De.licio.us Dada
Archivo Mayo 2008

Por arkaiko

EL DR. JEKILL Y MR. HYDE -- R. L. STEVENSON

 

 

R. L. Stevenson
El Dr. Jekyll y Mr. Hyde

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Historia de la puerta
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Mr. Utterson, el abogado, era hombre de semblante adusto jamás iluminado por una sonrisa, frío, parco y
reservado en la conversación, torpe en la expresión del sentimiento, enjuto, largo, seco y melancólico, y,
sin embargo, despertaba afecto. En las reuniones de amigos y cuando el vino era de su agrado, sus ojos
irradiaban un algo eminentemente humano que no llegaba a reflejarse en sus palabras pero que hablaba, no
sólo a través de los símbolos mudos de la expresión de su rostro en la sobremesa, sino también, más alto y
con mayor frecuencia, a través de sus acciones de cada día. Consigo mismo era austero. Cuando estaba solo
bebía ginebra para castigar su gusto por los buenos vinos, y, aunque le gustaba el teatro, no había traspuesto
en veinte años el umbral de un solo local de aquella especie. Pero reservaba en cambio para el prójimo una
enorme tolerancia, meditaba, no sin envidia a veces, sobre los arrestos que requería la comisión de las malas
acciones, y, llegado el caso, se inclinaba siempre a ayudar en lugar de censurar. -No critico la herejía de
Caín -solía decir con agudeza-. Yo siempre dejo que el prójimo se destruya del modo que mejor le parezca.
Dado su carácter, constituía generalmente su destino ser la última amistad honorable, la buena influencia
postrera en las vidas de los que avanzaban hacia su perdición y, mientras continuaran fre cuentando su trato,
su actitud jamás variaba un ápice con respecto a los que se hallaban en dicha sitixación.
Indudablemente, tal comportamiento no debía resultar dificil a Mr. Utterson por ser hombre, en el mejor
de los casos, reservado y que basaba su amis tad en una tolerancia sólo comparable a su bondad. Es propio
de la persona modesta aceptar el círculo de amistades que le ofrecen las manos de la fortuna, y tal era la
actitud de nuestro abogado. Sus amigos eran, o bien familiares suyos, o aquellos a quienes conocía hacía
largos años. Su afecto, como la hiedra, crecía con el tiempo y no respondía necesariamente al carácter de la
persona a quien lo otorgaba. De esa clase eran sin duda los lazos que le unían a Mr. Richard Enfield, pariente
lejano suyo y hombre muy conocido en toda la ciudad. Eran muchos los que se preguntaban qué verían
el uno en el otro y qué podrían tener en común. Todo el que se tropezara con ellos en el curso de sus
habituales paseos dominica
les afirmaba que no decían una sola palabra, que parecían notablemente aburridos y que recibían con evidente
agrado la presencia de cualquier amigo. Y, sin embargo, ambos apreciaban al máximo estas excursiones,
las consideraban el mejor momento de toda la semana y, para poder disfrutar de ellas sin interrupciones,
no sólo rechazaban oportunidades de diversión, sino que resistían incluso a la llamada del trabajo.
Ocurrió que en el curso de uno de dichos paseos fueron a desembocar los dos amigos en una callejuela de
uno de los barrios comerciales de Londres. Se trataba de una vía estrecha que se tenía por tranquila pero
que durante los días laborables albergaba un comercio floreciente. Al parecer sus habitantes eran comerciantes
prósperos que competían los unos con los otros en medrar más todavía dedicando lo sobrante de sus
ganancias en adornos y coqueterías, de modo que los escaparates que se alineaban a ambos lados de la calle
ofrecían un aspecto realmente tentador, como dos filas de vendedoras sonrientes. Aun los domingos, días
en que velaba sus más granados encantos y se mostraba relativamente poco frecuentada, la calleja brillaba
en comparación con el deslucido barrio en que se hallaba como reluce una hoguera en la oscuridad del bosque
acaparando y solazando la mirada de los transeúntes con sus contraventanas recién pintadas, sus bronces
bien pulidos y la limpieza y alegría que la caracterizaban.
A dos casas de una esquina, en la acera de la izquierda yendo en dirección al este, interrumpía la línea de
escaparates la entrada a un patio, y exactamente en ese mismo lugar un siniestro edificio pro yectaba su alero
sobre la calle. Constaba de dos plantas y carecía de ventanas. No tenía sino una puerta en la planta baja y
un frente ciego de pared deslucida en la superior. En todos los detalles se adivinaba la huella de un descuido
sórdido y prolongado. La puerta, que carecía de campanilla y de llamador, tenía la pintura saltada y descolorida.
Los vagabundos se refugiaban al abrigo que ofrecía y encendían sus fósforos,en la superficie de
sus hojas, los niños abrían tienda en sus peldaños, un escolar había probado el filo de su navaja en sus mo lduras
y nadie en casi una generación se había preocupado al parecer de alejar a esos visitantes inoportunos
ni de reparar los estragos que habían hecho en ella.
Mr. Enfield y el abogado caminaban por la acera opuesta, pero cuando llegaron a dicha entrada, el primero
levantó el bastón y señaló hacia ella.
-¿Te has fijado alguna vez en esa puerta? -preguntó. Y una vez que su compañero respondiera afirmativamente,
continuó-. Siempre la asocio mentalmente con un extraño suceso.
-¿De veras? -dijo Mr. Utterson con una ligera alteración en la voz-. ¿De qué se trata?
-Verás, ocurrió lo siguiente -continuó Mr. Enfield-. Volvía yo en una ocasión a casa, quién sabe de qué
lugar remoto, hacia las tres de una oscura ma drugada de invierno. Mi camino me llevó a atravesar un barrio
de la ciudad en que lo único que se ofrecía literalmente a la vista eran las farolas encendidas. Recorrí calles
sin cuento, donde todos dormían, ilu minadas como para un desfile y vacías como la nave de una iglesia,
hasta que me hallé en ese estado en que un hombre escucha y escucha y comienza a desear que aparezca un
policía. De pronto vi dos figuras, una la de un hombre de corta estatura que avanzaba a buen paso en dirección
al este, y la otra la de una niña de unos ocho o diez años de edad que corría por una bocacalle a la mayor
velocidad que le permitían sus piernas. Pues señor, como era de esperar, al llegar a la esquina hombre y
niña chocaron, y aquí viene lo horrible de la historia: el hombre atro pelló con toda tranquilidad el cuerpo de
la niña y siguió adelante, a pesar de sus gritos, dejándola tendida en el suelo. Supongo que tal como lo
cuento no parecerá gran cosa, pero la visión fue horrible. Aquel hombre no parecía un ser humano, sino un
juggernaut horrible. Le llamé, eché a correr hacia él, le atenacé por el cuello y le obligué a regresar al lugar
donde unas cuantas personas se habían reunido ya en torno a la niña. El hombre estaba muy tranquilo y no
ofreció resistencia, pero me dirigió una mirada tan aviesa que el sudor volvió a inundarme la frente como
cuando corriera. Los reunidos eran familiares de la víctima, y pronto hizo su aparición el médico, en cuya
búsqueda había ido precisamente la niña. Según aquel matasanos la pobre criatura no había sufrido más
daño que el susto natural, y supongo que creerás que con esto acabó todo. Pero se dio una curiosa circunstancia.
Desde el primer momento en que le vi, aquel hombre me produjo una enorme re pugnancia, y lo
mismo les ocurrió, cosa muy natural, a los parientes de la niña. Pero lo que me sorprendió fue la actitud del
médico. Respondía éste al tipo de galeno común y corriente. Era hombre de edad y aspecto indefinidos,
fuerte acento de Edimburgo y la sensibilidad de un banco de madera. Pues le ocurría lo mismo que a nosotros.
Cada vez que miraba a mi prisionero se ponía enfermo y palidecía presa del deseo de matarle. Ambos
nos dimos cuenta de lo que pensaba el otro y, dado que el asesinato nos estaba vedado, hicimos lo máximo
que pudimos dadas las circunstancias. Le dijimos al caballero de marras que daríamos a conocer su hazaña,
que todo Londres, de un extremo al otro, maldeciría su nombre, y que si tenía amigos o reputación sin duda
los perdería. Y mientras le fustigábamos de esta guisa, manteníamos apartadas a las mujeres, que se hallaban
prestas a lanzarse sobre él como arpías. En mi vida he visto círculo semejante de rostros encendidos
por el odio. Y en el centro estaba aquel hombre revestido de una especie de frialdad negra y despectiva,
asustado también -se le veía-, pero capeando el temporal como un verdadero Satán.
»"Si desean sacar partido del accidente -nos dijo-, naturalmente me tienen en sus manos. Un caballero
siempre trata de evitar el escándalo. Dígan me cuánto quieren:' Pues bien, le apretamos las clavijas y le
exigimos nada menos que cien libras para la familia de la niña. Era evidente que habría querido escapar,
pero nuestra actitud le inspiró miedo y al final accedió. Sólo restaba conseguir el dinero, y, za dónde crees
que nos condujo sino a ese edificio de la puerta? Abrió con una llave, entró, y al poco rato volvió a salir
con diez libras en oro y un talón por valor de la cantidad restante, extendido al portador contra la banca de
Coutts y firmado con un nombre que no puedo mencionar a pesar de ser ése uno de los detalles más interesantes
de mi historia. Lo que sí te diré es que era un nombre muy conocido y que se ve muy a menudo en
los periódicos. La cifra era alta, pero el que había estampado su firma en el talón, si es que era auténtica,
era hombre de una gran fortuna. Me tomé la libertad de decirle al caballero en cuestión que todo aquel
asunto me parecía sospechoso y que en la vida real un hombre no entra a las cuatro de la mañana en semejante
antro para salir al rato con un cheque por valor de casi cien libras firmado por otra persona. Pero él se
mostró frío y despectivo.
»"No tema -me dijo-, me quedaré con ustedes hasta que abran los bancos y pueda cobrar yo mis mo ese
dinero." Así pues nos pusimos todos en camino, el padre de la niña, el médico, nuestro amigo y yo. Pasamos
el resto de la noche en mi casa y a la mañana siguiente, una vez desayunados, nos dirigimos al banco
como un solo hombre. Yo mismo entregué el talón al empleado haciéndole notar que tenía razones de peso
para sospechar que se trataba de una falsificación. Pues nada de eso. La firma era legítima.
-¡Qué barbaridad! -dijo Mr. Utterson.
-Ya veo que piensas lo mismo que yo -dijo Mr. Enfield-. Sí, es una historia desagradable porque el hombre
en cuestión era un personaje detestable, un auténtico infame, mientras que la persona que firmó ese
cheque es un modelo de virtudes, un hombre muy conocido y, lo que es peor, famoso por sus buenas obras.
Un caso de chantaje, supongo. El del caballero honorable que se ve obligado a pagar una fortuna por un
desliz de juventud. Por eso doy a este edificio el nombre de «la casa del chantaje». Aunque aun eso estaría
muy lejos de explicarlo todo -añadió. Y dicho esto se hundió en sus meditaciones.
De ellas vino a sacarle Mr. Utterson con una pregunta inopinada.
-¿Y sabes si el que extendió el talón vive ahí? -Sería un lugar muy apropiado, ¿verdad? -respondió Mr.
Enfield-, pero se da el caso de que recuerdo su dirección y vive en no sé qué plaza.
-¿Y nunca has preguntado a nadie acerca de esa casa de la puerta? -preguntó Mr. Utterson.
-Pues no señor, he tenido esa delicadeza -fue la respuesta-. Estoy decididamente en contra de toda clase
de preguntas. Me recuerdan demasiado el día del juicio Final. Hacer una pregunta es como arrojar una piedra.
Uno se queda sentado tranquilamente en la cima de una colina y allá va la piedra arrastrando otras
cuantas a su paso hasta que al final van a dar todas a la cabeza de un pobre infeliz (aquel en quien menos
habías pensado) que no se ha movido de su jardín, y resulta que la familia tiene que cambiar de nombre. No
señor. Yo siempre me he atenido a una norma: cuanto más raro me parece el caso, menos preguntas hago.
-Sabio proceder, sin duda -dijo el abogado. -Pero sí he examinado el edificio por mi cuenta -continuó Mr.
Enfield-, y no parece una casa habitada. Es la única puerta, y nadie sale ni entra por ella a excepción del
protagonista de la aventura que acabo de relatarte. Y eso muy de tarde en tarde. En el primer piso hay tres
ventanas que dan al patio. En la planta baja, ninguna. Esas tres ventanas están siempre cerradas aunque los
cristales están limpios. Por otra parte de la chimenea sale generalmente humo, así que la casa debe de estar
habitada, aunque es difícil asegurarlo dado que los edificios que dan a ese patio están tan apiñados que es
imposible saber dónde acaba uno y dónde empieza el siguiente. Los dos amigos caminaron un rato más en
silencio hasta que habló Mr. Utterson.
-Es buena norma la tuya, Enfield -dijo. -Sí, creo que sí -respondió el otro.
-Pero, a pesar de todo -continuó el abogado-, hay una cosa que quiero preguntarte. Me gustaría que me
dijeras cómo se llamaba el hombre que atropelló a la niña.
-Bueno -dijo Mr. Enfield-, no veo qué mal puede haber en decírtelo. Se llamaba Hyde.
-Ya -dijo Mr. Utterson-. ¿Y cómo es físicamente? -No es fácil describirle. En su aspecto hay algo equívoco,
desagradable, decididamente detestable. Nunca he visto a nadie despertar tanta repugnancia y, sin
embargo, no sabría decirte la razón. Debe de tener alguna deformidad. Ésa es la impresión que produce,
aunque no puedo decir concretamente por qué. Su aspecto es realmente extraordinario y, sin embargo, no
podría mencionar un solo detalle fuera de lo normal. No, me es imposible. No puedo describirle. Y no es
que no le recuerde, porque te aseguro que es como si le tuviera ante mi vista en este mis mo momento.
Mr. Utterson anduvo otro trecho en silencio, evidentemente abrumado por sus pensamientos. -¿Estás seguro
de que abrió con llave? -preguntó al fin.
-Mi querido Utterson -comenzó a decir Enfield, que no cabía en sí de asombro.
-Lo sé -dijo su interlocutor-, comprendo tu extrañeza. El hecho es que si no te pregunto cómo se llamaba
el otro hombre es porque ya lo sé. Verás, Richard, has ido a dar en el clavo con esa historia. Si no has sido
exacto en algún punto, convendría que rectificaras.
-Deberías haberme avisado -respondió el otro con un dejo de indignación-. Pero te aseguro que he sido
exacto hasta la pedantería, como tú sueles decir. Ese hombre tenía una llave, y lo que es más, sigue teniéndola.
Le vi servirse de ella no hará ni una semana.
Mr. Utterson exhaló un profundo suspiro pero no dijo una sola palabra. Al poco, el joven continuaba: -
No sé cuándo voy a aprender a callarme la boca -dijo-. Me avergüenzo de haber hablado más de la cuenta.
Hagamos un trato. Nunca más volveremos a hablar de este asunto.
-Accedo de todo corazón -dijo el abogado-. Te lo prometo, Richard.
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En busca de Mr. Hyde
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Aquella noche, Mr. Utterson llegó a su casa de soltero sombrío y se sentó a la mesa sin gusto. Los domingos,
al acabar de cenar, tenía la costumbre de instalarse en un sillón junto al fuego y ante un atril en que
reposaba la obra de algún árido teólogo hasta que el reloj de la iglesia vecina daba las doce, hora en que se
iba a la cama tranquilo y agradecido. Aquella noche, sin embargo, apenas levantados los manteles, tomó
una vela y se dirigió a su despacho. Una vez allí, abrió la caja fuerte, sacó del apartado más recóndito un
sobre en el que se leía «Testamento del Dr. Jekyll» y se sentó con el ceño fruncido a inspeccionar su contenido.
El testamento era ológrafo, pues Mr. Utterson, si bien se avino a hacerse cargo de él una vez terminado,
se había negado a prestar la menor ayuda en su confección. El documento estipulaba no sólo que tras el
falle cimiento de Henry Jekyll, doctor en Medicina y miembro de la Royal Society, todo cuanto poseía fuera
a parar a manos de su «amigo y benefactor, Edward Hyde», sino también que, en el caso de «desaparición o
ausencia inexplicable del Dr. Jekyll durante un período de tiempo superior a los tres meses», el antedicho
Edward Hyde pasaría a dis frutar de todas las pertenencias de Henry Jekyll sin la menor dilación y libre de
cargas y obligaciones, excepción hecha del pago de sendas sumas de me nor cuantía a los miembros de la
servidumbre del doctor.
El testamento venía constituyendo desde hacía tiempo una preocupación para Mr. Utterson. Le molestaba
no sólo en calidad de abogado, sino también como amante que era de todo lo cuerdo y habitual por ser
hombre para quien lo desusado equivalía, sin más a deshonroso. Y si hasta el momento había sido la ignorancia
de quién podía ser ese Mr. Hyde lo que provocara su enojo, ahora, por un súbito capricho del destino,
lo que sabía de él era precisamente la causa de su indignación. Malo era ya cuando aquel personaje no
constituía sino un nombre del cual nada podía averiguar, pero aún era peor ahora que ese nombre comenzaba
a revestirse de atributos detestables. De la neblina movediza e incorpórea que durante tanto tiempo había
confundido su vista, saltaba de pronto a primer plano la imagen concreta de un ser diabólico.
«Creí que era locura -se dijo mientras volvía a colocar en la caja el odioso documento-, y me empiezo a
temer que sea infamia.» Apagó la vela, se puso el abrigo y se dirigió a la plaza de Cavendish, reducto de la
medicina, donde su amigo, el famoso Dr. Lanyon, tenía su casa y recibía a sus numerosos pacientes. «Si
alguien sabe algo del asunto, tiene que ser Lanyon», había decidido.
El solemne mayordomo le conocía y le dio la bienvenida. Sin dilación le condujo a la puerta del comedor,
donde sentado a la mesa, solo y paladeando una copa de vino, se hallaba el Dr. Lanyon. Era éste un
hombre cordial, sano, vivaz, de semblante arrebolado, cabellos prematuramente encanecidos y modales
bulliciosos y decididos. Al ver a Mr. Utterson se levantó precipitadamente de su asiento y salió a recibirle
tendiéndole ambas manos. Su cordialidad podía resultar quizá un poco teatral a primera vista, pero respondía
a un auténtico afecto. Los dos hombres eran viejos amigos, antiguos compañeros, tanto de colegio como
de universidad, se respetaban tanto a sí mismos como mutuamente y, lo que no siempre es consecuencia de
lo anterior, gozaban el uno con la compañía del otro.
Tras unos momentos de divagación, el abogado encaminó la charla al tema que tan desagradablemente le
preocupaba.
-Supongo, Lanyon -dijo-, que somos los amigos más antiguos que tiene Henry Jekyll.
-Ojalá no lo fuéramos tanto -dijo Lanyon riendo-. Pero sí, supongo que no. te equivocas. LY qué es de
él? Últimamente le veo muy poco.
-¿De veras? -dijo Utterson-. Creí que os unían intereses comunes.
-Y así es -fue la respuesta-. Pero hace ya más de diez años que Henry Jekyll empezó a complicarse demasiado
para mi gusto. Se ha desquiciado mentalmente y aunque, como es natural, sigue intere sándome por
mor de los viejos tiempos, como suele decirse, lo cierto es que le veo y le he visto muy poco durante estos
últimos meses. Todos esos disparates tan poco científicos... -añadió el doctor mientras su rostro adquiría el
color de la grana- habrían podido enemistar a Daimon y Pitias.
Aquella ligera explosión de ira alivió en cierto modo a Mr. Utterson. «Difieren solamente en una cuestión
científica», se dijo. Y por ser hombre desapasionado con respecto a la ciencia (excepción hecha de lo
concerniente a las escrituras de traspaso), llegó incluso a añadir: «¡Pequeñeces». Dio a su amigo unos segundos
para que recuperase su compostura y abordó luego el tema que le había llevado a aquella casa.
-¿Conoces a ese protegido suyo, un tal Hyde? -pre guntó.
-¿Hyde? -preguntó Lanyon-. No. Nunca he oído hablar de él. Debe de haberle conocido después de que
yo dejara de frecuentar su trato.
Ésta fue toda la información que el abogado pudo llevarse consigo al lecho, grande y oscuro, en que se
revolvió toda la noche hasta que las horas del ama necer comenzaron a hacerse cada vez más largas. Fue
aquélla una noche de poco descanso para su cerebro, que trabajó sin tregua enfrentado solo con la oscuridad
y acosado por infinitas interrogaciones.
Cuando las campanas de la iglesia cercana a la casa de Mr. Utterson dieron las seis, éste aún seguía meditando
sobre el problema. Hasta entonces sólo le había interesado en el aspecto intelectual, pero ahora había
captado, o mejor dicho, esclavizado su imaginación, y mientras Utterson se revolvía en las tinieblas de la
noche y de la habitación velada por espesos cortinajes, la narración de Mr. Enfield desfilaba ante su mente
como una secuencia ininterrumpida de figuras luminosas. Veía primero la infinita sucesión de farolas de
una ciudad hundida en la noche, luego la figura de un hombre que caminaba a buen paso, la de una niña
que salía corriendo de la casa del médico y cómo al fin las dos figuras se encontraban. Aquel juggernaut
humano atropellaba a la chiquilla y seguía adelante sin hacer caso de sus gritos. Otras veces veía un dormitorio
de una casa lujosa donde dormía su amigo sonriendo a sus sueños. De pronto la puerta se abría, las
cortinas de la cama se separaban y una voz despertaba al durmiente. A su lado se hallaba una figura que
tenía poder sobre él, e, incluso a esa hora de la noche, Jekyll no tenía más remedio que levantarse y obedecer
su mandato. La figura que aparecía en ambas secuencias obsesionó toda la noche al abogado, que si en
algún momento cayó en un sueño ligero, fue para verla deslizarse furtivamente entre mansiones dormidas o
moverse cada vez con mayor rapidez hasta alcanzar una velocidad de vértigo, entre los laberintos de una
ciudad iluminada por farolas, atropellando a una niña en cada esquina y abandonándola a pesar de sus gritos.
Y la figura no tenía cara por la cual pudiera reconocerle. Ni siquiera en sus sueños tenía rostro, y si lo
tenía, le burlaba apareciendo un segundo ante sus ojos para disolverse un instante después. Y así fue como
surgió de pronto y creció con presteza en la mente del abogado una curiosidad singularmente fuerte, casi
incontrolable, de contemplar la faz del verdadero Mr. Hyde. «Si pudiera verle, aunque sólo fuera una vez -
pensó-, el misterio se iría disipando y hasta puede que se desvaneciera totalmente como suele suceder con
todo acontecimiento misterioso cuando se le examina con detalle. Podría averiguar quizá la razón de la extraña
predilección o servidumbre de mi amigo (llá mesela como se quiera), y hasta de aquel sorprendente
testamento. Al menos, valdría la pena ver el rostro de un hombre sin entrañas, sin piedad, un rostro que sólo
tuvo que mostrarse una vez para despertar en la mente del poco impresionable Enfield un odio imperecedero.
»
Desde aquel día, empezó Mr. Utterson a rondar la puerta que se abría a la callejuela de las tiendas. Lo
hacía por la mañana, antes de acudir a su despacho, a mediodía, cuando el trabajo era mucho y el tiempo
escaso, por la noche, bajo la mirada de la luna que se cernía difusa sobre la ciudad. Bajo todas las
luces y a todas horas, ya estuviera la calle solitaria o animada, el abogado montaba guardia en el lugar
que para tal fin había seleccionado.
-Si él es Mr. Hyde -había decidido-, yo seré Mr. Seek.
Al fin vio recompensada su paciencia. Era una noche clara y despejada, el aire helado, las calles limpias
como la pista de un salón de baile. Las luces, inmóviles por la falta de viento, proyectaban sobre el cemento
un dibujo regular de claridad y sombra. Hacia las diez, cuando las tiendas estaban ya cerradas, la calleja
queda solitaria y, a pesar de que hasta ella llegaran los ruidos del Londres que la rodeaba, muy silenciosa.
El sonido más mínimo se oía hasta muy lejos. Los ruidos que procedían del interior de las casas eran claramente
audibles a ambos lados de la calle y el rumor de los pasos de los transeúntes precedía a éstos durante
largo rato. Mr. Utterson lle vaba varios minutos apostado en su puesto, cuando oyó unos pasos, leves y
extraños, que se acercaban. En el curso de aquellas vigilancias nocturnas se había acostumbrado al curioso
efecto que se produce cuando las pisadas de una persona aún distante se destacaban súbitamente, con toda
claridad, del vasto zumbido y alboroto de la ciudad. Nunca, sin embargo, habían acaparado su atención de
forma tan aguda y decisiva, y así fue como se ocultó en la entrada del patio sintiendo un supersticioso presentimiento
de triunfo.
Los pasos se aproximaban rápidamente y al doblar la esquina de la calle sonaron de pronto mucho más
fuerte. El abogado miró desde su escondite y pronto pudo ver con qué clase de hombre tendría que entendérselas.
Era de corta estatura y vestía muy sencillamente. Su aspecto, aun a distancia, predispuso automáticamente
en su contra al que de tal modo le vigilaba. Se dirigió directamente a la puerta cruzando la calle
para ganar tiempo y, mientras avanzaba, sacó una llave del bolsillo con el gesto seguro del que se aproxima
a casa.
En el momento en que pasaba junto a él, Mr. Utterson dio un paso adelante y le tocó en el hombro. -Mr.
Hyde, supongo.
Hyde dio un paso atrás y aspiró con un siseo una bocanada de aire. Pero su temor fue sólo momentáneo
y, aunque sin mirar directamente a la cara al abogado, contestó con frialdad:
-El mismo. ¿Qué desea?
-He visto que iba a entrar y... -respondió el abogado-. Verá usted, soy un viejo amigo del Dr. Jekyll. Mr.
Utterson, de la calle Gaunt; debe de conocerme de nombre. Al verle llegar tan oportunamente he pensado
que quizá me permitiera usted entrar.
-No encontrará al Dr. Jekyll. Está fuera -respondió Mr. Hyde mientras soplaba en el interior de la llave.
Y luego continuó sin levantar la vista. -¿Cómo me ha reconocido?
-¿Querrá usted hacerme un favor? -preguntó Mr. Utterson.
-Desde luego -replicó el otro-. ¿De qué se trata? -¿Me permite que le vea la cara? -preguntó el abogado.
Mr. Hyde pareció dudar, pero al fin, como por fruto de una repentina decisión, le miró de frente con gesto
de desafío. Los dos hombres se contemplaron fijamente unos segundos.
-Ahora ya podré reconocerle -dijo Mr. Utterson-. Puede serme muy útil.
-Sí -respondió Mr. Hyde-. No está mal que nos hayamos conocido. A propósito. Le daré mi dirección. Y
dijo un número de cierta calle del Soho.
¡Dios mío! -se dijo Mr. Utterson-. ¿Habrá estado pensando él también en el testamento?»
Pero se guardó sus temores y se dio por enterado de la dirección con un sordo gruñido.
-Y ahora dígame -dijo el otro-, ¿cómo me ha re conocido?
-Por su descripción -fue la respuesta. -¿Quién se la dio?
-Tenemos amigos comunes -dijo Mr. Utterson. -¿Amigos comunes? -repitió Mr. Hyde con cierta aspereza-.
¿Quiénes?
-Jeky11, por ejemplo -dijo el abogado.
-Él no le ha dicho nada -gritó Mr. Hyde en un acceso de ira-. No le creía a usted capaz de mentir. -
Vamos, vamos -dijo Mr. Utterson-. Ese lenguaje no le honra.
Estalló entonces el otro en una carcajada salvaje y un segundo después, con extraordinaria rapidez, había
abierto la puerta y desaparecido en el interior de la casa.
El abogado permaneció clavado en el suelo unos momentos. Era la imagen viva de la inquietud. Luego
echó a andar calle abajo parándose a cada paso y llevándose la mano a la frente como si estuviera sumido
en una profunda duda. El problema con que se debatía mientras caminaba era de esos que difícilmente llegan
a resolverse nunca. Mr. Hyde era pequeño, pálido, producía impresión de deformidad sin ser efectivamente
contrahecho, tenía una sonrisa desagradable, se había dirigido al abogado con esa combinación criminal
de timidez y osadía, y hablaba con una voz ronca, baja, como entrecortada. Todo ello, naturalmente,
predisponía en su contra, pero aun así no explicaba el grado, hasta entonces nunca experimentado, de disgusto,
repugnancia y miedo de que había despertado en Mr. Utterson. «Debe de haber algo más -se dijo
perplejo el caballero-. Tiene que haber algo más, pero este hombre no parece un ser humano. Tiene algo de
troglodita, por decirlo así. ¿Nos hallaremos, quizá, ante una nueva versión de la historia del Dr. Fell? ¿O
será la
mera irradiación de un espíritu malvado que trasciende y transfigura su vestidura de barro? Creo que debe
de ser esto último. ¡Mi pobre amigo Henry Jekyll! Si alguna vez he leído en un rostro la firma de Satanás,
ha sido en el de tu nuevo amigo. »
Saliendo de la callejuela, a la vuelta de la esquina, había una plaza flanqueada de casas antiguas y de
hermosa apariencia, la mayor parte de ellas venidas a menos y divididas en cuartos y aposentos que se alquilaban
a gentes de toda clase y condición: grabadores de mapas, arquitectos, abogados de ética dudosa y
agentes de oscuras empresas. Una de ellas, sin embargo, la segunda a partir de la esquina, continuaba teniendo
un solo ocupante, y ante su puerta, que respiraba un aire de riqueza y comodidad a pesar de estar
hundida en la oscuridad, a excepción de la claridad que se filtraba por el montante, Mr. Ut terson se detuvo
y llamó. Un sirviente bien vestido y de edad avanzada salió a abrirle.
-¿Está en casa el Dr. Jekyll, Poole? -preguntó el abogado.
-Iré a ver, Mr. Utterson -dijo el mayordomo. Mientras hablaba hizo pasar al visitante a un salón grande y
confortable, de techo bajo y pavimento de losas, caldeado (según es costumbre en las casas de campo) por
un fuego que ardía alegremente en la chimenea y decorado con lujosos armarios de roble.
-¿Quiere esperar aquí junto al fuego, señor, o prefiere que le lleve luz al comedor?
-Esperaré aquí, gracias -dijo el abogado. Se aproximó después a la chimenea y se apoyó en la alta rejilla
que había ante el fuego. Se hallaba en la habitación favorita de su amigo el doctor, una estancia que Utterson
no habría tenido el menor reparo en describir como la más acogedora de Londres. Pero esa noche sentía
un estremecimiento en las venas. El rostro de Hyde no se apartaba de su memoria. Experimentaba -cosa
rara en él- náusea y repugnancia por la vida, y dado el estado de ánimo en que se hallaba, creía leer una
amenaza en el resplandor del fuego que se reflejaba en la pulida superficie de los armarios y en el inquieto
danzar de las sombras en el techo. Se avergonzó de la sensación de alivio que le invadió cuando Poole regresó
al poco rato para anunciarle que Jekyll había salido.
-He visto entrar a Mr. Hyde por la puerta de la antigua sala de disección, Poole -dijo Mr. Utterson-. ¿Le
está permitido venir cuando el Dr. Jekyll no está en casa?
-Desde luego, Mr. Utterson -replicó el sirviente-. Mr. Hyde tiene llave.
-Al parecer, su amo confía totalmente en ese hombre, Poole -continuó el otro pensativo.
-Sí, señor, así es -dijo Poole -. Todos tenemos orden de obedecerle.
-No creo haber conocido nunca a Mr. Hyde -observó Utterson.
-¡No, por Dios, señor! Nunca cena aquí -replicó el mayordomo -. De hecho le vemos muy poco en
esta parte de la casa. Suele entrar y salir por el laboratorio.
-Bueno, entonces me iré. Buenas noches, Poole. -Buenas noches, Mr. Utterson.
El abogado se dirigió a su casa presa de gran inquietud. «Pobre Henry Jekyll -se dijo-. Ha debido de tener
una juventud desenfrenada. Cierto que desde entonces ha pasado mucho tiempo, pero de acuerdo con la ley
de Dios, las malas acciones nunca prescriben. Tiene que ser eso, el fantasma de un antiguo pecado, el cáncer
de alguna vergüenza oculta. Al fin el castigo llega inexorablemente, pede claudo, años después de que
el delito ha caído en el olvido y nuestra propia estimación ha perdonado ya la falta.»
Y el abogado, asustado por sus pensamientos, meditó un momento sobre su propio pasado rebuscando en
los rincones de la memoria por ver si alguna antigua iniquidad saltaba de pronto a la luz como surge un
muñeco de resortes del interior de una caja de sorpresas. Pero su pasado estaba hasta cierto punto libre de
culpas. Pocos hombres podían pasar revista a su vida con menos temor, y, sin embargo, Mr. Utterson sintió
una enorme vergüenza por las malas acciones que había cometido y su corazón se elevó a Dios con gratitud
por las muchas otras que había estado a punto de cometer y que, sin embargo, había evitado. Mientras seguía
meditando sobre este tema, su mente se iluminó con un rayo de esperanza. «Pero ese Mr. Hyde -se
dijo- debe de tener sus propios secretos, secretos negros a juzgar por su aspecto, secretos al lado de los cuales
el peor crimen del pobre Jekyll debe brillar como la luz del sol. Las cosas no pueden seguir corno están.
Me repugna pensar que ese ser maligno pueda rondar como un ladrón al lado mismo del lecho del pobre
Henry. ¡Desgraciado Jekyll! ¡Qué amargo despertar! Y encima, el peligro que corre, porque si ese tal Hyde
llega a sospechar de la existencia del testamento, puede impacientarse por heredar. Tengo que hacer algo
inmediatamente. Si Jekyll me lo permitiera...» Y luego añadió: «Si Jekyll me permitiera hacer algo...» Porque
una vez más veía con los ojos de la memoria, tan claras como la transparencia misma, las raras estipulaciones
del testamento.
_
El Dr. Jeky11 estaba tranquilo
_
Dos semanas después, por una de esas halagüeñas jugadas del destino, el Dr. Jekyll invitó a cenar a cinco
o seis de sus mejores amigos, inteligentes todos ellos, de reputación intachable y buenos catadores de vino,
y Mr. Utterson pudo ingeniárselas para quedarse a solas con su anfitrión una vez que partie ran el resto de
los invitados. No era aquello ninguna novedad, sino que, al contrario, había sucedido en innumerables ocasiones.
Donde querían a Utterson, le querían bien. Sus anfitriones solían retener al adusto abogado una vez
que los despreocupados y los habladores habían traspasado ya el umbral. Gustaban de permanecer un rato
en su discreta compañía, practicando la soledad, serenando el pensamiento en el fecundo silencio de aquel
hombre tras el dispendio de alegría y la tensión que ésta suponía.
El Dr. Jekyll no era excepción a la regla. Sentado como estaba frente a Utterson delante de la chimenea -
era hombre de unos cincuenta años, alto, fornido, de rostro delicado, con una expresión algo astuta, quizá,
pero que revelaba inteligencia y bondad-, su mirada demostraba que sentía por su amigo un afecto profundo
y sincero.
-Hace tiempo quería hablar contigo, Jeky11 -le dijo éste-. ¿Recuerdas el testamento que hiciste? Un buen
observador se habría dado cuenta de que el tema no era del agrado del que escuchaba. Pero, aun así, el doctor
respondió alegremente. . -¡Mi pobre Utterson! -dijo-. Qué mala suerte has tenido con que sea tu cliente.
En mi vida he visto un hombre tan preocupado como tú cuando leíste ese documento, excepto quizá ese
fanático de Lanyon ante lo que llama «mis herejías científicas». Ya. Ya sé que es una buena persona. No
tienes que fruncir el ceño. Es un hombre excelente y me gustaría verle con más frecuencia. Pero es también
un ignorante, un fanático y, sin lugar a dudas, un pedante. Nadie me ha decepcionado nunca tanto como él.
-Tú sabes que nunca he aprobado ese documento -continuó Utterson, haciendo caso omiso de las palabras
de su amigo.
-¿Te refieres a mi testamento? Sí, naturalmente, ya lo sé -dijo el doctor ligeramente enojado-. Ya me lo
has dicho.
-Pues te lo repito -continuó el abogado-. He averiguado ciertas cosas acerca de Mr. Hyde.
El agraciado rostro del Dr. Jekyll palideció hasta que labios y ojos se ennegrecieron.
-No quiero oír ni una sola palabra de ese asunto -dijo-. Creí que habíamos acordado no volver a mencionar
el tema.
-Lo que me han dicho es abominable -continuó Utterson.
-Eso no cambiará nada. No puedes entender en qué posición me encuentro -contestó el doctor no sin cierta
incoherencia-. Me hallo en una situación difícil, Utterson, en una extraña circunstancia de la vida, muy
extraña. Se trata de uno de esos asuntos que no se solucionan con hablar.
-Jekyll -dijo Utterson-, tú me conoces y sabes que soy hombre en quien se puede confiar. Puedes hablarme
con toda confianza y no dudes de que podré sacarte del atolladero.
-Mi querido Utterson -dijo el doctor-, tu bondad me conmueve. Eres un excelente amigo y no encuentro
palabras con que agradecerte el afecto que me demuestras. Te creo y confiaría en ti antes que en ninguna
otra persona, antes, ¡ay!, que en mí mismo si me fuera posible. Pero no se trata de lo que tú imaginas. No es
tan grave el asunto. Y sólo para tranquilizar tu corazón te diré una cosa. Puedo deshacerme de ese tal Mr.
Hyde en el momento en que lo desee. Te lo prometo. Mil veces te agradezco tu interés y sólo quiero añadir
una cosa que, espero, no tomes a mal. Se trata de un asunto personal y no quiero que volvamos a hablar de
ello jamás.
Utterson reflexionó unos segundos mirando al fuego.
-Estoy seguro de que tienes razón -dijo al fin poniéndose en pie.
-Pero ya que hemos tocado el tema por última vez -prosiguió el doctor-, hay un punto en el que quiero insistir.
Siento un gran interés por ese pobre Hyde. Sé que le has visto, me lo ha dicho, y me temo que estuvo
muy grosero contigo. Pero con toda sinceridad te digo que siento un interés enorme por ese hombre y quiero
que me prometas, Utterson, que si muero, serás tolerante con él y le ayudarás a hacer valer sus derechos.
Estoy seguro de que lo harías si conocieras el caso a fondo. Me quitarás un gran peso de encima si me lo
prometes.
-No puedo mentirte diciéndote que será alguna vez persona de mi agrado -dijo el abogado.
-No es eso lo que te pido -suplicó Jekyll posando una mano sobre el brazo de su amigo-. Sólo quiero justicia.
Que le ayudes en mi nombre cuando yo no esté aquí.
Utterson exhaló un irreprimible suspiro. -Está bien -dijo-. Te lo prometo.
_
El caso del asesinato de Carew
_
Casi un año después, en octubre de 18..., todo Londres se conmovió ante un crimen singularmente feroz,
crimen aún más notable por ser la víctima hombre de muy buena posición. Lo que se supo fue poco, pero
sorprendente. Una criada que vivía sola en una casa no muy lejos del río había subido a su dormitorio hacia
las once para acostarse. La niebla solía cernirse sobre la ciudad al amanecer y, por lo tanto, a aquella hora
temprana de la noche la atmósfera estaba despejada y la calle a la que daba la ventana de la criada estaba
iluminada por la luna. Al parecer era aquella mujer de naturaleza romántica, pues se sentó en un baúl colocado
justamente bajo la ventana y allí se perdió en sus ensoñaciones. «Nunca -solía decir entre amargas
lágrimas-, nunca me había sentido tan en paz con la humanidad ni había pensado en el mundo con mayor
sosiego.»
Y mientras en esta actitud se hallaba acertó a ver a un anciano de porte distinguido y pelo canoso que se
acercaba por la calle. Otro caballero de corta estatura, y en el que fijó menos su atención, caminaba en dirección
contraria. Cuando ambos hombres se cruzaron (cosa que ocurrió precisamente bajo su ventana) el
anciano se inclinó y se dirigió al otro con cortesía. Se diría que el tema de la conversación no revestía gran
importancia. De hecho, por la forma en que señalaba, parecía que el anciano pedía indicaciones para llegar
a un determinado lugar. La luna se reflejaba en su rostro y la sirvienta se complació en mirarle mientras
hablaba. Respiraba caballerosidad, una bondad inocente y, al mismo tiempo, algo muy elevado, como una
satisfacción interior ampliamente justificada. Se fijó entonces en el otro hombre y se sorprendió al reconocer
en él a un tal Mr. Hyde que en una ocasión había visitado a su amo y por el que había sentido inmediatamente
una profunda antipatía. Llevaba en la mano un pequeño bastón con el que jugueteaba nerviosamente.
No respondió al anciano una sola palabra y parecía escucharle con impaciencia mal contenida. De pronto
estalló con una explosión de ira. Empezó a dar patadas en el suelo y a blandir el bastón en el aire como
(según dijo la doncella) preso de un ataque de locura. El anciano dio un paso atrás aparentemente asombrado
de la actitud de su interlocutor, y en ese momento Mr. Hyde perdió el control y le golpeó hasta derribarle
en tierra. Un segundo después, con la furia de un simio, pisoteaba salvajemente a su víctima cubriéndola
con una lluvia de golpes, tan fuertes que la criada oyó el quebrarse de los huesos y el cuerpo fue a parar a la
calzada. Ante el horror provocado por la visión y aquellos sonidos, la mu jer perdió el sentido.
Eran las dos de la mañana cuando volvió en sí y dio aviso a la policía. El asesino había desaparecido
hacía largo tiempo, pero su víctima yacía desarticulada en el centro de la calle. El bastón con que se había
cometido el crimen, aunque de una madera poco común, excepcionalmente fuerte y pesada, se había roto
por la mitad bajo el impulso de aquella insensata crueldad y una de las mitades había ido a parar a la alcantarilla
cercana. La otra, indudablemente, se la había llevado el asesino. Hallaron en posesión de la víctima
una cartera y un reloj de oro, pero ni un solo documento o tarjeta de identificación, a excepción de un sobre
lacrado y franqueado que probablemente se disponía a depositar en algún buzón de correos y que iba dirigido
a Mr. Utterson.
Se lo llevaron al abogado a la mañana siguiente antes de que se levantara, y no bien hubo fijado en él la
mirada y escuchado la narración del caso cuando dijo solemnemente las siguientes palabras:
-No diré nada hasta que haya visto el cadáver. El asunto debe de ser muy serio. Tengan la amabilidad de
esperar mientras me visto.
Y con el mismo grave talante, desayunó apresuradamente, subió a su carruaje y se dirigió a la Comisaría
de Policía donde se encontraba el cuerpo. Tan pronto como lo vio, asintió:
-Sí -dijo -. Le reconozco. Siento tener que decirles que se trata de Sir Danvers Carew.
-¡Santo cielo! -exclamó el oficial-. ¿Será posible? Al momento reflejó su mirada el destello de la amb ición.
-Esto, sin duda, provocará un escándalo -continuó-. Quizá pueda usted ayudarnos a encontrar al criminal.
Dicho esto le informó de las declaraciones de la sirvienta y le mostró la mitad del bastón.
Mr. Utterson se había estremecido ya al oír el nombre de Mr. Hyde, pero cuando vio ante sus ojos aquel
trozo de madera ya no pudo dudar más. Aunque roto y maltratado, reconoció en él el bastón que hacía muchos
años había regalado a Henry Jekyll.
-¿Es ese Mr. Hyde un hombre de corta estatura? -preguntó.
-Según la criada, es muy bajo y de aspecto desagradable en extremo -dijo el oficial.
Mr. Utterson reflexionó y dijo luego, levantando la cabeza:
-Si quiere acompañarme, puedo conducirle hasta su casa.
Eran alrededor de las nueve de la mañana y habían comenzado ya las nieblas propias de la estación. Un
manto de bruma color chocolate descendía del cie lo, pero el viento atacaba y dispersaba continuamente
esos vapores formados en orden de batalla, de modo que conforme el coche avanzaba de calle en calle Mr.
Utterson pudo contemplar una maravillosa infinidad de grados y matices de una luz casi crepuscular: aquí
una oscuridad semejante a lo más recóndito de la noche, allí un destello de marrón in tenso vivo como el
reflejo de una extraña conflagra ción. Luego, por un momento, la niebla se disipaba y un débil rayo de luz
diurna se abría paso entre inquietos jirones de vapor. El miserable barrio del Soho, visto a la luz de esos
destellos cambiantes, con sus calles fangosas, sus transeúntes desalmados y esas farolas que, o no habían
apagado todavía, o habían vuelto a encender para combatir esa nueva invasión de la oscuridad, parecía a los
ojos del abogado un barrio de pesadilla. Sus pensamientos eran, por otra parte, de los más sombríos que
cabe imaginar, y cuando miraba a su compañero de viaje sentía ese escalofrío de terror que la ley y sus
agentes suelen despertar en ocasiones incluso entre los más honrados.
En el momento en que el carruaje se detenía ante la casa indicada, la niebla se disipó ligeramente para
mostrar una casa miserable, una taberna, una casa de comidas francesa, un cuchitril donde se vendían cachivaches
y baratijas, gran número de niños harapientos acogidos al abrigo de los quicios de las puertas y
mujeres de distintas nacionalidades que, llave en mano, se dirigían a tomarse su traguito mañanero.
Pero al momento la niebla volvió a cernirse sobre ese barrio de la ciudad aislando a Mr. Utterson de su
mísero entorno. Se hallaban él y su acompañante ante la casa del protegido del doctor Jekyll, el presunto
heredero de un cuarto de millón de libras esterlinas.
Abrió la puerta una mujer de cabellos canosos y rostro marfileño. Tenía una expresión maligna temperada
por la hipocresía, pero sus modales eran excelentes. Sí, afirmó, aquella era la casa de Mr. Hyde,
pero su amo había salido. La noche anterior había vuelto de madrugada para salir de nuevo, una hora después.
No, no tenía nada de raro. Mr. Hyde tenía unas costumbres muy irregulares y salía con frecuencia.
Por ejemplo, había pasado dos meses sin volver por su casa hasta que regresó la noche anterior.
-Muy bien, entonces condúzcanos a sus aposentos -dijo el abogado. Y cuando la mujer abrió la boca para
afirmar que era imposible, continuó-: Será mejor que le informe de la identidad de este caballero. Es el inspector
Newcomer, de Scotland Yard.
Un rayo de alborozo abominable iluminó el rostro de la mujer.
-¡Ah! -exclamó -. Se ha metido al fin en un lío, ¿eh? ¿Qué ha hecho?
Mr. Utterson y el inspector intercambiaron una mirada.
-No parece que le tenga mucha estimación -observó el segundo. Y luego continuó-: Y ahora, buena mujer,
permítanos que este caballero y yo echemos un vistazo a las habitaciones de su amo.
De toda la casa, habitada únicamente por la anciana en cuestión, Mr. Hyde había utilizado sólo un par de
habitaciones que había amueblado con lujo y exquisito gusto. Tenía una despensa llena de vinos, la vajilla
era de plata, los manteles delicados; de la pared colgaba una buena pintura, regalo -supuso Utterson- de
Henry Jekyll, que era muy entendido en la materia, y las alfombras eran gruesas y de colores agradables a
la vista. Todo en aquellos aposentos daba la impresión de que alguien había pasado por ellos a toda prisa
revolviendo hasta el último rin cón. Diseminadas por el suelo había prendas de vestir con los bolsillos vueltos
hacia fuera, los cajones estaban abiertos y en la chimenea había un montón de cenizas grisáceas que
revelaban que alguien había estado quemando un montón de papeles.
De entre estos restos desenterró el inspector la matriz de un talonario de cheques de color verde que se
había resistido a la acción del fuego. Detrás de la puerta encontraron la otra mitad del bastón y, dado que
esto confirmaba sus sospechas, el policía se mostró encantado del hallazgo. Una visita al banco, donde averiguaron
que el presunto asesino tenía depositados en su cuenta varios miles de libras, acabó de satisfacer la
curiosidad del inspector Newcomer.
-Se lo aseguro, caballero -dijo a Mr. Utterson-. Puede usted darle por preso. Debe de haber perdido la cabeza
o no habría dejado la mitad de su bastón en un sitio tan fácil de encontrar. Y lo que es más importante,
no habría quemado el talonario de cheques. Dinero es precisamente lo que más va a necesitar en estos momentos.
No tenemos más que esperar a que se pase por el banco y proceder a su detención.
Pero esto último no resultó tan fácil como el policía se las prometía. Mr. Hyde tenía muy pocos conocidos
-incluso el amo de la criada que había presenciado el crimen le había visto sólo un par de veces - y
no fue posible localizar a ninguno de sus familiares. No existían, por otra parte, fotografías suyas, y los
pocos que pudieron describirle dieron versiones contradictorias sobre su apariencia, como suele ocurrir
cuando se trata de observadores no profesionales. Sólo coincidieron todos en un punto. En destacar esa
vaga sensación de deformidad que el fugitivo despertaba en todo el que le veía.
_
El incidente de la carta
_
Era ya avanzada la tarde cuando Mr. Utterson llegó a casa del doctor Jekyll, donde Poole le admitió al
punto y le condujo a través de las dependencias de servicio y del patio que antes fuera jardín hasta el edificio
que se conocía indiferentemente con los nombres de laboratorio o sala de disección. El doctor había
comprado la casa a los herederos de un famoso cirujano y, por encaminarse sus gustos más hacia la química
que hacia la anatomía, había cambiado el destino de la construcción que se alza ba al fondo del jardín.
Era la primera vez que el abogado pisaba esa parte de la vivienda de su amigo. Fijó la vista con curiosidad
en aquel sombrío edificio sin ventanas y, una vez dentro de él, paseó la mirada a su alrededor experimentando
una desagradable sensación de extrañeza al ver aquella sala de disección antes poblada de estudiantes
ávidos de entender y ahora solitaria y silenciosa, las mesas cargadas de aparatos destinados a la
investigación química, las cajas de madera y la paja de embalar diseminadas por el suelo y la luz que se
filtraba a través de la cúpula nebulosa. Al fondo, una escalera subía hasta una puerta tapizada de fieltro rojo
cuyo umbral traspuso al fin Mr. Utterson para entrar al gabinete del doctor. Era ésta una habitación grande
rodeada de armarios de puertas de cristal y amueblada, entre otras cosas, con un espejo de cuerpo entero y
un escritorio. Se abría al patio por medio de tres ventanas de vidrios polvorientos y protegidas con barrotes
de hierro. Un fuego ardía en la chimenea y sobre la repisa había una lámpara encendida, pues hasta en el
interior de las casas comenzaba a acumularse la niebla.
Allí, al calor del fuego, estaba sentado el doctor Jekyll, que parecía mortalmente enfermo. No se levantó
para recibir a su amigo, sino que le saludó con un gesto de la mano y una voz irreconocible.
-Dime -dijo Mr. Utterson tan pronto como Poole abandonó la habitación-. ¿Sabes la noticia?
El doctor se estremeció.
-La han estado gritando los vendedores de periódicos por la calle. La he oído desde el comedor. -
Permíteme que te diga lo siguiente -dijo el abogado-: Carew era cliente mío, pero también lo eres tú y quiero
que me digas la verdad de lo sucedido. ¿Has sido lo bastante loco como para ocultar a ese hombre?
-Utterson, te juro por el mismo Dios -exclamó el doctor-, te juro por lo más sagrado, que no volveré a
verle nunca más. Te doy mi palabra de caballero de que he terminado con Hyde para el resto de mi vida.
Nunca volveré a verle. Y te aseguro que él no desea que le ayude. No le conoces como yo. Está a salvo,
totalmente a salvo, y nunca se volverá a saber de él.
El abogado escuchaba, sombrío. No le gustaba la apariencia enfebrecida de su amigo.
-Pareces estar muy seguro de él -dijo-. Por tu bien deseo que no te equivoques. Si hay un juicio, tu nombre
puede salir a relucir en él.
-Estoy completamente seguro de lo que digo -replicó Jekyll-. Tengo razones de peso para hacer esta
afirmación, razones que no puedo confiar a nadie. Pero sí hay una cosa sobre la que puedes aconsejarme.
He recibido una carta y no sé si mostrársela o no a la policía. Quiero dejar el asunto en tus manos, Utterson.
Tú juzgarás con prudencia, estoy seguro. Ya sabes que confío plenamente en ti.
-Jemes que pueda conducir a su detención? -preguntó el abogado.
-No -respondió su interlocutor-. La verdad es que no me importa lo que pueda sucederle a Hyde. Por lo
que a mí respecta, ha muerto. Pensaba sólo en mi reputación, que todo este horrible asunto ha puesto en
peligro.
Utterson rumió las palabras de su amigo durante unos instantes. El egoísmo que encerraban le sorprendía
y aliviaba al mismo tiempo.
-Bueno -dijo al fin-. Veamos esa carta.
La misiva estaba escrita con una caligrafía extraña, muy picuda, y llevaba la firma de Edward Hyde. Decía
en términos muy concisos que su benefactor, el doctor Jekyll, a quien tan mal había pagado las mil generosidades
que había tenido con él, no debía preocuparse por su seguridad, pues tenía medios de escapar,
de los cuales podía fiarse totalmente. Al abogado le gustó la carta. Daba a aquella intimidad mejores visos
de lo que él había sospechado y se censuró interiormente por sus pasadas sospechas. -¿Tienes el sobre? -
preguntó.
-Lo he quemado -replicó Jekyl1- sin darme cuenta de lo que hacía. Pero no llevaba matasellos. La trajo
un mensajero.
-¿Puedo quedármela y consultar el caso con la almohada? -preguntó Utterson.
-Quiero que decidas por mí, pues he perdido toda confianza en mí mismo.
-Lo pensaré -respondió el abogado-. Y ahora una cosa más. ¿Fue Hyde quien te dictó los términos del
testamento con respecto a tu desaparición?
El doctor estuvo a punto de desmayarse. Apretó los labios con fuerza y asintió.
-Lo sabía -dijo Utterson-. Ese hombre tenía in tención de asesinarte. Te has librado de milagro. -Pero de
esta experiencia he sacado algo muy importante -contestó el doctor solemnemente-. Una lección. ¡Dios
mío, Utterson, qué lección he aprendido!
Dicho esto hundió el rostro entre las manos durante unos segundos.
Camino de la puerta, el abogado se detuvo a intercambiar unas palabras con Poole.
-A propósito -le dijo-, ¿han traído hoy alguna carta? ¿Podría describirme al mensajero?
Pero Poole dijo estar seguro de que no había lle gado nada, a excepción del correo.
-Y eran sólo circulares -añadió.
La respuesta de Poole renovó los temores del visitante. Estaba claro que la misiva hab&iac

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Archivo Mayo 2008

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