UN MUNDO FELIZ
(Aldous Huxley)
PRÓLOGO
El remordimiento crónico, y en ello están acordes todos los moralistas, es un
sentimiento sumamente indeseable. Si has obrado mal, arrepiéntete, enmienda tus yerros
en lo posible y encamina tus esfuerzos a la tarea de comportarte mejor la próxima vez.
Pero en ningún caso debes entregarte a una morosa meditación sobre tus faltas.
Revolcarse en el fango no es la mejor manera de limpiarse.
También el arte tiene su moral, y muchas de las reglas de esta moral son las mismas que
las de la ética corriente, o al menos análogas a ellas. El remordimiento, por ejemplo, es
tan indeseable en relación con nuestra creación artística como en relación con las malas
acciones. En el futuro, la maldad debe ser perseguida, reconocida, y, en lo posible,
evitada. Llorar sobre los errores literarios de veinte años atrás, intentar enmendar una
obra fallida para darle la perfección que no logró en su primera ejecución, perder los
años de la madurez en el intento de corregir los pecados artísticos cometidos y legados
por esta persona ajena que fue uno mismo en la juventud, todo ello, sin duda, es vano y
fútil. De aquí que este nuevo UN MUNDO FELIZ sea exactamente igual al viejo. Sus
defectos como obra de arte son considerables; mas para corregirlos debería haber vuelto
a escribir el libro, y al hacerlo, como un hombre mayor, como otra persona que soy,
probablemente hubiese soslayado no sólo algunas de las faltas de la obra, sino también
algunos de los méritos que poseyera originalmente. Así, resistiéndome a la tentación de
revolcarme en los remordimientos artísticos, prefiero dejar tal como está lo bueno y lo
malo del libro y pensar en otra cosa.
Sin embargo, creo que sí merece la pena, al menos, citar el más grave defecto de la
novela, que es el siguiente. Al Salvaje se le ofrecen sólo dos alternativas: una vida
insensata en Utopía, o la vida de un primitivo en un poblado indio, una vida más
humana en algunos aspectos, pero en otros casi igualmente extravagante y anormal. En
la época en que este libro fue escrito, esta idea de que a los hombres se les ofrece el
libre albedrío para elegir entre la locura de una parte y la insania de otra, se me antojaba
divertida y la consideraba como posiblemente cierta. Sin embargo, en atención a los
efectos dramáticos, a menudo se permite al Salvaje hablar más racionalmente de Io que
su educación entre los miembros practicantes de una religión, que es una mezcla del
culto a la fertilidad y de la ferocidad de los Penitentes, le hubiese permitido hacerlo en
realidad. Ni siquiera su conocimiento de Shakespeare basta para justificar sus
expresiones. Y al final, naturalmente, se les hace abandonar la cordura, su Penitentismo
nativo recobra la autoridad sobre él, y el Salvaje acaba en una autotortura de maniático
y un suicidio de desesperación. Y así, después de todo, murieron miserablemente, con
gran satisfacción por parte del divertido y pirrónico esteta que era el autor de la fábula.
Actualmente no siento deseos de demostrar que la cordura es imposible. Por el
contrario, aunque sigo estando no menos tristemente seguro de que en el pasado la
cordura es un fenómeno muy raro, estoy convencido de que cabe alcanzarla y me
gustaría verla en acción más a menudo. Por haberlo dicho en varios libros míos
recientes, y, sobre todo, por haber compilado una antología de lo que los cuerdos han
dicho sobre la cordura y sobre los medios por los cuales puede lograrse, un eminente
crítico académico ha dicho de mí que constituyo un triste síntoma del fracaso de una
clase intelectual en tiempos de crisis. Supongo que ello implica que el profesor y sus
colegas constituyen otros tantos alegres síntomas de éxito. Los bienhechores de la
humanidad merecen ser honrados y recordados perpetuamente. Construyamos un
Panteón para profesores. Podríamos levantarlo entre las ruinas de una de las ciudades
destruidas de Europa o el Japón; sobre la entrada del osario yo colocaría una
inscripción, en letras de dos metros de altura, con estas simples palabras: Consagrado a
la memoria de los Educadores del Mundo. Su MONUMENTUM REQUIRIS
CIRCUMSPICE.
Pero volviendo al futuro... Si ahora tuviera que volver a escribir este libro, ofrecería al
Salvaje una tercera alternativa. Entre los cuernos utópico y primitivo de este dilema,
yacería la posibilidad de la cordura, una posibilidad ya realizada, hasta cierto punto, en
una comunidad de desterrados o refugiados del MUNDO FELIZ, que viviría en una
especie de Reserva. En esta comunidad, la economía sería descentralista y al estilo de
Henry George, y la política kropotkiniana y cooperativista. La ciencia y la tecnología
serían empleadas como si, lo mismo que el Sabbath, hubiesen sido creadas para el
hombre, y no (como en la actualidad) el hombre debiera adaptarse y esclavizarse a ellas.
La religión sería la búsqueda consciente e inteligente del Fin último del hombre, el
conocimiento unitivo del Tao o Logos inmanente, la transcendente Divinidad de
Brahma. Y la filosofía de la vida que prevalecería sería una especie de Alto
Utilitarismo, en el cual el principio de la Máxima Felicidad sería supeditado al principio
del Fin último, de modo que la primera pregunta a formular y contestar en toda
contingencia de la vida sería: ¿Hasta qué punto este pensamiento o esta acción
contribuye o se interfiere con el logro, por mi parte y por parte del mayor número
posible de otros Individuos, del Fin último del hombre?
Educado entre los primitivos, el Salvaje (en esta hipotética nueva versión del libro) no
sería trasladado a Utopía hasta después de que hubiese tenido oportunidad de adquirir
algún conocimiento de primera mano acerca de la naturaleza de una sociedad compuesta
de individuos que cooperan libremente, consagrados al logro de la cordura. Con estos
cambios, UN MUNDO FELIZ poseería una perfección artística y (si cabe emplear una
palabra tan trascendente en relación con una obra de ficción) filosófica, de la cual, en su
forma actual, evidentemente carece.
Pero UN MUNDO FELIZ es un libro acerca del futuro, y, aparte sus cualidades
artísticas o filosóficas, un libro sobre el futuro puede interesarnos solamente si sus
profecías parecen destinadas, verosímilmente, a realizarse. Desde nuestro punto de mira
actual, quince años más abajo en el plano inclinado de la historia moderna, ¿hasta qué
punto parecen plausibles sus pronósticos? ¿Qué ha ocurrido en este doloroso intervalo
que confirme o invalide las previsiones de 1931?
Inmediatamente se nos revela un gran y obvio fallo de previsión. UN MUNDO FELIZ
no contiene referencia alguna a la fisión nuclear. Y, realmente, es raro que no la
contenga; porque las posibilidades de la energía atómica eran ya tema de
conversaciones populares algunos años antes de que este libro fuese escrito. Mi viejo
amigo Robert Nichols incluso había escrito una comedia de éxito sobre este tema, y
recuerdo que también yo lo había mencionado en una narración publicada antes de
1930. Así, pues, como decía, es muy extraño que los cohetes y helicópteros del siglo
VII de Nuestro Ford no sean movidos por núcleos desintegrados. Este fallo no puede
excusarse; pero sí cabe explicarlo fácilmente. El tema de UN MUNDO FELIZ no es el
progreso de la ciencia en cuanto afecta a los individuos humanos. Los logros de la
física, la química y la mecánica se dan, tácitamente, por sobrentendidos. Los únicos
progresos científicos que se describen específicamente son los que entrañan la
aplicación a los seres humanos de los resultados de la futura investigación en biología,
psicología y fisiología. La liberación de la energía atómica constituye una gran
revolución en la historia humana, pero no es (a menos que nos volemos a nosotros
mismos en pedazos poniendo así punto final a la historia) la última revolución ni la más
profunda.
Esta revolución realmente revolucionaria deberá lograrse, no en el mundo externo, sino
en las almas y en la carne de los seres humanos. Viviendo como vivió en un período
revolucionario, el marqués de Sade hizo uso con gran naturalidad de esta teoría de las
revoluciones con el fin de racionalizar su forma peculiar de insania. Robespierre había
logrado la forma más superficial de revolución: la política. Yendo un poco más lejos,
Babeuf había intentado la revolución económica. Sade se consideraba a sí mismo como
el apóstol de la revolución auténticamente revolucionaria, más allá de la mera política y
de la economía, la revolución de los hombres, las mujeres y los niños individuales,
cuyos cuerpos debían en adelante pasar a ser propiedad sexual común de todos, y cuyas
mentes debían ser lavadas de todo pudor natural, de todas las inhibiciones,
laboriosamente adquiridas, de la civilización tradicional. Entre sadismo y revolución
realmente revolucionaria no hay, naturalmente, una conexión necesaria o inevitable.
Sade era un loco, y la meta más o menos consciente de su revolución eran el caos y la
destrucción universales. Las personas que gobiernan el Mundo feliz pueden no ser
cuerdas (en lo que podríamos llamar el sentido absoluto de la palabra), pero no son
locos de atar, y su meta no es la anarquía, sino la estabilidad social. Para lograr esta
estabilidad llevan a cabo, por medios científicos, la revolución final, personal, realmente
revolucionaria.
En la actualidad nos hallamos en la primera fase de lo que quizá sea la penúltima
revolución. Su próxima fase puede ser la guerra atómica, en cuyo caso no vale la pena
de que nos preocupemos por las profecías sobre el futuro. Pero cabe en lo posible que
tengamos la cordura suficiente, si no para dejar de luchar unos con otros, al menos para
comportarnos tan racionalmente como lo hicieron nuestros antepasados del siglo XVIII.
Los horrores inimaginables de la Guerra de los Treinta Años enseñaron realmente una
lección a los hombres, y durante más de cien años los políticos y generales de Europa
resistieron conscientemente la tentación de emplear sus recursos militares hasta los
límites de la destrucción o (en la mayoría de los casos) para seguir luchando hasta la
total aniquilación del enemigo. Hubo agresores, desde luego, ávidos de provecho y de
gloria; pero hubo también conservadores, decididos a toda costa a conservar intacto su
mundo. Durante los últimos treinta años no ha habido conservadores; sólo ha habido
radicales nacionalistas de derecha y radicales nacionalistas de izquierda.
El último hombre de Estado conservador fue el quinto marqués de Lansdowne; y
cuando escribió una carta a The Times sugiriendo que la Primera Guerra Mundial debía
terminar con un compromiso, como habían terminado la mayoría de las guerras del
siglo XVIII, el director de aquel diario, otrora conservador, se negó a publicarla. Los
radicales nacionalistas no salieron con la suya, con las consecuencias que todos
conocemos: bolchevismo, fascismo, inflación, depresión, Hitler, la Segunda Guerra
Mundial, la ruina de Europa y todos los males imaginables menos el hambre universal.
Suponiendo, pues, que seamos capaces de aprender tanto de Hiroshima como nuestros
antepasados de Magdeburgo, podemos esperar un período, no de paz, ciertamente, pero
sí de guerra limitada y sólo parcialmente ruinosa. Durante este período cabe suponer
que la energía nuclear estará sujeta al yugo de los usos industriales. El resultado de ello
será, evidentísimamente, una serie de cambios económicos y sociales sin precedentes en
cuanto a su rapidez y radicalismo. Todas las formas de vida humana actuales estarán
periclitadas y será preciso improvisar otras nuevas formas adecuadas al hecho -no
humano- de la energía atómica. Procusto moderno, el científico nuclear preparará el
lecho en el cual deberá yacer la Humanidad; y si la Humanidad no se adapta al mismo...,
bueno, será una pena para la Humanidad. Habrá que forcejear un poco y practicar
alguna amputación, la misma clase de forcejeos y de amputaciones que se están
produciendo desde que la ciencia aplicada se lanzó a la carrera; sólo que esta vez, serán
mucho más drásticos que en el pasado. Estas operaciones, muy lejos de ser indoloras,
serán dirigidas por gobiernos totalitarios sumamente centralizados. Será inevitable;
porque el futuro inmediato es probable que se parezca al pasado inmediato, y en el
pasado inmediato los rápidos cambios tecnológicos, que se produjeron en una economía
de producción masiva y entre una población predominantemente no propietaria, han
tendido siempre a producir un confusionismo social y económico. Para luchar contra la
confusión el poder ha sido centralizado y se han incrementado las prerrogativas del
Gobierno. Es probable que todos los gobiernos del mundo sean más o menos
enteramente totalitarios, aun antes de que se logre domesticar la energía atómica; y
parece casi seguro que lo serán durante el progreso de domesticación de dicha energía y
después del mismo.
Desde luego, no hay razón alguna para que el nuevo totalitarismo se parezca al antiguo.
El Gobierno, por medio de porras y piquetes de ejecución, hambre artificialmente
provocada, encarcelamientos en masa y deportación también en masa no es solamente
inhumano (a nadie, hoy día, le importa demasiado este hecho); se ha comprobado que es
ineficaz, y en una época de tecnología avanzada la ineficacia es un pecado contra el
Espíritu Santo. Un Estado totalitario realmente eficaz sería aquel en el cual los jefes
políticos todopoderosos y su ejército de colaboradores pudieran gobernar una población
de esclavos sobre los cuales no fuese necesario ejercer coerción alguna por cuanto
amarían su servidumbre. Inducirles a amarla es la tarea asignada en los actuales estados
totalitarios a los Ministerios de Propaganda, los directores de los periódicos y los
maestros de escuela. Pero sus métodos todavía son toscos y acientíficos. La antigua
afirmación de los jesuitas, según los cuales si se encargaban de la educación del niño
podían responder de las opiniones religiosas del hombre, fue dictada más por el deseo
que por la realidad de los hechos. Y el pedagogo moderno probablemente es menos
eficiente en cuanto a condicionar los reflejos de sus alumnos de lo que lo fueron los
reverendos padres que educaron a Voltaire. Los mayores triunfos de la propaganda se
han logrado, no haciendo algo, sino impidiendo que ese algo se haga. Grande es la
verdad, pero más grande todavía, desde un punto de vista práctico, el silencio sobre la
verdad. Por el simple procedimiento de no mencionar ciertos temas, de bajar lo que Mr.
Churchill llama un telón de acero entre las masas y los hechos o argumentos que los
jefes políticos consideran indeseables, la propaganda totalitarista ha influido en la
opinión de manera mucho más eficaz de lo que lo hubiese conseguido mediante las más
elocuentes denuncias y las más convincentes refutaciones lógicas. Pero el silencio no
basta. Si se quiere evitar la persecución, la liquidación y otros síntomas de fricción
social, es preciso que los aspectos positivos de la propaganda sean tan eficaces como los
negativos. Los más importantes Proyectos Manhattan del futuro serán vastas encuestas
patrocinadas por los gobiernos sobre lo que los políticos y los científicos que
intervendrán en ellas llamarán el problema de la felicidad; en otras palabras, el
problema de lograr que la gente ame su servidumbre. Sin seguridad económica, el amor
a la servidumbre no puede llegar a existir; en aras a la brevedad, doy por sentado
resolver el problema de la seguridad permanente. Pero la seguridad tiende muy
rápidamente a darse por sentada. Su logro es una revolución meramente superficial,
externa. El amor a la servidumbre sólo puede lograrse como resultado de una revolución
profunda, personal, en las mentes y los cuerpos humanos. Para llevar a cabo esta
revolución necesitamos, entre otras cosas, los siguientes descubrimientos e inventos. En
primer lugar, una técnica mucho más avanzada de la sugestión, mediante el
condicionamiento de los infantes y, más adelante, con la ayuda de drogas, tales como la
escopolamina. En segundo lugar, una ciencia, plenamente desarrollada, de las
diferencias humanas, que permita a los dirigentes gubernamentales destinar a cada
individuo dado a su adecuado lugar en la jerarquía social y económica. (Las clavijas
redondas en agujeros cuadrados tienden a alimentar pensamientos peligrosos sobre el
sistema social y a contagiar su descontento a los demás.) En tercer lugar (puesto que la
realidad, por utópica que sea, es algo de lo cual la gente siente la necesidad de tomarse
frecuentes vacaciones), un sustitutivo para el alcohol y los demás narcóticos, algo que
sea al mismo tiempo menos dañino y más placentero que la ginebra o la heroína. Y
finalmente (aunque éste sería un proyecto a largo plazo, que exigiría generaciones de
dominio totalitario para llegar a una conclusión satisfactoria), un sistema de eugenesia a
prueba de tontos, destinado a estandardizar el producto humano y a facilitar así la tarea
de los dirigentes. En UN MUNDO FELIZ esta uniformización del producto humano ha
sido llevada a un extremo fantástico, aunque quizá no imposible. Técnica e
ideológicamente, todavía estamos muy lejos de los bebés embotellados y los grupos de
Bokanovsky de adultos con inteligencia infantil. Pero por los alrededores del año 600 de
la Era Fordiana, ¿quién sabe qué puede ocurrir? En cuanto a los restantes rasgos
característicos de este mundo más feliz y más estable -los equivalentes del soma, la
hipnopedia y el sistema científico de castas-, probablemente no se hallan más que a tres
o cuatro generaciones de distancia. Ya hay algunas ciudades americanas en las cuales el
número de divorcios iguala al número de bodas. Dentro de pocos años, sin duda alguna,
las licencias de matrimonio se expenderán como las licencias para perros, con validez
sólo para un período de doce meses, y sin ninguna ley que impida cambiar de perro o
tener más de un animal a la vez. A medida que la libertad política y económica
disminuye, la libertad sexual tiende, en compensación, a aumentar. Y el dictador (a
menos que necesite carne de cañón o familias con las cuales colonizar territorios
desiertos o conquistados) hará bien en favorecer esta libertad. En colaboración con la
libertad de soñar despiertos bajo la influencia de los narcóticos, del cine y de la radio, la
libertad sexual ayudará a reconciliar a sus súbditos con la servidumbre que es su
destino.
Sopesándolo todo bien, parece como si la Utopía se hallara más cerca de nosotros de lo
que nadie hubiese podido imaginar hace sólo quince años. Entonces, la situé para dentro
de seiscientos años en el futuro. Hoy parece posible que tal horror se implante entre
nosotros en el plazo de un solo siglo. Es decir, en el supuesto de que sepamos reprimir
nuestros impulsos de destruirnos en pedazos en el entretanto. Ciertamente, a menos que
nos decidamos a descentralizar y emplear la ciencia aplicada, no como un fin para el
cual los seres humanos deben ser tenidos como medios, sino como el medio para
producir una raza de individuos libres, sólo podremos elegir entre dos alternativas: o
cierto número de totalitarismos nacionales, militarizados, que tendrán sus raíces en el
terror que suscita la bomba atómica, y, en consecuencia, la destrucción de la civilización
(o, si la guerra es limitada, la perpetuación del militarismo); o bien un solo totalitarismo
supranacional cuya existencia sería provocada por el caos social que resultaría del
rápido progreso tecnológico en general y la revolución atómica en particular, que se
desarrollaría, a causa de la necesidad de eficiencia y estabilidad, hasta convertirse en la
benéfica tiranía de la Utopía. Usted es quien paga con su dinero, y puede elegir a su
gusto.
CAPITULO I
Un edificio gris, achaparrado, de sólo treinta y cuatro plantas. Encima de la entrada
principal las palabras: Centro de Incubación y Condicionamiento de la Central de
Londres, y, en un escudo, la divisa del Estado Mundial: Comunidad, Identidad,
Estabilidad.
La enorme sala de la planta baja se hallaba orientada hacia el Norte. Fría a pesar del
verano que reinaba en el exterior y del calor tropical de la sala, una luz cruda y pálida
brillaba a través de las ventanas buscando ávidamente alguna figura yaciente
amortajada, alguna pálida forma de académica carne de gallina, sin encontrar más que el
cristal, el níquel y la brillante porcelana de un laboratorio. La invernada respondía a la
invernada. Las batas de los trabajadores eran blancas, y éstos llevaban las manos
embutidas en guantes de goma de un color pálido, como de cadáver. La luz era helada,
muerta, fantasmal. Sólo de los amarillos tambores de los microscopios lograba arrancar
cierta calidad de vida, deslizándose a lo largo de los tubos y formando una dilatada
procesión de trazos luminosos que seguían la larga perspectiva de las mesas de trabajo.
-Y ésta -dijo el director, abriendo la puerta- es la Sala de Fecundación.
Inclinados sobre sus instrumentos, trescientos Fecundadores se hallaban entregados a su
trabajo, cuando el director de Incubación y Condicionamiento entró en la sala, sumidos
en un absoluto silencio, sólo interrumpido por el distraído canturreo o silboteo solitario
de quien se halla concentrado y abstraído en su labor. Un grupo de estudiantes recién
ingresados, muy jóvenes, rubicundos e imberbes, seguía con excitación, casi
abyectamente, al director, pisándole los talones. Cada uno de ellos llevaba un bloc de
notas en el cual, cada vez que el gran hombre hablaba, garrapateaba desesperadamente.
Directamente de labios de la ciencia personificada. Era un raro privilegio. El D.I.C. de
la central de Londres tenía siempre un gran interés en acompañar personalmente a los
nuevos alumnos a visitar los diversos departamentos.
-Sólo para darles una idea general -les explicaba.
Porque, desde luego, alguna especie de idea general debían tener si habían de llevar a
cabo su tarea inteligentemente; pero no demasiado grande si habían de ser buenos y
felices miembros de la sociedad, a ser posible. Porque los detalles, como todos sabemos,
conducen a la virtud y la felicidad, en tanto que las generalidades son intelectualmente
males necesarios. No son los filósofos sino los que se dedican a la marquetería y los
coleccionistas de sellos los que constituyen la columna vertebral de la sociedad.
-Mañana -añadió, sonriéndoles con campechanía un tanto amenazadora- empezarán
ustedes a trabajar en serio. Y entonces no tendrán tiempo para generalidades. Mientras
tanto...
Mientras tanto, era un privilegio. Directamente de los labios de la ciencia personificada
al bloc de notas. Los muchachos garrapateaban como locos.
Alto y más bien delgado, muy erguido, el director se adentro por la sala. Tenía el
mentón largo y saliente, y dientes más bien prominentes, apenas cubiertos, cuando no
hablaba, por sus labios regordetes, de curvas florcadas. ¿Viejo? ¿Joven? ¿Treinta?
¿Cincuenta? ¿Cincuenta y cinco? Hubiese sido difícil decirlo. En todo caso la cuestión
no llegaba siquiera a plantearse; en aquel año de estabilidad, el 632 después de Ford, a
nadie se le hubiese ocurrido preguntarlo.
-Empezaré por el principio -dijo el director.
Y los más celosos estudiantes anotaron la intención de director en sus blocs de notas:
Empieza por el principio.
-Esto -siguió el director, con un movimiento de la mano- son las incubadoras. -Y
abriendo una puerta aislante les enseñó hileras y más hileras de tubos de ensayo
numerados-. La provisión semanal de óvulos -explicó-. Conservados a la temperatura de
la sangre; en tanto que los gametos masculinos -y al decir esto abrió otra puerta- deben
ser conservados a treinta y cinco grados de temperatura en lugar de treinta y siete.
La temperatura de la sangre esteriliza.
Los moruecos envueltos en termógeno no engendran corderillos.
Sin dejar de apoyarse en las incubadoras, el director ofreció a los nuevos alumnos,
mientras los lápices corrían ilegiblemente por las páginas, una breve descripción del
moderno proceso de fecundación. Primero habló, naturalmente, de sus prolegómenos
quirúrgicos, la operación voluntariamente sufrida para el bien de la Sociedad, aparte el
hecho de que entraña una prima equivalente al salario de seis meses; prosiguió con unas
notas sobre la técnica de conservación de los ovarios extirpados de forma que se
conserven en vida y se desarrollen activamente; pasó a hacer algunas consideraciones
sobre la temperatura, salinidad y viscosidad óptimas; prendidos y maduros; y,
acompañando a sus alumnos a las mesas de trabajo, les enseñó en la práctica cómo se
retiraba aquel licor de los tubos de ensayo; cómo se vertía, gota a gota, sobre placas de
microscopio especialmente caldeadas; cómo los óvulos que contenía eran
inspeccionados en busca de posibles anormalidades, contados y trasladados a un
recipiente poroso; cómo (y para ello los llevó al sitio donde se realizaba la operación)
este recipiente era sumergido en un caldo caliente que contenía espermatozoos en
libertad, a una concentración mínima de cien mil por centímetro cúbico, como hizo
constar con insistencia; y cómo, al cabo de diez minutos, el recipiente era extraído del
caldo y su contenido volvía a ser examinado; cómo, si algunos de los óvulos seguían sin
fertilizar, era sumergido de nuevo, y, en caso necesario, una tercera vez; cómo los
óvulos fecundados volvían a las incubadoras, donde los Alfas y los Betas permanecían
hasta que eran definitivamente embotellados, en tanto que los Gammas, Deltas y
Epsilones eran retirados al cabo de sólo treinta y seis horas, para ser sometidos al
método de Bokanovsky.
-El método de Bokanovsky -repitió el director.
Y los estudiantes subrayaron estas palabras.
Un óvulo, un embrión, un adulto: la normalidad. Pero un óvulo boklanovskificado
prolifera, se subdivide. De ocho a noventa y seis brotes, y cada brote llegará a formar un
embrión perfectamente constituido y cada embrión se convertirá en un adulto normal.
Una producción de noventa y seis seres humanos donde antes sólo se conseguía uno.
Progreso.
-En esencia -concluyó el D. I. C.-, la bokanovskiflcación consiste en una serie de paros
del desarrollo. Controlamos el crecimiento normal, y paradójicamente, el óvulo
reacciona echando brotes.
Reacciona echando brotes. Los lápices corrían.
El director señaló a un lado. En una ancha cinta que se movía con gran lentitud, un
portatubos enteramente cargado se introducía en una vasta caja de metal, de cuyo
extremo emergía otro portatubos igualmente repleto. El mecanismo producía un débil
zumbido. El director explicó que los tubos de ensayo tardaban ocho minutos en
atravesar aquella cámara metálica. Ocho minutos de rayos X era lo máximo que los
óvulos podían soportar. Unos pocos morían; de los restantes, los menos aptos se
dividían en dos; después a las incubadoras, donde los nuevos brotes empezaban a
desarrollarse; luego, al cabo de dos días, se les sometía a un proceso de congelación y se
detenía su crecimiento. Dos, cuatro, ocho, los brotes, a su vez, echaban nuevos brotes;
después se les administraba una dosis casi letal de alcohol; como consecuencia de ello,
volvían a subdividirse -brotes de brotes de brotes- y después se les dejaba desarrollar en
paz, puesto que una nueva detención en su crecimiento solía resultar fatal. Pero, a
aquellas alturas, el óvulo original se había convertido en un número de embriones que
oscilaba entre ocho y noventa y seis, un prodigioso adelanto, hay que reconocerlo, con
respecto a la Naturaleza. Mellizos idénticos, pero no en ridículas parejas, o de tres en
tres, como en los viejos tiempos vivíparos, cuando un óvulo se escindía de vez en
cuando, accidentalmente; mellizos por docenas, por veintenas a un tiempo.
-Veintenas -repitió el director; y abrió los brazos como distribuyendo generosas
dádivas-. Veintenas.
Pero uno de los estudiantes fue lo bastante estúpido para preguntar en qué consistía la
ventaja,
-¡Pero, hijo mío! -exclamó el director, volviéndose bruscamente hacia él-. ¿De veras no
lo comprende? ¿No puede comprenderlo? -Levantó una mano, con expresión solemne-.
El Método Bokanovsky es uno de los mayores instrumentos de la estabilidad social.
Uno de los mayores instrumentos de la estabilidad social.
Hombres y mujeres estandardizados, en grupos uniformes. Todo el personal de una
fábrica podía ser el producto de un solo óvulo bokanovskificado.
-¡Noventa y seis mellizos trabajando en noventa y seis máquinas idénticas! -La voz del
director casi temblaba de entusiasmo-. Sabemos muy bien adónde vamos. Por primera
vez en la historia. -Citó la divisa planetario-: Comunidad, Identidad, Estabilidad. -
Grandes palabras-. Si pudiéramos bokanovskificar indefinidamente, el problema estaría
resuelto.
Resuelto por Gammas en serie, Deltas invariables, Epsilones uniformes. Millones de
mellizos idénticos. El principio de la producción en masa aplicado, por fin, a la
biología.
-Pero, por desgracia -añadió el director-, no podemos bokanovskificar indefinidamente.
Al parecer, noventa y seis era el límite, y setenta y dos un buen promedio. Lo más que
podían hacer, a falta de poder realizar aquel ideal, era manufacturar tantos grupos de
mellizos idénticos como fuese posible a partir del mismo ovario y con gametos del
mismo macho. Y aun esto era difícil.
-Porque, por vías naturales, se necesitan treinta años para que doscientos óvulos
alcancen la madurez. Pero nuestra tarea consiste en estabilizar la población en este
momento, aquí y ahora. ¿De qué nos serviría producir mellizos con cuentagotas a lo
largo de un cuarto de siglo?
Evidentemente, de nada. Pero la técnica de Podsnap había acelerado inmensamente el
proceso de la maduración. Ahora cabía tener la seguridad de conseguir como mínimo
ciento cincuenta óvulos maduros en dos años. Fecundación y bokanovskiflcación -es
decir, multiplicación por setenta y dos-, aseguraban una producción media de casi once
mil hermanos y hermanas en ciento cincuenta grupos de mellizos idénticos; y todo ello
en el plazo de dos años.
-Y, en casos excepcionales, podemos lograr que un solo ovario produzca más de quince
mil individuos adultos.
Volviéndose hacia un joven rubio y coloradote que en aquel momento pasaba por allá,
lo llamó:
-Mr. Foster. ¿Puede decimos cuál es la marca de un solo ovario, Mr. Foster?
-Dieciséis mil doce en este Centro -contestó Mr. Foster sin vacilar. Hablaba con gran
rapidez, tenía unos ojos azules muy vivos, y era evidente que le producía un intenso
placer citar cifras-. Dieciséis mil doce, en ciento ochenta y nueve grupos de mellizos
idénticos. Pero, desde luego, se ha conseguido mucho más -prosiguió atropelladamenteen
algunos centros tropicales. Singapur ha producido a menudo más de dieciséis mil
quinientos; y Mombasa ha alcanzado la marca de los diecisiete mil. Claro que tienen
muchas ventajas sobre nosotros. ¡Deberían ustedes ver cómo reacciona un ovario de
negra a la pituitarial Es algo asombroso, cuando uno está acostumbrado a trabajar con
material europeo. Sin embargo -agregó, riendo (aunque en sus ojos brillaba el fulgor del
combate y avanzaba la barbilla retadoramente)-, sin embargo, nos proponemos batirles,
si podemos. Actualmente estoy trabajando en un maravilloso ovario Delta-Menos. Sólo
cuenta dieciocho meses de antigüedad. Ya ha producido doce mil setecientos hijos,
decantados o en embrión. Y sigue fuerte. Todavía les ganaremos.
-¡Éste es el espíritu que me gusta! -exclamó el director; y dio unas palmadas en el
hombro de Mr. Foster-. Venga con nosotros y permita a estos muchachos gozar de los
beneficios de sus conocimientos de experto.
Mr. Foster sonrió modestamente.
-Con mucho gusto -dijo.
Y siguieron la visita. En la Sala de Envasado reinaba una animación armoniosa y una
actividad ordenada. Trozos de peritoneo de cerda, cortados ya a la medida adecuada,
subían disparados en pequeños ascensores, procedentes del Almacén de órganos de los
sótanos. Un zumbido, después un chasquido, y las puertas del ascensor se abrían de
golpe; el Forrador de Envases sólo tenía que alargar la mano, coger el trozo, introducirlo
en el frasco, alisarlo, y antes de que el envase debidamente forrado por el interior se
hallara fuera de su alcance, transportado por la cinta sin fin, un zumbido, un chasquido,
y otro trozo de peritoneo era disparado desde las profundidades, a punto para ser
deslizado en el interior de otro frasco, el siguiente de aquella lenta procesión que la
cinta transportaba.
Después de los Forradores había los Matriculadores. La procesión avanzaba; uno a uno,
los óvulos pasaban de sus tubos de ensayo a unos recipientes más grandes;
diestramente, el forro de peritoneo era cortado, la morula situada en su lugar, vertida la
solución salina... y ya el frasco había pasado y les llegaba la vez a los etiquetadores.
Herencia fecha de fertilización, grupo de Bokanovsky al que pertenecía, todos estos
detalles pasaban del tubo de ensayo al frasco. Sin anonimato ya, con sus nombres a
través de una abertura de la pared, hacia la Sala de Predestinación Social.
-Ochenta y ocho metros cúbicos de fichas -dijo Mr. Foster, satisfecho, al entrar.
-Que contienen toda la información de interés -agregó el director.
-Puestas al día todas las mañanas.
-Y coordinadas todas las tardes.
-En las cuales se basan los cálculos.
-Tantos individuos, de tal y tal calidad -dijo Mr. Foster.
-Distribuidos en tales y tales cantidades. -El óptimo porcentaje de Decantación en
cualquier momento dado.
-Permitiendo compensar rápidamente las pérdidas imprevistas.
-Rápidamente -repitió Mr. Foster-. ¡Si supieran ustedes la cantidad de horas extras que
tuve que emplear después del último terremoto en el Japón!
Rió de buena gana y movió la cabeza.
-Los Predestinadores envían sus datos a los Fecundadores.
-Quienes les facilitan los embriones que solicitan.
-Y los frascos pasan aquí para ser predestinados concretamente.
-Después de lo cual vuelven a ser enviados al Almacén de Embriones.
-Adonde vamos a pasar ahora mismo.
Y, abriendo una puerta, Mr. Foster inició la marcha hacia una escalera que descendía al
sótano.
La temperatura seguía siendo tropical. El grupo penetró en un ambiente iluminado con
una luz crepuscular. Dos puertas y un pasadizo con un doble recodo aseguraban al
sótano contra toda posible infiltración de la luz.
-Los embriones son como la película fotográfica -dijo Mr. Foster, jocosamente, al
tiempo que empujaba la segunda puerta-. Sólo soportan la luz roja.
Y, en efecto, la bochornosa oscuridad en medio de la cual los estudiantes le seguían
ahora era visible y escarlata como la oscuridad que se divisa con los ojos cerrados en
plena tarde veraniega. Los voluminosos estantes laterales, con sus hileras interminables
de botellas, brillaban como cuajados de rubíes, y entre los rubíes se movían los
espectros rojos de mujeres y hombres con los ojos purpúreos y todos los síntomas del
lupus. El zumbido de la maquinaria llenaba débilmente los aires.
-Deles unas cuantas cifras, Mr. Foster -dijo el director, que estaba cansado de hablar.
A Mr. Foster le encantó darles unas cuantas cifras.
Doscientos veinte metros de longitud, doscientos de anchura y diez de altura. Señaló
hacia arriba. Como gallinitas bebiendo agua, los estudiantes levantaron los ojos hacia el
elevado techo.
Tres grupos de estantes: a nivel del suelo, primera galería y segunda galería.
La telaraña metálica de las galerías se perdía a lo lejos, en todas direcciones, en la
oscuridad. Cerca de ellas, tres fantasmas rojos se hallaban muy atareados descargando
damajuanas de una escalera móvil.
La escalera que procedía de la Sala de Predestinación Social.
Cada frasco podía ser colocado en uno de los quince estantes, cada uno de los cuales,
aunque a simple vista no se notaba, era un tren que viajaba a razón de trescientos treinta
y tres milímetros por hora. Doscientos sesenta y siete días, a ocho metros diarios. Dos
mil ciento treinta y seis metros en total. Una vuelta al sótano a nivel del suelo, otra en la
primera galería, media en la segunda, y, la mañana del día doscientos sesenta y siete, luz
de día en la Sala de Decantación. La llamada existencia independiente.
-Pero en el intervalo -concluyó Mr. Fosternos las hemos arreglado para hacer un
montón de cosas con ellos. Ya lo creo, un montón de cosas.
-Éste es el espíritu que me gusta -volvió a decir el director-. Demos una vueltecita.
Cuénteselo usted todo, Mr. Foster.
Y Mr. Foster se lo contó todo.
Les habló del embrión que se desarrollaba en su lecho de peritoneo. Les dio a probar el
rico sucedáneo de la sangre con que se alimentaba. Les explicó por qué había de
estimularlo con placentina y tiroxina. Les habló del extracto de corpus luteum. Les
enseñó las mangueras por medio de las cuales dicho extracto era inyectado
automáticamente cada doce metros, desde cero hasta 2.040. Habló de las dosis
gradualmente crecientes de pituitaria administradas durante los noventa y seis metros
últimos del recorrido. Describió la circulación materna artificial instalada en cada
frasco, en el metro ciento doce, les enseñó el depósito de sucedáneo de la sangre, la
bomba centrífuga que mantenía al líquido en movimiento por toda la placenta y lo hacía
pasar a través del pulmón sintético y el filtro de los desperdicios. Se refirió a la molesta
tendencia del embrión a la anemia, a las dosis masivas de extracto de estómago de cerdo
y de hígado de potro fetal que, en consecuencia, había que administrar.
Les enseñó el sencillo mecanismo por medio del cual, durante los dos últimos metros de
cada ocho, todos los embriones eran sacudidos simultáneamente para que se
acostumbraran al movimiento. Aludió a la gravedad del llamado trauma de la
decantación y enumeró las precauciones que se tomaban para reducir al mínimo,
mediante el adecuado entrenamiento del embrión envasado, tan peligroso shock. Les
habló de las pruebas de sexo llevadas a cabo en los alrededores del metro doscientos.
Explicó el sistema de etiquetaje: una T para los varones, un círculo para las hembras, y
un signo de interrogación negro sobre fondo blanco para los destinados a hermafroditas.
-Porque, desde luego -dijo Mr. Foster-, en la gran mayoría de los casos la fecundidad no
es más que un estorbo. Un solo ovario fértil de cada mil doscientos bastaría para
nuestros propósitos. Pero queremos poder elegir a placer. Y, desde luego, conviene
siempre dejar un buen margen de seguridad. Por esto permitimos que hasta un treinta
por ciento de embriones hembra se desarrollen normalmente. A los demás les
administramos una dosis de hormona sexual femenina cada veinticuatro metros durante
lo que les queda de trayecto. Resultado: son decantados como hermafroditas,
completamente normales en su estructura, excepto -tuvo que reconocer- que tienen una
ligera tendencia a echar barba, pero estériles. Con una esterilidad garantizada. Lo cual
nos conduce por fin -prosiguió Mr. Foster- fuera del reino de la mera imitación servil de
la Naturaleza para pasar al mundo mucho más interesante de la invención humana.
Se frotó las manos. Porque, desde luego, ellos no se limitaban meramente a incubar
embriones; cualquier vaca podría hacerlo.
-También predestinamos y condicionamos. Decantamos nuestros críos como seres
humanos socializados, como Alfas o Epsilones, como futuros poceros o futuros... -Iba a
decir futuros Interventores Mundiales, pero rectificando a tiempo, dijo- ... futuros
Directores de Incubadoras.
El director agradeció el cumplido con una sonrisa.
Pasaban en aquel momento por el metro 320 del Estante nº 11. Un joven Beta-Menos,
un mecánico, estaba atareado con un destornillador y una llave inglesa, trabajando en la
bomba de sucedáneo de la sangre de una botella que pasaba. Cuando dio vuelta a las
tuercas, el zumbido del motor eléctrico se hizo un poco más grave. Bajó más aún, y un
poco más.., Otra vuelta a la llave inglesa, una mirada al contador de revoluciones, y
terminó su tarea. El hombre retrocedió dos pasos en la hilera e inició el mismo proceso
en la bomba del frasco siguiente.
-Está reduciendo el número de revoluciones por minuto -explicó Mr. Foster-. El
sucedáneo circula más despacio; por consiguiente, pasa por el pulmón a intervalos más
largos; por tanto, aporta menos oxígeno al embrión. No hay nada como la escasez de
oxígeno para mantener a un. embrión por debajo de lo normal.
Y volvió a frotarse las manos.
-¿Y para qué quieren mantener a un embrión por debajo de lo normal? -preguntó un
estudiante ingenuo.
-¡Estúpido! -exclamó el director, rompiendo un largo silencio-. ¿No se le ha ocurrido
pensar que un embrión de Epsilon debe tener un ambiente Epsilon y una herencia
Epsilon también?
Evidentemente, no se le había ocurrido. Quedó abochornado.
-Cuanto más baja es la casta -dijo Mr. Foster-, menos debe escasear el oxígeno. El
primer órgano afectado es el cerebro. Después el esqueleto. Al setenta por ciento del
oxígeno normal se consiguen enanos. A menos del setenta, monstruos sin ojos. Que no
sirven para nada -concluyó Mr. Foster.
En cambio (y su voz adquirió un tono confidencial y excitado), si lograran descubrir una
técnica para abreviar el período de maduración, ¡qué gran triunfo, qué gran beneficio
para la sociedad!
-Piensen en el caballo -dijo.
Los alumnos pensaron en el caballo.
El caballo alcanza la madurez a los seis años; el elefante, a los diez. En tanto que el
hombre, a los trece años aún no está sexualmente maduro, y sólo a los veinte alcanza el
pleno conocimiento. De ahí la inteligencia humana, fruto de este desarrollo retardado.
-Pero en los Epsilones -dijo Mr. Foster, muy acertadamente- no necesitamos
inteligencia humana.
No la necesitaban, y no la fabricaban. Pero, aunque la mente de un Epsilon alcanzaba la
madurez a los diez años, el cuerpo del Epsilon no era apto para el trabajo hasta los
dieciocho. Largos años de inmadurez superflua y perdida. Si el desarrollo físico pudiera
acelerarse hasta que fuera tan rápido, digamos, como el de una vaca, ¡qué enorme
ahorro para la comunidad!
-¡Enorme! -murmuraron los estudiantes.
El entusiasmo de Mr. Foster era contagioso.
Después se puso más técnico; habló de una coordinación endocrino anormal que era la
causa de que los hombres crecieran tan lentamente, y sostuvo que esta anormalidad se
debía a una mutación germinal. ¿Cabía destruir los efectos de esta mutación germinal?
¿Cabía devolver al individuo Epsilon, mediante una técnica adecuada, a la normalidad
de los perros y de las vacas? Este era el problema.
Pilkinton, en Mombasa, había producido individuos sexualmente maduros a los cuatro
años y completamente crecidos a los seis y medio. Un triunfo científico. Pero
socialmente inútil. Los hombres y las mujeres de seis años eran demasiado estúpidos,
incluso para realizar el trabajo de un Epsilon.
Y el método era de los del tipo todo o nada; o no se lograba modificación alguna, o tal
modificación era en todos los sentidos. Todavía estaban luchando por encontrar el
compromiso ideal entre adultos de veinte años y adultos de seis. Y hasta entonces sin
éxito.
Su ronda a través de la luz crepuscular escarlata les había llevado a las proximidades del
metro 170 del Estante 9. A partir de aquel punto, el Estante 9 estaba cerrado, y los
frascos realizaban el resto de su viaje en el interior de una especie de túnel,
interrumpido de vez en cuando por unas aberturas de dos o tres metros de anchura.
-Condicionamiento con respecto al calor -explicó Mr. Foster.
Túneles calientes alternaban con túneles fríos. El frío se aliaba a la incomodidad en la
forma de intensos rayos X. En el momento de su decantación, los embriones sentían
horror por el frío. Estaban predestinados a emigrar a los trópicos, a ser mineros,
tejedores de seda al acetato o metalúrgicos. Más adelante, enseñarían a sus mentes a
apoyar el criterio de su cuerpo.
-Nosotros los condicionamos de modo que tiendan hacia el calor -concluyo Mr. Foster-.
Y nuestros colegas de arriba les enseñarán a amarlo.
-Y éste -intervino el director sentenciosamente-, éste es el secreto de la felicidad y la
virtud: amar lo que uno tiene que hacer. Todo condicionamiento tiende a esto: a lograr
que la gente ame su inevitable destino social.
En un boquete entre dos túneles, una enfermera introducía una jeringa larga y fina en el
contenido gelatinoso de un frasco que pasaba. Los estudiantes y sus guías
permanecieron observándola unos momentos.
-Muy bien, Lenina -dijo Mr. Foster cuando, al fin, la joven retiró la jeringa y se
incorporó.
La muchacha se volvió, sobresaltada. A pesar del lapsus y de los ojos de púrpura, se
advertía que era excepcionalmente hermosa.
Su sonrisa, roja también, voló hacia él, en una hilera de rojos dientes.
-Encantadora, encantadora -murmuró el director.
Y, dándole una o dos palmaditas, recibió en correspondencia una sonrisa deferente, a él
destinada.
-¿Qué les da? -preguntó Mr. Foster, procurando adoptar un tono estrictamente
profesional. -Lo de siempre: el tifus y la enfermedad del sueño.
-Los trabajadores del trópico empiezan a ser inoculados en el metro 150 -explicó Mr.
Foster a los estudiantes-. Los embriones todavía tienen agallas. Inmunizamos al pez
contra las enfermedades del hombre futuro. -Luego, volviéndose a Lenina, añadió-: A
las cinco menos diez, en el tejado, esta tarde, como de costumbre.
-Encantadora -dijo el director una vez más.
Y, con otra palmadita, se alejó en pos de los otros.
En el estante número 10, hileras de la próxima generación de obreros químicos eran
sometidos a un tratamiento para acostumbrarlos a tolerar el plomo, la sosa cáustica, el
asfalto, la clorina... El primero de una hornada de doscientos cincuenta mecánicos de
cohetes aéreos en embrión pasaba en aquel momento por el metro mil cien del estante 3.
Un mecanismo especial mantenía sus envases en constante rotación.
-Para mejorar su sentido del equilibrio -explicó Mr. Foster-. Efectuar reparaciones en el
exterior de un cohete en el aire es una tarea complicada. Cuando están de pie, reducimos
la circulación hasta casi matarlos, y doblamos el flujo del sucedáneo de la sangre
cuando están cabeza abajo. Así aprenden a asociar esta posición con el bienestar; de
hecho, sólo son felices de verdad cuando están así. Y ahora -prosiguió Mr. Foster-, me
gustaría enseñarles algún condicionamiento interesante para intelectuales Alfa-Más.
Tenemos un nutrido grupo de ellos en el estante número S. Es el nivel de la Primera
Galería -gritó a dos muchachos que habían empezado a bajar a la planta-. Están por los
alrededores del metro 900 -explicó-. No se puede efectuar ningún condicionamiento
intelectual eficaz hasta que el feto ha perdido la cola.
Pero el director había consultado su reloj.
-Las tres menos diez -dijo-. Me temo que no habrá tiempo para los embriones
intelectuales. Debemos subir a las Guarderías antes de que los niños despierten de la
siesta de la tarde.
Mr. Foster pareció decepcionado.
-Al menos, una mirada a la Sala de Decantación -imploró.
-Bueno, está bien. -El director sonrió con indulgencia-. Pero sólo una ojeada.
CAPITULO II
Mr. Foster se quedó en la Sala de Decantación. El D.I.C. y sus alumnos entraron en el
ascensor más próximo, que los condujo a la quinta planta.
Guardería infantil. Sala de Condicionamiento Neo-Pavloviano, anunciaba el rótulo de
la entrada.
El director abrió una puerta. Entraron en una vasta estancia vacía, muy brillante y
soleada, porque toda la pared orientada hacia el Sur era un cristal de parte a parte.
Media docena de enfermeras, con pantalones y chaqueta de uniforme, de viscosilla
blanca, los cabellos asépticamente ocultos bajo cofias blancas, se hallaban atareadas
disponiendo jarrones con rosas en una larga hilera, en el suelo. Grandes jarrones llenos
de flores. Millares de pétalos, suaves y sedosos como las mejillas de innumerables
querubes, pero de querubes, bajo aquella luz brillante, no exclusivamente rosados y
arios, sino también luminosamente chinos y también mejicanos y hasta apopléticos a
fuerza de soplar en celestiales trompetas, o pálidos como la muerte, pálidos con la
blancura póstuma del mármol.
Cuando el D.I.C. entró, las enfermeras se cuadraron rígidamente.
-Coloquen los libros -ordenó el director.
En silencio, las enfermeras obedecieron la orden. Entre los jarrones de rosas, los libros
fueron debidamente dispuestos: una hilera de libros infantiles se abrieron
invitadoramente mostrando alguna imagen alegremente coloreada de animales, peces o
pájaros.
-Y ahora traigan a los niños.
Las enfermeras se apresuraron a salir de la sala y volvieron al cabo de uno o dos
minutos; cada una de ellas empujaba una especie de carrito de té muy alto, con cuatro
estantes de tela metálica, en cada uno de los cuales había un crío de ocho meses. Todos
eran exactamente iguales (un grupo Bokanovsky, evidentemente) y todos vestían de
color caqui, porque pertenecían a la casta Delta.
-Pónganlos en el suelo.
Los carritos fueron descargados.
-Y ahora sitúenlos de modo que puedan ver las flores v los libros.
Los chiquillos inmediatamente guardaron silencio, y empezaron a arrastrarse hacia
aquellas masas de colores vivos, aquellas formas alegres y brillantes que aparecían en
las páginas blancas. Cuando ya se acercaban, el sol palideció un momento, eclipsándose
tras una nube. Las rosas llamearon, como a impulsos de una pasión interior; un nuevo y
profundo significado pareció brotar de las brillantes páginas de los libros. De las filas de
críos que gateaban llegaron pequeños chillidos de excitación, gorjeos y ronroneos de
placer.
El director se frotó las manos.
-¡Estupendo! -exclamó-. Ni hecho a propósito.
Los más rápidos ya habían alcanzado su meta. Sus manecitas se tendían, inseguras,
palpaban, agarraban, deshojaban las rosas transfiguradas, arrugaban las páginas
iluminadas de los libros. El director esperó verles a todos alegremente atareados.
Entonces dijo:
-Fíjense bien.
La enfermera jefe, que estaba de pie junto a un cuadro de mandos, al otro extremo de la
sala, bajó una pequeña palanca. Se produjo una violenta explosión. Cada vez más
aguda, empezó a sonar una sirena. Timbres de alarma se dispararon, locamente.
Los chiquillos se sobresaltaron y rompieron en chillidos; sus rostros aparecían
convulsos de terror.
-Y ahora -gritó el director (porque el estruendo era ensordecedor)-, ahora pasaremos a
reforzar la lección con un pequeño shock eléctrico.
Volvió a hacer una señal con la mano, y la enfermera jefe pulsó otra palanca. Los
chillidos de los pequeños cambiaron súbitamente de tono. Había algo desesperado, algo
casi demencial, en los gritos agudos, espasmódicos, que brotaban de sus labios. Sus
cuerpecitos se retorcían y cobraban rigidez; sus miembros se agitaban bruscamente,
como obedeciendo a los tirones de alambres invisibles.
-Podemos electrificar toda esta zona del suelo -gritó el director, como explicación-. Pero
ya basta.
E hizo otra señal a la enfermera.
Las explosiones cesaron, los timbres enmudecieron, y el chillido de la sirena fue
bajando de tono hasta reducirse al silencio. Los cuerpecillos rígidos y retorcidos se
relajaron, y lo que había sido el sollozo y el aullido de unos niños desatinados volvió a
convertirse en el llanto normal del terror ordinario.
-Vuelvan a ofrecerles las flores y los libros.
Las enfermeras obedecieron; pero ante la proximidad de las rosas, a la sola vista de las
alegres y coloreadas imágenes de los gatitos, los gallos y las ovejas, los niños se
apartaron con horror, y el volumen de su llanto aumentó súbitamente.
-Observen -dijo el director, en tono triunfal-. Observen.
Los libros y ruidos fuertes, flores y descargas eléctricas; en la mente de aquellos niños
ambas cosas se hallaban ya fuertemente relacionadas entre sí; y al cabo de doscientas
repeticiones de la misma o parecida lección formarían ya una unión indisoluble. Lo que
el hombre ha unido, la Naturaleza no puede separarlo.
-Crecerán con Io que los psicólogos solían llamar un odio instintivo hacia los libros y
las flores. Reflejos condicionados definitivamente. Estarán a salvo de los libros y de la
botánica para toda su vida. -El director se volvió hacia las enfermeras-. Llévenselos.
Llorando todavía, los niños vestidos de caqui fueron cargados de nuevo en los carritos y
retirados de la sala, dejando tras de sí un olor a leche agria y un agradable silencio.
Uno de los estudiantes levantó la mano; aunque comprendía perfectamente que no podía
permitirse que los miembros de una casta baja perdieran el tiempo de la comunidad en
libros, y que siempre existía el riesgo de que leyeran algo que pudiera, por desdicha,
destruir uno de sus reflejos condicionados, sin embargo.... bueno, no podía comprender
lo de las flores. ¿Por qué tomarse la molestia de hacer psicológicamente imposible para
los Deltas el amor a las flores?
Pacientemente, el D.I.C. se explicó. Si se inducía a los niños a chillar a la vista de una
rosa, ello obedecía a una alta política económica. No mucho tiempo atrás
(aproximadamente un siglo), los Gammas, los Deltas y hasta los Epsilones habían sido
cond
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NOTA: EN SU DIA, CUANDO ESTE LIBRO SE ESCRIBIO, SE CONSIDERO "CIENCIA FICCION", PERO COMO ESTAN LAS COSAS HOY EN DIA, ME PARECE QUE ESA "FICCION", HA PASADO A UNA DURA "REALIDAD".
EN UNA PRIMERA LECTURA, HASTA PUEDE PARECER UN CUENTO, UNA FABULA CON MORALEJA, PERO SI NOS VEMOS REFLEJADA EN ESA FABULA, PODRIAMOS SACAR AL AIRE MUCHAS PREGUNTAS, QUE TAL VEZ NO NOS GUSTEN ESCUCHAR, O AUN MAS, NO NOS GUSTE LLEGAR A PLANTEARNOSLAS, AUNQUE LA VERDAD, HAY GENTE QUE SE LO TOMA SERIAMENTE, MAS DE LO QUE NOS PODIAMOS LLEGAR A CREER; POR EJEMPLO, UNA PREGUNTA NORMAL EN EL LIBRO LLEVADA A NUESTRO TIEMPO,; ESTAMOS EN EL SIGLO XXI: HA HABIDO JEFES DE ESTADO, DE LA IGLESIA, GENTE QUE HA TENIDO SOBRE SI UN GRAN PODER, Y SIN HABER LOS ADELANTOS DE HOY EN DIA; HOY EN DIA, EN EL AUN JOVEN SIGLO XXI, ¿QUIEN LLEGARA A SER EL ALPHA DE LOS ALPHAS? ; ¿ QUIEN LLEGARA A SER EL "GRAN HERMANO"?; TAL VEZ A MUCHOS HASTA LES DE RISA, O LO HAN PREPARADO PARA ESO, PARA QUE DE RISA, Y NADIE LO ESPERE, PERO YA HAY QUIEN PIENSA EN ESO, PERO DEMASIADO ENSERIO COMO PARA TOMARSELO A "FABULA".
NUESTRO SOMA, QUE NO FALTE, ALCOHOL, TABACO, DROGAS,ANALGESICOS,ANTIDEPRESIVOS,LA PILDORA DE LA FELICIDAD,SOMA,VIAGRA...., COSAS QUE HOY EN DIA, CUESTAN DINERO, Y TIENEN EL PODER DE ANONADAR A TODA LA SOCIEDAD, UNA MANERA PARA PODER USAR AL MUNDO, CON EL SOLO HECHO DE REGALARLO, O RESTRINGIRLO...BUENO, TANTAS Y TANTAS PREGUNTAS, LA OVEJA DOYLE, SE PODRIAN HACER YA MISMO EN MASA UN PERSONAJE?, LA IDEA SE LLEVO A CABO EN UNA PELICULA,"LOS HIJOS DEL BRASIL, Y EL PERSONAJE A CLONAR ERA HITLER", Y AUN NO SE HABIA CLONADO A DOYLE, Y LO QUE NO SABREMOS...; EN FIN, ES PARA LEERLO, Y QUE LA FABULA TE DESPIERTE A UNA DURA REALIDAD, O ESPEREMOS, QUE NO, QUE SOLO SEA LA FABULA CON SU FINAL, Y SU MORALEJA, TAL VEZ DE DEMASIADO MIEDO A LAS CONSECUENCIAS SI ESTO NO ES ASI... DISFRUTALO
CAPITULO IX
Tras aquel día de absurdo y horror, Lenina consideró que se había ganado el derecho a
unas vacaciones completas y absolutas. En cuanto volvieron a la hospedería, se
administró seis tabletas de medio gramo de soma, se echó en la cama, y al cabo de diez
minutos se había embarcado hacia la eternidad lunar. Por lo menos tardaría dieciocho
horas en volver a la realidad.
Entretanto, Bernard yacía meditabundo y con los ojos abiertos en la oscuridad. No se
durmió hasta mucho después de la medianoche. Pero su insomnio no había sido estéril.
Tenía un plan.
Puntualmente, a la mañana siguiente, a las diez, el ochavón del uniforme verde se apeó
del helicóptero. Bernard le esperaba entre las pitas.
-Miss Crowne está de vacaciones de soma -explicó-. No estará de vuelta antes de las
cinco. Por tanto, tenemos siete horas para nosotros.
Podían volar a Santa Fe, realizar su proyecto y estar de vuelta en Malpaís mucho antes
de que Lenina despertara.
-¿Estará segura aquí? -preguntó.
-Segura como un helicóptero -le tranquilizó el ochavón.
Subieron al aparato y despegaron inmediatamente. A las diez y treinta y cuatro
aterrizaron en la azotea de la Oficina de Correos de Santa Fe; a las diez y treinta y siete
Bernard había logrado comunicación con el Despacho del Interventor Mundial, en
Whitehall; a las diez y treinta y nueve hablaba con el cuarto secretario particular; a las
diez y cuarenta y cuatro repetía su historia al primer secretario, y a las diez y cuarenta y
siete y medio, la voz grave, resonante, del propio Mustafá Mond sonó en sus oídos.
-He osado pensar -tartamudeó Bemard- que su Fordería podía juzgar el asunto de
suficiente interés científico...
-En efecto, juzgo el asunto de suficiente interés científico -dijo la voz profunda-.
Tráigase a esos dos individuos a Londres con usted.
-Su Fordería no ignora que necesitaré un permiso especial...
-En este momento -dijo Mustafá Mond- se están dando las órdenes necesarias al
Guardián de la Reserva.
Vaya usted inmediatamente al Despacho del Guardián. Buenos días, Mr. Marx.
Siguió un silencio. Bernard colgó el receptor y subió corriendo a la azotea.
El joven se hallaba ante la hospedería. -¡Bernard! -llamó-. ¡Bernard! No hubo respuesta.
Caminando silenciosamente sobre sus mocasines de piel de ciervo, subió corriendo la
escalera e intentó abrir la puerta. Pero estaba cerrada.
¡Se había marchado! Aquello era lo más terrible que le había ocurrido en su vida. La
muchacha le había invitado a ir a verles, y ahora se habían marchado. John se sentó en
un peldaño y lloró.
Media hora después se le ocurrió echar una ojeada por la ventana. Lo primero que vio
fue una maleta verde con las iniciales L. C. pintadas en la tapa. El júbilo se levantó en
su interior como una hoguera. Cogió una piedra. El cristal roto cayó estrepitosamente al
suelo. Un momento después, John se hallaba dentro del cuarto. Abrió la maleta verde; e
inmediatamente se encontró respirando el perfume de Lenina, llenándose los pulmones
con su ser esencial. El corazón le latía desbocadamente; por un momento, estuvo a
punto de desmayarse. Después, agachándose sobre la preciosa caja, la tocó, la levantó a
la luz, la examinó. Las cremalleras del otro par de pantalones cortos de Lenina, de pana
de viscosa, de momento le plantearon un problema que, una vez resuelto, le resultó una
delicia. ¡Zis!, y después izas!, izis!, v después izas! Estaba entusiasmado. Sus zapatillas
verdes eran lo más hermoso que había visto en toda su vida. Desplegó un par de
pantaloncillos interiores, se ruborizó y volvió a guardarlos inmediatamente; pero besó
un pañuelo de acetato perfumado y se puso una bufanda al cuello. Abriendo una caja,
levantó una nube de polvos perfumados. Las manos le quedaron enharinadas. Se las
limpió en el pecho, en los hombros, en los brazos desnudos. ¡Delicioso perfume! Cerró
los ojos y restregó la mejilla contra su brazo empolvado. Tacto de fina piel contra su
rostro, perfume en su nariz de polvos delicados... su presencia real.
-¡Lenina! -susurró-. ¡Lenina!
Un ruido lo sobresaltó; se volvió con expresión culpable. Guardó apresuradamente en la
maleta todo lo que había sacado de ella, y cerró la tapa; volvió a escuchar, mirando con
los ojos muy abiertos. Ni una sola señal de vida; ni un sonido. Y, sin embargo, estaba
seguro de haber oído algo, algo así como un suspiro, o como el crujir de una madera. Se
acercó de puntillas a la puerta, y, abriéndola con cautela, se encontró ante un vasto
descansillo. Al otro lado de la meseta había otra puerta, entornada. Se acercó a ella, la
empujó, y asomó la cabeza.
Allá, en una cama baja, con el cobertor bajado, vestida con un breve pijama de una sola
pieza, yacía Lenina, profundamente dormida y tan hermosa entre sus rizos, tan
conmovedoramente infantil con sus rosados dedos de los pies y su grave cara sumida en
el sueño, tan confiada en la indefensión de sus manos suaves y sus miembros relajados,
que las lágrimas acudieron a los ojos de John.
Con una infinidad de precauciones completamente innecesarias -por cuanto sólo un
disparo de pistola hubiera podido obligar a Lenina a volver de sus vacaciones de soma
antes de la hora fijada-, John entró en el cuarto, se arrodilló en el suelo, al lado de la
cama, miró, juntó las manos, y sus labios se movieron.
-Sus ojos -murmuró.
Sus ojos, sus cabellos, su mejilla, su andar, su voz;
los manejas en tu discurso;
ioh, esa mano a cuyo lado son los blancos tinta
cuyos propios reproches escribe; ante cuyo suave tacto
parece áspero el plumón de los cisnes... !
Una mosca revoloteaba cerca de ella; John la ahuyentó.
-Moscas -recordó.
En el milagro blanco de la mano de mi querida Julieta
pueden detenerse y robar gracia inmortal de sus labios,
que, en su pura modestia de vestal,
se sonrojan creyendo pecaminosos sus propios besos.
Muy lentamente, con el gesto vacilante de quien se dispone a acariciar un ave asustadiza
y posiblemente peligrosa, John avanzó una mano.
Ésta permaneció suspendida, temblorosa, a dos centímetros de aquellos dedos
inmóviles, al mismo borde del contacto. ¿Se atrevería? ¿Se atrevería a profanar con su
indignísima mano aquella ... ? No, no se atrevió. El ave era demasiado peligrosa. La
mano retrocedió, y cayó, lacia. ¡Cuán hermosa era Lenina! ¡Cuán bella!
Luego, de pronto, John se encontró pensando que le bastaría coger el tirador de la
cremallera, a la altura del cuello, y tirar de él hacia abajo, de un solo golpe... Cerró los
ojos y movió con fuerza la cabeza, como un perro que se sacude las orejas al salir del
agua. ¡Detestable pensamiento! John se sintió avergonzado de sí mismo. Pura modestia
de vestal ...
Oyóse un zumbido en el aire. ¿Otra mosca que pretendía robar gracias inmortales? ¿Una
avispa, acaso? John miró a su alrededor, y no vio nada. El zumbido fue en aumento, y
pronto resultó evidente que se oía en el exterior. ¡El helicóptero! Presa de pánico, John
saltó sobre sus pies y corrió al otro cuarto, saltó por la ventana abierta y corriendo por el
sendero que discurría entre las altas pitas llegó a tiempo de recibir a Bernard Marx en el
momento en que éste bajaba del helicóptero.
CAPITULO X
Las manecillas de los cuatro mil relojes eléctricos de las cuatro mil salas del Centro de
Blomsbury señalaban las dos y veintisiete minutos. La industriosa colmena, como el
director se complacía en llamarlo, se hallaba en plena fiebre de trabajo. Todo el mundo
estaba atareado, todo se movía ordenadamente. Bajo los microscopios, agitando
furiosamente sus largas colas, los espermatozoos penetraban de cabeza dentro de los
óvulos, y fertilizados, los óvulos crecían, se dividían, o bien, bokanovskificados,
echaban brotes y constituían poblaciones enteras de embriones. Desde la Sala de
Predestinación Social las cintas sin fin bajaban al sótano, y allá, en la penumbra
escarlata, calientes, cociéndose sobre su almohada de peritoneo y ahítos de sucedáneo
de la sangre y de hormonas, los fetos crecían, o bien, envenenados, languidecían hasta
convertirse en futuros Epsilones. Con un débil zumbido los estantes móviles reptaban
imperceptiblemente, semana tras semana, hacia donde, en la Sala de Decantación, los
niños recién desenfrascados exhalaban su primer gemido de horror y sorpresa.
Las dínamos jadeaban en el subsótano, y los ascensores subían y bajaban. En los once
pisos de las Guarderías era la hora de comer. Mil ochocientos niños, cuidadosamente
etiquetados, extraían, simultáneamente, de mil ochocientos biberones, su medio litro de
secreción externa pasteurizada.
Más arriba, en las diez plantas sucesivas destinadas a dormitorios, los niños y niñas que
todavía eran lo bastante pequeños para necesitar una siesta, se hallaban tan atareados
como todo el mundo, aunque ellos no lo sabían, escuchando inconscientemente las
lecciones hipnopédicas de higiene y sociabilidad, de conciencia de clases y de vida
erótica. Y más arriba aún, había las salas de juego, donde, por ser un día lluvioso,
novecientos niños un poco mayores se divertían jugando con ladrillos, modelando con
ladrillos, modelando con arcilla, o dedicándose a jugar al escondite o a los corrientes
juegos eróticos.
¡Zummm ... ! La colmena zumbaba, atareada, alegremente. ¡Alegres eran las canciones
que tarareaban las muchachas inclinadas sobre los tubos de ensayo! Los predestinadores
silboteaban mientras trabajaban, y en la Sala de Decantación se contaban chistes
estupendos por encima de los frascos vacíos. Pero el rostro del director, cuando entró en
la Sala de Fecundación con Henry Foster, aparecía grave, severo, petrificado.
-Un escarmiento público -decía-. Y en esta sala, porque en ella hay más trabajadores de
casta alta que en ninguna otra de las del Centro. Le he dicho que viniera a verme aquí a
las dos y media.
-Cumple su tarea admirablemente -dijo Henry, con hipócrita generosidad.
-Lo sé. Razón de más para mostrarme severo con él. Su eminencia intelectual entraña
las correspondientes responsabilidades morales. cuanto mayores son los talentos de un
hombre más grande es su poder de corromper a los demás. Y es mejor que sufra uno
solo a que se corrompan muchos. Considere el caso desapasionadamente, Mr. Foster, y
verá que no existe ofensa tan odiosa como la heterodoxia en el comportamiento. El
asesino sólo mata al individuo, y, al fin y al cabo, ¿qué es un individuo? -Con un amplio
ademán señaló las hileras de microscopios, los tubos de ensayo, las incubadoras-.
Podemos fabricar otro nuevo con la mayor facilidad; tantos como queramos. La
heterodoxia amenaza algo mucho más importante que la vida de un individuo; amenaza
a la propia Sociedad. Sí, a la propia Sociedad -repitió-. Pero, aquí viene.
Bernard había entrado en la sala y se acercaba a ellos pasando por entre las hileras de
fecundadores. Su expresión jactancioso, de confianza en sí mismo, apenas lograba
disimular su nerviosismo. La voz con que dijo: Buenos días, director sonó demasiado
fuerte, absurdamente alta; y cuando, para corregir su error, dijo: Me pidió usted que
acudiera aquí para hablarme, lo hizo con voz ridículamente débil.
-Sí, Mr. Marx -dijo el director enfáticamente-. Le pedí que acudiera a verme aquí.
Tengo entendido que regresó usted de sus vacaciones anoche.
-Sí -contestó Bernard.
-Ssssí -repitió el director, acentuando la s, en un silbido como de serpiente. Luego,
levantando súbitamente la voz, trompeteó-: Señoras y caballeros, señoras y caballeros.
El tarareo de las muchachas sobre sus tubos de ensayo y el silboteo abstraído de los
microscopistas cesaron súbitamente. Se hizo un silencio profundo; todos volvieron las
miradas hacia el grupo central.
-Señoras y caballeros -repitió el director-, discúlpenme si interrumpo sus tareas. Un
doloroso deber me obliga a ello. La seguridad y la estabilidad de la Sociedad se hallan
en peligro. Sí, en peligro, señoras y caballeros. Este hombre -y señaló acusadoramente a
Bernard-, este hombre que se encuentra ante ustedes, este Alfa-Más a quien tanto le fue
dado, y de quien, en consecuencia, tanto cabía esperar, este colega de ustedes, o mejor,
acaso este que fue colega de ustedes, ha traicionado burdamente la confianza que
pusimos en él. Con sus opiniones heréticas sobre el deporte y el soma, con la
escandalosa heterodoxia de su vida sexual, con su negativa a obedecer las enseñanzas de
Nuestro Ford y a comportarse fuera de las horas de trabajo como un bebé en su frasco -y
al llegar a este punto el director hizo la señal de la T- se ha revelado como un enemigo
de la Sociedad, un elemento subversivo, señoras y caballeros. Contra el Orden y la
Estabilidad, un conspirador contra la misma Civilización. Por esta razón me propongo
despedirle, despedirle con ignominia del cargo que hasta ahora ha venido ejerciendo en
este Centro; y me propongo asimismo solicitar su transferencia a un Subcentro del
orden más bajo, y, para que su castigo sirva a los mejores intereses de la sociedad, tan
alejado como sea posible de cualquier Centro importante de población. En Islandia
tendrá pocas oportunidades de corromper a otros con su ejemplo antifordiano -el
director hizo una pausa; después, cruzando los brazos, se volvió solemnemente hacia
Bernard-. Marx -dijo-, ¿puede usted alegar alguna razón por la cual yo no deba ejecutar
el castigo que le he impuesto?
-Sí, puedo -contestó Bernard, en voz alta. -Diga cuál es, entonces -dijo el director, un
tanto asombrado, pero sin perder la dignidad majestuosa de su actitud.
-No sólo la diré, sino que la exhibiré. Pero está en el pasillo. Un momento. -Bernard se
acercó rápidamente a la puerta y la abrió bruscamente-. Entre -ordenó.
Y la razón alegada entró y se hizo visible.
Se produjo un sobresalto, una suspensión del aliento de todos los presentes y, después,
un murmullo de asombro y de horror; una chica joven chilló; estaba de pie encima de
una silla para ver mejor, y, al vacilar, derramó dos tubos de ensayo llenos de
espermatozoos. Abotagado, hinchado, entre aquellos cuerpos juveniles y firmes y
aquellos rostros correctos, un monstruo de mediana edad, extraño y terrorífico, Linda,
entró en la sala, sonriendo picaronamente con su sonrisa rota y descolorida, y moviendo
sus enormes caderas en lo que pretendía ser una ondulación voluptuosa. Bernard andaba
a su lado.
-Aquí está -dijo Bernard, señalando al director.
-¿Cree que no lo habría reconocido? -preguntó Linda, irritada; después, volviéndose
hacia el director, agregó-: Claro que te reconocí, Tomakín; te hubiese reconocido en
cualquier sitio, entre un millar de personas. Pero tal vez tú me habrás olvidado. ¿No te
acuerdas? ¿No, Tomakín? Soy tu Linda. -Linda lo miraba con la cabeza ladeada,
sonriendo todavía, pero con una sonrisa que progresivamente, ante la expresión de
disgusto petrificado del director, fue perdiendo confianza hasta desaparecer del todo-.
¿No te acuerdas de mí, Tomakín? -repitió Linda, con voz temblorosa. Sus ojos
aparecían ansiosos, agónicos. El rostro abotagado se deformó en una mueca de intenso
dolor-. ¡Tomakín!
Linda le tendió los brazos. Algunos empezaron a reír por lo bajo.
-¿Qué significa -empezó el director- esta monstruosa ... ?
-¡Tomakín!
Linda corrió hacia delante, arrastrando tras de sí su manta, arrojó los brazos al cuello del
director y ocultó el rostro en su pecho.
Levantóse una incontenible oleada de carcajadas.
-¿... esta monstruosa broma de mal gusto? -gritó el director.
Con el rostro encendido, intentó desasirse del abrazo de la mujer, que se aferraba a él
desesperadamente.
-¡Pero si soy Linda, soy Linda! -las risas ahogaron su voz-. ¡Me hiciste un crío! -chilló
Linda, por encima del rugir de las carcajadas.
Hubo un siseo súbito, de asombro; los ojos vagaban incómodamente, sin saber adónde
mirar. El director palideció súbitamente, dejó de luchar, y, todavía con las manos en las
muñecas de Linda, se quedó mirándola a la cara, horrorizado.
-Sí, un crío.... y yo fui su madre.
Linda lanzó aquella obscenidad como un reto en el silencio ultrajado; después,
separándose bruscamente de él, abochornada, se cubrió la cara con las manos,
sollozando.
-No fue mía la culpa, Tomakín. Porque yo siempre hice mis ejercicios, ¿no es verdad?
¿No es verdad?
Siempre... No comprendo cómo... ¡Si tú supieras cuán horrible fue, Tomakín ... ! A
pesar de todo, el niño fue un consuelo para mí. -Y, volviéndose hacia la puerta, llamó-:
¡John!
John entró inmediatamente, hizo una breve pausa en el umbral, miró a su alrededor, y
después, corriendo silenciosamente sobre sus mocasines de piel de ciervo, cayó de
rodillas a los pies del director y dijo en voz muy clara:
-¡Padre!
Esta palabra (porque la voz padre, que no implicaba relación directa con el desvío moral
que extrañaba el hecho de alumbrar un hijo, no era tan obscena como grosera; era una
incorrección más escatológica que pornográfica), la cómica suciedad de esta palabra
alivió la tensión, que había llegado a hacerse insoportable.
Las carcajadas estallaron, estruendosas, casi histéricas, encadenadas, como si no
debieran cesar nunca. ¡Padre! ¡Y era el director! ¡Padre! ¡Oh, Ford! Era algo estupendo.
Las risas se sucedían, los rostros parecían a punto de desintegrarse, y hasta los ojos se
cubrían de lágrimas. Otros seis tubos de ensayo llenos de espermatozoos fueron
derribados. ¡Padre!
Pálido, con los ojos fuera de sus órbitas, el director miraba a su alrededor en una agonía
de humillación enloquecedora.
¡Padre! Las carcajadas, que habían dado muestras de desfallecer, estallaron más fuertes
que nunca. El director se tapó los oídos con ambas manos y abandonó corriendo la sala.
CAPITULO XI
Después de la escena que había tenido lugar en la Sala de Fecundación, todos los
londinenses de castas superiores se morían por aquella deliciosa criatura que había caído
de rodillas ante el director de Incubación y Condicionamiento -o, mejor dicho, ante el
ex-director, porque el pobre hombre había dimitido inmediatamente y no había vuelto a
poner los pies en el Centro- y le había llamado (¡el chiste era casi demasiado bueno para
ser cierto!) padre.
Linda, por el contrario, no tenía el menor éxito; nadie tenía el menor deseo de ver a
Linda. Decir que una era madre era algo peor que un chiste: era una obscenidad.
Además, Linda no era una salvaje auténtica; había sido incubada en un frasco y
condicionada como todo el mundo, de modo que no podía tener ideas completamente
extravagantes. Finalmente -y ésta era la razón más poderosa por la cual la gente no
deseaba ver a la pobre Linda-, había la cuestión de su aspecto. Era gorda; había perdido
su juventud; tenía los dientes estropeados y el rostro abotagado. ¡Y aquel rostro! ¡Oh,
Ford! No se la podía mirar sin sentir mareos, auténticos mareos. Por eso las personas
distinguidas estaban completamente decididas a no ver a Linda. Y Linda, por su parte,
no tenía el menor deseo de verlas. El retorno a la civilización fue, para ella, el retorno al
soma, la posibilidad de yacer en cama y tomarse vacaciones tras vacaciones, sin tener
que volver de ellas con jaqueca o vómitos, sin tener que sentirse como se sentía siempre
después de tomar peyotl, como si hubiese hecho algo tan vergonzosamente antisocial
que nunca más había de poder llevar ya la cabeza alta.
El soma no gastaba tales jugarretas. Las vacaciones que proporcionaba eran perfectas, y
si la mañana siguiente resultaba desagradable, sólo era por comparación con el gozo de
la víspera. La solución era fácil: perpetuar aquellas vacaciones. Glotonamente, Linda
exigía cada vez dosis más elevadas y más frecuentes.
Al principio, el doctor Shaw ponía objeciones; después le concedió todo el soma que
quisiera. Linda llegaba a tomar hasta veinte gramos diarios.
-Lo cual acabará con ella en un mes o dos -confió el doctor a Bernard-. El día menos
pensado el centro respiratorio se paralizará. Dejará de respirar. Morirá. Y no me parece
mal. Si pudiéramos rejuvenecerla, la cosa sería distinta. Pero no podemos.
Cosa sorprendente, en opinión de todos (porque cuando estaba bajo la influencia del
soma, Linda dejaba de ser un estorbo), John puso objeciones.
-Pero ¿no le acorta usted la vida dándole tanto soma?
-En cierto sentido, sí -reconoció el doctor Shaw-. Pero, según como lo mire, se la
alargamos.
El joven lo miró sin comprenderle.
-El soma puede hacernos perder algunos años de vida temporal -explicó el doctor-. Pero
piense en la duración inmensa, enorme, de la vida que nos concede fuera del tiempo.
Cada una de vuestras vacaciones de soma es un poco lo que nuestros antepasados
llamaban eternidad.
John empezaba a comprender.
-La eternidad estaba en nuestros labios y nuestros ojos -murmuró.
-¿Cómo?
-Nada.
-Desde luego -prosiguió el doctor Shaw-, no podemos permitir que la gente se nos
marche a la eternidad a cada momento si tiene algún trabajo serio que hacer. Pero como
Linda no tiene ningún trabajo serio...
-Sin embargo -insistió John-, no me parece justo.
El doctor se encogió de hombros.
-Bueno, si usted prefiere que esté chillando como una loca todo el tiempo...
Al fin, John se vio obligado a ceder. Linda consiguió el soma que deseaba. A partir de
entonces permaneció en su cuartito de la planta treinta y siete de la casa de
apartamentos de Bernard, en cama, con la radio y la televisión constantemente en
marcha, el grifo de pachulí goteando, y las tabletas de soma al alcance de la mano; allá
permaneció, y, sin embargo, no estaba allá, en absoluto; estaba siempre fuera,
infinitamente lejos, de vacaciones; de vacaciones en algún otro mundo, donde la música
de la radio era un laberinto de colores sonoros, un laberinto deslizante, palpitante, que
conducía (a través de unos recodos inevitables, hermosos) a un centro brillante de
convicción absoluta; un mundo en el cual las imágenes danzantes de la televisión eran
los actores de un sensorama cantado, indescriptiblemente delicioso; donde el pachulí
que goteaba era algo más que un perfume: era el sol, era un millón de saxofones, era
Popé haciendo el amor, y mucho más aún, incomparablemente más, y sin fin...
-No, no podemos rejuvenecer. Pero me alegro mucho de haber tenido esta oportunidad
de ver un caso de senilidad del ser humano -concluyó el doctor Shaw-. Gracias por
haberme llamado.
Y estrechó calurosamente la mano de Bernard.
Por consiguiente, era John a quien todos buscaban. Y como a John sólo cabía verle a
través de Bernard, su guardián oficial, Bernard se vio tratado por primera vez en su vida
no sólo normalmente, sino como una persona de importancia sobresaliente.
Ya no se hablaba de alcohol en su sucedáneo de la sangre, ni se lanzaban pullas a
propósito de su aspecto físico.
-Bernard me ha invitado a ir a ver al Salvaje el próximo miércoles -anunció Fanny
triunfalmente.
-Lo celebro -dijo Lenína-. Y ahora, reconoce que estabas equivocada en cuanto a
Bernard. ¿No lo encuentras simpatiquísimo?
Fanny asintió con la cabeza.
-Y debo confesar -agregó- que me llevé una sorpresa muy agradable.
El Envasador Jefe, el director de Predestinación, tres Delegados Auxiliares de
Fecundación, el Profesor de Sensoramas del Colegio de Ingeniería Emocional, el Deán
de la Cantoría Comunal de Westminster, el Supervisor de Bokanovskificación... La lista
de personajes que frecuentaba a Bernard era interminable.
-Y la semana pasada fui con seis chicas -confió Bernard a Helmholtz Watson-. Una el
lunes, dos el martes, otras dos el viernes y una el sábado. Y si hubiese tenido tiempo o
ganas, había al menos una docena más de ellas que sólo estaban deseando...
Helmholtz escuchaba sus jactancias en un silencio tan sombrío y desaprobador, que
Bernard se sintió ofendido.
-Me envidias -dijo.
Helmholtz denegó con la cabeza.
-No, pero estoy muy triste; esto es todo -contestó.
Bernard se marchó irritado, y se dijo que no volvería a dirigir la palabra a Helmholtz.
Pasaron los días. El éxito se le subió a Bernard a la cabeza y le reconcilió casi
completamente (como lo hubiese conseguido cualquier otro intoxicante) con un mundo
que, hasta entonces, había juzgado poco satisfactorio. Desde el momento en que le
reconocía a él como un ser importante, el orden de cosas era bueno. Pero, aun
reconciliado con él por el éxito. Bernard se negaba a renunciar al privilegio de criticar
este orden. Porque el hecho de ejercer la crítica aumentaba la sensación de su propia
importancia, le hacía sentirse más grande. Además, creía de verdad que había cosas
criticables. (Al mismo tiempo, gozaba de veras de su éxito y del hecho de poder
conseguir todas las chicas que deseaba.) En presencia de quienes, con vistas al Salvaje,
le hacían la corte, Bernard hacía una asquerosa exhibición de heterodoxia. Todos le
escuchaban cortésmente. Pero, a sus espaldas, la gente movía la cabeza. Este joven
acabará mal, decían, y formulaban esta profecía confiadamente porque se proponían
poner todo de su parte para que se cumpliera. La próxima vez no encontrará otro Salvaje
que lo salve por los pelos, decían. Pero, por el momento, había el primer Salvaje; valía
la pena mostrarse corteses con Bernard.
-Más liviano que el aire -dijo Bernard, señalando hacia arriba.
Como una perla en el cielo, alto, muy alto por encima de ellos, el globo cautivo del
Departamento Meteorológico brillaba, rosado, a la luz del sol.
... es preciso mostrar a dicho Salvaje la vida civilizada en todos sus aspectos, decían las
instrucciones de Bernard.
En aquel momento le estaba enseñando una vista panorámica de la misma, desde la
plataforma de la Torre de Charing-T. El Jefe de la Estación y el Meteorólogo Residente
actuaban en calidad de guías. Pero Bernard llevaba casi todo el peso de la conversación.
Embriagado, se comportaba exactamente igual que si hubiese sido, como mínimo, un
Interventor Mundial en visita. Más liviano que el aire.
El Cohete Verde de Bombay cayó del cielo. Los pasajeros se apearon. Ocho mellizos
dravídicos idénticos, vestidos de color caqui, asomaron por las ocho portillas de la
cabina: los camareros.
-Mil doscientos cincuenta kilómetros por hora -dijo solemnemente el Jefe de la
Estación-. ¿Qué le parece, Mr. Salvaje?
John lo encontró magnífico.
-Sin embargo -dijo- Ariel podía poner un cinturón a la tierra en cuarenta minutos.
El Salvaje -escribió Bernard en su informe a Mustafá Mond- muestra,
sorprendentemente, escaso asombro o terror ante los inventos de la civilización. Ello se
debe en parte, sin duda, al hecho de que había oído hablar de ellos a esa mujer llamada
Linda, su m ...
Mustafá frunció el ceño. ¿Creerá ese imbécil que soy demasiado ñoño para no poder ver
escrita la palabra entera?
En parte porque su interés se halla concentrado en lo que él llama "el alma", que insiste
en considerar como algo enteramente independiente del ambiente físico; por
consiguiente, cuando intenté señalarle que ...
El Interventor se saltó las frases siguientes, y cuando se disponía a volver la hoja en
busca de algo más interesante y concreto, sus miradas fueron atraídas por una serie de
frases completamente extraordinarias.
... aunque debo reconocer -leyó- que estoy de acuerdo con el Salvaje en juzgar el
infantilismo civilizado demasiado fácil o, como dice él, no lo bastante costoso; y
quisiera aprovechar esta oportunidad para llamar la atención de Su Fordería hacia ...
La ira de Mustafá Mond cedió el paso casi inmediatamente al buen humor. La idea de
que aquel individuo pretendiera solemnemente darle lecciones a él -a él- sobre el orden
social, era realmente demasiado grotesca. El pobre tipo debía de haberse vuelto loco.
Tengo que darle una buena lección, se dijo; después echó la cabeza hacia atrás y soltó
una fuerte carcajada. Por el momento, en todo caso, la lección podía esperar.
Se trataba de una pequeña fábrica de alumbrado para helicópteros, filial de la Sociedad
de Equipos Eléctricos. Les recibieron en la misma azotea (porque los efectos de la
circular de recomendación del Interventor eran mágicos) el Jefe Técnico y el Director
de Elementos Humanos bajaron a la fábrica.
-Cada proceso de fabricación -explicó el director de Elementos Humanos- es confiado,
dentro de lo posible, a miembros de un mismo Grupo de Bokanovsky.
Y, en efecto, ochenta y tres Deltas braquicéfalos, negros y casi desprovistos de nariz, se
hallaban trabajando en el estampado en frío. Los cincuenta y seis tornos y mandriles de
cuatro brocas eran manejados por cincuenta y seis Gammas aguileños, color de jengibre.
En la fundición trabajaban ciento siete Epsilones senegaleses especialmente
condicionados para soportar el calor. Treinta y tres Deltas hembras, de cabeza alargada,
rubias, de pelvis estrecha, y todas ellas de un metro sesenta y nueve centímetros de
estatura, con diferencias máximas de veinte milímetros, cortaban tornillos. En la sala de
montajes las dínamos eran acopladas por dos grupos de enanos Gamma-Más. Los dos
bancos de trabajo, alargados, estaban situados uno frente al otro; entre ambos reptaba la
cinta sin fin con su carga de piezas sueltas; cuarenta y siete cabezas rubias se alineaban
frente a cuarenta y siete cabezas morenas. Cuarenta y siete machos frente a cuarenta y
siete narigudos; cuarenta y siete mentones escurridos frente a cuarenta y siete mentones
salientes. Los aparatos, una vez acoplados, eran inspeccionados por dieciocho
muchachas idénticas, de pelo castaño rizado, vestidas del color verde de los Gammas,
embalados en canastas por cuarenta y cuatro Delta-Menos pernicortos y zurdos, y
cargados en los camiones y carros por sesenta y tres Epsilones semienanos, de ojos
azules, pelirrojos y pecosos.
-¡Oh maravilloso nuevo mundo ... !
Por una especie de chanza de su memoria, el Salvaje se encontró repitiendo las palabras
de Miranda:
-¡Oh maravilloso nuevo mundo que alberga a tales seres!
-Y le aseguro -concluyó el director de Elementos Humanos, cuando salían de los talleres
que apenas tenemos problema alguno con nuestros obreros. Siempre encontramos...
Pero el Salvaje, súbitamente, se había separado de sus acompañantes y, oculto tras un
macizo de laureles, estaba sufriendo violentas arcadas, como si la tierra firme hubiese
sido un helicóptero con una bolsa de aire.
En Eton, aterrizaron en la azotea de la Escuela Superior. Al otro lado del Patio de la
Escuela, los cincuenta y dos pisos de la Torre de Lupton destellaban al sol. La
Universidad a la izquierda y la Cantoría Comunal de la Escuela a la derecha, levantaban
su venerable cúmulo de cemento armado y vita-cristal. En el centro del espacio
cuadrangular se erguía la antigua estatua de acero cromado de Nuestro Ford.
El doctor Gaffney, el Preboste, y Miss Keate, la Maestra Jefe, les recibieron al bajar del
aparato.
-¿Tienen aquí muchos mellizos? -preguntó el Salvaje, con aprensión, en cuanto
empezaron la vuelta de inspección.
-¡Oh, no! -contestó el Preboste-. Eton está reservado exclusivamente para los
muchachos y muchachas de las clases más altas. Un óvulo, un adulto. Desde luego, ello
hace más difícil la instrucción. Pero como los alumnos están destinados a tomar sobre sí
graves responsabilidades y a enfrentarse con contingencias inesperadas, no hay más
remedio.
Y suspiró.
Bernard, entretanto, iniciaba la conquista de Miss Keate.
-Si está usted libre algún lunes, miércoles -a viernes por la noche -le decía-, puede venir
a mi casa. -Y, señalando con el pulgar al Salvaje, añadió-: Es un tipo curioso, ¿sabe
usted? Estrafalario.
Miss Keate sonrió (y su sonrisa le pareció a Bernard realmente encantadora).
-Gracias -dijo-. Me encantará asistir a una de sus fiestas.
El Preboste abrió la puerta.
Cinco minutos en el aula de los Alfa-Doble Más dejaron a John un tanto confuso.
-¿Qué es la relatividad elemental? -susurró a Bernard.
Bernard intentó explicárselo, pero, cambiando de opinión, sugirió que pasaran a otra
aula.
Tras de una puerta del corredor que conducía al aula de Geografía de los Beta-Menos,
una voz de soprano, muy sonora, decía:
-Uno, dos, tres, cuatro. -Y después, con irritación fatigada-: Como antes.
-Ejercicios malthusianos -explicó la Maestra Jefe-. La mayoría de nuestras muchachas
son hermafroditas, desde luego. Yo lo soy también. -Sonrió a Bernard-. Pero tenemos a
unas ochocientas alumnas no esterilizadas que necesitan ejercicios constantes.
En el aula de Geografía de los Beta-Menos, John se enteró de que una Reserva para
Salvajes es un lugar que, debido a sus condiciones climáticas o geológicas
desfavorables, o por su pobreza en recursos naturales, no ha merecido la pena civilizar.
Un breve chasquido, y de pronto el aula quedó a oscuras; en la pantalla situada encima
de la cabeza del profesor, aparecieron los Penitentes de Acoma postrándose ante
Nuestra Señora, gimiendo como John les había oído gemir, confesando sus pecados ante
Jesús crucificado o ante la imagen del águila de Pukong. Los jóvenes etonianos reían
estruendosamente. Sin dejar de gemir, los Penitentes se levantaron, se desnudaron hasta
la cintura, y con látigos de nudos, empezaron a azotarse. Las carcajadas, más sonoras
todavía, llegaron a ahogar los gemidos de los Penitentes.
-Pero ¿por qué se ríen? -preguntó el Salvaje, dolido y asombrado a un tiempo.
-¿Por qué? -El Preboste volvió hacia él el rostro, en el que todavía retozaba una ancha
sonrisa-. ¿Por qué? Pues... porque resulta extraordinariamente gracioso.
En la penumbra cinematográfica, Bernard aventuró un gesto que, en el pasado, ni
siquiera en las más absolutas tinieblas hubiese osado intentar. Fortalecido por su nueva
sensación de importancia, pasó un brazo por la cintura de la Maestra Jefe. La cintura
cedió a su abrazo, doblándose como un junco. Bernard se disponía a esbozar un beso o
dos, o quizás un pellizco, cuando se hizo de nuevo la luz.
-Tal vez será mejor que sigamos -dijo Miss Keatte.
Y se dirigió hacia la puerta.
Un momento más tarde, el Preboste dijo:
-Ésta es la sala de Control Hipnopédico.
Cientos de aparatos de música sintética, uno para cada dormitorio, aparecían alineados
en estantes colocados en tres de los lados de la sala; en la cuarta pared se hallaban los
agujeros donde debían colocarse los rollos de pista sonora en los que se imprimían las
diversas lecciones hipnopédicas.
-Basta colocar el rollo aquí -explicó Bernard, interrumpiendo al doctor Gaffney-, pulsar
este botón...
-No, este otro -le corrigió el Preboste, irritado.
-O este otro, da igual. El rollo se va desenrollando. Las células de selenio transforman
los impulsos luminosos en ondas sonoras, y...
-Y ya está -concluyó el doctor Gaffney.
-¿Leen a Shakespeare? -preguntó el Salvaje mientras se dirigían hacia los laboratorios
Bioquímicos, al pasar por delante de la Biblioteca de la Escuela
-Claro que no -dijo la Maestra Jefe, sonrojándose.
-Nuestra Biblioteca -explicó el doctor Gaffney- contiene sólo libros de referencia. Si
nuestros jóvenes necesitan distracción pueden ir al sensorama. Por principio, no los
animamos a dedicarse a diversiones solitarias.
Cinco autocares llenos de muchachos y muchachas que cantaban o permanecían
silenciosamente abrazados pasaron por su lado, por la pista vitrificada.
-Vuelven del Crematorio de Slough -explicó el doctor Gaffney, mientras Bernard, en
susurros, se citaba con la Maestra Jefe para aquella misma noche-. El condicionamiento
ante la muerte empieza a los dieciocho meses. Todo crío pasa dos mañanas cada semana
en un Hospital de Moribundos. En estos hospitales encuentran los mejores juguetes, y se
les obsequia con helado de chocolate los días que hay defunción. Así aprenden a aceptar
la muerte como algo completamente corriente.
-Como cualquier otro proceso fisiológico -exclamó la Maestra Jefe, profesionalmente.
Ya estaba decidido: a las ocho en el Savoy.
De vuelta a Londres, se detuvieron en la fábrica de la Sociedad de Televisión de
Brentford.
-¿Te importa esperarme aquí mientras voy a telefonear? -preguntó Bernard.
El Salvaje esperó, sin dejar de mirar a su alrededor. En aquel momento cesaba en su
trabajo el Turno Diurno Principal. Una muchedumbre de obreros de casta inferior
formaban cola ante la estación del monorraíl: setecientos u ochocientos Gammas, Deltas
y Epsilones, hombres y mujeres, entre los cuales sólo había una docena de rostros y de
estaturas diferentes. A cada uno de ellos, junto con el billete, el cobrador le entregaba
una cajita de píldoras. El largo ciempiés humano avanzaba lentamente.
Recordando El mercader de Venecia, el Salvaje preguntó a Bernard, cuando éste se le
reunió:
-¿Qué hay en esas cajitas?
-La ración diaria de soma Contesto Bernard, un tanto confusamente, porque en aquel
momento masticaba una pastilla de goma de mascar de las que le había regalado Benito
Hoover-. Se las dan cuando han terminado su trabajo cotidiano. Cuatro tabletas de
medio gramo. Y seis los sábados.
Cogió afectuosamente del brazo a John, y así, juntos, se dirigieron hacia el helicóptero.
Lenina entró canturreando en el Vestuario.
-Pareces encantada de la vida -dijo Fanny. -Lo estoy -contestó Lenina. ¡Zas!-. Bernard
me llamó hace media hora-. ¡Zas! ¡Zas! Se quitó los pantalones cortos-. Tiene un
compromiso inesperado. -¡Zas!-. Me ha preguntado si esta noche quiero llevar al
Salvaje al sensorama. Debo darme prisa.
Y se dirigió corriendo hacia el baño.
Es una chica con suerte, se dijo Fanny, viéndola alejarse.
El Segundo Secretario del Interventor Mundial Residente la había invitado a cenar y a
desayunar. Lenina había pasado un fin de semana con el Ford Juez Supremo, y otro con
el Archiduque Comunal de Canterbury. El Presidente de la Sociedad de Secreciones
Internas y Externas la llamaba constantemente por teléfono, y Lenina había ido a
Deauville con el Gobernador-Diputado del Banco de Europa.
-Es maravilloso, desde luego. Y, sin embargo, en cierto modo -había confesado Lenina
a Fanny- tengo la sensación de conseguir todo esto haciendo trampa. Porque,
naturalmente, lo primero que quieren saber todos es qué tal resulta hacer el amor con un
Salvaje. Y tengo que decirles que no lo sé. -Lenina movió la cabeza-. La mayoría de
ellos no me creen, desde luego. Pero es la pura verdad. Ojalá no lo fuera -agregó,
tristemente; y suspiró-. Es guapísimo, ¿no te parece?
-Pero ¿es que no le gustas? -preguntó Fanny. -A veces creo que sí, y otras creo que no.
Siempre procura evitarme; sale de su estancia cuando yo entro en ella; no quiere
tocarme; ni siquiera mirarme. Pero a veces me vuelvo súbitamente, y lo pillo
mirándome; y entonces..., bueno, ya sabes cómo te miran los hombres cuando les
gustas.
Sí, Fanny lo sabía.
-No llego a entenderlo -dijo Lenina.
No lo entendía, y ello no sólo la turbaba, sino que la trastornaba profundamente.
-Porque, ¿sabes, Fanny?, me gusta mucho.
Le gustaba cada vez más. Bueno, hoy se me ofrece una excelente ocasión, pensaba,
mientras se perfumaba, después del baño. Unas gotas más de perfume; un poco más.
Una ocasión excelente. Su buen humor se vertió en una canción:
Abrázame hasta embriagarme de amor,
bésame hasta dejarme en coma;
abrázame, amor, arrímate a mí;
el amor es tan bueno como el soma.
Arrellanados en sus butacas neumáticas, Lenina y el Salvaje, olían y escuchaban. Hasta
que llegó el momento de ver y palpar también.
Las luces se apagaron; y en las tinieblas surgieron unas letras llameantes, sólidas, que
parecían flotar en el aire. Tres semanas en helicóptero. Un film sensible, supercantado,
hablado sintéticamente, en color y estereoscópico, con acompañamiento sincronizado de
órgano de perfumes.
-Agarra esos pomos metálicos de los brazos de tu butaca -susurró Lenina-. De lo
contrario no notarás los efectos táctiles.
El salvaje obedeció sus instrucciones.
Entretanto, las letras llameantes habían desaparecido; siguieron diez segundos de
oscuridad total; después, súbitamente, cegadoras e incomparablemente más reales de lo
que hubiesen podido parecer de haber sido de carne y hueso, más reales que la misma
realidad, aparecieron las imágenes estereoscópicas, abrazadas, de un negro gigantesco y
una hembra Beta-Más rubia y braquicéfala.
El Salvaje se sobresaltó. ¡Aquella sensación en sus propios labios! Se llevó una mano a
la boca; las cosquillas cesaron; volvió a poner la mano izquierda en el pomo metálico y
volvió a sentirlas. Entretanto, el órgano de perfumes, exhalaba almizcle puro. Agónica,
una superpaloma zureaba en la pista sonora: ¡Oh..., oooh ... ! Y, vibrando a sólo treinta
y dos veces por segundo, una voz más grave que el bajo africano contestaba: ¡Ah...,
aaah! ¡Oh, oooh! ¡Ah..., aaah!, los labios estereoscópicos se unieron nuevamente, y una
vez más las zonas erógenas faciales de los seis mil espectadores del Alhambra se
estremecieron con un placer galvánico casi intolerable. ¡Ohhh ... !
El argumento de la cinta era sumamente sencillo. Pocos minutos después de los
primeros -Ooooh y Aaaah (tras el canto de un dúo y una escena de amor en la famosa
piel de oso, cada uno de cuyos pelos -el Predestinador Ayudante tenía toda la razónpodía
palparse separadamente), el negro sufría un accidente de helicóptero y caía de
cabeza. ¡Plas! ¡Oué golpe en la frente! Un coro de ayes se levantó del público.
El golpe hizo añicos todo el condicionamiento del negro, quien sentía a partir de aquel
momento una pasión exclusiva y demente por la rubia Beta. La muchacha protestaba. Él
insistía. Había luchas, persecuciones, un ataque a un rival, y, finalmente, un rapto
sensacional. La Beta rubia era arrebatada por los aires y debía pasar tres semanas
suspendida en el cielo, en un tête-à-tête completamente antisocial con el negro loco.
Finalmente, tras un sinfín de aventuras y de acrobacias aéreas, tres guapos jóvenes Alfas
lograban rescatarla. El negro era enviado a un Centro de Recondicionamiento de
Adultos, y la cinta terminaba feliz y decentemente cuando la Beta rubia se convertía en
la amante de sus tres salvadores. Después la alfombra de piel de oso hacía su aparición
final y, entre el estridor de los saxofones, el último beso estereoscópico se desvanecía en
la oscuridad y la última titilación eléctrica moría en los labios como una mosca
moribunda que se estremece una y otra vez, cada vez más débilmente, hasta que al fin se
inmoviliza definitivamente.
Pero, en Lenina, la mosca no murió del todo. Aun después de encendidas las luces,
mientras se dirigían con la muchedumbre, arrastrando los pies, hacia los ascensores, su
fantasma seguía cosquilleándole en los labios, seguía trazando surcos estremecidos de
ansiedad y placer en su piel. Sus mejillas estaban arreboladas, sus ojos brillaban, y
respiraban afanosamente. Lenina cogió el brazo del Salvaje y lo apretó contra su
costado. El Salvaje la miró un momento, pálido, dolorido, lleno de deseo y al mismo
tiempo avergonzado de su propio deseo. Él no era digno, no...
Los ojos de Lenina y los del Salvaje coincidieron un instante. ¡Qué tesoros prometían
los de ella! El Salvaje se apresuró a desviar los suyos, y soltó el brazo que ella le
sujetaba.
-Creo que no deberías ver cosas como ésas -dijo al fin el muchacho, apresurándose a
atribuir a las circunstancias ambientales todo reproche por cualquier pasado o futuro
fallo en la perfección de Lenina.
-¿Cosas como qué, John?
-Como esa horrible película.
-¿Horrible? -Lenina estaba sinceramente asombrada-. Yo la he encontrado estupenda.
-Era abyecto -dijo el Salvaje, indignado-, innoble...
-No te entiendo -contestó Lenina.
¿Por qué era tan raro? ¿Por qué se empeñaba en estropearlo todo?
En el taxicóptero, el Salvaje apenas la miró. Atado por unos poderosos votos que jamás
habían sido pronunciados, obedeciendo a leyes que habían prescrito desde hacía
muchísimo tiempo, permanecía sentado, en silencio, con el rostro vuelto hacia otra
parte. De vez en cuando, como si un dedo pulsara una cuerda tensa, a punto de
romperse, todo su cuerpo se estremecía en un súbito sobresalto nervioso.
El taxicóptero aterrizó en la azotea de la casa de Lenina. Al fin -pensó ésta, llena de
exultación, al apearse-. Al fin. A pesar de que hasta aquel momento el Salvaje se había
comportado de manera muy extraña. De pie bajo un farol, Lenina se miró en el espejo
de mano. Al fin. Sí, la nariz le brillaba un poco. Sacudió los polvos de su borla.
Mientras el Salvaje pagaba el taxi tendría tiempo de arreglarse. Lenina se empolvó la
nariz, pensando: Es guapísimo. No tiene por qué ser tímido como Bemard... Y sin
embargo... Cualquier otro ya lo hubiese hecho hace tiempo. Pero ahora, al fin ... El
fragmento de su rostro que se reflejaba en el espejito redondo le sonrió.
-Buenas noches -dijo una voz ahogada detrás de ella.
Lenina se volvió en redondo. El Salvaje se hallaba de pie en la puerta del taxi,
mirándola fijamente; era evidente que no había cesado de mirarla todo el rato, mientras
ella se empolvaba, esperando -pero, ¿a qué?-, o vacilando, esforzándose por decidirse, y
pensando todo el rato, pensando... Lenina no podía imaginar qué clase de extraños
pensamientos.
-Buenas noches, Lenina -repitió el Salvaje. -Pero, John... Creí que ibas a... Quiero decir
que, ¿no vas a ...?
El Salvaje cerró la puerta y se inclinó para decir algo al piloto. El taxicóptero despegó.
Mirando hacia abajo por la ventanilla practicada en el suelo, del aparato, el Salvaje vio
la cara de Lenina, levantada hacia arriba, pálida a la luz azulada de los faroles. Con la
boca abierta, lo llamaba. Su figura, achaparrado por la perspectiva, se perdió en la
distancia; el cuadro de la azotea, cada vez más pequeño, parecía hundirse en un océano
de tinieblas.
Cinco minutos después, el Salvaje estaba en su habitación. Sacó de su escondrijo el
libro roído por los ratones, volvió con cuidado religioso sus páginas manchadas y
arrugadas, y empezó a leer Otelo. Recordaba que Otelo, como el protagonista de Tres
semanas en helicóptero, era un negro.
CAPITULO XII
Bernard tuvo que gritar a través de la puerta cerrada; el Salvaje se negaba a abrirle.
-¡Pero si están todos aquí, esperándote! -Que esperen -dijo la voz, ahogada por la
puerta.
-Sabes de sobra, John -¡cuán difícil resulta ser persuasivo cuando hay que chillar a voz
en grito!-, que los invité, que los invité precisamente para que te conocieran.
-Antes debiste preguntarme a mí si deseaba conocerles a ellos.
-Hasta ahora siempre viniste, John. -Precisamente por esto no quiero volver. -Hazlo sólo
por complacerme
-imploró Bernard.
-No.
-¿Lo dices en serio?
-Sí.
Desesperado, Bernard baló:
-Pero, ¿qué voy a hacer?
-¡Vete al infierno! -gruñó la voz exasperada desde dentro de la habitación.
-Pero, ¡si esta noche ha venido el Archichantre Comunal de Canterbury!
Bernard casi lloraba.
-Ai yaa tákwa! -Sólo en lengua zuñí podía expresar adecuadamente el Salvaje lo que
pensaba del Archíchantre de Canterbury-. Háni! -agregó, como pensándolo mejor; y
después, con ferocidad burlona, agregó-: Sons éso tse-ná.
Y escupió en el suelo como hubiese podido hacerlo el mismo Popé.
Al fin Bernard tuvo que retirarse, abrumado, a sus habitaciones y comunicar a la
impaciente asamblea que el Salvaje no aparecería aquella noche. La noticia fue recibida
con indignación. Los hombres estaban furiosos por el hecho de haber sido inducidos a
tratar con cortesía a aquel tipo insignificante, de mala fama y opiniones heréticas.
Cuanto más elevada era su posición, más profundo era su resentimiento.
-¡Jugarme a mí esta mala pasada! -repetía el Archichantre una y otra vez-. ¡A mí !
En cuanto a las mujeres, tenían la sensación de haber sido seducidas con engaños por
aquel hombrecillo raquítico, en cuyo frasco alguien había echado alcohol por error, por
aquel ser cuyo físico era el propio de un Gama-Menos. Era un ultraje, y lo decían
asimismo, y cada vez con voz más fuerte.
Sólo Lenina no dijo nada. Pálida, con sus ojos azules nublados por una insólita
melancolía, permanecía sentada en un rincón, aislada de cuantos la rodeaban por una
emoción que ellos no compartían.
Había ido a la fiesta llena de un extraño sentimiento de ansiosa exultación. Dentro de
pocos minutos -se había dicho, al entrar en la estancia -lo veré, le hablaré, le diré
(porque estaba completamente decidida) que me gusta, más que nadie en el mundo. Y
entonces tal vez él dirá...
¿Qué diría el Salvaje? La sangre había afluido a las mejillas de Lenina.
¿Por qué se comportó de manera tan extraña la otra noche, después del sensorama?
¡Qué raro estuvo! Y, sin embargo, estoy completamente cierta de que le gusto. Estoy
segura ...
En aquel momento Bernard había soltado la noticia: el Salvaje no asistiría a la fiesta.
Lenina experimentó súbitamente todas las sensaciones que se observan al principio de
un tratamiento con sucedáneo de Pasión Violenta: un sentimiento de horrible vaciedad,
de aprensión, casi de náuseas. Le pareció que el corazón dejaba de latirle.
-Realmente es un poco fuerte -decía la Maestra Jefe de Eton al director de Crematorios
y Recuperación del Fósforo-. Cuando pienso que he llegado a...
-Sí -decía la voz de Fanny Crowne-, lo del alcohol es absolutamente cierto. Conozco a
un tipo que conocía a uno que en aquella época trabajaba en el Almacén de Embriones.
Éste se lo dijo a mi amigo, y mi amigo me lo dijo a mí...
-Una pena, una pena -decía Henry Foster, compadeciendo al Archichantre Comunal-.
Puede que le interese a usted saber que nuestro ex director estaba a punto de trasladarle
a Islandia.
Atravesado por todo lo que se decía en su presencia, el hinchado globo de la
autoconfianza de Bernard perdía por mil heridas. Pálido, derrengado, abyecto y
desolado, Bernard se agitaba entre sus invitados, tartamudeando excusas incoherentes,
asegurándoles que la próxima vez el Salvaje asistiría, invitándoles a sentarse y a tomar
un bocadillo de carotina, una rodaja de pâtè de vitamina A, o una copa de sucedáneo de
champaña. Los invitados comían, sí, pero le ignoraban; bebían y lo trataban
bruscamente o hablaban de él entre sí, en voz alta y ofensivamente, como si no se
hallara presente.
-Y ahora, a
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