Por arkaiko
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Por arkaiko PADRE FUNDADOR ISAAC ASIMOV La combinación de catástrofes había ocurrido cinco años atrás. Cinco revoluciones en ese planeta, HC—12549d según los mapas y anónimo en otros sentidos. Más de seis revoluciones en la Tierra; pero ¿y quién estaba llevando la cuenta ya? Si los habitantes de la Tierra se enterasen, dirían que era una lucha heroica, una saga épica del Cuerpo Galáctico; cinco hombres contra un mundo hostil, resistiendo durante cinco (o más de seis) años. Y estaban agonizando, tras haber perdido la batalla. Tres se encontraban en coma, otro aún mantenía abiertos sus ojos amarillentos y el quinto continuaba en pie. Pero no se trataba de una cuestión de heroísmo. Eran cinco hombres luchando contra el tedio y la desesperación en esa burbuja metálica, y por la poco heroica razón de que no había otra cosa que hacer mientras siguieran con vida. Si alguno se sentía estimulado por la batalla, jamás lo mencionaba. Al cabo del primer año dejaron de hablar de rescate y, al cabo del segundo, dejaron de usar la palabra «Tierra». Pero una palabra estaba siempre presente; si nadie la pronunciaba, permanecía en sus pensamientos: amoníaco. Pensaron en ella por primera vez mientras improvisaban el aterrizaje contra viento y marea, con los motores jadeantes y en un cascajo maltrecho. Siempre se tenía presente la posibilidad de que hubiese accidentes, desde luego, y siempre se esperaba que ocurrieran unos cuantos; pero de uno en uno. Si una explosión estelar achicharraba los hipercircuitos, se podían reparar, siempre y cuando se contase con tiempo para ello; si un meteorito desajustaba las válvulas de alimentación, se podían reparar, siempre y cuando se contase con tiempo para ello; si, bajo una gran tensión, se calculaba mal una trayectoria y una aceleración momentáneamente insoportable arrancaba las antenas de salto estelar y embotaba los sentidos de todos los miembros de la tripulación, pues las antenas se podían reemplazar y la tripulación acababa recobrando los sentidos, siempre y cuando se contase con tiempo para ello.
Hay una probabilidad, entre una innumerable cantidad de ellas, de que las tres cosas ocurran simultáneamente, y menos durante un aterrizaje endemoniado, cuando el tiempo, lo que más se necesita en el momento de corregir los errores, es precisamente lo que más escasea.
El «Crucero Juan» dio con esa probabilidad entre una innumerable cantidad de ellas y efectuó su último aterrizaje, pues nunca más volvió a despegar de una superficie planetaria. Ya era un milagro que aterrizara casi intacto. Los cinco tripulantes dispusieron así al menos de varios años de vida. Al margen de eso, sólo la fortuita llegada de otra nave podría ayudarlos, pero no contaban con ello. Eran conscientes de haber tropezado con todas las coincidencias que podían concurrir en una vida, y todas ellas malas. No había escapatoria. Y la palabra clave era «amoníaco». Mientras la superficie ascendía en espiral hacia ellos y la muerte (piadosamente rápida) les hacía frente con óptimas probabilidades de vencer, Chou tuvo tiempo para fijarse en los espasmódicos saltos del espectrógrafo de absorción. —¡Amoníaco! —exclamó. Los otros le oyeron, pero no tuvieron tiempo de prestarle atención. Estaban concentrados en luchar contra una muerte rápida a cambio de una muerte lenta. Aterrizaron en un terreno arenoso y con una vegetación escasa y azulada (¿azulada?); hierbas semejantes a juncos, objetos parecidos a árboles, achaparrados, con corteza azul y sin hojas; sin indicios de vida animal, y con un cielo nublado y verdoso (¿verdoso?). Y esa palabra comenzó a obsesionarlos. —¿Amoníaco? —preguntó Petersen. —Cuatro por ciento —le confirmó Chou. —Eso es imposible —decía Petersen. Pero no lo era. Los libros no decían que fuese imposible. El Cuerpo Galáctico había descubierto que un planeta de cierta masa y volumen y determinada temperatura era un planeta oceánico y tenía una de estas dos atmósferas: nitrógeno—oxígeno, o nitrógeno—bióxido de carbono. En el primer caso, la vida sería superior; en el segundo, primitiva. Ya nadie comprobaba factores que no fueran la masa, el volumen y la temperatura. Se daba esa atmósfera por sentado (o una u otra de las dos citadas). Pero los libros no decían que tuviera que ser así, sino que siempre era así. Las atmósferas de otro tipo eran termodinámicamente posibles, pero muy improbables, y en la práctica no se encontraban. Hasta entonces. Los hombres del Crucero Juan habían encontrado una y se pasarían el resto de su vida bañados por una atmósfera de nitrógeno/bióxido de carbono/amoníaco. Los hombres convirtieron la nave en una burbuja subterránea y de ambiente terrícola. No podían despegar ni podían proyectar un haz de comunicaciones por el hiperespacio, pero todo lo demás era rescatable. Para compensar las ineficiencias del sistema de reciclaje, podían extraer agua y aire del planeta dentro de ciertos límites; siempre, por supuesto, que eliminaran el amoníaco.
Organizaron partidas de exploración, pues los trajes estaban en excelentes condiciones y eso los ayudaba a pasar el tiempo. El planeta era inofensivo: sin vida animal y con escasa vida vegetal por doquier. Azul, siempre azul; clorofila amoniacal; proteína amoniacal. Instalaron laboratorios, analizaron los componentes de las plantas, estudiaron muestras microscópicas y compilaron vastos volúmenes de hallazgos. Trataron de cultivar plantas nativas en la atmósfera libre de amoníaco y fracasaron. Se transformaron en geólogos y estudiaron la corteza del planeta; se hicieron astrónomos y estudiaron el espectro del sol de ese mundo. —Con el tiempo —decía a veces Barrére—, el Cuerpo llegará de nuevo a este planeta y legaremos una herencia de conocimiento. Es un planeta singular. Tal vez no haya otro planeta similar a la Tierra y con amoníaco en toda la Vía Láctea. —Estupendo —replicaba Sandropoulos con amargura—. Qué suerte para nosotros. Sandropoulos dedujo la termodinámica de la situación: —Es un sistema metaestable. El amoníaco desaparece a través de una oxidación geoquímica que forma nitrógeno; las plantas utilizan nitrógeno y forman de nuevo amoníaco, adaptándose así a la presencia del amoníaco. Si el índice de formación de amoníaco mediante las plantas bajara un dos por ciento, crearía una espiral descendente. La vida vegetal se marchitaría, reduciendo aún más el amoníaco, y así sucesivamente. —Es decir que si extermináramos suficientes plantas —apuntó Vlassov— podríamos eliminar el amoníaco. —Si tuviéramos aerotrineos y armas de ángulo ancho, y contáramos con un año para trabajar, podríamos lograrlo —contestó Sandropoulos—; pero no los tenemos, y hay un modo mejor de conseguirlo. Si pudiéramos cultivar nuestras propias plantas, la formación de oxigeno por fotosíntesis incrementaría el índice de oxidación del amoníaco. Incluso un aumento pequeño y localizado reduciría el amoníaco de la zona, estimularía el crecimiento de la vegetación terrícola y reprimiría la vegetación nativa, rebajando aún más el amoníaco, y así sucesivamente. Se transformaron en jardineros durante la estación de la siembra; a fin de cuentas, estaban acostumbrados a ella en el Cuerpo Galáctico. La vida de los planetas similares a la Tierra era habitualmente del tipo agua-proteínas, pero existían variaciones infinitas, y los alimentos de otros mundos rara vez resultaban nutritivos y eran mucho menos apetecibles. Había que probar con plantas terrícolas. A menudo (aunque no siempre), algunas clases de plantas terrícolas invadían la flora nativa y la ahogaban. Al menguar la flora nativa, otras plantas terrícolas podían echar raíces. De esa manera, muchos planetas se habían convertido en nuevas Tierras. Durante el proceso, las plantas terrícolas desarrollaron cientos de variedades resistentes que florecían en condiciones extremas, lo cual, en el mejor de los casos, facilitaba la siembra en el siguiente planeta.
El amoníaco mataba cualquier planta terrícola, pero las semillas de que disponía el Crucero Juan no eran verdaderas plantas terrícolas, sino mutaciones de esas plantas en otros mundos. Lucharon con denuedo, pero no fue suficiente. Algunas variedades crecieron de modo débil y enfermizo y, luego, murieron. Aun así, tuvieron mejor suerte que la vida microscópica. Los bacteroides del planeta eran mucho más florecientes que las desordenadas y azules plantas nativas. Los microorganismos nativos sofocaban cualquier intento de competencia por parte de las muestras terrícolas, fracasó el intento de sembrar el suelo alienígena con flora bacteriana de tipo terrícola para ayudar a las plantas terrícolas. Vlassov sacudió la cabeza. —De cualquier modo, no serviría. Si nuestras bacterias sobrevivieran, sólo lo harían adaptándose a la presencia del amoníaco. —Las bacterias no nos ayudarán —dijo Sandropoulos—. Necesitamos las plantas, pues ellas tienen sistemas para manufacturar oxigeno. —Nosotros podríamos generar un poco —apuntó Petersen—. Podríamos electrolizar el agua. —¿Cuánto durará nuestro equipo? Con sólo que nuestras plantas salieran adelante sería como electrolizar el agua para siempre; poco a poco, pero con perseverancia hasta que el planeta cediera. —Tratemos el suelo, pues —propuso Barrére— Está plagado de sales de amoníaco. Lo hornearemos para extraer las sales y lo reemplazaremos por suelo sin amoníaco. —¿Y qué pasa con la atmósfera? —preguntó Chou. —En un terreno libre de amoníaco, quizá se adapten a pesar de la atmósfera. Casi lo han logrado en las condiciones actuales. Trabajaron como estibadores, pero sin un final a la vista. Ninguno creía que aquello acabaría funcionando y no tenían perspectivas de un futuro personal aunque sí funcionara. Pero el trabajo mataba el tiempo. Para la siguiente estación de siembra tuvieron el suelo libre de amoníaco, pero las plantas terrícolas seguían creciendo muy débiles. Incluso pusieron cúpulas sobre varios brotes y les bombearon aire sin amoníaco. Eso ayudó un poco, aunque no lo suficiente. Ajustaron la composición química del suelo de todos los modos posibles. No obtuvieron ninguna recompensa. Los débiles brotes produjeron diminutas bocanadas de oxígeno, pero no bastó para acabar con la atmósfera de amoníaco. —Un esfuerzo más —dijo Sandropoulos—, uno más. Lo estamos desequilibrando, pero no logramos eliminarlo. Las herramientas y las máquinas se mellaban y se gastaban con el tiempo, y el futuro se iba estrechando. Cada vez había menos margen de maniobra.
El final llegó de un modo casi gratificante por lo repentino. No tenían un nombre para la debilidad y el vértigo. Ninguno sospechó un envenenamiento directo por amoníaco; sin embargo, se alimentaban con los cultivos de algas de lo que había sido el jardín hidropónico de la nave, y los cultivos estaban contaminados de amoníaco.
Tal vez fuese obra de algún microorganismo nativo que al fin había aprendido a alimentarse de ellos. Tal vez era un microorganismo terrícola que había sufrido una mutación en ese entorno extraño. Así que tres de ello murieron finalmente; por fortuna, sin dolor. Se alegraron de morir y abandonar esa pelea inútil. —Es tonto perder así —susurró Chou. Petersen, el único de los cinco que se mantenía en pie (por alguna razón era inmune), volvió su rostro apenado hacia el único compañero vivo. —No te mueras —le pidió—. No me dejes solo. Chou intentó sonreír. —No tengo opción. Pero puedes seguirnos, viejo amigo. ¿Para que luchar? No quedan herramientas y ya no hay modo de ganar, si es que alguna vez lo hubo. Aun entonces, Petersen combatió su desesperación concentrándose en la lucha contra la atmósfera. Pero tenía la mente fatigada y el corazón consumido, y cuando Chou murió al cabo de una hora se encontró con cuatro cadáveres. Miró los cadáveres, recordando, evocando (pues ya estaba solo y se atrevía a sollozar) la Tierra misma, que había visto por última vez en una visita de once años antes. Tendría que sepultar los cuerpos. Arrancaría ramas azuladas de los árboles nativos y construiría cruces. En las cruces colgaría los cascos espaciales y apoyaría al pie los tanques de oxigeno. Tanques vacíos, símbolo de la lucha perdida. Un tonto homenaje para unos hombres que ya no estaban, y para unos futuros ojos que seguramente nunca lo verían. Pero necesitaba hacerlo para demostrar respeto por sus amigos y por sí mismo, pues no era hombre de abandonar a sus amigos en la muerte mientras él se mantenía en pie. Además... ¿Además? Pensó con esfuerzo durante unos momentos. Mientras permaneciera con vida se valdría de todos sus recursos. Enterraría a sus amigos. Los sepultó en una parcela del terreno libre de amoníaco que habían construido laboriosamente; los sepultó sin mortaja y sin ropa, los dejó desnudos en el suelo hostil para que se descompusieran lentamente originando sus propios microorganismos antes de que éstos también perecieran con la inevitable invasión de los bacteroides nativos.
Clavó las cruces, con los cascos y los cilindros de oxígeno colgados de ellas, las apuntaló con piedras y se dio media vuelta, abatido, para regresar a la nave enterrada, donde ahora vivía solo.
Trabajó día tras día y al fin también sintió los síntomas.
Se metió en el traje espacial y salió a la superficie por última vez.
Se puso de rodillas en los jardines. Las plantas terrícolas eran verdes. Habían vivido más que antes. Parecían saludables y vigorosas. Cubrían todo el suelo y limpiaban la atmósfera, pero Petersen había agotado el último recurso que le quedaba para fertilizarías...
De la carne putrefacta de los terrícolas surgían los nutrientes que impulsaban el esfuerzo final. De las plantas terrícolas brotaba el oxigeno que derrotaría al amoníaco y arrancaría al planeta del inexplicable nicho en que se había atascado.
Si los terrícolas regresaban alguna vez (¿cuándo, dentro de un millón de años?) encontrarían una atmósfera de nitrógeno/oxigeno y una flora limitada que evocaría extrañamente la de la Tierra.
Las cruces se pudrirían y se derrumbarían; el metal se oxidaría y se descompondría. Quizá los huesos se fosilizaran y dejaran un testimonio de lo ocurrido.
Quizás alguien descubriera sus papeles, que estaban encerrados herméticamente.
Pero nada de eso importaba. Aunque nadie encontrase nada, el planeta mismo, el planeta entero sería un monumento para los cinco.
Petersen se tumbó para morir en medio de su victoria.
FIN
Por arkaiko El Hombre Bicentenario Isaac Asimov Las Tres Leyes de la robótica: 1. Un robot no debe dañar a un ser humano ni, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño. 2. Un robot debe obedecer las órdenes impartidas por los seres humanos, ecepto cuando dichas órdenes estén reñidas con la Primera Ley. 3. Un robot debe proteger su propia existencia, mientras dicha protección no esté reñida ni con la Primera y Segunda Ley.
-Gracias -dijo Andrew Martin, aceptando el asiento que le ofrecían. Su semblante no delataba a una persona acorralada, pero eso era. En realidad su semblante no delataba nada, pues no dejaba ver otra expresión que la tristeza de los ojos. Tenía el cabello lacio, castaño claro y fino, y no había vello en su rostro. Parecía recién afeitado. Vestía anticuadas, pero pulcras ropas de color rojo aterciopelado. Al otro lado del escritorio estaba el cirujano, y la placa del escrito incluía una serie indentificatoria de letras y números, pero Andrew no se molestó en leerla. Bastaría con llamarle <<doctor>>. -Cuándo se puede realizar la operación doctor,? -preguntó. El cirujano murmuró, con esa inalienable nota de respeto que un robot siempre usaba ante un ser humano: -No estoy seguro de entender cómo o en quién debe realizarse esa operación, señor. El rostro del cirujano habría revelado cierta respetuosa intransigencia si tal expresión -o cualquier otra- hubiera sido posible en el acero inoxidable con un ligero tono de bronce. Andrew Martin estudió la mano derecha del robot, la mano quirúrgica, que descansaba en el escritorio. Los largos dedos estaban artísticamente modelados en curvas metálicas tan gráciles y apropiadas que era fácil imaginarlas empuñando un escalpelo que momentáneamente se transformaría en parte de los propios dedos. En su trabajo no habría vacilaciones, tropiezos, temblores ni errores. Eso iba unido a la especialización tan deseada por la humanidad que pocos robots poseían ya un cerebro independiente. Claro que un cirujano necesita cerebro, pero éste estaba tan limitado en su capacidad que no reconocía a Andrew. Tal vez nunca le hubiera oído nombrar. -Alguna vez ha pensado que le gustaría ser un hombre? -le preguntó Andrew. El cirujano dudó un momento, como si la pregunta no encajara en sus sendas positrónicas. -Pero yo soy un robot, señor. -No sería preferible ser un hombre? -Sería preferible ser mejor cirujano. No podría serlo si fuera hombre, sólo si fuese un robot más avanzado. Me gustaría ser un robot más avanzado. -No le ofende que yo pueda darle órdenes, que yo pueda hacerle poner de pie, sentarse, moverse a derecha e izquierda, con sólo decirlo? -Es mi placer agradarle. Si sus órdenes interfiriesen en mi funcionamiento respecto de usted o de cualquier otro ser humano, no le obedecería. La primera Ley, concerniente a mi deber para con la seguridad humana, tendría prioridad sobre la Segunda Ley, la referente a la obediencia. De no ser así, la obediencia es un placer para mí... Pero a quién debo operar? -A mí. -Imposible. Es una operación evidentemente dañina. -Eso no importa -dijo Andrew con calma. -A un ser humano no, pero yo también soy un robot. 3 Andrew tenía mucha más experiencia de robot cuando acabaron de manufacturarlo. Era como cualquier otro robot, con diseño elegante y funcional. Le fué bien en el hogar adonde lo llevaron, en quellos días en que los robots eran una rareza en las casas y en el planeta. Había cuatro personas en la casa: el <<señor>>, la <<señora>>, la <señorita>> y la <<niña>>, Conocía los nombres, pero nunca los usaba. El Señor se llamaba Gerald Martin. Su número de serie era NDR... No se acordaba de las cifras. Había pasado mucho tiempo, pero si hubiera querido recordarlas habría podido hacerlo. Sólo que no quería. La niña fue la primera en llamarlo Andrew, porque no era capaz de pronunciar las letras, y todos hicieron lo mismo que ella. La Niña... Llegó a vivir noventa años y había fallecido tiempo atrás. En cierta ocasión, él quiso llamarla Señora, pero ella no se lo permitió. Fue Niña hasta el día de su muerte. Andrew estaba destinado a realizar tareas de ayuda de cámara, de mayordomo y de criado. Eran días experimentales para él y para todos los robots en todas partes, excepto en las factorías y las estaciones industriales y exploratorias que se hallaban fuera de la Tierra. Los Martin le tenían afecto y muchas veces le impedían realizar su trabajo porque la Señorita y la Niña preferían jugar con él. Fue la Señorita la primera en darse cuenta de cómo se podía solucionar aquello. -Te ordenamos a que juegues con nosotras y debes obedecer las órdenes -le dijo. -Lo lamento, Señorita -contestó Andrew-, pero una orden previa del Señor sin duda tiene prioridad. -Papá sólo dijo que esperaba que tú te encargaras de la limpieza -replicó ella-. Eso no es una orden. Yo sí te lo ordeno. Al Señor no le importaba. El Señor sentía un gran cariño por la Señorita y por la Niña, incluso más que la Señora, y Andrew también les tenía cariño. Al menos, el efecto que ellas ejercían sobre sus actos eran aquellos que en un ser humano se 4 hubieran considerado los efectos del cariño. Andrew lo consideraba cariño, pues conocía otra palabra designarlo. Talló para la Niña un pendiente de madera. Ella se lo había ordenao. Al parecer, a la Señorita le habían regalado por su cumpleaños un pendiente de marfilina con volutas, y la Niña sentía celos. Sólo tenía un trozo de madera y se lo dio a Andrew con un cuchillo de cocina. Andrew lo talló rápidamente. -Qué bonito, Andrew -dijo la niña-. Se lo enseñaré a papá. El Señor no podía creerlo. -Dónde conseguiste esto Mandy? -Así llamaba el Señor a la Niña. cuando la Niña le aseguró que decía la verdad, el Señor se volvió hacia Andrew-. Lo has hecho tú, Andrew? -Si Señor. -De dónde copiaste el diseño? -Es una representación geométrica, Señor, que armoniza con la fibra de la madera. Al día siguiente, el Señor le llevó otro trozo de una madera y un vibrocuchillo eléctrico. -Talla algo con esto, Andrew. Lo que quieras. Andrew obedeció y el Señor le observó; luego, examinó el producto durante un largo rato. Después de eso, Andrew dejó de servir la mesa. Le ordenaron que leyera libros sobre diseño de muebles, y aprendió a fabricar gabinetes y escritorios. El Señor le dijo: -Son productos asombrosos, Andrew. -Me complace hacerlos, Señor. -Cómo que te complace? -Los circuitos de mi cerebro funcionan con mayor fluidez. He oído usar el término <<complacer>> y el modo en que usted lo usa concuerda con mi modo de sentir. Me complace hacerlos, Señor. 3 Gerald Martin llevó a Andrew a la oficina regional de Robots y Hombres Mecánicos de Estados Unidos. Como miembro de la Legislatura Regional, no tuvo problemas para conseguir una entrevista con el jefe de robopsicología. Más aún, sólo estaba calificado para poseer un robot por ser miembro de la Legislatura. Los robots eran algo habitual en aquellos días. Andrew no comprendió nada al principio, pero en años posteriores, ya con mayores conocimientos, evocaría esa escena yo lo comprendería. El robopsicólogo, Merton Mansky, escuchó con el ceño cada vez más fruncido y realizó un esfuerzo para no tamborilear en la mesa con los dedos. Tenía tensos los rasgos y la frente arrugada y daba la impresión de ser más joven de lo que aparentaba. -La robótica no es un arte exacto, señor Martin -dijo-. No puedo explicárselo detalladamente, pero la matemática que rige la configuración de las sendas positrónicas es tan compleja que sólo permite soluciones aproximadas. Naturalmente, como construimos todo en torno de las Tres Leyes, éstas son incontrovertibles. Desde luego, reemplazaremos ese robot... -En absoluto -protestó el Señor-. No se trata de un fallo. el cumple perfectamente con sus deberes. El punto es que también realiza exquisitas tallas en madera y nunca repite los diseños. Produce obras de arte. Mansky parecía confundido. -Es extraño. claro que actualmente estamos probando con sendas generalizadas...Cree usted que es realmente creativo? -Véalo usted mismo. Le entregó una pequeña esfera de madera, en la que había una escena con niños tan pequeños que apenas se veían; pero las proporciones eran perfectas y armonizaban de un modo natural con la fibra, comosi también ésta estuviera tallada. -El hizo esto? -exclamó Mansky. Se lo devolvió, sacudiendo la cabeza-. Puramente fortuito. Algo que hay en sus sendas. -Pueden repetirlo? -Probablemente no. Nunca nos han informado de nada semejante. -¡Bien! No me molesta en absoluto que Andrew sea el único. -Me temo que la empresa querrá recuperar ese robot para estudiarlo. -Olvídelo -replicó el Señor. Se volvió hacia Andrew-: Vámonos a casa. -Como usted desee, Señor -dijo Andrew. 4 La Señorita salía con jovencitos y no estaba mucho en casa. Ahora era la Niña, que ya no era tan niña, quien llenaba el horizonte de Andrew. Nunca olvidaba que la primera talla en madera de Andrew había sido para ella. La llevaba en una cadena de plata que le pendía del cuello. Fue ella la primera que se opuso a la costumbre del Señor a regalar los productos. -Vámos, papá. Si alquien los quiere, que pague por ellos. Valen la pena. -Tu no eres codiciosa, Mandy. -No es por nosotros, papá. Es por el artísta. Andrew jamás había oído esa palabra y en cuanto tuvo un momento a solas la buscó en el diccionario. Poco después realizaron otro viaje; en esa ocasión para visitar al abogado del Señor. -Qué piensas de esto John? -le preguntó el Señor. El abogado se llamaba John Feingold. Era canoso y barrigón, y los bordes de sus lentes de contacto estaban teñidos de verde brillante. Miró la pequeña placa que el Señor le había entregado. -Es bella... Pero estoy al tanto. Es una talla de un robot, ese que has traído contigo. -Si, es obra de Andrew. Verdad, Andrew? -Si, Señor. -Cúanto pagarías por esto John? -preguntó el Señor. -No sé. No colecciono esos objetos. -Creerías que me han ofrecido doscientos cincuenta dólares por esta cosita? Andrew ha fabricado también sillas que he vendido por quinientos dólares. Los productos de Andrew nos han permitido depositar doscientos mil dólares en el banco. -¡Cielos, te está haciendo rico, Gerald! -Sólo a medias. La mitad está en una cuenta a nombre de Andrew Martin. -Del robot? -Exacto, y quiero saber si es legal. -Legal? -Feingold se reclinó en la silla, haciéndola crujir-. No hay precedentes, Gerald. Cómo firmó tu robot los papeles necesarios? -Sabe hacer la firma de su nombre y yo la llevé. No lo llevé a él al banco en persona. Es preciso hacer algo más? -Mmm... -Feingold entrecerró los ojos durante unos segundos-. Bueno, podemos crear un fondo fiduciario que maneje las finanzas en su nombre, lo cual hará de capa aislante entre él y el mundo hostil. Aparte de eso, mi consejo es que no hagas nada más. Hasta ahora nadie te ha detenido. Si alguien se opone, déjale que se querelle. -Y te harás cargo del caso si hay alguna querella? -Por un anticipo, claro que si. -De cuánto? Feingold señaló la placa de madera. -Algo como esto. -Me parece justo -dijo el Señor. Feingold se rió entre dientes mientras se volvía hacia el robot. -Andrew, te gusta tener dinero? -Si, señor. -Qué piensas hacer con él? -Pagar cosas que de lo contrario tendría que pagar el Señor. Esto le ahorrará gastos al Señor. 5 Hubo ocasiones para ello. Las reparaciones eran costosas y las revisiones aún más. Con los años se produjeron nuevos modelos de robot, y el Señor se preocupó de que Andrew contara con cada nuevo dispositivo, hasta que fue un dechado de excelencia metálica. El propio robot se encargaba de los gastos. Andrew insistía en ello. Sólo sus sendas positrónicas permanecieron intactas. El Señor insistía en ello. -Los nuevos no son tan buenos como tú, Andrew. Los nuevos robots no sirven. La empresa ha aprendido a hacer sendas más precisas, más específicas, más particulares. Los nuevos robots no son versátiles. Hacen aquello para lo cual están diseñados y jamás desvían. Te prefiero a ti. -Gracias, Señor, -Y es obra tuya, Andrew, no lo olvides. Estoy seguro de que Mansky puso fin a las sendas generalizadas en cuanto te echó un buen vistazo. No le gustó que fueras tan imprevisible... Sabes cuántas veces pidió que te llevaríamos para estudiarte? ¡Nueve veces! Pero nunca se lo permití, y ahora que se ha retirado quizá nos dejen en paz. El cabello del Señor disminuyó y encaneció, y el rostro se le puso fofo, pero Andrew tenía mejor aspecto que cuando entró a formar parte de la familia. La Señora se había unido a una colonia artística de Europa y la Señorita era poeta en Nueva York. A veces escribían, pero no con frecuencia. La Niña estaba casada y vivía a poca distancia. Decía que no quería abandonar a Andrew y cuando nació su hijo, el Señorito, dejó que el robot cogiera el biberón para alimentarlo. Andrew comprendió que el Senõr, con el nacimiento de ese nieto, tenía ya alguien que reemplazara a quienes se habían ido. No sería tan injusto presentarle su solicitud. -Señor -le dijo-, ha sido usted muy amable al permitir que yo gastara mi dinero según mis deseos. -Era tu dinero, Andrew. -Sólo por voluntad de usted, Señor. No creo que la ley le hubiera impedido conservarlo. -La ley no me va a persuadir de que me porte mal, Andrew. -A pesar de todos los gastos y a pesar de los impuestos, Señor, tengo casi seiscientos mil dólares. -Lo sé, Andrew. -Quiero dárselos, Señor. -No los aceptaré, Andrew. -A cambio de algo que usted puede darme, Señor. -Ah, Qué es eso, Andrew? -Mi libertad, Señor. -Tu... -Quiero comprar mi libertad, Señor. 6 No fue tan fácil. El Señor se sonrojó, soltó un <<¡Por amor de Dios!>>, dio media vuelta y se alejó. Fue la Niña quien logró convencerlo, en un tono duro y desafiante, y delante de Andrew. durante treinta años, nadie había dudado en hablar en su presencia, tratrárase de él. o no. Era sólo un robot. -Papá, porqué te lo tomas como una afrenta personal? El seguirá aquí. Continuará siéndote leal. No puede evitarlo. Lo tiene incorporado. Lo único que quiere es formalismo verbal. Quiere que lo llamen libre. Es tan terrible? No se lo ha ganado? ¡Cielos! él y yo hemos hablado de esto durante años. -Conque durante años? -Si, una y otra vez lo ha ido postergando temor a lastimarte. Yo le dije que te lo pidiera. -El no sabe qué es la libertad. Es un robot. -Papá, no lo conoces. Ha leído todo lo que hay en la biblioteca. No sé qué siente por dentro, pero tampoco sé qué sientes tú. Cuando le hablas, reacciona ante las diversas abstracciones tal como tú y yo. Qué otra cosa cuenta? Si las reacciones de alguien son como las nuestras, qué más se puede pedir? -La ley no adoptará esa actitud -se obstinó el Senõr, exasperado. Se volvió hacia Andrew y le dijo con voz ronca-: ¡Mira, oye! No puedo liberarte a no ser de una forma legal, y si esto llega a los tribunales no sólo no obtendrás la libertad, sino que la ley se enterará oficialmente de tu fortuna. Te dirán que un robot no tiene derecho a ganar dinero. Vale la pena que pierdas tu dinero por esta farsa? -La libertad no tiene precio, Señor -replicó Andrew-. Sólo la posibilidad de obtenerla ya vale ese dinero. 7 El tribunal también podía pensar que la libertad no tenía precio y decidir que un robot no podía comprarla por mucho que pagase, por alto que fuese el precio. La declaración del abogado regional, que representaba a quienes habían entablado un pleito conjunto para oponerse a la libertad de Andrew, fue ésta: La palabra <<libertad>> no significaba nada cuando se aplicaba a un robot, pues sólo un ser humano podía ser libre. Lo repitió varias veces, siempre que le parecía apropiado; lentamente, moviendo las manos al son de las palabras. La Niña pidió permiso para hablar en nombre de Andrew. La llamaron por su nombre completo, el cual Andrew nunca había oído antes: -Amanda Laura Martin Charney puede acercarse al estrado. -Gracias, señoría. No soy abogada y no sé hablar con propiedad, pero espero que todos presten atención al significado e ignoren las palabras. Comprendamos qué significa ser libre en el caso de Andrew. En alguos sentidos, ya lo es. Lleva por lo menos veinte años sin que un mienbro de la familia Martin le ordene hacer algo que él no hubiera hecho por propia voluntad. Pero si lo deseamos, podemos ordenarle cualquier cosa y expresarlo con la mayor rudeza posible, porque es una máquina y nos pertenece. Porqué ha de seguir en esa situación, cuando nos ha servido durante tanto tiempo y tan lealmente y ha ganado tanto dinero para nosotros? No nos debe nada más; los deudores somos nosotros. Aunque se nos prohibiera legalmente someter a Andrew a una cervidumbre involuntaria, él nos serviría voluntariamente. Concederle la libertad será sólo una triquiñuela verbal, pero significaría muchísimo para él. Le daría todo y nonos costaría nada. Por un momento pareció que el juez contenía una sonrisa. -Entiendo su argumentación, señora Charney. Lo cierto es que a este respecto no existe una ley obligatoria ni un precedente. Sin embargo, existe el supuesto tácito de que sólo el ser humano puede gozar de libertad. Puedo establecer una nueva ley, o someterme a la decisión de un tribunal superior; pero no puedo fallar en contra de ese supuesto. Permítame interpelar al robot. ¡Andrew! Sí, señoría. Era la primera vez que Andrew hablaba ante el tribunal y el juez se asombró de la modulación humana de aquella voz. -Porqué quiéres ser libre, Andrew? En qué sentido es importante para ti? -Desearía usted ser esclavo, señoría? -Pero no eres esclavo. Eres un buen robot, un robot genial, por lo que me han dicho, capaz de expresiones artísticas sin parangón. Qué más podrías hacer si fueras libre? -Quizá no pudiera hacer más de lo que hago ahora, señoría, pero lo haría con mayor alegría. Creo que sólo alguien que desea la libertad puede ser libre. Yo deseo la libertad. Y eso le proporcionó al juez un fundamenteo. El argumento central de su sentencia fue: <<No hay derecho a negar la libertad a ningún objeto que posea una mente tan avanzada como para entender y desear ese estado.>> Más adelante, el Tribunal Mundial ratificó la sentencia. 8 El Señor seguía disgustado y su áspero tono de voz hacía que Andrew se sintiera como si tuviese un cortocircuito. -No quiero tu maldito dinero, Andrew. Lo tomaré sólo porque de lo contrario no te sentirás libre. A partir de ahora, puedes elegir tus tareas y hacerlas como te plazca. No te daré órdenes, excepto ésta: que hagas lo que se te plazca. Pero sigo siendo responsable de ti. Esa forma parte de la sentencia del juez. Espero que lo entiendas. -No seas irascible, papá -interrumpió la Niña-. La responsabilidad no es una gran carga. Sabes que no tendrás que hacer nada. Las Tres Leyes siguieron vigentes. -Entonces, en qué sentido es libre? -Acaso los seres humanos no están obligados por sus leyes, Señor? -No voy a discutir -dijo el Señor. Se marchó, y a partir de entonces Andrew lo vio con poca frecuencia. La Niña iba a verlo a menudo a la casita que le habían construido y entregado. No disponía de cocina ni cuarto de baño. Sólo tenía dos habitaciones. Una era una biblioteca y la otra servía de depósito y taller. Andrew aceptó muchos encargos y como robot libre trabajó más que antes, hasta que pagó el costo de la casa y el edificio se transfirió legalmente. Un día, fue a verlo el Señorito..., no, ¡George! El Señorito había insistido en eso después de la sentencia del juez. -Un robot libre no llama Señorito a nadie -le había dicho George-. Yo te llamo Andrew. Tú debes llamarme George. El día en que George fue a verlo a solas le informó de que el Señor estaba agonizando. La Niña se encontraba juanto al lecho, pero el Señor también quería estuviese Andrew. El Señor habló con voz potente, auqnue parecía incapaz de moverse. Se esforzó en levantar la mano. -Andrew -dijo-, Andrew... No me ayudes, George. Me estoy muriendo, eso es todo, no estoy impedido... Andrew, me alegra que seas. Sólo quería decirte eso. Andrew no supo qué decir. Nunca había estado frente a un moribundo, pero sabía que era el modo humano de dejar de funcionar. Era como ser desmontado de una manera involuntaria e irreversible, y Andrew no sa...... SI TE HA GUSTADO EL ESCRITO, Y QUISIERAS CONSEGUIR EL LIBRO EN GIGITAL, PONTE EN CONTACTO CON : snake@ono.com y alli, te diran como conseguirlo...





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