De.licio.us Dada

EL HOMBRE BICENTENARIO // ISSAC ASIMOV

29/09/2007 22:55

Por arkaiko

El Hombre Bicentenario

Isaac Asimov

Las Tres Leyes de la robótica:

1. Un robot no debe dañar a un ser humano ni, por inacción, permitir que un

ser humano

sufra daño.

2. Un robot debe obedecer las órdenes impartidas por los seres humanos,

ecepto cuando dichas órdenes estén reñidas con la Primera Ley.

3. Un robot debe proteger su propia existencia, mientras dicha protección no

esté reñida ni con la Primera y Segunda Ley.

-Gracias -dijo Andrew Martin, aceptando el asiento que le ofrecían. Su semblante

no delataba a una persona acorralada, pero eso era.

En realidad su semblante no delataba nada, pues no dejaba ver otra expresión

que la tristeza de los ojos. Tenía el cabello lacio, castaño claro y fino, y no había

vello en su rostro. Parecía recién afeitado. Vestía anticuadas, pero pulcras ropas

de color rojo aterciopelado.

Al otro lado del escritorio estaba el cirujano, y la placa del escrito incluía una serie

indentificatoria de letras y números, pero Andrew no se molestó en leerla. Bastaría

con llamarle <<doctor>>.

-Cuándo se puede realizar la operación doctor,? -preguntó.

El cirujano murmuró, con esa inalienable nota de respeto que un robot siempre

usaba ante un ser humano:

-No estoy seguro de entender cómo o en quién debe realizarse esa operación,

señor.

El rostro del cirujano habría revelado cierta respetuosa intransigencia si tal

expresión -o cualquier otra- hubiera sido posible en el acero inoxidable con un

ligero tono de bronce.

Andrew Martin estudió la mano derecha del robot, la mano quirúrgica, que

descansaba en el escritorio. Los largos dedos estaban artísticamente modelados

en curvas metálicas tan gráciles y apropiadas que era fácil imaginarlas

empuñando un escalpelo que momentáneamente se transformaría en parte de los

propios dedos.

En su trabajo no habría vacilaciones, tropiezos, temblores ni errores. Eso iba unido

a la especialización tan deseada por la humanidad que pocos robots poseían ya

un cerebro independiente. Claro que un cirujano necesita cerebro, pero éste

estaba tan limitado en su capacidad que no reconocía a Andrew. Tal vez nunca le

hubiera oído nombrar.

-Alguna vez ha pensado que le gustaría ser un hombre? -le preguntó Andrew.

El cirujano dudó un momento, como si la pregunta no encajara en sus sendas

positrónicas.

-Pero yo soy un robot, señor.

-No sería preferible ser un hombre?

-Sería preferible ser mejor cirujano. No podría serlo si fuera hombre, sólo si fuese

un robot más avanzado. Me gustaría ser un robot más avanzado.

-No le ofende que yo pueda darle órdenes, que yo pueda hacerle poner de pie,

sentarse, moverse a derecha e izquierda, con sólo decirlo?

-Es mi placer agradarle. Si sus órdenes interfiriesen en mi funcionamiento

respecto de usted o de cualquier otro ser humano, no le obedecería. La primera

Ley, concerniente a mi deber para con la seguridad humana, tendría prioridad

sobre la Segunda Ley, la referente a la obediencia. De no ser así, la obediencia es

un placer para mí... Pero a quién debo operar?

-A mí.

-Imposible. Es una operación evidentemente dañina.

-Eso no importa -dijo Andrew con calma.

-A un ser humano no, pero yo también soy un robot.

3

Andrew tenía mucha más experiencia de robot cuando acabaron de

manufacturarlo. Era como cualquier otro robot, con diseño elegante y funcional.

Le fué bien en el hogar adonde lo llevaron, en quellos días en que los robots eran

una rareza en las casas y en el planeta.

Había cuatro personas en la casa: el <<señor>>, la <<señora>>, la <señorita>>

y la <<niña>>, Conocía los nombres, pero nunca los usaba. El Señor se llamaba

Gerald Martin.

Su número de serie era NDR... No se acordaba de las cifras. Había pasado mucho

tiempo, pero si hubiera querido recordarlas habría podido hacerlo. Sólo que no

quería.

La niña fue la primera en llamarlo Andrew, porque no era capaz de pronunciar las

letras, y todos hicieron lo mismo que ella.

La Niña... Llegó a vivir noventa años y había fallecido tiempo atrás. En cierta

ocasión, él quiso llamarla Señora, pero ella no se lo permitió. Fue Niña hasta el día

de su muerte.

Andrew estaba destinado a realizar tareas de ayuda de cámara, de mayordomo y

de criado. Eran días experimentales para él y para todos los robots en todas

partes, excepto en las factorías y las estaciones industriales y exploratorias que se

hallaban fuera de la Tierra.

Los Martin le tenían afecto y muchas veces le impedían realizar su trabajo porque

la Señorita y la Niña preferían jugar con él.

Fue la Señorita la primera en darse cuenta de cómo se podía solucionar aquello.

-Te ordenamos a que juegues con nosotras y debes obedecer las órdenes -le dijo.

-Lo lamento, Señorita -contestó Andrew-, pero una orden previa del Señor sin

duda tiene prioridad.

-Papá sólo dijo que esperaba que tú te encargaras de la limpieza -replicó ella-.

Eso no es una orden. Yo sí te lo ordeno.

Al Señor no le importaba. El Señor sentía un gran cariño por la Señorita y por la

Niña, incluso más que la Señora, y Andrew también les tenía cariño. Al menos, el

efecto que ellas ejercían sobre sus actos eran aquellos que en un ser humano se

4

hubieran considerado los efectos del cariño. Andrew lo consideraba cariño, pues

conocía otra palabra designarlo.

Talló para la Niña un pendiente de madera. Ella se lo había ordenao. Al parecer, a

la Señorita le habían regalado por su cumpleaños un pendiente de marfilina con

volutas, y la Niña sentía celos. Sólo tenía un trozo de madera y se lo dio a Andrew

con un cuchillo de cocina.

Andrew lo talló rápidamente.

-Qué bonito, Andrew -dijo la niña-. Se lo enseñaré a papá.

El Señor no podía creerlo.

-Dónde conseguiste esto Mandy? -Así llamaba el Señor a la Niña. cuando la Niña

le aseguró que decía la verdad, el Señor se volvió hacia Andrew-. Lo has hecho tú,

Andrew?

-Si Señor.

-De dónde copiaste el diseño?

-Es una representación geométrica, Señor, que armoniza con la fibra de la

madera.

Al día siguiente, el Señor le llevó otro trozo de una madera y un vibrocuchillo

eléctrico.

-Talla algo con esto, Andrew. Lo que quieras.

Andrew obedeció y el Señor le observó; luego, examinó el producto durante un

largo rato. Después de eso, Andrew dejó de servir la mesa. Le ordenaron que

leyera libros sobre diseño de muebles, y aprendió a fabricar gabinetes y

escritorios.

El Señor le dijo:

-Son productos asombrosos, Andrew.

-Me complace hacerlos, Señor.

-Cómo que te complace?

-Los circuitos de mi cerebro funcionan con mayor fluidez. He oído usar el término

 

<<complacer>> y el modo en que usted lo usa concuerda con mi modo de sentir.

Me complace hacerlos, Señor.

3

Gerald Martin llevó a Andrew a la oficina regional de Robots y Hombres

Mecánicos de Estados Unidos. Como miembro de la Legislatura Regional, no tuvo

problemas para conseguir una entrevista con el jefe de robopsicología. Más aún,

sólo estaba calificado para poseer un robot por ser miembro de la Legislatura. Los

robots eran algo habitual en aquellos días.

Andrew no comprendió nada al principio, pero en años posteriores, ya con

mayores conocimientos, evocaría esa escena yo lo comprendería.

El robopsicólogo, Merton Mansky, escuchó con el ceño cada vez más fruncido y

realizó un esfuerzo para no tamborilear en la mesa con los dedos. Tenía tensos

los rasgos y la frente arrugada y daba la impresión de ser más joven de lo que

aparentaba.

-La robótica no es un arte exacto, señor Martin -dijo-. No puedo explicárselo

detalladamente, pero la matemática que rige la configuración de las sendas

positrónicas es tan compleja que sólo permite soluciones aproximadas.

Naturalmente, como construimos todo en torno de las Tres Leyes, éstas son

incontrovertibles. Desde luego, reemplazaremos ese robot...

-En absoluto -protestó el Señor-. No se trata de un fallo. el cumple perfectamente

con sus deberes. El punto es que también realiza exquisitas tallas en madera y

nunca repite los diseños. Produce obras de arte.

Mansky parecía confundido.

-Es extraño. claro que actualmente estamos probando con sendas

generalizadas...Cree usted que es realmente creativo?

-Véalo usted mismo.

Le entregó una pequeña esfera de madera, en la que había una escena con niños

tan pequeños que apenas se veían; pero las proporciones eran perfectas y

armonizaban de un modo natural con la fibra, comosi también ésta estuviera

tallada.

-El hizo esto? -exclamó Mansky. Se lo devolvió, sacudiendo la cabeza-.

Puramente fortuito. Algo que hay en sus sendas.

 

-Pueden repetirlo?

-Probablemente no. Nunca nos han informado de nada semejante.

-¡Bien! No me molesta en absoluto que Andrew sea el único.

-Me temo que la empresa querrá recuperar ese robot para estudiarlo.

-Olvídelo -replicó el Señor. Se volvió hacia Andrew-: Vámonos a casa.

-Como usted desee, Señor -dijo Andrew.

4

La Señorita salía con jovencitos y no estaba mucho en casa. Ahora era la Niña,

que ya no era tan niña, quien llenaba el horizonte de Andrew. Nunca olvidaba que

la primera talla en madera de Andrew había sido para ella. La llevaba en una

cadena de plata que le pendía del cuello.

Fue ella la primera que se opuso a la costumbre del Señor a regalar los productos.

-Vámos, papá. Si alquien los quiere, que pague por ellos. Valen la pena.

-Tu no eres codiciosa, Mandy.

-No es por nosotros, papá. Es por el artísta.

Andrew jamás había oído esa palabra y en cuanto tuvo un momento a solas la

buscó en el diccionario.

Poco después realizaron otro viaje; en esa ocasión para visitar al abogado del

Señor.

-Qué piensas de esto John? -le preguntó el Señor.

El abogado se llamaba John Feingold. Era canoso y barrigón, y los bordes de sus

lentes de contacto estaban teñidos de verde brillante. Miró la pequeña placa que el

Señor le había entregado.

-Es bella... Pero estoy al tanto. Es una talla de un robot, ese que has traído

contigo.

-Si, es obra de Andrew. Verdad, Andrew?

-Si, Señor.

-Cúanto pagarías por esto John? -preguntó el Señor.

-No sé. No colecciono esos objetos.

-Creerías que me han ofrecido doscientos cincuenta dólares por esta cosita?

Andrew ha fabricado también sillas que he vendido por quinientos dólares. Los

productos de Andrew nos han permitido depositar doscientos mil dólares en el

banco.

-¡Cielos, te está haciendo rico, Gerald!

-Sólo a medias. La mitad está en una cuenta a nombre de Andrew Martin.

-Del robot?

-Exacto, y quiero saber si es legal.

-Legal? -Feingold se reclinó en la silla, haciéndola crujir-. No hay precedentes,

Gerald. Cómo firmó tu robot los papeles necesarios?

-Sabe hacer la firma de su nombre y yo la llevé. No lo llevé a él al banco en

persona. Es preciso hacer algo más?

-Mmm... -Feingold entrecerró los ojos durante unos segundos-. Bueno, podemos

crear un fondo fiduciario que maneje las finanzas en su nombre, lo cual hará de

capa aislante entre él y el mundo hostil. Aparte de eso, mi consejo es que no

hagas nada más. Hasta ahora nadie te ha detenido. Si alguien se opone, déjale

que se querelle.

-Y te harás cargo del caso si hay alguna querella?

-Por un anticipo, claro que si.

-De cuánto?

Feingold señaló la placa de madera.

-Algo como esto.

-Me parece justo -dijo el Señor.

Feingold se rió entre dientes mientras se volvía hacia el robot.

-Andrew, te gusta tener dinero?

-Si, señor.

-Qué piensas hacer con él?

-Pagar cosas que de lo contrario tendría que pagar el Señor. Esto le ahorrará

gastos al Señor.

5

Hubo ocasiones para ello. Las reparaciones eran costosas y las revisiones aún

más. Con los años se produjeron nuevos modelos de robot, y el Señor se

preocupó de que Andrew contara con cada nuevo dispositivo, hasta que fue un

dechado de excelencia metálica. El propio robot se encargaba de los gastos.

Andrew insistía en ello.

Sólo sus sendas positrónicas permanecieron intactas. El Señor insistía en ello.

-Los nuevos no son tan buenos como tú, Andrew. Los nuevos robots no sirven. La

empresa ha aprendido a hacer sendas más precisas, más específicas, más

particulares. Los nuevos robots no son versátiles. Hacen aquello para lo cual están

diseñados y jamás desvían. Te prefiero a ti.

-Gracias, Señor,

-Y es obra tuya, Andrew, no lo olvides. Estoy seguro de que Mansky puso fin a las

sendas generalizadas en cuanto te echó un buen vistazo. No le gustó que fueras

tan imprevisible... Sabes cuántas veces pidió que te llevaríamos para estudiarte?

¡Nueve veces! Pero nunca se lo permití, y ahora que se ha retirado quizá nos

dejen en paz.

El cabello del Señor disminuyó y encaneció, y el rostro se le puso fofo, pero

Andrew tenía mejor aspecto que cuando entró a formar parte de la familia. La

Señora se había unido a una colonia artística de Europa y la Señorita era poeta en

Nueva York. A veces escribían, pero no con frecuencia. La Niña estaba casada y

vivía a poca distancia. Decía que no quería abandonar a Andrew y cuando nació

su hijo, el Señorito, dejó que el robot cogiera el biberón para alimentarlo.

Andrew comprendió que el Senõr, con el nacimiento de ese nieto, tenía ya alguien

que reemplazara a quienes se habían ido. No sería tan injusto presentarle su

solicitud.

-Señor -le dijo-, ha sido usted muy amable al permitir que yo gastara mi dinero

según mis deseos.

-Era tu dinero, Andrew.

-Sólo por voluntad de usted, Señor. No creo que la ley le hubiera impedido

conservarlo.

-La ley no me va a persuadir de que me porte mal, Andrew.

-A pesar de todos los gastos y a pesar de los impuestos, Señor, tengo casi

seiscientos mil dólares.

-Lo sé, Andrew.

-Quiero dárselos, Señor.

-No los aceptaré, Andrew.

-A cambio de algo que usted puede darme, Señor.

-Ah, Qué es eso, Andrew?

-Mi libertad, Señor.

-Tu...

-Quiero comprar mi libertad, Señor.

6

No fue tan fácil. El Señor se sonrojó, soltó un <<¡Por amor de Dios!>>, dio media

vuelta y se alejó.

Fue la Niña quien logró convencerlo, en un tono duro y desafiante, y delante de

Andrew. durante treinta años, nadie había dudado en hablar en su presencia,

tratrárase de él. o no. Era sólo un robot.

-Papá, porqué te lo tomas como una afrenta personal? El seguirá aquí. Continuará

siéndote leal. No puede evitarlo. Lo tiene incorporado. Lo único que quiere es

formalismo verbal. Quiere que lo llamen libre. Es tan terrible? No se lo ha ganado?

¡Cielos! él y yo hemos hablado de esto durante años.

-Conque durante años?

-Si, una y otra vez lo ha ido postergando temor a lastimarte. Yo le dije que te lo

pidiera.

-El no sabe qué es la libertad. Es un robot.

-Papá, no lo conoces. Ha leído todo lo que hay en la biblioteca. No sé qué siente

por dentro, pero tampoco sé qué sientes tú. Cuando le hablas, reacciona ante las

diversas abstracciones tal como tú y yo. Qué otra cosa cuenta? Si las reacciones

de alguien son como las nuestras, qué más se puede pedir?

-La ley no adoptará esa actitud -se obstinó el Senõr, exasperado. Se volvió hacia

Andrew y le dijo con voz ronca-: ¡Mira, oye! No puedo liberarte a no ser de una

forma legal, y si esto llega a los tribunales no sólo no obtendrás la libertad, sino

que la ley se enterará oficialmente de tu fortuna. Te dirán que un robot no tiene

derecho a ganar dinero. Vale la pena que pierdas tu dinero por esta farsa?

-La libertad no tiene precio, Señor -replicó Andrew-. Sólo la posibilidad de

obtenerla ya vale ese dinero.

7

El tribunal también podía pensar que la libertad no tenía precio y decidir que un

robot no podía comprarla por mucho que pagase, por alto que fuese el precio.

La declaración del abogado regional, que representaba a quienes habían

entablado un pleito conjunto para oponerse a la libertad de Andrew, fue ésta: La

palabra <<libertad>> no significaba nada cuando se aplicaba a un robot, pues sólo

un ser humano podía ser libre.

Lo repitió varias veces, siempre que le parecía apropiado; lentamente, moviendo

las manos al son de las palabras.

La Niña pidió permiso para hablar en nombre de Andrew.

La llamaron por su nombre completo, el cual Andrew nunca había oído antes:

-Amanda Laura Martin Charney puede acercarse al estrado.

-Gracias, señoría. No soy abogada y no sé hablar con propiedad, pero espero que

todos presten atención al significado e ignoren las palabras. Comprendamos qué

significa ser libre en el caso de Andrew. En alguos sentidos, ya lo es. Lleva por lo

menos veinte años sin que un mienbro de la familia Martin le ordene hacer algo

que él no hubiera hecho por propia voluntad. Pero si lo deseamos, podemos

ordenarle cualquier cosa y expresarlo con la mayor rudeza posible, porque es una

máquina y nos pertenece. Porqué ha de seguir en esa situación, cuando nos ha

servido durante tanto tiempo y tan lealmente y ha ganado tanto dinero para

nosotros? No nos debe nada más; los deudores somos nosotros. Aunque

 

se nos prohibiera legalmente someter a Andrew a una cervidumbre involuntaria, él

nos serviría voluntariamente. Concederle la libertad será sólo una triquiñuela

verbal, pero significaría muchísimo para él. Le daría todo y nonos costaría nada.

Por un momento pareció que el juez contenía una sonrisa.

-Entiendo su argumentación, señora Charney. Lo cierto es que a este respecto no

existe una ley obligatoria ni un precedente. Sin embargo, existe el supuesto tácito

de que sólo el ser humano puede gozar de libertad. Puedo establecer una nueva

ley, o someterme a la decisión de un tribunal superior; pero no puedo fallar en

contra de ese supuesto. Permítame interpelar al robot. ¡Andrew!

Sí, señoría.

Era la primera vez que Andrew hablaba ante el tribunal y el juez se asombró de la

modulación humana de aquella voz.

-Porqué quiéres ser libre, Andrew? En qué sentido es importante para ti?

-Desearía usted ser esclavo, señoría?

-Pero no eres esclavo. Eres un buen robot, un robot genial, por lo que me han

dicho, capaz de expresiones artísticas sin parangón. Qué más podrías hacer si

fueras libre?

-Quizá no pudiera hacer más de lo que hago ahora, señoría, pero lo haría con

mayor alegría. Creo que sólo alguien que desea la libertad puede ser libre. Yo

deseo la libertad.

Y eso le proporcionó al juez un fundamenteo. El argumento central de su

sentencia fue: <<No hay derecho a negar la libertad a ningún objeto que posea

una mente tan avanzada como para entender y desear ese estado.>>

Más adelante, el Tribunal Mundial ratificó la sentencia.

8

El Señor seguía disgustado y su áspero tono de voz hacía que Andrew se sintiera

como si tuviese un cortocircuito.

-No quiero tu maldito dinero, Andrew. Lo tomaré sólo porque de lo contrario no te

sentirás libre. A partir de ahora, puedes elegir tus tareas y hacerlas como te

plazca. No te daré órdenes, excepto ésta: que hagas lo que se te plazca. Pero

 

sigo siendo responsable de ti. Esa forma parte de la sentencia del juez. Espero

que lo entiendas.

-No seas irascible, papá -interrumpió la Niña-. La responsabilidad no es una gran

carga. Sabes que no tendrás que hacer nada. Las Tres Leyes siguieron vigentes.

-Entonces, en qué sentido es libre?

-Acaso los seres humanos no están obligados por sus leyes, Señor?

-No voy a discutir -dijo el Señor.

Se marchó, y a partir de entonces Andrew lo vio con poca frecuencia.

La Niña iba a verlo a menudo a la casita que le habían construido y entregado. No

disponía de cocina ni cuarto de baño. Sólo tenía dos habitaciones. Una era una

biblioteca y la otra servía de depósito y taller. Andrew aceptó muchos encargos y

como robot libre trabajó más que antes, hasta que pagó el costo de la casa y el

edificio se transfirió legalmente.

Un día, fue a verlo el Señorito..., no, ¡George! El Señorito había insistido en eso

después de la sentencia del juez.

-Un robot libre no llama Señorito a nadie -le había dicho George-. Yo te llamo

Andrew. Tú debes llamarme George.

El día en que George fue a verlo a solas le informó de que el Señor estaba

agonizando. La Niña se encontraba juanto al lecho, pero el Señor también quería

estuviese Andrew.

El Señor habló con voz potente, auqnue parecía incapaz de moverse. Se esforzó

en levantar la mano.

-Andrew -dijo-, Andrew... No me ayudes, George. Me estoy muriendo, eso es todo,

no estoy impedido... Andrew, me alegra que seas. Sólo quería decirte eso.

Andrew no supo qué decir. Nunca había estado frente a un moribundo, pero sabía

que era el modo humano de dejar de funcionar. Era como ser desmontado de una

manera involuntaria e irreversible, y Andrew no sa......

SI TE HA GUSTADO EL ESCRITO, Y QUISIERAS CONSEGUIR EL LIBRO EN GIGITAL, PONTE EN CONTACTO CON  :   snake@ono.com    y alli, te diran como conseguirlo...

Vota este post!


Comenta:




(Introduce aqui la direccion de tu Blog o de tu pagina personal)

Escribe las cifras que lees aquí

(De esta manera se preveen los envios automáticos)

Hola soy arkaiko
Ver mi perfil


Ultimos comentarios

Últimos post

Tag