desde mucho antes que los hombres, y que vinieron a este joven mundo desde los cielos. Los Primigenios abandonaron la superficie del planeta, desapareciendo en el interior de la tierra o bajo las aguas del mar; pero sus cuerpos sin vida le contaron en sueños sus secretos a los primeros hombres, que formaron un culto que jamás ha desaparecido. Este era tal culto, y los prisioneros afirmaban que siempre habla existido y que continuaría haciéndolo, oculto en lejanas tierras baldías y lugares lúgubres a lo largo y ancho del mundo hasta el momento en que el sumo sacerdote Cthulhu se alzase desde su lóbrega casa en la invulnerable ciudad de R'lyeh bajo las aguas, y volviese a poner la tierra bajo su dominio. Algún día les convocaría a todos, cuando las estrellas estuvieran en posición. El culto secreto esperaría por siempre hasta que esto sucediera y poder liberarlo.
Entretanto, nada más debía decirse. Había algún secreto que incluso la tortura sería incapaz de extraer. La humanidad no era la única vida consciente del planeta, ya que de las tinieblas salían figuras para visitar a los pocos feligreses. No se trataba de Primigenios, a los que ningún hombre había visto jamás. El ídolo esculpido era una representación del gran Cthulhu, pero nadie sabía decir si los demás Primigenios eran o no parecidos a él. Nadie era ya capaz de leer las antiguas inscripciones, pero los mensajes eran transmitidos de viva voz. El cántico ritual no era el ya mencionado secreto, ya que éste último nunca era pronunciado en voz alta, sino susurrado. El cántico sólo significaba esto: “En su morada de R'lyeh el difunto Cthulhu espera soñando.”
Sólo se consideró a dos de los detenidos lo bastante cuerdos como para ser colgados, y el resto fue internado en diversas instituciones. Todos negaron haber participado en los asesinatos rituales, afirmando que las muertes habían sido producidas por los Seres de Alas Negras que se habían dirigido hacia ellos desde su inmemorial templo en el interior del bosque embrujado. No pudo obtenerse ninguna información coherente acerca de esos misteriosos aliados. Casi todo lo que la policía pudo averiguar provino, principalmente, de un anciano mestizo llamado Castro, que decía haber viajado hasta extraños puertos y haber hablado con los líderes inmortales del culto en las montañas de China.
El viejo Castro recordaba retazos de una horrible leyenda que hacía palidecer las especulaciones de los teósofos, y que el hombre y el mundo pareciesen algo de reciente aparición y de existencia transitoria. Ha habido épocas remotas en que otros Seres, que vivían en Sus grandes ciudades, gobernaban la Tierra. Castro dijo que, según le habían contado aquellos chinos inmortales, aún podían encontrarse vestigios de Aquellos en ciclópeas piedras de las islas del Pacifico. Ellos murieron muchas eras antes de la aparición del hombre, pero existen ciertas artes que pueden hacerlos revivir cuando las estrellas estén de nuevo en la posición propicia dentro del ciclo de la eternidad. Efectivamente, Ellos habían venido de las estrellas y habían traído consigo Sus imágenes. Estos Primigenios, continuó Castro, no estaban compuestos del todo de carne o sangre. Tenían forma, cosa que quedaba demostrada en aquella efigie esculpida en las estrellas, pero esa forma no estaba hecha de materia. Siempre que las estrellas estuvieran en posición, podían saltar de un mundo a otro a través de los cielos; mas cuando las estrellas no eran propicias, Ellos no podían vivir. Pero aunque no pudieran vivir, tampoco morirían realmente. Todos yacen en moradas de piedra en la gran ciudad de R'lyeh, protegidos por los hechizos del omnipotente Cthulhu en espera del día de la gloriosa resurrección en que las estrellas y la Tierra les sean de nuevo favorables. Llegado ese momento, alguna fuerza del exterior debe liberar Sus cuerpos. Los hechizos empleados para preservarlos les impedían intentar todo movimiento inicial, por lo que no podían hacer otra cosa que yacer despiertos en la oscuridad y pensar mientras transcurrían millones y millones de años. Ellos estaban al tanto de todo lo que acontecía en el universo, pues Su forma de comunicación era la transmisión del pensamiento. Incluso hoy hablaban en Sus tumbas. Cuando, después de infinitas épocas de caos, llegaron los primeros hombres, los Primigenios hablaron a los más sensitivos de entre ellos moldeando sus sueños, ya que solamente así podía Su lengua alcanzar las mentes carnales de los mamíferos.
Entonces, susurró Castro, aquellos primeros hombres formaron el culto en torno a unos pequeños ídolos que les mostraron los Grandes Ancianos, ídolos traídos de épocas distintas desde estrellas sin luz. Ese culto no desaparecerá nunca hasta que las estrellas vuelvan a estar en posición, y los sacerdotes ocultos consigan sacar al Gran Cthulhu de Su tumba para que resucite a Sus súbditos y reanude Su dominio sobre la Tierra. Esos tiempos serán fácilmente reconocibles, porque entonces la humanidad se habrá vuelto como los Primigenios, libre y salvaje, más allá del bien y del mal, dejando a un lado la ley y la moral; y todos los hombres gritarán y matarán, y gozarán era su alegría. Entonces, los
Primigenios liberados les enseñarán nuevas formas de gritar y de matar, de solazarse y disfrutar, y la Tierra entera arderá en un holocausto de éxtasis y libertad. Mientras tanto, el culto, mediante los ritos apropiados, debe mantener viva la memoria de aquellas antiguas costumbres y escenificar la profecía de Su regreso.
En tiempos remotos, hombres elegidos habían hablado en sueños con los Primigenios sepultados, pero un día, algo sucedió. La gran ciudad pétrea de R'lyeh, con sus tumbas y monolitos, se hundió bajo las aguas; y las aguas profundas, llenas del misterio primigenio que ni los pensamientos pueden atravesar, habían cortado aquella comunicación espectral. Pero el recuerdo nunca moriría, y los sumos sacerdotes afirman que la ciudad se alzará de nuevo cuando las estrellas estén en posición. Entonces saldrán de la tierra los negros espíritus que en ella habitan, enmohecidos y tenebrosos, cargados de rumores siniestros obtenidos en cavernas situadas bajo el mismo fondo del mar. Pero el viejo Castro prefería no hablar demasiado acerca de Ellos. Se calló de repente y no hubo persuasión o sutileza alguna capaz de sacarle una sola palabra más al respecto. Curiosamente tampoco quiso hablar acerca del tamaño de los Primigenios. Del culto dijo que, según pensaba, su núcleo yacía en medio de las arenas intransitables del desierto de Arabia donde Irem, la Ciudad de los Pilares, sueña oculta e indemne. La secta no estaba aliada a los cultos Europeos de brujería, y resultaba prácticamente desconocido más allá de sus propios integrantes. Ningún libro había siquiera insinuado la existencia de éste, aunque los chinos imperecederos afirmaron que el Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred contenía ciertos dobles significados que los iniciados podían interpretar a su antojo, especialmente el tan discutido pareado:
“Que no está muerto lo que puede yacer eternamente,
y con los evos extraños aún la muerte puede morir.”
Legrasse, profundamente impresionado, y no menos perplejo, había intentado informarse en vano acerca de las afiliaciones históricas del culto. Aparentemente, Castro había dicho la verdad cuando afirmó que éste era completamente secreto. Las autoridades de la Universidad de Tulane no pudieron arrojar luz alguna acerca de la estatuilla o la secta y, en aquel preciso momento, el inspector había llegado hasta las máximas autoridades del país para encontrarse únicamente con el relato de Groenlandia que había contado el profesor Webb. El interés febril que el relato de Legrasse despertó durante la reunión, corroborado por la propia estatuilla, quedó reflejado en la correspondencia subsiguiente de los asistentes, aunque los comentarios que aparecieron en las publicaciones oficiales de la sociedad fueron más bien escasos. La precaución es la principal inquietud en aquellos acostumbrados a enfrentarse en ocasiones con charlatanes e impostores. Legrasse prestó la estatuilla durante algún tiempo al profesor Webb, pero le fue devuelta al fallecer éste último y permanece hoy en su poder, tal y como he podido comprobar hace no mucho. Es un objeto auténticamente terrible, e inequívocamente parecido a la que el joven Wilcox esculpiera en sueños.
No me extraña que mi tío se entusiasmase con el relato del escultor, pues ¿qué ideas no le llegarían a la cabeza, tras lo que Legrasse había aprendido del culto, si escuchase a un joven sensible decir, no sólo que había soñado con la estatuilla y los jeroglíficos exactos de la imagen hallada en los pantanos y la tablilla de Groenlandia, sino que en sueños le habían llegado al menos tres de las precisas palabras que componían la fórmula pronunciada tanto por los diabólicos esquimales como por los mestizos de Luisiana? El inicio inmediato por parte del profesor Angell de una investigación con la mayor minuciosidad resultó eminentemente natural, aunque yo, personalmente, sospechaba que el joven Wilcox había oído del culto de alguna forma y que había inventado una serie de sueños para enfatizar aquel misterio y prolongarlo a expensas de mi tío. No cabía duda de que las descripciones de sueños y los recortes recopilados por el profesor venían a corroborar los hechos, pero la racionalidad de mi mente y la extravagancia de todo este tema me llevaron a adoptar lo que a mi juicio eran las conclusiones más sensatas. De ese modo, tras estudiar detenidamente una vez más el manuscrito y correlacionar las notas teosóficas y antropológicas acerca del culto con el relato de Legrasse, viajé hasta la residencia del escultor en Providence para echarle la reprimenda que me parecía apropiada por haber embaucado de manera tan atrevida a un hombre educado y de edad. Wilcox aún vivía en soledad en el Edificio Fleur-de-Lys de Thomas Street, una horrible imitación victoriana de la arquitectura bretona del siglo XVII, que ostentaba una fachada de estuco entre preciosas casas coloniales que ocupaban la antigua colina, a la sombra de la más hermosa torre georgiana de toda América. Lo encontré trabajando en su estudio, y hube de admitir que el genio del escultor era profundo y auténtico nada más ver las obras que allí había repartidas. Creo que, con el tiempo, será recordado como uno de los grandes artistas de lo decadente, porque había ya cristalizado en arcilla, y algún día reflejaría en el mármol pesadillas y fantasías que sólo Arthur Machen evoca en su prosa, y Clark Ashton Smith plasma en su verso y pintura.
Moreno, delicado, y de un descuidado aspecto, se volvió lánguidamente al llamar yo a la puerta, y me preguntó qué quería sin siquiera levantarse. Manifestó cierto interés cuando le dije quién era, pues mi tío había despertado su curiosidad al investigar sus sueños, pero nunca le había explicado la razón del estudio. No amplié su conocimiento acerca del asunto, pero busqué con cierta sutileza la forma de poder sacarle algo. En poco tiempo pude convencerme de su sinceridad, pues hablaba acerca de sus sueños de una forma que a nadie podía engañar. Estos sueños, y los residuos que éstos habían dejado en su subconsciente, habían tenido una profunda influencia en su arte, cosa que confirmó al mostrarme una morbosa estatua cuyo contorno casi me hizo estremecer con la potencia de Su siniestro poder evocativo. Wilcox no pudo recordar haber visto el original de esa figura, salvo en su propio bajorrelieve, pero el perfil lo habían moldeado inconscientemente sus propias manos. Se trataba sin duda de la gigantesca figura sobre la que había desvariado en su delirio. También quedó claro sin mediar mucho tiempo que realmente no sabía nada de un culto secreto, salvo por lo que se hubiera dejado caer en sus charlas con mi tío. Una vez más me esforcé en imaginar cómo habría podido éste llegar a experimentar tan extrañas sensaciones.
Hablaba de sus sueños de una extraña y poética forma; haciéndome ver con terrible intensidad la húmeda ciudad ciclópea de piedra verdosa y cubierta de fango cuya geometría, comentó curiosamente, era completamente errónea, y consiguiendo que pudiese escuchar, con pavorosa expectación, la incesante y cuasi mental llamada de las profundidades: “Cthulhu fhtagn”, “Cthulhu fhtagn”. Estas palabras formaban parte de aquel terrible ritual que hablaba de la vigilia onírica del difunto Cthulhu bajo su bóveda pétrea de R'lyeh, y me sentí profundamente estremecido a pesar de mis creencias racionales. Estoy seguro de que Wilcox había oído hablar del culto de alguna manera, pero lo había olvidado en medio del montón de sus no menos extrañas lecturas e imaginaciones. Más tarde, y en virtud de su predisposición a impresionarse, había hallado una expresión subconsciente de aquello en sus propios sueños, en el bajorrelieve, y en la terrible estatua que tenía entonces entre mis manos. El engaño al que había sometido a mi tío era, por lo tanto, uno inocente e involuntario. El joven tenía un carácter algo amanerado y antipático a la vez, por el que no podría sentir simpatía, pero me vi obligado a reconocer tanto su genio como su honestidad. Me despedí de él amistosamente, deseándole todo el éxito que su genio prometía.
El asunto de la secta aún continuaba fascinándome, hasta el punto de imaginar que alcanzaría la fama personal por mis investigaciones acerca de su origen y conexiones. Visité a Legrasse en Nueva Orleans y charlé tanto con él como con otras personas acerca de aquella vieja redada, vi la terrorífica efigie, e incluso hice preguntas a aquellos prisioneros mestizos que aún seguían con vida. Por desgracia, el viejo Castro llevaba muerto varios años. Aunque no se tratase más que de una confirmación detallada de lo que mi tío había escrito en sus notas, lo que entonces estaba comprobé personalmente de manera tan gráfica consiguió estimularme de nuevo, ya que estaba seguro de andar tras la pista de una religión auténtica, antiquísima, y absolutamente secreta, cuyo descubrimiento haría de mí un antropólogo de renombre. Mi actitud, como desearía que continuara siendo, aún era por aquel entonces una de absoluto materialismo, de modo que descarté, con una perversidad inexplicable, las coincidencias existentes entre las notas relativas a sueños y los extraños recortes recopilados por el profesor Angell.
Algo que empecé a sospechar, y que me temo ahora sé a ciencia cierta, es que la muerte de mi tío distó muchísimo de ser natural. Éste se derrumbó en un angosto y empinado callejón que ascendía desde unos viejos muelles infestados de mestizos extranjeros, tras un descuidado empellón propinado por un marino negro. No puedo olvidar la sangre mezclada y la querencia marinera de los sectarios de Luisiana, y no me sorprendería enterarme en algún momento de la existencia de ciertos métodos secretos de asesinato tan antiguos como los ritos y creencias esotéricos. Legrasse y sus hombres no han sufrido daño alguno, pero en Noruega ha muerto cierto marinero que fue testigo de cosas extraordinarias. ¿Habrían llegado las pesquisas de mi tío a oídos siniestros tras obtener la información del joven escultor? Creo que el profesor Angell murió porque sabía demasiado. Que yo desaparezca de igual manera está aún por ver... porque ahora yo sé mucho.
Aquellos viejos asuntos que habían hecho que el sueño del escultor y su bajorrelieve resultaran tan trascendentes para mi tío constituían el tema principal de la segunda mitad de su largo manuscrito. Parece ser que el profesor Angell había visto ya en una ocasión, y estudiado sin obtener resultados, el diabólico perfil de aquella monstruosidad sin nombre representada sobre aquellos desconocidos jeroglíficos, y que también había escuchado las terribles sílabas que sólo pueden ser transliteradas como algo parecido a “Cthulhu”. Aquella vinculación era tan horrible e inquietante que no resulta nada extraño que el profesor acuciase al joven Wilcox con sus preguntas y solicitudes de información.
Esta experiencia anterior tuvo lugar en 1908, hacía diecisiete años, cuando la Sociedad Americana de Arqueología celebraba su reunión anual en San Luis. El profesor Angell, como corresponde a alguien de su mérito y autoridad, había desempeñado un papel importante en las
deliberaciones, y fue uno de los primeros en ser abordado por los diversos profanos que, aprovechando la celebración, acudieron para hacer preguntas y plantear problemas en la confianza de que serían correctamente contestadas y resueltos.
El cabecilla de aquellos profanos, que no tardó en ser el centro de atención de todos los congregados, era un hombre de mediana edad y aspecto corriente que había venido desde Nueva Orleans en busca de cierta información especial que le resultaba imposible obtener de ninguna de las fuentes locales. Su nombre era John Raymond Legrasse, inspector de policía de profesión. Trajo consigo el motivo de su visita, una grotesca, repulsiva, y aparentemente antiquísima estatua de piedra, cuyo origen era incapaz de determinar. No cabe pensar que el inspector Legrasse tuviera el menor interés por la arqueología ya que, por el contrario, su deseo de ser ilustrado al respecto estaba instado por motivos puramente profesionales. La estatuilla, ídolo, fetiche, o lo que quiera que aquello fuera, había sido requisada hacía unos meses en los bosques pantanosos al sur de Nueva Orleans, en el curso de una redada contra los asistentes a una supuesta celebración vudú; tan extraños y horribles eran los ritos practicados en la misma que la policía no pudo sino darse cuenta de que había dado con una oscura secta totalmente desconocida para ellos, e infinitamente más diabólica que el más siniestro de los círculos africanos de la religión vudú. Acerca de su origen no pudo descubrirse absolutamente nada, salvo por ciertas historias erráticas e increíbles que se logró sacar por la fuerza a algunos de los detenidos. A esto último se debe el ansia de la policía por encontrar cualquier dato acerca de las antiguas tradiciones que pueda ayudarles a reconocer el horrible símbolo, para poder seguir la pista del culto hasta su mismo origen.
El inspector Legrasse no estaba preparado para la excitación que suscitó su testimonio. Un simple vistazo a la estatuilla fue suficiente para hacer que los hombres de ciencia allí congregados se sumiesen en un estado de tensa excitación, y no perdieran un solo momento en amontonarse alrededor del policía para así poder contemplar la diminuta figura, de tan extraña apariencia y tan remota antigüedad, que daba lugar a inopinadas y arcaicas perspectivas aún por desvelar Ninguna escuela de arte conocida había alentado la creación de este terrible objeto, pero cientos e incluso miles de años parecían estar marcados sobre su oscura y verdosa superficie de piedra cuya identificación resultaba imposible.
La figura, que al final fue pasada lentamente de mano en mano para que pudiera llevarse a cabo un estudio más cercano y detallado de la misma, tenía entre dieciocho y veinte centímetros de altura y estaba esculpida con gran habilidad artesanal. Representaba a un monstruo de perfil vagamente humano, pero con una cabeza a modo de pulpo cuya cara era una masa de tentáculos, un cuerpo cubierto de escamas y de aspecto gomoso, unas prodigiosas garras tanto en extremidades anteriores como posteriores, y unas largas y estrechas alas en la espalda. Aquella cosa, de la que parecía desprenderse una terrible y antinatural malevolencia, tenía una corpulencia algo abotargada y estaba sentada en cuclillas, con cierto aire maligno, sobre un pedestal cubierto de caracteres indescifrables. Las puntas de las alas tocaban el lado posterior del pedestal, y su trasero ocupaba el centro, mientras que las largas y curvas garras de las dobladas patas inferiores asían la parte frontal y se extendían a lo largo de todo el tercio superior del pedestal. La cabeza de cefalópodo se encontraba inclinada hacia delante, de modo que los extremos de sus tentáculos faciales rozaban la parte posterior de las grandes garras delanteras que, a su vez, estaban abrazadas a las rodillas elevadas de la agachada criatura. El aspecto del conjunto resultaba anormalmente vívido, e incluso sutilmente terrible, ya que su origen era del todo desconocido. Su enorme, pasmosa, e incalculable antigüedad resultaba indiscutible; a pesar de ello no daba muestra de una sola relación con cualquier forma artística conocida de carácter primitivo. De hecho, tampoco guardaba relación con ninguna otra época. Totalmente al margen, el propio material con que estaba construida resultaba un misterio, ya que aquella piedra verdinegra de aspecto maleable con motas y vetas doradas o iridiscentes no se asemejaba a nada conocido por la geología o la mineralogía. Los caracteres que cubrían la base eran igualmente desconcertantes y ninguno de los presentes pudo formarse la menor idea de su origen lingüístico, a pesar de encontrarse allí la mitad de los expertos mundiales en la materia. Estas inscripciones, así como la estatuilla y su material, formaban parte de algo horriblemente remoto y ajeno a la humanidad tal y como la conocemos; algo que terriblemente sugiere la existencia de antiguos e idólatras ciclos de vida en los que nuestro mundo y concepciones no tiene cabida alguna.
No obstante, después de que todos los congregados sacudieran sus cabezas, confesando su derrota ante el problema planteado por el inspector, hubo un hombre entre los allí reunidos que creyó percibir una extraña familiaridad en la monstruosa figura y la escritura, y que al momento contó con cierta timidez lo poco que sabía. Esta persona era el difunto William Channing Webb, profesor de antropología en la Universidad de Princeton, y un explorador de reconocido prestigio. El profesor Webb había participado cuarenta y ocho años atrás en una expedición a Groenlandia e Islandia en busca de ciertas inscripciones rúnicas que no llegó finalmente a encontrar. Mientras remontaban la costa occidental de Groenlandia se encontraron con una extraña tribu o culto de esquimales degenerados cuya religión, una curiosa forma de adoración al diablo, le hizo sentir escalofríos dado lo deliberadamente sanguinario y
repulsivo de sus ritos. Era una fe de la que otros esquimales sabían muy poco, y de la que sólo se hablaba en medio de un gran pánico, diciendo que procedía de épocas horriblemente antiguas y anteriores a la creación de nuestro mundo. Además de ritos indescriptibles y sacrificios humanos, también se practicaban otros extraños ritos de carácter hereditario dirigidos a un anciano demonio supremo o tornasuk. El profesor Webb tomó una cuidadosa transcripción fonética de aquellos ritos de labios de un anciano angekok o hechicero-sacerdote, expresando los sonidos lo mejor que pudo en caracteres latinos. Pero en aquellos momentos el asunto de principal trascendencia no era otro que el fetiche que aquel culto adoraba y alrededor del cual danzaban los sectarios cuando la aurora se alzaba por encima de los gélidos acantilados. Este era, afirmó el profesor, un tosco bajorrelieve de piedra, que constaba de un horrible dibujo y de ciertas inscripciones enigmáticas y, según le parecía, era una versión más tosca pero similar, en todas sus características esenciales, a la inhumana efigie que yacía en aquel momento frente a los reunidos.
Estos datos, recibidos con incertidumbre y asombro por los presentes, probaron ser de especial interés para el inspector Legrasse, que comenzó de inmediato a acosar con preguntas al informante. Ya que había copiado y tomado nota de un ritual oral escuchado a los adoradores del culto de los pantanos que sus hombres detuvieron, suplicó al profesor que recordase lo mejor que pudiera las sílabas que anotó en su convivencia con aquellos diabólicos esquimales. Lo que siguió entonces fue una exhaustiva comparación de detalles y un momento de pavoroso silencio cuando el detective y el científico llegaron a la conclusión de la práctica identidad de la frase común a aquellos dos rituales diabólicos pertenecientes a mundos tan diferentes y distantes entre sí. Lo que cantaban a sus ídolos gemelos, tanto los hechiceros esquimales como los sacerdotes de los pantanos de Luisiana era, en esencia, era algo muy parecido a esto (las divisiones entre palabras se han supuesto en base a los cortes que tradicionalmente se hacían en la frase al cantarla voz alta):
“Ph‘nglui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgah'nagl fhtagn.”
Legrasse tenía algo a su favor frente al profesor Webb, ya que en varias ocasiones sus prisioneros mestizos le habían repetido lo que los viejos oficiantes les contaron del significado de esas palabras. El verso se traduciría por algo parecido a esto:
“En su morada de R’lyeh, el difunto Cthulhu espera soñando.”
En ese momento, en respuesta a una exigencia urgente y generalizada, el inspector Legrasse relató, de la forma más completa posible, su experiencia con los adoradores de los pantanos; un relato que mi tío, tal y como puedo ver, consideró de una profunda trascendencia. La historia participaba de los más locos sueños de mitómanos y teósofos, y demostraba el asombroso grado de imaginación cósmica poseído por aquellos mestizos y parias, algo que era lo que menos se hubiera podido esperar de ellos.
El día 1 de Noviembre de 1907 la policía de Nueva Orleans fue llamada a acudir con urgencia a la región pantanosa y lacustre al sur de la ciudad. Los ocupantes ilegales de la zona, en su mayoría primitivos pero amables descendientes de los hombres de Lafitte, eran presa de un terror absoluto debido a algo desconocido que se les había acercado en silencio durante la noche. Al parecer se trataba de vudú, pero un vudú de un tipo más terrible del que jamás habían llegado a conocer, y algunas mujeres y niños habían desaparecido desde que el maléfico tam-tam comenzó su incesante golpeteo a lo lejos, en el interior de los negros y embrujados bosques por los que ninguno de los colonos se atrevía a aventurarse. Había gritos demenciales y angustiosos chillidos, cantos que helaban la sangre y danzantes llamas endemoniadas, y según añadió el aterrado mensajero, la gente no podía soportarlo por más tiempo.
De ese modo, un destacamento de veinte policías, repartidos entre dos carruajes y un automóvil, emprendió la marcha en las últimas horas de la tarde con el tembloroso colono haciendo las veces de guía. Se apearon al final del camino transitable y durante kilómetros chapotearon en silencio a través del terrible bosque de cipreses al que la luz del día nunca llegaba. Feas raíces y maléficas lianas de musgos de Florida les acosaron y, de vez en cuando, los montones de piedras enmohecidas o los restos de paredes putrefactas intensificaban, con su sola insinuación de unos pobladores tan morbosos, una sensación depresiva que cada árbol malformado y cada fungoso calvero contribuía a crear. Al rato se divisó el asentamiento de aquellos colonos, no más que un miserable montón de cabañas, y sus histéricos moradores corrieron a apiñarse alrededor del grupo de policías que portaba faroles que se balanceaban. El apagado ritmo del tam-tam resultaba ahora levemente audible muy, muy a lo lejos; y algún alarido aterrador llegaba a ratos cuando el viento cambiaba de dirección. Un brillo rojizo parecía también filtrarse a través de la pálida maleza más allá de las interminables avenidas del bosque nocturno. A pesar de tener aún miedo a quedarse solos de nuevo, los aterrados colonos se negaron en redondo a avanzar un solo palmo más en dirección a aquella escena de impía adoración, de modo que el inspector Legrasse y sus diecinueve colegas se internaron sin guía alguno entre negras arquerías de horror por las que ninguno de ellos había pasado con anterioridad.
El área en la que ahora se adentraba la policía había tenido siempre mala fama, era prácticamente desconocida por el hombre blanco y en absoluto transitada por éste. Había leyendas que apuntaban a un lago oculto jamás visto por ojos mortales, en el que habitaba un enorme y amorfo pólipo blanco de ojos luminescentes; y los colonos cuchicheaban acerca de unos diablos con aspecto de murciélago que salían volando de cavernas en el interior de la tierra para adorarlo a la medianoche. Los colonos afirmaban que aquello había estado allí desde antes de D'iberville, desde antes de La Salle, desde antes de los indios, e incluso antes que las saludables bestias y aves que poblaron esos bosques. Aquel ser era una pesadilla en sí mismo, y su sola visión suponía la muerte. Pero también hacía soñar a los hombres, y por esa razón estos sabían lo suficiente como para mantenerse lejos de él. La orgía vudú estaba teniendo lugar en los márgenes de tan temida zona, pero eso era ya lo suficientemente malo de por sí. Es posible por lo tanto que el lugar de la celebración hubiera aterrorizado más a los colonos que los escalofriantes sonidos e incidentes.
Solamente la poesía o la locura pueden hacer justicia a los ruidos escuchados por los hombres de Legrasse a medida que se abrían paso por el negro pantano hacia el rojizo resplandor y el apagado sonido de los tambores. Existen rasgos vocales propios del ser humano, y rasgos vocales propios de las bestias; pero resulta harto horrible escuchar los unos cuando la fuente de la que proceden debería producir los otros. La furia animal y el libertinaje orgiástico se azotaban el uno al otro hasta alcanzar cotas demoniacas, en medio de un éxtasis de aullidos y graznidos que desgarraban aquellos bosques nocturnos y reverberaban por toda su extensión como si se tratase de tormentas pestilentes surgidas de los abismos del infierno. De vez en cuando aquel ulular sin orden ni concierto se detenía, y de lo que parecía ser un coro bien orquestado surgían roncas voces entonando en sonsonete aquella horrible frase o ritual: “Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgah'nagl fhtagn.”
Entonces fue cuando los hombres, habiendo ya alcanzado un lugar donde la vegetación era menos frondosa, se toparon de repente con la visión del terrible espectáculo. Cuatro de ellos se tambalearon, uno se desvaneció, y otros dos profirieron un desquiciado grito que, afortunadamente, fue enmudecido por la furiosa cacofonía que procedía de aquella orgía. Legrasse echó agua de los pantanos en la cara del desmayado, y todos se quedaron temblando allí de pie, casi hipnotizados por el horror.
En un claro natural del pantano había un islote cubierto de hierbas de algo menos de media hectárea, sin árboles y relativamente seco. Allí saltaba y se retorcía una indescriptible horda de monstruosidad humana que nadie salvo Sime o Angarola hubiera sido capaz de retratar. Sin ropa alguna encima, aquellos engendros mestizos rugían, vociferaban y se contorsionaban en torno a una gigantesca hoguera circular en cuyo centro, visible a través de ocasionales aberturas en la cortina de llamas, se alzaba un imponente monolito de granito de unos dos metros y medio de altura, sobre el cual, de manera incongruente dada su extrema pequeñez, descansaba la horrenda estatuilla. Formando un amplio círculo de diez cadalsos dispuestos a intervalos regulares, con el monolito rodeado de llamas en su centro, colgaban boca abajo los cuerpos atrozmente mutilados de los indefensos colonos que habían desaparecido. Era dentro de aquel círculo donde el corro de adoradores saltaba y rugía, desplazándose de forma general de izquierda a derecha en una interminable bacanal entre el círculo de cuerpos y el de llamas.
Puede que fuera solamente la imaginación, o puede que fueran los ecos del lugar los que indujeron a uno de los policías, un hispano un tanto exaltado, a figurarse que había oído respuestas antifonales al ritual procedentes de algún lugar lejano y sin luz en lo más profundo de aquel bosque de ancestrales leyendas y horrores. Más tarde tuve ocasión de encontrarme de nuevo con este hombre, Joseph D. Gálvez se llamaba, que demostró ser molestamente imaginativo. Llegó hasta el punto de insinuar la existencia de un batir de alas apenas perceptible, y de haber vislumbrado unos ojos brillantes y una gigantesca masa blanca más allá de los árboles lejanos, pero creo que lo que sucedía realmente es que había escuchado demasiada superstición local.
La horrible pausa que se tomaron los hombres de Legrasse tras presenciar semejante aberración fue relativamente breve. El deber era lo primero, y aunque debía haber más de un centenar de mestizos celebrantes en aquella multitud, los policías confiaron en sus armas de fuego y se lanzaron resueltos hacia una nauseabunda batalla. Durante unos cinco minutos el caos y el estruendo resultantes fueron más allá de toda descripción. Se libró una auténtica batalla campal y se abrió fuego, si bien muchos de los idólatras se dieron a la fuga. Pero al final el inspector Legrasse pudo contar hasta cuarenta y siete detenidos de hosco semblante, a los que obligó a vestirse a toda prisa y formar entre dos filas de policías. Cinco de los adoradores yacían muertos, y dos más que habían resultado heridos de gravedad fueron acarreados por sus compañeros sobre improvisadas camillas. Por supuesto, la efigie que yacía sobre el monolito fue cuidadosamente retirada y transportada por el propio Legrasse.
Tras un viaje de extrema tensión y agotamiento, los detenidos fueron interrogados en la jefatura de policía, resultando ser todos hombres de muy baja extracción social, de sangre mestiza y enajenados
mentales. La mayoría eran marinos. Unos cuantos negros y mulatos, casi todos de las Indias Occidentales, o Portugueses de Brava, de las islas portuguesas de Cabo Verde, aportaban una nota de colorido vudú al heterogéneo culto. Pero bastante antes de que se hubieran realizado muchos interrogatorios, ya se habla puesto de manifiesto que en todo aquello había algo mucho más profundo y antiguo que el simple fetichismo negro. Degradados e ignorantes como eran, aquellas criaturas se aferraban con sorprendente firmeza a la idea central de su repugnante fe. Tal y como dijeron, adoraban a los Primigenios que existen desde mucho antes que los hombres, y que vinieron a este joven mundo desde los cielos. Los Primigenios abandonaron la superficie del planeta, desapareciendo en el interior de la tierra o bajo las aguas del mar; pero sus cuerpos sin vida le contaron en sueños sus secretos a los primeros hombres, que formaron un culto que jamás ha desaparecido. Este era tal culto, y los prisioneros afirmaban que siempre habla existido y que continuaría haciéndolo, oculto en lejanas tierras baldías y lugares lúgubres a lo largo y ancho del mundo hasta el momento en que el sumo sacerdote Cthulhu se alzase desde su lóbrega casa en la invulnerable ciudad de R'lyeh bajo las aguas, y volviese a poner la tierra bajo su dominio. Algún día les convocaría a todos, cuando las estrellas estuvieran en posición. El culto secreto esperaría por siempre hasta que esto sucediera y poder liberarlo.
Entretanto, nada más debía decirse. Había algún secreto que incluso la tortura sería incapaz de extraer. La humanidad no era la única vida consciente del planeta, ya que de las tinieblas salían figuras para visitar a los pocos feligreses. No se trataba de Primigenios, a los que ningún hombre había visto jamás. El ídolo esculpido era una representación del gran Cthulhu, pero nadie sabía decir si los demás Primigenios eran o no parecidos a él. Nadie era ya capaz de leer las antiguas inscripciones, pero los mensajes eran transmitidos de viva voz. El cántico ritual no era el ya mencionado secreto, ya que éste último nunca era pronunciado en voz alta, sino susurrado. El cántico sólo significaba esto: “En su morada de R'lyeh el difunto Cthulhu espera soñando.”
Sólo se consideró a dos de los detenidos lo bastante cuerdos como para ser colgados, y el resto fue internado en diversas instituciones. Todos negaron haber participado en los asesinatos rituales, afirmando que las muertes habían sido producidas por los Seres de Alas Negras que se habían dirigido hacia ellos desde su inmemorial templo en el interior del bosque embrujado. No pudo obtenerse ninguna información coherente acerca de esos misteriosos aliados. Casi todo lo que la policía pudo averiguar provino, principalmente, de un anciano mestizo llamado Castro, que decía haber viajado hasta extraños puertos y haber hablado con los líderes inmortales del culto en las montañas de China.
El viejo Castro recordaba retazos de una horrible leyenda que hacía palidecer las especulaciones de los teósofos, y que el hombre y el mundo pareciesen algo de reciente aparición y de existencia transitoria. Ha habido épocas remotas en que otros Seres, que vivían en Sus grandes ciudades, gobernaban la Tierra. Castro dijo que, según le habían contado aquellos chinos inmortales, aún podían encontrarse vestigios de Aquellos en ciclópeas piedras de las islas del Pacifico. Ellos murieron muchas eras antes de la aparición del hombre, pero existen ciertas artes que pueden hacerlos revivir cuando las estrellas estén de nuevo en la posición propicia dentro del ciclo de la eternidad. Efectivamente, Ellos habían venido de las estrellas y habían traído consigo Sus imágenes. Estos Primigenios, continuó Castro, no estaban compuestos del todo de carne o sangre. Tenían forma, cosa que quedaba demostrada en aquella efigie esculpida en las estrellas, pero esa forma no estaba hecha de materia. Siempre que las estrellas estuvieran en posición, podían saltar de un mundo a otro a través de los cielos; mas cuando las estrellas no eran propicias, Ellos no podían vivir. Pero aunque no pudieran vivir, tampoco morirían realmente. Todos yacen en moradas de piedra en la gran ciudad de R'lyeh, protegidos por los hechizos del omnipotente Cthulhu en espera del día de la gloriosa resurrección en que las estrellas y la Tierra les sean de nuevo favorables. Llegado ese momento, alguna fuerza del exterior debe liberar Sus cuerpos. Los hechizos empleados para preservarlos les impedían intentar todo movimiento inicial, por lo que no podían hacer otra cosa que yacer despiertos en la oscuridad y pensar mientras transcurrían millones y millones de años. Ellos estaban al tanto de todo lo que acontecía en el universo, pues Su forma de comunicación era la transmisión del pensamiento. Incluso hoy hablaban en Sus tumbas. Cuando, después de infinitas épocas de caos, llegaron los primeros hombres, los Primigenios hablaron a los más sensitivos de entre ellos moldeando sus sueños, ya que solamente así podía Su lengua alcanzar las mentes carnales de los mamíferos.
Entonces, susurró Castro, aquellos primeros hombres formaron el culto en torno a unos pequeños ídolos que les mostraron los Grandes Ancianos, ídolos traídos de épocas distintas desde estrellas sin luz. Ese culto no desaparecerá nunca hasta que las estrellas vuelvan a estar en posición, y los sacerdotes ocultos consigan sacar al Gran Cthulhu de Su tumba para que resucite a Sus súbditos y reanude Su dominio sobre la Tierra. Esos tiempos serán fácilmente reconocibles, porque entonces la humanidad se habrá vuelto como los Primigenios, libre y salvaje, más allá del bien y del mal, dejando a un lado la ley y la moral; y todos los hombres gritarán y matarán, y gozarán era su alegría. Entonces, los
Primigenios liberados les enseñarán nuevas formas de gritar y de matar, de solazarse y disfrutar, y la Tierra entera arderá en un holocausto de éxtasis y libertad. Mientras tanto, el culto, mediante los ritos apropiados, debe mantener viva la memoria de aquellas antiguas costumbres y escenificar la profecía de Su regreso.
En tiempos remotos, hombres elegidos habían hablado en sueños con los Primigenios sepultados, pero un día, algo sucedió. La gran ciudad pétrea de R'lyeh, con sus tumbas y monolitos, se hundió bajo las aguas; y las aguas profundas, llenas del misterio primigenio que ni los pensamientos pueden atravesar, habían cortado aquella comunicación espectral. Pero el recuerdo nunca moriría, y los sumos sacerdotes afirman que la ciudad se alzará de nuevo cuando las estrellas estén en posición. Entonces saldrán de la tierra los negros espíritus que en ella habitan, enmohecidos y tenebrosos, cargados de rumores siniestros obtenidos en cavernas situadas bajo el mismo fondo del mar. Pero el viejo Castro prefería no hablar demasiado acerca de Ellos. Se calló de repente y no hubo persuasión o sutileza alguna capaz de sacarle una sola palabra más al respecto. Curiosamente tampoco quiso hablar acerca del tamaño de los Primigenios. Del culto dijo que, según pensaba, su núcleo yacía en medio de las arenas intransitables del desierto de Arabia donde Irem, la Ciudad de los Pilares, sueña oculta e indemne. La secta no estaba aliada a los cultos Europeos de brujería, y resultaba prácticamente desconocido más allá de sus propios integrantes. Ningún libro había siquiera insinuado la existencia de éste, aunque los chinos imperecederos afirmaron que el Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred contenía ciertos dobles significados que los iniciados podían interpretar a su antojo, especialmente el tan discutido pareado:
“Que no está muerto lo que puede yacer eternamente,
y con los evos extraños aún la muerte puede morir.”
Legrasse, profundamente impresionado, y no menos perplejo, había intentado informarse en vano acerca de las afiliaciones históricas del culto. Aparentemente, Castro había dicho la verdad cuando afirmó que éste era completamente secreto. Las autoridades de la Universidad de Tulane no pudieron arrojar luz alguna acerca de la estatuilla o la secta y, en aquel preciso momento, el inspector había llegado hasta las máximas autoridades del país para encontrarse únicamente con el relato de Groenlandia que había contado el profesor Webb. El interés febril que el relato de Legrasse despertó durante la reunión, corroborado por la propia estatuilla, quedó reflejado en la correspondencia subsiguiente de los asistentes, aunque los comentarios que aparecieron en las publicaciones oficiales de la sociedad fueron más bien escasos. La precaución es la principal inquietud en aquellos acostumbrados a enfrentarse en ocasiones con charlatanes e impostores. Legrasse prestó la estatuilla durante algún tiempo al profesor Webb, pero le fue devuelta al fallecer éste último y permanece hoy en su poder, tal y como he podido comprobar hace no mucho. Es un objeto auténticamente terrible, e inequívocamente parecido a la que el joven Wilcox esculpiera en sueños.
No me extraña que mi tío se entusiasmase con el relato del escultor, pues ¿qué ideas no le llegarían a la cabeza, tras lo que Legrasse había aprendido del culto, si escuchase a un joven sensible decir, no sólo que había soñado con la estatuilla y los jeroglíficos exactos de la imagen hallada en los pantanos y la tablilla de Groenlandia, sino que en sueños le habían llegado al menos tres de las precisas palabras que componían la fórmula pronunciada tanto por los diabólicos esquimales como por los mestizos de Luisiana? El inicio inmediato por parte del profesor Angell de una investigación con la mayor minuciosidad resultó eminentemente natural, aunque yo, personalmente, sospechaba que el joven Wilcox había oído del culto de alguna forma y que había inventado una serie de sueños para enfatizar aquel misterio y prolongarlo a expensas de mi tío. No cabía duda de que las descripciones de sueños y los recortes recopilados por el profesor venían a corroborar los hechos, pero la racionalidad de mi mente y la extravagancia de todo este tema me llevaron a adoptar lo que a mi juicio eran las conclusiones más sensatas. De ese modo, tras estudiar detenidamente una vez más el manuscrito y correlacionar las notas teosóficas y antropológicas acerca del culto con el relato de Legrasse, viajé hasta la residencia del escultor en Providence para echarle la reprimenda que me parecía apropiada por haber embaucado de manera tan atrevida a un hombre educado y de edad. Wilcox aún vivía en soledad en el Edificio Fleur-de-Lys de Thomas Street, una horrible imitación victoriana de la arquitectura bretona del siglo XVII, que ostentaba una fachada de estuco entre preciosas casas coloniales que ocupaban la antigua colina, a la sombra de la más hermosa torre georgiana de toda América. Lo encontré trabajando en su estudio, y hube de admitir que el genio del escultor era profundo y auténtico nada más ver las obras que allí había repartidas. Creo que, con el tiempo, será recordado como uno de los grandes artistas de lo decadente, porque había ya cristalizado en arcilla, y algún día reflejaría en el mármol pesadillas y fantasías que sólo Arthur Machen evoca en su prosa, y Clark Ashton Smith plasma en su verso y pintura.
Moreno, delicado, y de un descuidado aspecto, se volvió lánguidamente al llamar yo a la puerta, y me preguntó qué quería sin siquiera levantarse. Manifestó cierto interés cuando le dije quién era, pues mi tío había despertado su curiosidad al investigar sus sueños, pero nunca le había explicado la razón del estudio. No amplié su conocimiento acerca del asunto, pero busqué con cierta sutileza la forma de poder sacarle algo. En poco tiempo pude convencerme de su sinceridad, pues hablaba acerca de sus sueños de una forma que a nadie podía engañar. Estos sueños, y los residuos que éstos habían dejado en su subconsciente, habían tenido una profunda influencia en su arte, cosa que confirmó al mostrarme una morbosa estatua cuyo contorno casi me hizo estremecer con la potencia de Su siniestro poder evocativo. Wilcox no pudo recordar haber visto el original de esa figura, salvo en su propio bajorrelieve, pero el perfil lo habían moldeado inconscientemente sus propias manos. Se trataba sin duda de la gigantesca figura sobre la que había desvariado en su delirio. También quedó claro sin mediar mucho tiempo que realmente no sabía nada de un culto secreto, salvo por lo que se hubiera dejado caer en sus charlas con mi tío. Una vez más me esforcé en imaginar cómo habría podido éste llegar a experimentar tan extrañas sensaciones.
Hablaba de sus sueños de una extraña y poética forma; haciéndome ver con terrible intensidad la húmeda ciudad ciclópea de piedra verdosa y cubierta de fango cuya geometría, comentó curiosamente, era completamente errónea, y consiguiendo que pudiese escuchar, con pavorosa expectación, la incesante y cuasi mental llamada de las profundidades: “Cthulhu fhtagn”, “Cthulhu fhtagn”. Estas palabras formaban parte de aquel terrible ritual que hablaba de la vigilia onírica del difunto Cthulhu bajo su bóveda pétrea de R'lyeh, y me sentí profundamente estremecido a pesar de mis creencias racionales. Estoy seguro de que Wilcox había oído hablar del culto de alguna manera, pero lo había olvidado en medio del montón de sus no menos extrañas lecturas e imaginaciones. Más tarde, y en virtud de su predisposición a impresionarse, había hallado una expresión subconsciente de aquello en sus propios sueños, en el bajorrelieve, y en la terrible estatua que tenía entonces entre mis manos. El engaño al que había sometido a mi tío era, por lo tanto, uno inocente e involuntario. El joven tenía un carácter algo amanerado y antipático a la vez, por el que no podría sentir simpatía, pero me vi obligado a reconocer tanto su genio como su honestidad. Me despedí de él amistosamente, deseándole todo el éxito que su genio prometía.
El asunto de la secta aún continuaba fascinándome, hasta el punto de imaginar que alcanzaría la fama personal por mis investigaciones acerca de su origen y conexiones. Visité a Legrasse en Nueva Orleans y charlé tanto con él como con otras personas acerca de aquella vieja redada, vi la terrorífica efigie, e incluso hice preguntas a aquellos prisioneros mestizos que aún seguían con vida. Por desgracia, el viejo Castro llevaba muerto varios años. Aunque no se tratase más que de una confirmación detallada de lo que mi tío había escrito en sus notas, lo que entonces estaba comprobé personalmente de manera tan gráfica consiguió estimularme de nuevo, ya que estaba seguro de andar tras la pista de una religión auténtica, antiquísima, y absolutamente secreta, cuyo descubrimiento haría de mí un antropólogo de renombre. Mi actitud, como desearía que continuara siendo, aún era por aquel entonces una de absoluto materialismo, de modo que descarté, con una perversidad inexplicable, las coincidencias existentes entre las notas relativas a sueños y los extraños recortes recopilados por el profesor Angell.
Algo que empecé a sospechar, y que me temo ahora sé a ciencia cierta, es que la muerte de mi tío distó muchísimo de ser natural. Éste se derrumbó en un angosto y empinado callejón que ascendía desde unos viejos muelles infestados de mestizos extranjeros, tras un descuidado empellón propinado por un marino negro. No puedo olvidar la sangre mezclada y la querencia marinera de los sectarios de Luisiana, y no me sorprendería enterarme en algún momento de la existencia de ciertos métodos secretos de asesinato tan antiguos como los ritos y creencias esotéricos. Legrasse y sus hombres no han sufrido daño alguno, pero en Noruega ha muerto cierto marinero que fue testigo de cosas extraordinarias. ¿Habrían llegado las pesquisas de mi tío a oídos siniestros tras obtener la información del joven escultor? Creo que el profesor Angell murió porque sabía demasiado. Que yo desaparezca de igual manera está aún por ver... porque ahora yo sé mucho.
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III.
III.
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La locura que llegó del mar.
La locura que llegó del mar.
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Si los cielos quisieran concederme alguna vez un favor, pediría que borrasen para siempre las consecuencias que derivaron de aquella ocasión en que, de forma casual, fijé la mirada en un trozo suelto de papel que había sido usado para cubrir un estante. Era difícil que hubiera tropezado en mi rutina cotidiana con algo así, ya que no era sino un viejo ejemplar de un periódico australiano, el Sidney Bulletin del 18 de Abril de 1925. Había escapado incluso a la atención de la agencia de recortes de prensa que,
justo en la fecha de publicación de éste, andaba recopilando ávidamente material para la investigación de mi tío.
Hacía tiempo que había abandonado mis pesquisas acerca de lo que el profesor Angell llamaba “Culto de Cthulhu”, y me enco
Si los cielos quisieran concederme alguna vez un favor, pediría que borrasen para siempre las consecuencias que derivaron de aquella ocasión en que, de forma casual, fijé la mirada en un trozo suelto de papel que había sido usado para cubrir un estante. Era difícil que hubiera tropezado en mi rutina cotidiana con algo así, ya que no era sino un viejo ejemplar de un periódico australiano, el Sidney Bulletin del 18 de Abril de 1925. Había escapado incluso a la atención de la agencia de recortes de prensa que,
justo en la fecha de publicación de éste, andaba recopilando ávidamente material para la investigación de mi tío.
Hacía tiempo que había abandonado mis pesquisas acerca de lo que el profesor Angell llamaba “Culto de Cthulhu”, y me enco
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