GIBRÁN KHALIL GIBRÁN
ESPÍRITUS REBELDES (1908)
KAHLIL EL HEREJE
I
Sheik Abbas era considerado un príncipe por los habitantes de una aldea solitaria del norte del Líbano.
Su mansión, situada en medio de las pobres chozas de los aldeanos, parecía un saludable gigante rebosante
de vida en medio de débiles enanos. El Sheik vivía rodeado de lujo, mientras sus vecinos soportaban una
penosa existencia. Lo obedecían y se inclinaban respetuosamente ante él cuando se dirigía a ellos. Parecía
como si el poder de la mente lo hubiera designado su portavoz e intérprete oficial. Su cólera los hacía
estremecer y dispersarse como las hojas barridas por el fuerte viento del otoño. Si abofeteaba a alguien, era
una herejía por parte del individuo el moverse o levantar el rostro o evidenciar cualquier intento de
descubrir el porqué de tamaña ira. Si sonreía a alguien, éste era considerado por los aldeanos como la
persona más honrada y afortunada. El temor y el sometimiento de la gente no era consecuencia de la
debilidad: la pobreza y necesidad habían provocado este estado de perpetua humillación. Hasta las chozas
en que vivían y los campos que cultivaban pertenecían a Sheik Abbas, quien las había heredado de sus
antepasados.
La labranza de la tierra, la siembra de semillas y la cosecha del cereal, todo era realizado bajo la
supervisión del Sheik, quien, a cambio del esfuerzo realizado, recompensaba a los labriegos con una
pequeña porción de trigo que apenas les alcanzaba para no morirse de hambre.
Con frecuencia, muchos de ellos necesitaban pan antes de finalizar la cosecha e iban a pedirle al Sheik
con lágrimas en los ojos que les adelantara algunas piastras o un poco de trigo; el Sheik accedía gustoso,
pues sabía que pagarían sus deudas con creces cuando llegara el tiempo de la cosecha. Así, aquellos
hombres permanecían endeudados toda la vida, dejando un legado de deudas a sus hijos, y se sometían a su
amo, cuya cólera habían temido desde siempre y cuya amistad y estima habían permanentemente tratado,
en vano, de ganar.
II
Llegó el invierno, y con. él la pesada nieve y el viento cruel; los valles y los campos quedaron desnudos
salvo por los árboles sin hojas que se erguían como espectros de muerte sobre las desiertas planicies.
Después de haber guardado en los graneros del Sheik los productos de la tierra, y de haber llenado sus
copas con el vino de sus viñedos, los aldeanos se retiraron a sus chozas para pasar una parte de sus vidas
holgazaneando junto al fuego, y recordando la gloria de épocas pasadas, y relatándose unos a otros las
historias de cansadores días y largas noches.
El viejo año había exhalado su último suspiro en el cielo ceniciento. Era la noche en la cual el Año
Nuevo sería coronado y colocado en el trono del Universo. Comenzó a nevar pesadamente, y los vientos
ululantes descendían de las encumbradas montañas hacia el abismo, y arrastrando la nieve formaban
montículos que se acumulaban en los valles.
Los árboles se balanceaban a causa de las fuertes tormentas,, y los campos y lomas estaban cubiertos con
un blanco manto sobre el que la Muerte escribía borrosos trazos que luego borraba. La nevada parecía
separar unas de otras las dispersas aldeas emplazadas junto a los valles. La parpadeante luz de las lámparas
de aquellas miserables chozas, apenas discernible a través de las ventanas, se desvanecía tras el espeso velo
de la Naturaleza enfurecida.
El miedo había hecho presa de los corazones de los fellaínes y los animales se habían guarecido en los
establos, mientras los perros se escondían en los rincones. Podía escucharse el ulular de los vientos y el
tronar de las tormentas retumbando en lo profundo de los valles. Parecía como si la Naturaleza se
enfureciera por la muerte del año viejo y tratara de vengarse de aquellas almas apacibles, luchando con
armas de frío y escarcha.
Aquella noche, un joven intentaba caminar bajo los cielos enfurecidos del sinuoso sendero que se
extendía entre las aldeas de Deir Kizhaya y Sheik Abbas. Sus miembros estaban entumecidos de frío,
mientras el dolor y el hambre lo habían despojado de su fuerza. Su oscura vestimenta estaba blanqueada
por la nieve que caía, y parecía amortajado aún antes de la hora de su muerte. Luchaba contra el viento. Le
resultaba difícil avanzar, pues con cada esfuerzo sólo lograba adelantar unos pocos pasos. Gritó pidiendo
socorro y luego permaneció en silencio, aterido por el frío de la noche. Casi sin esperanza, el joven
consumía sus fuerzas bajo el peso del desaliento y la fatiga. Era como un pájaro de alas rotas, presa de los
remolinos de una corriente de agua que lo arrastraba hacia lo profundo.
El joven continuó, caminando y cayéndose hasta que su sangre dejó de circular, y finalmente desfalleció.
Lanzó un grito de horror... la voz de un alma que enfrenta el rostro hueco de la Muerte... la voz de la
juventud agonizante, debilitada por el hambre y atrapada por la naturaleza..: la voz del amor a la vida en el
abismo de la nada.
III
Hacia el norte del poblado, y en medio de los campos arrasados por los vientos, estaba situada la solitaria
choza de una mujer llamada Rachel y su hija Miriam, quien aún no tenía dieciocho años. Rachel era viuda
de Samaari Ramy, que fuera encontrado asesinado seis años atrás. La justicia humana nunca había dado
con el culpable.
Como todas las viudas libanesas, Rachel se mantenía con lo poco que le proporcionaba su agotador y
arduo trabajo. En épocas de cosecha, buscaba las espigas de trigo abandonadas en los campos y en otoño,
recogía los restos de frutos olvidados en los árboles. En invierno, hilaba y confeccionaba ropas por las que
recibía unas pocas piastras o un saco de trigo. Miriam, su hija, era una hermosa muchacha que compartía
con su madre el peso del trabajo.
Aquella noche amarga, las dos mujeres estaban sentadas junto al fuego, cuya calidez era atenuada por la
escarcha y cuyos tizones estaban casi sepultados bajo las cenizas. Junto a ellas, la trémula luz de una
lámpara proyectaba su mortecino reflejo en el corazón de la oscuridad, como una plegaria que transmite
fantasmas de esperanza a los corazones de los apesadumbrados.
Llegó la medianoche y afuera el viento susurraba. De vez en cuando, Miriam se levantaba y abría el
pequeño montante para mirar el ennegrecido cielo; entonces, preocupada y atemorizada por la furia de los
elementos, regresaba a su sitio. De repente Miriam se estremeció como si algo la hubiera arrebatado de su
profundo letargo. Miró ansiosamente a su madre y dijo:
-¿Has oído eso, madre? ¿Has oído una voz pidiendo socorro?
La madre prestó atención un momento y dijo:
-Nada escucho excepto el gimiente viento, hija mía. Entonces Miriam exclamó:
-Escuché un grito más profundo que los cielos atronadores y más triste que la quejumbrosa tempestad.
Después de pronunciar esta frase se puso de pie, abrió la puerta, y aguzó el oído un instante. Entonces,
Miriam dijo:
- ¡Lo he vuelto a escuchar, madre!
Rachel se dirigió rápidamente hacia la puerta endeble, y después de dudar un momento dijo:
-Ahora yo también lo escucho. Vayamos a ver.
Se cubrió con un largo manto, abrió más la puerta y salió cautelosamente, mientras Miriam permaneció
en el umbral, de cara al viento que alborotaba sus largos cabellos.
Luego de recorrer un trecho abriéndose paso entre la nieve, Rachel se detuvo y gritó:
-¿Quién llama?... ¿Dónde se halla?
Pero no hubo respuesta; entonces repitió las mismas palabras innumerables veces, pero nada más se
escuchó entre los truenos. Se adelantó unos pasos valientemente, mirando hacia uno y otro lado. Había
andado algunos pasos cuando descubrió unas profundas huellas sobre la nieve; las siguió temerosa y en
unos, momentos tuvo ante sus ojos un cuerpo que yacía sobre la nieve como un remiendo sobre un vestido
blanco. Al aproximarse y reclinar la cabeza del joven sobre sus rodillas, pudo sentir el pulso que reflejaba
los débiles latidos de aquel trémulo corazón y sus escasas posibilidades de salvación. Volvió el rostro hacia
la choza y llamó:
- ¡Ven, Miriam, ven y ayúdame, lo he hallado!
Miriam corrió siguiendo las huellas de su madre en la nieve, aterida y trémula de miedo. Al llegar al
lugar donde yacía aquel cuerpo inerte, profirió un grito de dolor. La madre puso las manos bajo las axilas
del joven, calmó a Miriam y le dijo:
-No temas, él aún vive; toma con fuerza las puntas de su capa y ayúdame a llevarlo a casa.
Haciendo frente al impetuoso viento y a la copiosa nieve, las dos mujeres cargaron al joven y se
dirigieron hacia la choza. Al llegar al refugio lo colocaron junto al fuego. Rachel empezó a frotarle las
entumecidas manos, mientras Miriam le secaba los cabellos con el ruedo de su vestido. A poco, el joven
comenzó a moverse. Parpadeó y lanzó un profundo suspiro, revelando así sus esperanzas de salvación a los
corazones de aquellas piadosas mujeres. Le sacaron los zapatos y el negro manto. Miriam miró a su madre
y dijo:
-Observa su vestimenta, madre; viste el hábito de los monjes.
Después de alimentar el fuego con un puñado de ramas secas, Rachel miró perpleja a su hija y le dijo:
-Los monjes no salen del convento en una noche como ésta.
-Pero es lampiño -dijo Miriam-; los monjes tienen barba.
La madre escrutó al muchacho con ojos llenos de misericordia y amor maternal; luego se volvió hacia su
hija.
-Nada importa si es monje o criminal -dijo -; seca perfectamente sus pies, hija mía.
Rachel abrió un armario, sacó una jarra de vino y vertió un poco en una vasija de barro. Miriam le
sostenía la cabeza mientras su madre le daba un poco de vino para estimular su corazón. Al sorber el vino
el joven abrió los ojos por primera vez y concedió a sus salvadoras una sufrida mirada de agradecimiento:
la mirada de un hombre que vuelve a sentir la suave caricia de la vida tras haber sido presa de las afiladas
garras de la muerte; una mirada esperanzada tras haber visto morir la esperanza. Luego inclinó la cabeza, y
con labios trémulos dijo:
-¡Que Dios os bendiga!
Rachel apoyó la mano sobre su hombro y respondió:
-Cálmate, hermano. No te agites hablando hasta haber recobrado las fuerzas.
Y Miriam agregó:
-Apoya la cabeza sobre esta almohada, hermano, que te acercaremos al fuego.
Rachel volvió a llenar la vasija con vino y se la dio. Luego miró a su hija y dijo:
-Cuelga su ropa junto al fuego para que se seque. Después de cumplir la orden de su madre, la muchacha
regresó al lado del joven y comenzó a mirarlo compasivamente, como si quisiera ayudarlo transmitiéndole
toda la calidez que su corazón contenía. Rachel trajo dos trozos de pan con algunas conservas y frutas
secas; y sentada, junto a él, comenzó a alimentarlo con bocados pequeños, como una madre que alimenta a
su pequeño. Después de esto el joven se sintió más fuerte y se incorporó sobre la pequeña alfombra al pie
de la chimenea, mientras las enrojecidas llamas del fuego se reflejaban sobre su afligido rostro. Los ojos se
le iluminaron y movió lentamente la cabeza, diciendo:
-La Piedad y la Crueldad luchan en el corazón humano así como los elementos del cielo luchan en esta
terrible noche, pero la piedad vencerá a la crueldad porque es divina, y el terror que domina a esta noche
morirá, en soledad; al rayar el día.
El silencio reinó por un instante, y luego agregó con voz susurrante:
-Una mano humana me arrojó a la desesperación, y una mano humana me salvó; ¡qué severo, y qué
piadoso es el hombre!
- ¿Cómo te has atrevido, hermano, a salir del convento en una noche tan terrible, cuando hasta los
animales no se atreven a dar un paso? -preguntó Rachel.
El joven cerró los ojos como si quisiera contener las lágrimas en las profundidades de su corazón.
-Los animales viven en sus cuevas, y las aves del cielo en sus nidos -dijo-, pero el hijo del hombre no
posee un sitio donde reclinar su cabeza.
-Eso es lo que Jesús dijo dé sí mismo -respondió Rachel-. El joven prosiguió:
-Ésta es la respuesta a todo hombre que desea seguir al Espíritu y a la Verdad en esta época de falsedad,
hipocresía y corrupción.
Después de meditar un instante, Rachel dijo:
-Pero hay muchas habitaciones confortables en el convento, y las arcas están colmadas de oro y de toda
clase de provisiones. Los cobertizos del convento rebosan de becerros y ovejas; ¿qué te indujo a abandonar
un paraíso así en esta noche aborrecible?
El joven respiró profundamente y dijo:
-Abandoné ese lugar porque lo aborrecía.
-Un monje en un convento es como un soldado en el campo de batalla -replicó Rachel- a quien se le
ordena obedecer las órdenes de sus superiores independientemente de su naturaleza. Supe que un hombre
no podría convertirse en monje hasta tanto no se despojara de sus posesiones, pensamientos, deseos y de
todo lo que esté dentro de los dominios de la mente. Pero un religioso superior no pide a sus monjes cosas
descabelladas. ¿Cómo pudo el superior de Deir Kizhaya pedirle a alguien que ofrende su vida a la tormenta
y a la nieve?
-En opinión del superior -dijo él-, un hombre no puede convertirse en monje si no es ciego e ignorante,
sordo e insensible. Abandoné el convento pues soy un hombre sensible capaz de ver, sentir y oír.
Miriam y Rachel lo miraron fijamente como si acabaran de descubrir en su rostro un oculto secreto;
después de meditar un segundo, la madre dijo:
¿Puede un hombre capaz de ver y oír salir en una noche que ciega los ojos y ensordece los oídos?
El joven anunció serenamente: -Fui expulsado del convento.
¡Expulsado! -exclamó Rachel; y Miriam repitió . al unísono la palabra junto con su madre.
El levantó el rostro, arrepintiéndose de sus palabras, pues temía que el amor y la bondad que ellas habían
demostrado se convirtieran en odio y desprecio; pero cuando las miró observó que de sus ojos aún
emanaban reflejos de misericordia, y que sus cuerpos se estremecían de ansiedad por saberlo todo.
Prosiguió con voz ahogada:
-Sí, fui expulsado del convento porque no fui capaz de cavar mi sepulcro con mis propias manos; mi
corazón se había cansado de tanto mentir. Fui expulsado del convento porque mi alma rehusó regocijarse
con el don de aquellos que se rindieron a la ignorancia. Fui expulsado porque no pude hallar paz en los
confortables cuartos, erigidos con el dinero de los pobres fellaínes. Mi estómago no toleraba el pan
amasado con las lágrimas de los huérfanos. Mis labios no podían pronunciar las plegarias que más
superiores vendían a la gente simple y honrada a cambio de oro o alimentos. Fui expulsado del convento
como un apestante leproso por tratar de hacer recordar a los monjes las reglas que las condujeron a su
actual condición.
El silencio ganó la habitación mientras Miriam y Rachel repensaban las palabras con la mirada fija en el
joven.
-¿Viven tus padres? -preguntaron.
Y él respondió:
-No tengo padre ni madre ni sitio donde guarecerme. Rachel aspiró profundamente y Miriam volvió el
rostro hacia la pared para ocultar sus amorosas y piadosas lágrimas. Así como una florecilla marchita torna
a la vida gracias a las gotas de rocío que el alba derrama sobre sus sedientos pétalos, así revivió el
anhelante corazón del joven gracias al afecto y bondad de sus benefactoras. Las miró como un soldado mira
a los que vienen a rescatarlo de las garras del enemigo, y prosiguió:
-Perdí a mis padres antes de cumplir siete años. El sacerdote de la aldea me condujo a Deir Kizhaya y me
dejó al cuidado de los monjes, que se alegraron de tenerme entre ellos y me ordenaron que me ocupara del
ganado y el rebaño y de llevarlos a pastar cada día. Al cumplir quince años me vistieron con este negro
manto y me condujeron hasta el altar, donde el superior se dirigió a mí con estas palabras: "Jurad en
nombre de Dios y de todos los santos y prometed llevar una virtuosa vida de pobreza y obediencia." Repetí
las palabras hasta que comprendí su significado y supe lo que ellos entendían por pobreza, virtud y
obediencia.
"Mi nombre es Khalil, y desde ese momento los monjes me llamaron Hermano Bobaarak, aunque nunca
me trataron como a un hermano. Comían los platos más exquisitos y bebían el vino más delicioso, mientras
yo me alimentaba de vegetales secos y agua, mezclados con lágrimas. Descansaban en mullidos lechos
mientras yo dormía sobre una tabla en una habitación fría y oscura junto al granero. A menudo me
preguntaba: ¿Cuándo seré monje y compartiré la prosperidad de esos afortunados? ¿Cuándo cesará mi
corazón de ansiar los platos que ellos saborean y el vino que beben? ¿Cuándo dejaré de temblar de miedo
ante mi superior?. Pero todas mis esperanzas fueron vanas, pues me mantuvieron en la misma situación; y
además de ocuparme del ganado, me obligaron a cargar pesadas piedras sobre los hombros y a cavar fosos
y vallas. Me mantenía en pie gracias a los escasos bocados de pan recibidos en pago a mi labor. No sabía
hacia dónde dirigirme, y los sacerdotes del convento me habían inducido a aborrecer todo lo que hacían.
Habían envenenado mi mente hasta que empecé a pensar que el mundo entero era un océano de
sufrimientos y miserias, y que el convento era el único puerto de salvación. Pero cuando descubrí el origen
de sus alimentos y oro, me alegré de no compartirlos. -Kahlil se recompuso y miró a su alrededor, como si
algo bello se hubiera revelado a sus ojos en aquella miserable cabaña. Rachel y Miriam permanecieron en
silencio y luego el joven prosiguió: -Dios, que me arrebató mi padre y me exilió en el convento como un
huérfano, no quiso que desperdiciara mi vida caminando a ciegas a través de un bosque peligroso; tampoco
quiso que fuera un mísero esclavo durante el resto de mi vida. Dios me abrió los ojos y oídos y me develó
la luz divina y me hizo escuchar a la Verdad cuando la Verdad hablaba.
Rachel pensó en voz alta:
-¿Acaso existe luz alguna, diferente de la del sol, que brille sobre la gente? ¿Son los seres humanos
capaces de comprender la Verdad?
-La luz verdadera es aquella que emana del hombre
-respondió Kahlil-, y que revela al alma los secretos del corazón, tornándola feliz y contenta con la vida.
La Verdad es como las estrellas: no surge sino de las tinieblas de la noche. La Verdad es como todas las
cosas bellas de este mundo: no revela sus deseos excepto a aquellos que sienten antes que nadie la
influencia de la falsedad. La Verdad es una dama generosa que nos enseña a conformarnos con nuestra vida
cotidiana y a compartir con nuestros semejantes la misma felicidad.
-Muchos son los que viven de acuerdo con su bondad
-respondió Rachel-, y muchos son los que creen que la compasión es la sombra de la Ley Divina revelada
al hombre; sin embargo, ellos no gozan de sus vidas, pues permanecen míseros hasta la muerte.
Kahlil replicó:
-Vanas son las creencias y enseñanzas que vuelven mísero al hombre, y falsa es la bondad que lo
conduce al sufrimiento y desesperanza, pues es el destino del hombre ser feliz en esta tierra y hallar el
camino hacia la felicidad y predicar su verdad dondequiera que vaya. Aquel que no halla el reino de los
cielos en esta vida no lo hallará jamás en la vida futura. No somos exiliados en esta tierra, sino inocentes
criaturas de Dios, prestas a aprender cómo adorar al espíritu eterno y sagrado, y descubrir en la belleza de
la vida los secretos ocultos en nosotros mismos. Ésta es la verdad que aprendí de las enseñanzas del
Nazareno. Ésta es la luz que surgió en lo íntimo de mi ser e iluminó los oscuros rincones del convento que
amedrentaban mi vida. Éste es el secreto oculto que los maravillosos campos y valles me revelaron cuando
estaba hambriento, sólo y gimiente a la sombra de los árboles.
Ésta es la religión que el convento debería divulgar, como Dios lo quiso, como Jesús lo enseñó. Cierto
día, con mi alma segura de las celestiales bellezas de la Verdad, me presenté bravamente ante los monjes
reunidos en el jardín, y critiqué su equivocado comportamiento diciéndoles: ¿Por qué pasáis vuestros días
en este sitio y os regocijáis con la condición de los pobres, saboreando el pan que ellos amasaron con el
sudor de sus cuerpos y las lágrimas de sus corazones? ¿Por qué vivís a la sombra del parasitismo y
segregados de los que necesitan instrucción? ¿Por qué priváis a la nación de vuestra ayuda? Jesús os ha
enviado para que seáis corderos entre los lobos: ¿qué os ha convertido en lobos entre corderos? ¿Es que
huís de la humanidad y del Dios que os creó? Si sois en verdad más buenos que aquellos que transitan el
sendero de la vida, deberíais acercaros a ellos y mejorar sus vidas; pero si pensáis que ellos son mejores
que vosotros, deberíais estar deseosos de aprender de ellos. ¿Por qué hacéis votos de pobreza, y luego
olvidáis lo que habéis prometido y vivís en el lujo? ¿Por qué juráis obedecer a Dios y luego os rebeláis
contra todo lo que significa la religión? ¿Por qué adoptáis la virtud como vuestro mandamiento cuando
vuestros corazones están llenos de pecado? Simuláis martirizar vuestros cuerpos cuando en realidad matáis
vuestras almas. Os comprometéis a abjurar de las cosas terrenas, mas vuestros corazones exudan avidez.
Hacéis que vuestros semejantes crean en vosotros pues os consideran sus maestros religiosos; en verdad,
sois como el ganado que se olvida de aprender por pastar en las verdes y hermosas praderas. Restituyamos
a los necesitados las vastas tierras del convento y devolvámosles la plata y el oro que les robamos.
Abandonemos nuestra reclusión y sirvamos al débil que nos concedió fortaleza, y purifiquemos la nación
que habitamos. Enseñemos a esta miserable nación a sonreír y a gozar de los privilegios celestiales, la
libertad y la gloria de la vida.
"Las lágrimas de nuestros semejantes son más bellas y están más próximas a Dios que la paz y la
tranquilidad a las que os habéis acostumbrado en este sitio. La compasión que conmueve el corazón de
nuestros prójimos es más suprema que la virtud oculta en los rincones más recónditos del convento. Una
palabra compasiva al débil criminal o la prostituta es más noble que las fútiles e interminables plegarias que
repetís automáticamente cada día en el templo.
En este punto del relato, Kahlil suspiró profundamente. Luego elevó los ojos hacia Rachel y Miriam y
dijo:
-Mientras decía todas estas cosas a los monjes, éstos me escuchaban con perplejidad, como si no
pudieran convencerse de que un joven se atreviera a pronunciar palabras tan audaces. Cuando terminé, uno
de los monjes se adelantó y me dijo con enfado: "¿Cómo te atreves a hablar de ese modo en nuestra
presencia?" Y otro rió y agregó: "¿Has aprendido esto de las vacas y los cerdos que cuidas en los campos?"
Y un tercero se irguió y me amenazó diciendo: "¡Serás castigado, hereje!" Luego se dispersaron como
huyendo de un leproso. Algunos se quejaron ante el superior, quien me mandó llamar al atardecer. Los
monjes se regocijaban por adelantado de mi sufrimiento, y el júbilo henchía sus rostros cuando ordenaron
azotarme y encarcelarme por cuarenta días y cuarenta noches. Me condujeron a una celda oscura donde
pasé los días yaciendo en una cueva que no me permitía ver la luz. No podía distinguir el fin de la noche
del comienzo del día, y no podía percibir nada, excepto a los insectos arrastrándose bajo mis pies. Nada
podía escuchar, salvo el sonido de los pasos, cuando me traían, tras largos intervalos, un mendrugo de pan
y un poco de agua mezclada con vinagre.
"Cuando salí de la prisión me encontraba débil y enfermo, y los monjes creyeron que me habían curado
de pensar, y que habían matado el deseo de mi alma. Pensaron que el hambre y la sed habían sofocado la
bondad que Dios depositó en mi corazón. Durante mis cuarenta días de soledad me esforcé por hallar un
método que ayudara a los monjes a ver la luz y a oír la verdadera melodía de la vida, pero todas mis
reflexiones fueron en vano, pues el velo espeso que los siglos habían tejido en sus ojos no podría rasgarse
en tan poco tiempo; y el mortero con el que la ignorancia había ensordecido sus oídos era demasiado sólido
y no podía romperse con el roce de suaves dedos.
Se hizo silencio un instante, y luego Miriam miró a su madre como pidiéndole permiso para hablar.
Entonces dijo:
-Debes haber hablado de nuevo a los monjes,,, ya que ellos eligieron una noche tan terrible para
desterrarte del convento. Deberían aprender a ser bondadosos aun con sus enemigos.
-Esta noche -respondió Kahlil-, mientras la atronadora tormenta y los aguerridos elementos luchaban en
el cielo, abandoné a los monjes reunidos junto al fuego, relatándose cuentos e historias humorísticas. Al
verme solitario, comenzaron a divertirse a costa mía. Yo leía los Evangelios y meditaba acerca de las bellas
palabras de Jesús que me hacían olvidar momentáneamente la cólera de la naturaleza y los beligerantes
elementos del cielo, cuando se me acercaron con intenciones de ponerme en ridículo. Los ignoré tratando
de ocupar mi mente y de mirar a través de la, ventana, pero ellos se enfurecieron, pues mi silencio acallaba
las risas de sus corazones y los sarcasmos de sus labios. Uno de ellos dijo:
¿Qué lees, Gran Reformador?. En respuesta a esta pregunta, abrí el libro y leí en voz alta el siguiente
trozo: "Pero al ver que muchos fariseos y saduceos acudían a su bautismo, él les dijo: Oh raza de víboras,
¿quién os ha aconsejado huir de la ira por venir? Traed pues ofrendas y arrepentios; y no penséis en deciros
a vosotros mismos Abraham es nuestro padre; pues yo os digo que Dios puede hacer que de estas piedras
nazcan los hijos de Abraham. También el hacha se clava en las raíces de los árboles; y todo árbol que no
produzca buenos frutos es derribado y arrojado al fuego".
Al leerles las frases de Juan el Bautis ta, los monjes enmudecieron como si una mano invisible
estrangulara sus espíritus, mas se revistieron de falso valor y comenzaron a reírse. Uno de ellos dijo:
'Hemos leído muchas veces esas frases, y no necesitamos que un pastor nos las recuerde'.
Entonces protesté: Si hubierais leído estas frases y hubierais comprendido su significado, los pobres
aldeanos no hubieran muerto de hambre y frío. Al decir esto, uno de los monjes me abofeteó como si yo
hubiera hablado pestes de los sacerdotes; otro me dio un puntapié y un tercero me arrebató el libro, y un
cuarto llamó al superior quien corrió apresurado, trémulo de ira. Gritó: 'Coged a este rebelde y echadlo de
este sitio sagrado, y dejad que la furia de la tormenta le enseñe obediencia. Arrojadlo a la intemperie y
dejad que la naturaleza sea un instrumento de la voluntad Divina, y luego purificad vuestras manos de los
gérmenes ponzoñosos de la herejía que infectan sus vestiduras. Y si regresa clamando perdón, no le abráis
las puertas, pues la víbora. que estuvo prisionera no se convierte jamás en paloma, ni la zarza prende si se la
planta en un viñedo'.
La orden se cumplió estrictamente, fui arrastrado hacia fuera del convento ante las risas de los monjes.
Antes de que cerraran la puerta detrás de mí, escuché que uno de ellos decía: 'Ayer eras el rey de las vacas
y los cerdos, y hoy estás destronado, oh Gran Reformador; ve ahora y erígete en rey de los lobos y
enséñales a vivir en sus cubiles'.
Kahlil suspiró profundamente, luego volvió el rostro hacia las llamas del fuego. Con voz dulce y
agradable, y con pálido semblante, dijo:
-Así fue cómo me desterraron del convento, y así fue cómo los monjes me dejaron librado a las garras de
la Muerte. Luché a ciegas a través de la negra noche; el fuerte viento rasgaba mi hábito y la nieve
acumulada aprisionaba mis pies, y continuó empujándome hasta que finalmente caí, gritando con
desesperación. Pensé que nadie me habría escuchado excepto la Muerte, pero un padre sabio y piadoso
había escuchado mi llamada. Ese poder no quis o que muriera sin antes saber qué queda de los secretos de la
vida. Ese poder fue el que os envió a salvar mi vida de las profundidades del abismo y de la nada.
Rachel y Miriam se sintieron como si sus espíritus comprendieran el misterio del alma del joven,
compartieron sus sentimientos y lo comprendieron. No pudiendo contenerse más, Rachel se inclinó y
tocándole tiernamente su mano mientras las lágrimas rodaban por su rostro, le habló:
-Aquel que ha sido elegido por los cielos como el defensor de la Verdad, no perecerá en manos de las
tormentas y la nieve de los mismos cielos.
-Las tormentas y la nieve pueden matar a las flores, pero no a las simientes, pues la nieve las protege de
la asesina escarcha
-agregó Miriam.
El rostro de Kahlil se iluminó al oír aquellas palabras de aliento.
-Si vosotras no me consideráis rebelde y hereje como los monjes me consideraron -dijo entonces-, la
persecución de que fui objeto en el convento es el símbolo de una nación oprimida que aún no ha logrado
alcanzar la madurez; y esta noche en que estuve al borde de la muerte es como la revolución que precede a
la justicia. Del corazón de una mujer sensible surge la felicidad de la humanidad, y de la bondad de su
noble espíritu el afecto que debe reinar entre los hombres.
Cerró los ojos y se recostó en la almohada; las dos mujeres no lo perturbaron con su conversación, pues
sabían que la larga exposición a la intemperie lo había extenuado. Kahlil durmió como un niño extraviado
que finalmente halla protección en brazos de su madre.
Rachel y su hija se encaminaron lentamente hacia sus lechos y allí se sentaron a observarlo, como si
hubieran hallado en ese rostro atormentado un imán que atrajera sus corazones.
-Sus ojos poseen una curiosa fuerza que habla en silencio y estimula los deseos del alma -susurró la
madre.
-Sus manos son, madre, como las de Cristo en el templo -dijo Miriam.
-En su rostro se funden la ternura de la mujer y la audacia del hombre -replicó la madre.
Y en alas del sueño las mujeres se trasladaron al mundo de la fantasía, y el fuego se extinguió hasta no
ser nada más que cenizas, mientras la luz de la lámpara de aceite se fue desvaneciendo hasta desaparecer.
Afuera la furiosa tempestad bramaba y los cielos tenebrosos arrojaban cúmulos de nieve que el viento
dispersaba por doquier.
IV
Cinco días habían pasado, y de los cielos aún descendía la nieve sepultando implacable montañas y
praderas. Kahlil intentó tres veces despedirse y proseguir su viaje hacia la llanura, pero Rachel lo detenía a
cada instante diciéndole:
-No ofrendes tu vida a los elementos enceguecidos, hermano; quédate aquí, pues el pan que alcanza para
dos también alimenta a tres, y el fuego que ardía antes de tu llegada seguirá ardiendo después de tu partida.
Somos pobres, hermano, pero al igual que el resto de las hombres, vivimos nuestras vidas de cara al sol y a
la humanidad, y Dios nos da el pan de cada día.
Y Miriam le rogaba con enternecedoras miradas y profundos suspiros, porque desde que el joven había
entrado a la choza, ella había sentido en su alma la presencia de un poder divino que colmaba de luz a su
corazón, y que despertaba renovados sentimientos en el santuario de su espíritu. Por primera vez
experimentaba el sentimiento que convirtió a su corazón en una rosa inmaculada que bebe las gotas de
rocío de la mañana y exhala su fragancia al vasto firmamento.
No hay afecto más puro y apacible para el espíritu que el que se oculta en el corazón de una doncella,
quien despierta súbitamente con el espíritu desbordante de la melodía celestial que transforma sus días en
poéticos sueños y llena sus noches de profecías. No hay secreto más bello y poderoso en el misterio de la
vida que ese vínculo que convierte el silencioso espíritu de una virgen en la perpetua vigilia que nos hace
olvidar el pasado, pues enciende en nuestros corazones una prodigiosa y a la vez abrumadora confianza en
el futuro inmediato.
Es la simpleza lo que distingue a las libanesas de las mujeres de cualquier otra nación. Las características
de su formación limitan el progreso de su educación y obstaculizan su futuro. Es por esta razón, sin
embargo, que a menudo se sorprende explorando las inclinaciones y los misterios de su corazón. La joven
libanesa es como una fuente que surge del centro mismo de la tierra, y sigue su curso entre sinuosas
depresiones, pero al no hallar salida al mar, se transforma en un lago de aguas apacibles en cuya creciente
superficie se reflejan los astros rutilantes. Kahlil percibió las vibraciones del corazón de Miriam enlazando
quedamente su alma, y supo que la antorcha divina que había iluminado su corazón también había rozado
el de ella. Se llenó de júbilo por primera vez, como un arroyo sediento se regocija con la lluvia, pero de
inmediato censuró su propia premura, pensando que esa comprensión espiritual se desvanecería como una
nube cuando partiera de la aldea. Con frecuencia se decía: "¿Qué misterio es éste que rige una parte tan
importante de nuestras vidas? ¿Qué Ley es ésta que nos arroja a un sendero pedregoso y nos detiene justo
antes de que veamos jubilosos el rostro del sol? ¿Qué poder es éste que sonriente y glorioso eleva nuestros
espíritus hasta la cima de las montañas, aunque luego nos despertemos gimientes y doloridos en las
profundidades del valle? ¿Qué vida es ésta que nos rodea hoy como un amante y mañana como un
enemigo? ¿No fui ayer perseguido? ¿No sobreviví al hambre y la sed y el sufrimiento y la desidia en aras
de la Verdad que los cielos han revelado a mi corazón? ¿Acaso no dije a los monjes que la felicidad que
proporciona el conocimiento de la Verdad es la voluntad y el propósito de Dios? ¿Entonces por qué este
miedo? ¿Y por qué cierro los ojos a la luz que emana de los de esa mujer? Soy un descastado y ella es
pobre, pero ¿es que sólo de pan vive el hombre? ¿Acaso no somos entre la escasez y la abundancia como
árboles entre invierno y verano? ¿Qué diría Rachel si supiera que mi corazón y el de su hija se comprenden
en silencio, y se aproximan al círculo de la Luz Suprema? ¿Qué diría si descubriera que el joven a quien
salvó anhela adorar a su hija? ¿Qué dirían los aldeanos simples si supieran que un joven desechado en un
convento llegó a su aldea movido por la necesidad y desea vivir junto a una hermosa doncella? ¿Me
escucharían si les dijera que aquel que abandona el convento para vivir con ellos es como el ave que
traspasa los sórdidos muros de su jaula y huye hacia la luz de la libertad? ¿Qué diría Sheik Abbas si oyera
mi historia? ¿Y qué dirían los sacerdotes de la aldea si supieran la causa de mi destierro?
Así hablaba Kahlil consigo mismo, sentado junto al fuego y contemplando las llamas, símbolo de su
amor. Y Miriam de vez en cuando lo miraba de soslayo, leyendo el río de sus pensamientos, y sintiendo la
intensidad de su amor, aún cuando no se pronunciara ni una sola palabra.
Una noche, mientras Kahlil permanecía en la pequeña ventana que daba al valle donde árboles y rocas
parecían cubiertos con blancas mortajas, Miriam se acercó y se detuvo junto a él, mirando el cielo. Cuando
sus ojos se encontraron, el joven suspiró profundamente y cerró los ojos como si su alma navegara por el
vasto firmamento en busca de una palabra. Descubrió que sobraban las palabras, pues el silencio hablaba
por ellos. Miriam se decidió a hablar:
-¿Hacia dónde irás cuando la nieve se deshaga en arroyos y se sequen los senderos?
El abrió los ojos, fijándolos más allá de la línea del horizonte, y explicó:
-Seguiré mi camino hacia dónde el destino y mi devoción por la Verdad me conduzcan.
Miriam sus piró. tristemente.
-¿Por qué no te quedas aquí y vives junto a nosotras?
-dijo-. ¿Es que acaso estás obligado a ir a otro sitio?
Se sintió llevado por esas palabras amables y tiernas, pero reaccionó
-Los aldeanos no aceptarían a un monje desterrado como yo, y no me permitirían respirar el aire que ellos
respiran, porque pensarían que todo enemigo del convento es un infiel, maldecido por Dios y los santos.
Miriam permaneció en silencio, pues la Verdad que la atormentaba le impedía continuar hablando. Luego
Kahlil se volvió y explicó:
-Los que tienen autoridad, Miriam, enseñan a estos aldeanos a odiar a todo el que tenga pensamientos
propios; se los instruye a permanecer apartados de aquellos cuya mente vuela con libertad; Dios no desea
ser alabado por el ignorante imitador de otros; si yo permaneciera en esta aldea y pidiera a sus habitantes
que alabaran a quien quisieran, dirían de mí que soy un infiel que desconoce la autoridad con que Dios
invistió al sacerdote. Si les pidiera que prestaran atención a la voz de sus corazones y que se comportaran
de acuerdo a los mandatos de sus almas, dirían que soy un malvado cuyo único propósito es alejarlos del
clero que Dios colocó entre el cielo y la tierra. -Kahlil fijó sus ojos en los de Miriam, y con voz semejante
al sonido de cuerdas de plata, dijo. -Pero Miriam, hay en esta aldea un mágico poder que me ha capturado y
se ha apoderado de mi alma.; un poder divino que me ha hecho olvidar los pesares. En esta aldea vi el
rostro de la Muerte cara a cara, y en este sitio mi alma abrazó el espíritu de Dios. Hay en esta aldea una
hermosa flor nacida del suelo árido; su belleza atrae mi corazón y su fragancia colma mis dominios. ¿Debo
abandonar esta inapreciable flor y salir a predicar las ideas que provocaron mi expulsión del convento, o
debo permanecer junto a esa flor y cavar una tumba y sepultar mis pensamientos y creencias entre las
espinas circundantes? ¿Qué debo hacer, Miriam?
Al oír estas palabras, Miriam se estremeció como el lirio ante la brisa juguetona del alba. Su corazón se
encendió a través de sus ojos cuando dijo con voz tré mula:
-Ambos estamos en manos de una misteriosa y despiadada fuerza. Dejemos que se cumpla su voluntad.
En -ese momento los dos corazones se unieron y poco después sus espíritus se fundían en una antorcha
encendida que iluminaba sus vidas.
V
Desde el principio de la creación y hasta nuestros días, ciertos clanes de heredadas riquezas, en
complicidad con el clero, se han erigido en administradores del pueblo. Es una herida antigua y honda en el
corazón de la sociedad que no podrá cicatrizar mientras exista la ignorancia.
Aquel que adquiere sus riquezas por herencia, construye su mansión con el menguado dinero de los
pobres. El clérigo erige su templo sobre las tumbas y los huesas de los devotos feligreses. El príncipe
maniata los brazos del labriego mientras el sacerdote le vacía los bolsillos; el gobernante contempla a los
hijos de los campos con el ceño fruncido, y el obispo los consuela con una sonrisa, y entre el ceñudo tigre y
el sonriente lobo perece el rebaño; el gobernante se erige en dueño de las leyes, y el sacerdote en ministro
de Dios, y entre ellos los cuerpos se destrozan y las almas se desvanecen en la nada.
En el Líbano, esa montaña rica de luz y pobre de conocimientos, el noble y el sacerdote aunaban
esfuerzos para explotar al labriego que trabajaba la tierra y cosechaba el cereal para protegerse de la espada
del gobernante y el castigo del sacerdote. El rico libanés se paró orgulloso junto a su palacio y llamó a la
multitud para decirles: "El Sultán me ha designado vuestro señor." Y el sacerdote de pie ante el altar, dice:
"Dios me ha escogido como guía de vuestras almas." Mas los libaneses permanecen en silencio, porque los
muertos no hablan.
Sheik Abbas era el amigo del alma de los sacerdotes, pues ellos eran sus aliados para reprimir la.
sabiduría del pueblo y revivir el espíritu de ciega obediencia entre los labriegos.
Aquella noche en que Kahlil y Miriam más se aproximaban al trono del Amor mientras Rachel los
contemplaba con mirada afectuosa, el Padre Elías informaba a Sheik Abbas que el superior del convento
había expulsado a un joven rebelde que había hallado refugio en casa de Rachel, la viuda de Samaan Ramy.
E insatisfecho con la escasa información que había proporcionado al Sheik comentó:
-El demonio que hemos expulsado del convento no podrá convertirse en ángel en esta aldea, así como el
árbol derribado y arrojado al fuego no da frutos mientras se quema. Si deseamos desterrar de la aldea a
animales e indeseables, debemos echarlo como hicieron los monjes.
-¿Estáis seguro de que el joven ejerce una nefasta influencia sobre nuestro pueblo? ¿No sería más
conveniente retenerlo y hacerlo trabajar en los viñedos? -inquirió el Sheik-. Necesitamos hombres fuertes.
El rostro del sacerdote reveló su desagrado. Mientras se acariciaba la barba con los dedos, dijo con
astucia:
-Si fuera apto para el trabajo, no hubiera sido expulsado del convento. Un estudiante que trabaja en el
convento y que anoche fue mi huésped por azar, me informó que este joven había violado las órdenes del
superior predicando ideas peligrosas entre los monjes. Lo citó diciendo: "Devolved a los pobres los campos
y viñedos y las riquezas del convento y esparcidlos a los cuatro vientos; y ayudad a aquellos que no tienen
instrucción; si hacéis esto, halagaréis al Padre que está en los Cielos."
Al escuchar estas palabras, Sheik Abbas se puso de pie violentamente, y como un tigre acechando a su
víctima, se fue hacia la puerta y llamó a los sirvientes ordenándoles que acudieran de inmediato.
Aparecieron tres hombres, a quienes el Sheik ordenó:
-En la casa de Rachel, la viuda de Samaan Ramy, hay un joven que viste hábito de monje. Apresadlo y
traedlo aquí. Si la mujer se resiste, cogedla de los cabellos, arrojadla a la nieve y traedla aquí, juntamente
con el joven, pues quien ayuda a la maldad es la maldad misma.
Los hombres se inclinaron respetuosamente y se encaminaron presurosos hacia la casa de Rachel,
mientras el Sheik y el sacerdote discutían acerca de la clase de castigo que impondrían a Kahlil y Rachel.
VI
El día había huido y la noche se habla instalado cubriendo de sombras las míseras chozas sumergidas en
la espesura de la nieve. Finalmente las estrellas poblaron el cielo, como la esperanza en la eternidad futura
puebla nuestra existencia después de experimentar la agonía de la muerte. Las puertas y ventanas estaban
cerradas, pero adentro las lámparas encendidas. Los labriegos se hallaban junto al fuego que caldeaba sus
cuerpos. Rachel, Miriam y Kahlil estaban sentados a la rústica mesa de madera comiendo su cena, cuando
se oyó un golpe en la puerta y tres hombres entraron. Rachel y Miriam se asustaron, pero Kahlil se.
mantuvo en calma, como si la llegada de los hombres no le sorprendiera. Uno de los sirvientes del Sheik se
dirigió hacia Kahlil, le apoyó las manos en los hombros y preguntó:
-¿Tú eres el que ha sido expulsado del convento? -Sí, soy yo. ¿Qué buscáis?
-Tenemos órdenes de arrestarte y de llevarte ante Sheik Abbas, y si te resistes te arrastraremos. -
respondió el hombre. Rachel palideció y exclamó:
-¿Qué crimen ha cometido, y por qué queréis atarlo y arrojarlo a la nieve?
Las dos mujeres clamaron con voz gimiente diciendo: -Es uno solo mientras vosotros sois tres, y es
propio de cobardes hacerlo sufrir.
El hombre se encolerizó y vociferó:
¿Es que existe mujer alguna en esta aldea que se oponga a las órdenes del Sheik?
Entonces extrajo una soga y comenzó a atar las manos de Kahlil. Kahlil levantó orgulloso el rostro, y una
apesadumbrada sonrisa pareció dibujársele en los labios cuando dijo:
-Siento pena pues sois un instrumento ciego y poderoso en manos de un hombre que oprime a los débiles
con la fuerza de vuestros brazos. Sois esclavos de la ignorancia. Ayer yo era como vosotros, pero mañana
vosotros seréis libres como yo lo soy ahora. Hay entre nosotros un abismo profundo que ahoga mi voz de
ruego y os oculta mi realidad. Eso os impide oír o ver. Aquí me tenéis, atad mis manos y haced lo que os
plazca.
Los tres hombres se conmovieron con sus palabras y parecía como si su voz hubiera despertado en ellos
un nuevo espíritu; pero la voz de Sheik Abbas aún resonaba en sus oídos conminándolos a completar su
misión. Ataron sus manos y lo condujeron en silencio hacia el exterior, sintiendo el peso de sus
conciencias. Rachel y Miriam los acompañaron hasta la casa del Sheik, como las hijas de Jerusalén
acompañaron a Cristo hasta el Calvario.
VII
Las noticias, tengan o no importancia, se divulgan rápidamente entre los habitantes de las pequeñas
aldeas, pues el estar alejados de la sociedad los hace comentar con ansiedad entre ellos los acontecimientos
de sus limitados dominios. En invierno, cuando los campos descansan bajo un manto de nieve y la vida
humana se refugia y se guarece junto al fuego, los aldeanos sienten la imperiosa necesidad de enterarse de
las últimas novedades para permanecer ocupados.
Poco después de que Kahlil fuera arrestado, la noticia se difundió entre los aldeanos como una epidemia.
Abandonaron sus cabañas como un ejército proveniente de todas las direcciones para dirigirse hacia la casa
del Sheik Abbas. Cuando Kahlil penetró en la casa del Sheik, el lugar ya estaba repleto de hombres,
mujeres y niños deseosos de echar una mirada al infiel que había sido expulsado del convento. También
estaban ansiosos por ver a Rachel y a su hija, quienes lo habían ayudado a contagiar la peste diabólica de la
herejía en el cielo puro de su aldea.
El Sheik sé ubicó en el asiento principal y junto a él se sentó el Padre Elías, mientras la muchedumbre
contemplaba al joven maniatado que valientemente permanecía ante sus ojos. Rachel y Miriam, de pie
detrás de Kahlil, temblaban de miedo. ¿Pero qué daño puede causar el miedo al corazón de una mujer que
halló la Verdad y siguió sus huellas? ¿Qué daño puede causar la desidia de la multitud al alma de una
doncella a quien ha sorprendido el Amor? Sheik Abbas miró al joven y lo interrogó con voz atronadora:
¿Cómo te llamas, hombre?
-Mi nombre es Kahlil -respondió el joven.
¿Quiénes son vuestros padres y familiares, y dónde nacisteis? -preguntó el Sheik.
Kahlil se volvió hacia los labriegos que lo miraban llenos de odio, y dijo:
-Los pobres y oprimidos son mi clan y familiares, y he nacido en esta vasta nación.
Sheik Abbas dijo, con un dejo de sorna:
Aquellos a quienes has reconocido como vuestros parientes piden que seáis castigado, y la nación que
has proclamado como vuestro lugar de nacimiento se opone a que forméis parte de su pueblo.
-Las naciones ignorantes castigan a sus mejores ciudadanos y los entregan a sus déspotas; y la nación
gobernada por un tirano, persigue a aquellos que tratan de liberar a su pueblo de las garras de la esclavitud.
¿Pero es capaz un buen hijo de abandonar a su madre si ella está enferma? ¿Puede el piadoso negar a su
hermano miserable? Esos pobres hombres que me arrestaron y me trajeron hoy hasta aquí son los mismos
que ayer se sometían a ti. Y esta tierra ilimitada que desconoce mi existencia es la misma que no traga ni
engulle a los ávidos déspotas.
El Sheik profirió una risa penetrante, como si quisiera desahuciar al joven e impedirle que influenciara a
la concurrencia. Se volvió hacia Kahlil y dijo tratando de impresionar:
- ¡Ah! cuidador de ganado, ¿acaso pensáis que seremos más clementes que los monjes que os expulsaron
del convento? ¿Acaso pensáis que nos compadeceremos de un peligroso agitador?
-Es verdad que he cuidado del ganado, pero me siento feliz de no ser carnicero. He conducido mis
rebaños a las ricas praderas y jamás pastaron en tierras áridas. Los he llevado a beber de los más cristalinos
manantiales y nunca a los apestados pantanos. Al atardecer regresaban a salvo a los establos y jamás los
abandonaba en los valles para que fueran presa de los lobos. Así he tratado a los animales; y si vosotros
hubierais seguido mi ejemplo y hubierais tratado a los seres humanos como yo traté a mis rebaños, esta
pobre gente no viviría en humildes cabañas ni sufriría los tormentos de la pobreza, mientras vosotros vivís
como Nerón en esta deslumbrante mansión.
La frente del Sheik relucía con gotas de sudor, y su contrariedad se transformó en ira, pero se esforzó por
mantener la calma simulando no prestar atención a las palabras de Kahlil, y señalándolo exclamó:
-Eres un hereje, y no escucharemos vuestras ridículas palabras; te hemos mandado traer para que seáis
juzgado como un criminal, y aquí estás en presencia del Amo de esta aldea investido como el representante
de vuestra Excelencia el Emir Ameen Shehad. Te hallas ante el Padre Elías, ministro de la Sagrada Iglesia a
cuyas enseñanzas te opones. Ahora, defiéndete o híncate de rodillas ante esta gente y te perdonaremos y
nombraremos cuidador de ganado, igual que cuando estabas en el convento.
-Un criminal no puede ser juzgado por otro criminal
-respondió Kahlil con tranquilidad-, así como el ateo no puede defenderse ante los pecadores. Kahlil miró
a la concurrencia y dijo: -Hermanos: el hombre a quien llamáis Señor de vuestros campos, y a quien así os
habéis sometido por largo tiempo, me ha traído para juzgarme a este edificio construido sobre las tumbas
de vuestros antepasados. Y aquel que se convirtió en pastor de vuestra iglesia con su fe, ha venido a
juzgarme y a ayudaros a humillarme y a aumentar mis sufrimientos. Os habéis apresurado a venir a este
sitio desde donde estuvierais para verme sufrir y clamar misericordia. Habéis abandonado vuestro hogares
para ver maniatado a vuestro hijo y hermano. Habéis venido a ver la presa estremeciéndose en. las garras
de una bestia feroz. Habéis venido aquí esta noche para regocijaros con el infiel que está de pie ante los
jueces. Yo soy el criminal y hereje expulsado del convento. La tempestad me trajo hasta vuestra aldea.
Escuchad mi defensa, y no seáis piadosos pero sí justos, pues la piedad se concede al criminal, mientras que
la justicia es la recompensa del inocente.
"Os selecciono ahora para que seáis mis jueces, pero la voluntad del pueblo es la voluntad de Dios.
Revivid vuestros corazones y escuchad atentamente y luego procesadme de acuerdo con lo que os dicte la
conciencia. Os han dicho que soy un infiel, pero no os han informado de qué crimen o pecado soy culpable.
Me habéis visto maniatado como un ladrón, pero nada sabéis de las calumnias de que fui objeto, sin
embargo los castigos surgen atronadores. Mi crimen, queridos compatriotas, es haber comprendido vuestra
desdicha, pues he sentido en carne propia el peso de las cadenas que os oprimen. Mi pecado es el sincero
pesar por vuestras mujeres; es la compasión por vuestros niños que beben de los pechos la vida mezclada
con la sombra de la muerte. Soy uno de vosotros, y mis antepasados habitaron estos valles y murieron bajo
el mismo yugo que ahora aprisiona vuestras cabezas. Creo en Dios que escucha el llanto de las almas
dolientes, y creo en las Escrituras que nos hermanan en el cielo. Creo en las enseñanzas que nos hacen
semejantes y que nos dejan en libertad sobre la tierra, donde transita cauteloso el Señor.
"Mientras cuidaba las vacas del convento, y contemplaba la sufriente condición que soportáis, escuché el
grito desesperado que venía de vuestras humildes moradas: el grito de almas oprimidas, el grito de
corazones ultrajados aprisionados en vuestros cuerpos como esclavos del señor de estos campos. Al mirar
me hallé en el convento y a vosotros en los campos, y os vi como a un rebaño persiguiendo al lobo que
huye hacia su cubil; y al detenerme en medio del camino para socorrer a las ovejas, pedí ayuda a gritos,
pero el lobo me atacó con sus afilados colmillos.
"He sobrevivido a la prisión, al hambre y la sed en aras de la verdad que sólo hiere al cuerpo. He
padecido lo indecible porque transformé vuestros quejosos suspiros en voz enérgica que sacudió con su eco
los muros del convento.
Nunca sentí miedo ni cansancio porque vuestro doliente llanto inyectaba cada día renovada fuerza a mi
corazón rejuveneciéndolo. Podéis preguntaros: ¿Quién de nosotros ha pedido socorro alguna vez, y quién
se atreve a despegar los labios? Pero yo os digo que vuestras almas gimen cada día y cada noche, aunque
vosotros no podéis oírlas, pues los que agonizan no pueden escuchar los latidos quejumbrosos de sus
corazones que sin embargo, son escuchados por quienes se encuentran a su lado. El ave mutilada, pese a
sus esfuerzos danza penosamente sin saber por qué, pero los testigos de esa danza conocen su origen. ¿En
qué momento del día no suspiráis dolorosamente? ¿Es acaso por la mañana, cuando el amo r a la vida,
rasgando el velo que cubre vuestros ojos, os llama para conduciros a los campos como esclavos? ¿Es acaso
al mediodía, cuando deseáis sentaros a la sombra de los árboles para protegeros del sol abrasador? ¿O es
acaso al atardecer, cuando regresáis hambrientos a vuestros hogares, anhelando un sustancioso plato de
comida en vez de un magro bocado y agua impura? ¿O por las noches, cuando la fatiga os arroja sobre
vuestras camas maltrechas, y ni bien el cansancio cierra vuestros párpados, volvéis a incorporaros
desvelados temiendo que la voz del Sheik retumbe en vuestros oídos? ¿En que estación del año no os
lamentáis de vuestra suerte? ¿Es acaso en primavera, cuando la naturaleza se viste primorosa y, salís a su
encuentro con harapientos vestidos? ¿O es en verano, cuando recogéis el trigo y el maíz y colmáis con ellos
los graneros de vuestro señor, para recibir en recompensa sólo heno y paja? ¿Es acaso en otoño, cuando
recogéis los frutos y lleváis las uvas al lagar, y recibís a cambio una jarra de vinagre y un saco de marlos?
¿O en invierno, cuando, confinados en vuestra cabañas sepultadas bajo la nieve, os sentáis junto al fuego y
tembláis cuando los cielos enfurecidos os conminan más allá del límite de vuestras mentes débiles?
"Ésta es la vida de los pobres; este es el llanto perpetuo que escucho. Esto es lo que impulsa a mi espíritu
a rebelarse contra los opresores y despreciar su conducta. Cuando pedí a los monjes que se apiadaran de
vosotros, pensaron que era ateo, y me res
Por arkaiko
KAHLIL , EL HEREJE // EL LLANTO DE LOS SEPULCROS // KHALIL GIBRAN
Por arkaiko
PENSAMIENTOS Y MEDITACIONES // GIBRÁN KHALIL GIBRÁN
GIBRÁN KHALIL GIBRÁN
PENSAMIENTOS Y MEDITACIONES
(1961)
EL RETORNO DEL AMADO
Al caer la noche el enemigo huyó con cortes de espada y heridas de lanza grabados en su espalda. Nuestros héroes hicieron ondear banderas de triunfo y entonaron cantos de victoria al ritmo de los cascos de sus caballos, que resonaban en; las piedras del valle.
La luna ya se había levantado de atrás de Fam El Mizab. Las rocas, enormes y elevadas, parecían alzarse con el espíritu del pueblo, y el bosque de cedros semejaba una medalla de honor en el pecho del Líbano.
Continuaron su marcha, y la luna brilló por encima de sus armas. Las lejanas cavernas resonaron repitiendo sus cánticos de alabanza y victoria hasta que, al pie de una cuesta, los detuvo el relincho de un caballo que se erguía entre las rocas grises como esculpido en ellas.
En las cercanías del caballo encontraron un cuerpo, cuya sangre había manchado la tierra en que yacía.
.Mostradme su espada y os diré quién es su dueño -gritó el jefe del escuadrón.
Algunos soldados desmontaron y rodearon al muerto. Uno de ellos dijo al jefe:
-Sus dedos cogen la empuñadura con toda su fuerza. Sería afrentoso quitarle la espada.
Otro dijo:
-La espada está cubierta por la sangre de la vida que huía y que ahora oculta su metal.
Un tercero agregó:
-La sangre coaguló tanto sobre la mano como sobre la empuñadura, e hizo de ellas una sola pieza.
El jefe, entonces, desmontó y caminó hacia el cuerpo.
-Levantad su cabeza -dijo-, y dejad que la luna ilumine su rostro, de modo que podamos saber quién es.
Los hombres hicieron lo ordenado y el rostro del muerto apareció detrás del Velo de la Muerte, con signos de valor y nobleza. Era el rostro de un poderoso caballero y trasuntaba virilidad. Era el rostro de alguien que había chocado valientemente contra el enemigo y se enfrentaba a la muerte sonriendo. El rostro de un héroe libanés que, ese día, había dado testimonio del triunfo pero no había vivido para marchar y cantar y celebrar la victoria con sus camaradas.
Cuando sacaron el paño de seda de su pálido rostro y le limpiaron el polvo de la batalla, el jefe, como en agonía, gritó:
- ¡Es el hijo de Assaaby! ¡Qué terrible pérdida!
Y los hombres repitieron ese nombre, suspirando. El silencio, entonces, los cubrió, y sus corazones, embriagados por el néctar de la victoria, recuperaron la sobriedad, porque habían visto algo más grande que la gloria del triunfo en la pérdida de un héroe.
En esa escena de espanto se erguían como estatuas de mármol, y sus lenguas, tiesas, se encontraban mudas y sin voz. Esto es lo que la muerte hace con las almas de los héroes: llorar y lamentarse es cosa de mujeres, quejarse y gritar es propio de niños. Para el dolor de los hombres de armas lo único digno es el silencio, que atenaza el corazón con tanta fuerza como las garras del águila la garganta de su presa. Es ese silencio que se eleva por encima de las lágrimas y gemidos el que, en su majestad, agrega pavor y angustia a la desgracia, ese silencio que hace que el alma descienda de la cima de la montaña al abismo. Ese silencio que anuncia la llegada de la tempestad. Y cuando la tempestad no se hace presente es porque el silencio resulta más fuerte que ella.
Quitaron entonces la ropa al joven héroe para ver dónde había clavado la muerte sus aceradas garras y en, su pecho aparecieron las heridas, como labios que hablaban en la sere nidad de la noche proclamando la valentía de los hombres.
El jefe se acercó al cuerpo y cayó de rodillas. Mirando mejor al guerrero muerto encontró un pañuelo bordado cofa hilos de oro atado en torno a su brazo y reconoció la mano que había hilado la seda, y los dedos que habían tejido su hebra. Lo guardó debajo de sus ropas y se apartó lentamente, ocultando con mano temblorosa su rostro agobiado. Hasta entonces esa mano había arrancado, con su fuerza, las cabezas del enemigo. Pero en ese momento temblaba porque había tocado el borde de un pañuelo atado por dedos amantes en torno del brazo de un héroe ya muerto, un héroe que volvería a ella sin vida, sobre las espaldas de sus camaradas.
Mientras el espíritu del jefe fluctuaba analizando tanto la tiranía de la muerte cuanto los secretos del amor, uno delos hombres propuso:
-Cavemos una tumba debajo de aquel roble, para que las raíces puedan beber su sangre y las ramas reciban alimento de- sus despojos. Ganará en fuerza y se volverá inmortal; quedará como símbolo que proclame a montes y valles su valentía y su fuerza.
-Llevémoslo al bosque de cedros y sepultémoslo al lado de la iglesia -agregó otro-: allí sus huesos estarán eternamente custodiados por la sombra de la cruz.
-Enterrémoslo aquí -dijo otro-, donde su sangre ya se ha mezclado con la tierra. Y dejemos que la espada permanezca en su diestra. Coloquemos su lanza a su lado y sacrifiquemos su caballo sobre la tumba. Y que sus armas sean su alegría en la soledad.
Pero uno objetó:
-No enterremos una espada manchada con la sangre del enemigo ni sacrifiquemos un corcel que resistió a la muerte en el campo de batalla. No abandonemos en la soledad armas habituadas a la acción y a la fuerza: llevémosles a sus parientes como buena y grande herencia.
-Arrodillémonos a su lado y recemos las plegarias del Nazareno para que Dios quiera perdonarlo y bendecir nuestra victoria -dijo otro.
-Levantémoslo sobre nuestras espaldas en un féretro Formado por nuestros escudos y lanzas y recorramos otra vez este valle de nuestra victoria con él en andas para que los labios de sus heridas sonrían antes de verse envueltos por la tierra de la tumba -propuso un camarada.
Y otro:
-Montéenoslo en su corcel y, sosteniéndolo con las calaveras de los enemigos muertos y ciñéndoles su lanza, conduzcámoslo a la aldea como vencedor. No cedió a la muerte hasta después de cargarla con el peso de las almas de los enemigos.
-Vamos -dijo uno-, enterrémoslo al pie de esta montaña. El eco de las grutas será su acompañante y el murmullo del arroyo su trovador. Sus huesos deben reposar en el desierto, donde los pasos de la noche silenciosa son leves y suaves.
Otro objetó:
-No. No lo dejemos aquí, porque aquí habitan el tedio y la soledad. Llevémoslo al camposanto de la aldea. Los espíritus de nuestros antepasados lo acompañarán y hablarán con él en el silencio de la noche, y le narrarán las historias de sus guerras y las sagas de sus glorias.
El jefe caminó entonces hacia el centro y pidió silencio. Suspiró y dijo:
-No lo fastidiemos con historias de guerra ni repitamos a los oídos de su alma, que ronda por encima de nosotros, las narraciones de espadas y lanzas. Mejor llevémoslo tranquila y silenciosamente a su lugar de nacimiento, donde un alma amorosa espera su regreso al hogar... el alma de una doncella que espera su retorno del campo de batalla. Devolvámoslo para que no pierda la última mirada a su rostro y el último beso a su frente.
Así, lo cargaron sobre sus espaldas y marcharon en silencio, gachas las cabezas y caídos los ojos. Su caballo, apenado, se afanaba detrás de ellos arrastrando las riendas por el suelo y profiriendo, de tanto en tanto, un relincho desolado que retumbaba en las cavernas como si ellas tuviesen corazón y compartieran su tristeza.
El cortejo triunfal marchó tras la cabalgata de la muerte por el espinoso sendero del valle, iluminado por la luna, y el espíritu del Amor señaló el camino arrastrando sus alas rotas.
UNIÓN
Cuando la noche embelleció el ropaje del cielo con las joyas de las estrellas, una hurí se remontó desde el valle del Nilo y revoloteó en el cielo con alas invisibles. Se sentó en un trono de niebla que colgaba entre el cielo y el mar, mientras delante de ella pasaba una multitud de ángeles que cantaban al unísono: "Gloria, gloria, gloria a la hija del Egipto, cuya grandeza llena el orbe."
Entonces, en la cima de Fam El Mizab, circundada por el bosque de cedros, las manos de los serafines alzaron a una joven sombra, que se sentó en el trono al lado de la hurí. Los espíritus los rodearon cantando: "Gloria, gloria, gloria al joven del Líbano, cuya magnificencia llena los tiempos."
Y cuando el novio tomó las manos de su amada y miró en sus ojos, las olas y el viento esparcieron su comunión por todo el universo:
¡Qué perfecto es tu esplendor, hija de Isis, y qué enorme mi adoración por ti!
¡Qué elegante eres entre los jóvenes, hijo de Astarté, cuán poderosamente te deseo!
Mi amor es tan fuerte como tus pirámides, y el tiempo no podrá destruirlo.
Mi amor es tan firme como tus Cedros Sagrados, y los elementos no podrán con él.
Sabios de todas las naciones de oriente y occidente vienen a beber de tu sabiduría y a descifrar tus signos.
Eruditos de todos los reinos del mundo vienen a embriagarse con el néctar de tu belleza y con la magia de tu voz. Tus palabras son fuentes de abundancia.
Tus brazos son manantiales de agua pura y tu aliento una brisa refrescante.
Los palacios y los templos del Nilo anuncian tu gloria y la Esfinge da fe de tu grandeza.
Los cedros de tu pecho son como medallas de honor y las torres que te rodean son señal de tu valentía y fortaleza. ¡Qué dulce es tu amor, y qué maravillosa la esperanza que alientas!
¡Qué generoso compañero eres. Y qué esposo leal has mostrado ser. Qué sublimes son tus dones y tu sacrificio! Me enviaste jóvenes que eran como el. despertar después de un profundo sueño. Me diste hombres llenos de osadía para conquistar la debilidad de mi pueblo, humanistas para exaltarlo y genios que enriquecieran sus poderes.
De las semillas que te envié hiciste brotar flores; de los renuevos, árboles. Porque tú eres una pradera virgen en la que crecen rosas y lirios y se levantan cipreses y cedros.
Veo tristeza en tus ojos, amor mío, ¿acaso te apena estar a mi lado?
Tengo hijos e hijas que emigraron al otro lado de los mares y me dejaron llorando y añorando su regreso.
¿Es que tienes miedo, hija del Nilo y preferida de todas las naciones?
Temo que se me acerque un tirano de voz dulce que, luego, me domine con la fuerza de sus brazos.
La vida de las naciones es, amor mío, como la vida de los individuos: se alegra con la esperanza y es una con el temor, la acosan los deseos y la angustia la desesperación.
Los amantes se abrazaron y se besaron y de las copas del amor bebieron el fragante vino de los tiempos. Y el coro de ángeles cantó: "Gloria, gloria, gloria, la gloria del amor llena los cielos y la tierra."
MI ALMA ME HABLÓ
Mi alma me habló y me enseñó a amar lo que el pueblo aborrece y a proteger lo que denigra.
Mi alma me mostró que el amor se enorgullece no sólo del ser que ama sino también del amado.
Antes de que mi alma me hablara, en mi corazón el amor era como una delgada cuerda ajustada entre dos clavijas. Pero ahora el amor se ha transformado en un halo cuyo comienzo es su final y cuyo final es su comienzo. Rodea a todos los seres y se difunde lentamente hasta abrazar todo lo que existe.
Mi alma me advirtió y me hizo percibir la belleza oculta de la piel, la forma y el matiz. Me enseñó a meditar sobre lo que la gente llama feo hasta que aparece su verdadero encanto y deleite.
Antes de que mi alma me aconsejara, para mí la belleza era una antorcha temblorosa entre columnas de humo. Ahora que se desvaneció el humo no veo sino la llama.
Mí alma me habló y me hizo oír voces que no pronuncian la lengua, la laringe ni los labios.
Antes de que mi alma me hablara yo no oía más que gritos y gemidos. Pero ahora, ansiosamente, puedo oír el silencio y escucho sus coros cantando los himnos de los tiempos y los cánticos del firmamento, que anuncian los secretos de lo oculto.
Mi alma me habló y me enseñó a beber el vino que no procede de lagares ni puede escanciarse de copas que puedan levantar las manos ni tocar los labios.
Antes de que mi alma me hablara, mi sed era como una chispa confusa escondida bajo las cenizas que pueda apagar un sorbo de agua.
Mi alma me habló y me enseñó a tocar lo que aún no se ha encarnado; ella reveló que todo lo qúe tocamos es parte de nuestro deseo.
Pero ahora mis dedos se transformaron en bruma que penetra en lo que se ve del universo y se confunde con lo invisible.
Mi alma me enseñó a aspirar el perfume que no emiten el mirto ni el incienso. Antes de que mi alma me hablara yo deseaba aspirar la fragancia del perfume en los jardines, en los frascos o en los incensarios.
Pero ahora puedo gustar del incienso que no se quema como ofrenda en sacrificio. Y lleno mi corazón con una fragancia que ninguna brisa condujo a través del espacio.
Mi alma me habló y me enseñó a decir "Estoy listo" cuando lo desconocido y el peligro me llaman.
Antes de que mi alma me hablara yo no respondía a ninguna voz, salvo a la del pregonero que conocía, y sólo caminaba por el sendero cómodo y fácil.
Ahora lo desconocido es un corcel que puedo montar para conocerlo, y la llanura se volvió escalera y por sus peldaños trepó a la cima.
Mi alma me habló y me dijo: "No midas el tiempo diciendo: Hubo un ayer y habrá un mañana."
Antes de que mi alma me hablara creía que el pasado era una época que nunca volvería y que el futuro nunca podía ser alcanzado.
Ahora me doy cuenta de que el presente contiene a todo tiempo y que en el se encuentra todo lo que puede esperarse, todo lo realizado y todo lo cumplido.
Mi alma me habló exhortándome a no limitar el espacio diciendo: "Aquí, allí, allá."
Antes de que mi alma me hablara yo sentía que por cualquier parte que caminaba estaba lejos de todo otro espacio.
Ahora comprendo que en cualquier lugar que esté se encuentran todos los lugares y que la distancia que camino abarca todas las distancias.
Mi alma me enseñó a estar despierto mientras otros duermen y a entregarme al sueño cuando otros están en movimiento.
Antes de que mi alma me hablara yo no distinguía sus sueños al dormirse ni ellos advertían mis fantasías.
Ahora yo nunca zarpo en el buque de mis sueños a menos que ellos me vigilen, y ellos nunca se remontan por el cielo de sus fantasías a menos que yo las comparta en su libertad.
Mi alma me habló y dijo: "No te alegres con el elogio y no te angusties con el reproche."
Antes de que mi alma me aconsejara yo dudaba del mérito de mi trabajo.
Ahora me doy cuenta de que los árboles florecen en primavera y dan sus frutos en verano sin esperar elogio, y dejan caer sus hojas en otoño y quedan desnudos en invierno sin temor al reproche.
Mi alma me habló y me hizo ver que no soy más que el enano ni menos que el gigante.
Antes de que mi alma me hablara yo veía a la humanidad dividida en dos clases de hombres: una débil, de la que me compadecía, y una fuerte, a la que seguía o resistía desafiante.
Pero ahora aprendí que soy como ambos y estoy hecho de los mismos elementos. Mi origen es su origen, mi conciencia es su conciencia, mi pretensión su pretensión y mi peregrinaje su peregrinaje.
Mi alma me habló y me dijo: la linterna que llevas no es tuya y la canción que cantas no fue compuesta en lo profundo de tu corazón, porque aunque sostengas la luz no eres la luz, y aunque seas un laúd con las cuerdas tensas no eres el ejecutante.
Mi alma me habló, hermana, y me enseñó muchas cosas. Y tu alma también te ha hablado y también te ha enseñado. Porque tú y yo somos uno y no hay diferencia entre nosotros, salvo que yo haya proclamado lo que hay en mi ser íntimo, mientras tú lo guardas como un secreto de tu intimidad. Pero en tu reserva hay una especie de virtud.
VISIÓN
Cuando llegó la Noche y el Sueño desplegó su manto sobre la faz de la Tierra, abandoné mi lecho y caminé hacia el mar diciendo: "El mar nunca duerme, y en su vigilia hay consuelo para el alma despierta."
Cuando llegué a la playa, la bruma de las montañas había cubierto la región como un velo que adorna el rostro de una joven. Miré las múltiples olas y escuché la plegaria de Dios;
medité entonces sobre el poder eterno que ellas encierran, ese poder que se despliega con la tempestad, crece con el volcán, sonríe a través de los labios de las rosas y canta con los arroyos.
Entonces, sentados en una roca, vi tres espectros. Avancé a los tumbos, como si algún poder me empujara contra mi voluntad.
Me detuve a pocos pasos de ellos, como dominado aún por una fuerza mágica. Uno de los espectros se levantó en ese momento y, con una voz que parecía surgir del fondo del mar, dijo:
-La vida sin Amor es como un árbol sin flores ni frutos. Y el Amor sin Belleza es como una flor sin perfume o un fruto sin semilla... La Vida, el Amor y la Belleza son tres oersonas en una, que no pueden separarse ni cambiar.
Un segundo espectro, con voz, rugiente como agua torrentosa, dijo:
-La Vida sin Rebelión es como las estaciones sin primavera. Y la Rebelión sin justicia es como la primavera en un desierto árido... Vida, Rebelión y Justicia son una sola y no pueden cambiarse ni separarse.
El tercer espectro habló entonces con voz sonora como el resonar del trueno:
-La Vida sin Libertad es como un cuerpo sin alma, y la Libertad sin Reflexionar es como un espíritu confuso... Vida, Libertad y Reflexión son una sola y eterna y no pasan.
Luego los tres espectros se levantaron y con voz tremenda dijeron:
Lo que engendra el Amor
Lo que crea la Rebelión,
Lo que exalta la Libertar
Son tres manifestaciones de Dios
Y Dios es la expresión
De la inteligencia del Universo.
El susurro de alas invisibles y el temblor de cuerpos etéreos se mezcló entonces con el Silencio que prevaleció y se enseñoreó.
Cerré mis ojos y escuché el eco de lo que acababa de oír; cuando volví a abrirlos sólo vi el mar envuelto en niebla. Me acerqué a la roca en la que se habían sentado los tres espectros y encontré solamente un hilo de humo de incienso que trepaba hacia el cielo.
COMUNIÓN DE ESPÍRITUS
¡Despierta, amor, despierta!, que mi espíritu te saluda desde el otro lado del mar y te ofrece sus alas por encima de las olas furiosas.
Despierta, que el silencio suspendió el estruendo de las pezuñas de los caballos y de las pisadas de los caminantes. El sueño abrazó los espíritus de los hombres, pero yo, sólo yo, permanezco despierto: el deseo me redime del sueño que todo lo envuelve.
El amor acerca a ti, pero, entonces, me aleja la ansiedad. Amor mío, abandoné mi lecho atemorizado por el fantasma del olvido que se esconde entre las mantas.
¡Dejé de lado mi libro porque mis visiones acallaban las palabras y volvían blancas las páginas, para mis ojos! Despierta. Despierta, amor mío y escúchame.
¡Te oigo, amor! Oigo tu llamado del otro lado del mar y siento el dulce contacto de tus alas. Abandoné mi cama y caminé por el pasto, y el rocío de la noche mojó mis pies y el borde de mi vestido. Aquí estoy, bajo las flores del almendro, escuchando el llamado de tu espíritu.
Háblame, amor, y deja que tu hálito cabalgue sobre la brisa que me llega de los valles del Líbano. Habla, sólo yo escucho; la noche retiene en sus alcobas a todos lós demás.
Amor mío, el cielo tejió un velo de luz de luna y lo desplegó sobre el Líbano.
Con las sombras de la noche el cielo formó un grueso telón, forrado con el humo de los talleres y el soplo de la Muerte y lo colocó, amor mío, sobre la ciudad.
Los aldeanos se han dormido en sus chozas, rodeadas de sauces y nogales, sus espíritus, mi amor, ya partieron para la tierra de los sueños.
Los hombres se inclinan bajo el peso del oro y el empinado de hierba afloja sus rodillas. La inquietud y el aburrimiento oprime sus ojos, y los fantasmas del Miedo y la Desesperación los llevan a refugiarse en sus camas.
Los fantasmas de edades pasadas caminan por los valles y los espíritus de reyes y profetas rondan por montes y colinas. Mis visiones, guiadas por la memoria, me muestran el poder de los caldeos, el esplendor de los asirios y la nobleza de los árabes.
Por las siniestras callejuelas pasan los espíritus torvos de los ladrones; en las grietas de los muros aparecen las víboras de la lujuria, y el escalofrío de la enfermedad, mezclado con la agonía de la Muerte, se estremece por las calles. La memoria arrancó el velo del olvido de mis ojos y me muestran las abominaciones de Sodoma y los pecados de Gomorra.
Amor mío, las ramas se ,inclinan y su crujido se une al murmullo del arroyo en el valle, repitiendo para nuestros oídos los cánticos de Salomón, las melodías del arpa de David y los cantos de Ishak al-Mausili.
Tiemblan las almas de los niños hambrientos en sus casas; la visión de las madres acunando lechos de miseria y desesperación ya llegó al cielo. Sueños de ansiedad afligen los corazones de los enfermizos. Oigo sus amargos lamentos. La fragancia de las flores se mezcló con el punzante hálito de los cedros. Transportada ponla brisa juguetona por encima de las colinas, llena el alma con afecto e inspira ansias, de volar.
Pero también surgen las miasmas enfermas de los pantanos y, como agudas flechas secretas, penetran los sentidos y emponzoñan el aire.
Amor mío, ya llegó la mañana y los dulces dedos de la vigilia acarician los ojos de los soñadores. Los rayos de luz llaman a abrir las persianas y descubrir la determinación y gloria de la vida. Las aldeas, que se recuestan, pacíficas y tranquilas, sobre las espaldas del valle, despiertan de su sueño; las campanas de las iglesias llenan el aire con sus placenteros llamados a la plegaria matutina. Y desde las cuevas el repiqueteo se repite en eco, como si toda la Naturaleza se uniera en plegaria reverente. Los terneros ya abandonaron sus establos y las ovejas y las cabras sus cobertizos, para pacer en la hierba resplandeciente por el rocío. Los pastores les preceden, tocando su caramillo, y detrás van las doncellas, cantando como pájaros que saludan el nuevo día.
Y ahora la pesada mano del día se ha asentado sobre la ciudad. Ya se han corrido las cortinas de las ventanas,y las puertas están abiertas. En los talleres asoman los ojos fatigados y los rostros ojerosos de los trabajadores. Sienten que la muerte se inmiscuye en sus vidas, y en sus semblantes arrugados aparecen el Temor y la Desesperación. Almas anhelantes y apuradas congestionan las calles, y por todas partes se oye el repiqueteo del hierro, el rechinar de las ruedas y el silbido del vapor. La ciudad se ha vuelto un campo de batalla, en el que el fuerte domina al débil y el rico explota y tiraniza al pobre.
Qué hermosa es la vida, amor mío; es como el corazón del poeta, lleno de luz y ternura.
"Y qué cruel es la vida, amor mío; es como el corazón de un criminal, palpitante de vicio y temor.
BAJO EL SOL
Contemplé todas las obras que se hacen bajó el sol,
y he aquí que todas ellas son vanidad y aflicción
del espíritu.
Eclesiastés
¡Oh espíritu de Salomón, que rondas por el reino etéreo! Tú, que desechaste los harapos de la materia y dejaste detrás de ti esas palabras que, nacidas de la debilidad y la miseria, desalientan a quienes aún son prisioneros de sus cuerpos.
Tú sabes que esta vida tiene un sentido que la Muerte no oculta. Pero ¿cómo puede acceder la humanidad a un conocimiento que sólo se logra cuando el alma se libera de las ataduras?
Ahora comprendes que la vida no es una aflicción del espíritu, que no todo lo que se hace bajo el sol es vanidad, que de algún modo todo se dirigió siempre y siempre se diri. gira hacia la Verdad. Nosotros, miserables criaturas aceptamos tu decir terrenal como palabras de gran sabiduría. Sin embargo son puertas que oscurecen la mente y anulan la esperanza.
Ahora comprendes que la ignorancia, la maldad y el despotismo tienen sus causas y que la Belleza es revelación de la sabiduría, producto de la virtud y fruto de la justicia.
Ahora sabes que el dolor y la pobreza purifican el corazón del hombre; aunque nuestras débiles voluntades no. ven en el universo nada de más valor que el ocio y la felicidad.
Ahora puedes ver que el espíritu avanza hacia la luz a pesar de las privaciones terrenas. Sin embargo repetimos tus palabras,- que. enseñan que un hombre no es más que un juguete en manos de lo desconocido.
Te has lamentado de haber sembrado en nuestros corazones desaliento frente a la vida en el mundo y temor frente a la vida en el más allá. 'Sin embargo, seguimos prestando oídos a tus palabras mundanas.
¡Oh espíritu de Salomón, que ahora habitas la Eternidad! Manifiéstate a los amantes de la sabiduría y enséñales a no transitar el sendero de la herejía y la miseria. Quizás sirva como reparación por un error no intencional.
UNA MIRADA AL FUTURO
Desde atrás del muro del Presente oí los himnos de la humanidad. Oí el sonido de las campanas que anunciaban el comienzo de la plegaria en el templo de la Belleza. Campanas moldeadas con el metal de la emoción y suspendidas sobre el altar sagrado, el corazón humano.
Desde atrás del Futuro vi multitudes que cumplían con su culto en el seno de la Naturaleza, sus rostros vueltos al Oriente, esperando la inundación de la luz de la mañana, la mañana de la Verdad.
Vi la ciudad en ruinas y que nada quedaba para hablar al hombre de la derrota de la Ignorancia y del tiempo de la Luz.
Vi a los ancianos sentados a la sombra de los cipreses y de los sauces, rodeados por jóvenes que oían sus narraciones de otros tiempos.
Vi a los jóvenes rasgueando sus guitarras y tocando sus caramillos, y a las doncellas bailando bajo los jazmines, con las trenzas al viento.
Vi a los hombres cosechando trigo y a sus esposa reuniendo las gavillas y cantando alegres canciones.
Vi a una mujer que se adornaba con una corona de lilas. Vi que la amistad entre el hombre y todas las criaturas se estrechaba, y familias de pájaros y mariposas, confiadas y seguras, que volaban hacia los arroyos.
Vi que no había pobreza; tampoco encontré exceso. Vi que la fraternidad y la igualdad reinaban entre los hombres.
Vi que no había médicos, porque cada uno tenía los medios y el conocimiento para curarse a sí mismo.
Encontré que no había sacerdotes, porque la conciencia había llegado a ser el Supremo Sacerdote. Tampoco vi abogados, porque la Naturaleza había tomado el lugar de los tribunales y regían tratados de amistad y unión.
Vi que el hombre sabía que él es la piedra fundamental de la creación y que se ha elevado por encima de la pequeñez y bajeza y ha arrancado el velo de la confusión de los ojos del alma. Este alma ahora lee lo que las nubes escriben en el cielo y lo que la brisa dibuja sobre la superficie del agua; ahora entiende el significado del perfume de las flores y las modulaciones del ruiseñor.
Desde atrás del muro del Presente, sobre la plataforma de las edades venideras, vi a la Belleza como a una novia y al Espíritu como a un novio; la Vida era la Noche ceremonial del Kedre[L1] .
LA DIOSA DE LA FANTASIA
Y después de un fatigoso viaje, llegué a las ruinas de Palmira. Exhausto, caí sobre la hierba que crecía entre las columnas rotas y arrasadas por el tiempo, semejantes a restos abandonados por ejércitos invasores.
Al caer la tarde, cuando el oscuro manto de silencio abrazaba a todas las criaturas, sentí un extraño perfume en el aire, tan fragante como el incienso y tan embriagador como el vino. Mi espíritu se abrió para libar ese néctar etéreo. Pareció entonces que una pesada mano presionaba mis sentidos: mis párpados pesaron mientras mi espíritu se sentía libre de sus cadenas.
Entonces la tierra tambaleó a mis pies, el cielo tembló encima de mí y me vi levantado como por un poder mágico. Me encontré entonces en una pradera como nadie nunca había imaginado, en medio de una multitud de vírgenes que no usaban otros vestidos que la belleza que Dios les había dado. Caminaron alrededor de mí, pero sus pies no tocaban la hierba. Cantaron himnos que expresaban sueños de amor. Cada doncella tocaba un laúd de marfil con cuerdas de oro.
Me encontré en un gran claro en cuyo centro se hallaba un trono tachonado con piedras preciosas e iluminado por los rayos del arco iris. A sus lados había doncellas que levantaban sus voces mientras miraban hacia el sitio de donde provenía un perfume de mirra e incienso. Los árboles estaban en flor y, de entre sus ramas, cargadas de capullos, apareció una reina que caminó majestuosamente hacia el trono. Al sentarse, una bandada de palomas blancas como la nieve descendió y se ubicó en torno de sus pies, formando una medialuna, mientras las doncellas cantaban himnos de gloria. Y yo permanecí mirando lo que los ojos de ningún hombre habían visto.
Entonces la reina hizo una señal que movió a silencio. Con voz que provocó en mi espíritu un estremecimiento similar al de las cuerdas del laús en manos de un músico, dijo:
-Hombre, te he llamado porque soy la Diosa de la Fantasía. Te he concedido el honor de presentarte ante mí, la Reina de las praderas de los sueños. Escucha mis órdenes, porque te designo para que las prediques a toda la raza humana: explica a los hombres que la ciudad de los sueños es una fiesta de casamiento a cuya puerta se halla de guardia un poderoso gigante. Nadie puede entrar si no usa ropas de casamiento. Haz saber que esta ciudad es un paraíso cuyo centinela es el ángel del Amor; ningún ser humano puede entrar si no lleva inscripto en la frente el signo del Amor. Descríbeles estos hermosos campos, cuyos ríos fluyen con néctar y vino, cuyos pájaros navegan por los cielos y cantan con los ángeles. Describe el perfume aromático de sus flores y comunica que sólo el Hijo del Sueño puede pisar su muelle pasto.
"Haz saber que di al hombre una copa de alegría, pero que él, en su ignorancia, la derramó. Entonces los angeles de la Oscuridad penaron la copa con el brebaje de la aflicción, que el hombre bebió hasta embriagarse.
"Di que nadie puede tocar la lira de la Vida a menos que yo haya bendecido sus dedos y que la visión de mi trono haya santificado sus ojos.
"Isaías escribió palabras sabias como collar de piedras preciosas. montado en la cadena de oro de mi amor. San Juan refirió su visión en mi nombre y Dante pudo explorar el puerto de las almas sólo con mi guía. Soy una metáfora que abarca la realidad y soy la realidad que revela la unidad del espíritu y un testigo que confirma los hechos de los dioses.
"En verdad te digo que las ideas tienen una morada superior al mundo visible y que en sus cielos no navegan las nubes de fa sensualidad. La imaginación se abre camino al reino de los dioses, donde el hombre puede vislumbrar lo que hay después de la liberación del alma del mundo de la sustancia. Y la diosa de la Fantasía me atrajo hacia ella con su magica mirada, imprimió un beso sobre mis labios ardientes y dijo:
-Proclama que quien no pasa sus días en el reino de los sueños es esclavo de los días.
Luego las voces de las vírgenes se alzaron nuevamente y la columna de incienso ascendió. Entonces la tierra comenzó a tambalear nuevamente y el, cielo tembló y súbitamente me encontré otra vez entre las tristes ruinas de Palmira.
El amanecer, sonriente, ya se había hecho presente, y entre mi lengua y mis labios se hallaban las palabras "Quien no pasa sus días en el reino de los sueños es esclavo de los días."
HISTORIA Y NACIÓN
A orillas de un arroyo que serpenteaba entre las rocas, al pie del Monte Líbano, se sentó una pastora, rodeada por su rebaño de ovejas flacas que pacían la hierba' seca. Miró hacia el crepúsculo distante como si el futuro estuviera pasando por delante de ella; las lágrimas habían enjoyado sus ojos como gotas de rocío que adornan las flores. La pena le había entreabierto los labios para penetrar en ella y ocupar su corazón suspirante.
Después de la puesta del sol, cuando lomas y sierras se ocultaban entre las sombras, la Historia se plantó ante la doncella. Era un anciano cuyo cabello blanco caía como nieve sobre su pecho y sus hombros y en su mano derecha llevaba una hoz afilada. Con voz rugiente como el mar dijo:
-La paz sea contigo, Siria[L2] .
La doncella se levantó, temblando temerosa, y preguntó:
-¿Qué quieres de mí, Historia?-Señaló entonces a sus ovejas y dijo:-Esto es lo que queda de un saludable rebaño que una vez llenó este valle. Esto es todo lo que tu codicia me dejó. ¿Ahora has venido a saciar tu gula en ello?
"Tus pies atropelladores pisotearon estas tierras que una vez fueron tan fértiles hasta reducirlas a polvo estéril. Mis ovejas, que antes pacían flores y producían leche abundante, roen ahora cardos que las dejan flacas y secas.
"Ten temor de Dios, Historia, y no me aflijas más. Tu sola presencia me ha llevado a detestar la vida y la crueldad de tu hoz me hizo amar a la Muerte.
"Deja que en mi soledad apure la copa de la amargura, mi mejor vino. Vete, Historia, al Occidente, donde se celebra la fiesta de matrimonio de la vida. Deja que aquí lamente el desamparo en que me has dejado.
Escondiendo la hoz entre los pliegues de su vestidura, la Historia la miró como un padre amante a su hijo y dijo:
-Oh Siria, lo que he tomado de ti eran mis propios dones. Debes saber que las naciones hermanas tienen derecho a parte de la gloria que era tuya. Debo darles lo que te di. Tu condición es como la de Egipto, Persia o Grecia, porque todas ellas tienen rebaños flacos y pastos secos. Oh Siria,, lo que llamas degradación es un sueño indispensable del que sacarás fuerzas. La flor vuelve a la vida a través de la muerte y el amor no florece sino después de la separación.
El anciano se acercó a la doncella, le extendió la mano y dijo:
-Estrecha mi mano, Hija de los Profetas.
Y ella estrechó su mano y lo miró desde atrás de un velo de lágrimas y dijo:
-Adiós, Historia, adiós.
-Hasta que nos volvamos a encontrar, Siria -respondió él-, hasta que nos volvamos a encontrar.
Y el anciano desapareció como repentino relámpago, y la pastora llamó a sus ovejas y retomó su camino diciendo para sí misma: "¿Habrá realmente otro encuentro?"
EL ANIMAL SILENCIOSO
En la mirada del animal silencioso hay un discurso que sólo el alma del sabio puede comprender verdaderamente.
un poeta indio
En el crepúsculo de un hermoso día, cuando la fantasía se apodera de mi mente, pasé por el borde de la ciudad y me detuve ante las ruinas de una casa abandonada, de la que sólo quedaban las piedras.
Entre las ruinas vi un perro que yacía sobre suciedad y cenizas. Su piel estaba cubierta de úlceras y la enfermedad atormentaba su cuerpo débil. Sus ojos tristes miraban una y otra vez al sol poniente y expresaban humillación, desesperanza y miseria.
Me acerqué a él con el deseo de saber el lenguaje animal para que mi compasión pudiera consolarlo. Pero solo logré aterrorizarlo, e intentó levantarse sobre sus patas paralizadas. Cayéndose, me echó una mirada en la que se mezclaba la ira impotente con la súplica. En esa mirada había un discurso más lúcido que el del hombre y más conmovedor que las lágrimas de la mujer. Esto es lo que entendí que decía:
-Hombre, sufrí la enfermedad que causó tu brutalidad y persecución.
"Huí de tú pie rudo y me refugié aquí, porque el polvo y las cenizas son más dulces que el corazón del hombre y estas ruinas menos tristes que su alma. Vete, intruso del mundo del desgobierno y la injusticia.
"Soy una miserable criatura que sirvió al hijo de Adán con fe y lealtad. Era el más fiel compañero del hombre; lo cuidaba noche y día. Me afligía en su ausencia y lo recibía con alegría a su regreso. Me contentaba con las migajas que caían de su mesa y me alegraba con los huesos que sus dientes habían despojado de carne. Pero cuando me volví viejo y enfermo, me sacó de su hogar y me abandonó a los despiadados jóvenes de las callejuelas.
"Oh hijo de Adán, veo el paralelismo que existe entre mi caso y el de tus prójimos imposibilitados por la edad. Hay soldados que lucharon por su país cuando estaban en la flor de la vida y que luego labraron su suelo. Pero ahora que ha llegado el invierno de sus vidas y ya no son útiles se ven desechados.
"También veo un parecido entre mi suerte y la de una mujer que, en los días dé su adorable juventud, alegró el corazón de un joven y que después, como madre, dedicó su vida a sus hijos. Pero ahora, ya anciana, es ignorada y eludida ¡Qué tiránico eres, hijo de Adán. Y qué cruel!
Así habló el silencioso animal, y mi corazónlo comprendió
POETAS Y POEMAS
Si mis hermanos los poetas se hubieran imaginado que los collares de versos que compusieron y que las estrofas que formaron y reunieron algún día serían riendas para contener el talento, habrían roto sus manuscritos.
Si Al-Mutanabbi [L3] el profeta, hubiera profetizado y Al Fard[L4] , el vidente, hubiera previsto que lo que ellos habían escrito llegaría a ser fuente donde beben quienes no tienen nada que decir y guía forzada para nuestros poetas de hoy, habrían derramado su tinta en el pozo del Olvido y habrían roto sus plumas con manos negligentes.
Si los espíritus de Homero, Virgilio, Al-Maary [L5] y Milton hubieran sabido que la poesía se convertiría en el perrito faldero del rico, habrían renegado de un mundo en el que eso pudiera ocurrir.
Me aflige oír el lenguaje de los espíritus bastardeado por la lengua de los ignorantes. Cuando veo que el vino de las musas se derrama por la pluma de los pretensiosos siento que mi alma desfallece.
Tampoco me encuentro aislado en el valle del Resentimiento, porque soy sólo uno de los muchos que ven que la rana se hincha para imitar al búfalo.
La poesía, queridos amigos, es la encarnación sagrada de una sonrisa. La poesía es un suspiro que seca las lágrimas. La poesía es un espíritu que mora en el alma; su alimento es el corazón y su vino el afecto. La poesía que no se presenta así es un falso mesías.
¡Oh espíritus de los poetas, que veláis por nosotros desde el cielo de la Eternidad!, nos dirigimos a los altares que habéis adornado con las perlas de vuestros pensamientos y las gemas de vuestras almas porque estamos oprimidos por el repiqueteo del acero y el estruendo de las fábricas. Por eso nuestros poemas son tan pesados como trenes de carga y tan fastidiosos como silbatos de locomotoras.
Y vosotros, verdaderos poetas, olvidadnos. Pertenecemos al Nuevo Mundo, en el que los hombres corren tras de bienes terrenos y en el que, hoy, la poesía también es una mercancía y no un hálito de inmortalidad.
ENTRE LAS RUINAS
La luna desplegó su diáfano velo sobre los Jardines de la Ciudad del Sol [L6] y el silencio cubrió a todos los seres. Los palacios derrumbados miraban amenazadoramente, como monstruos despectivos.
A esa hora dos fantasmas, como vapor que emerge de las aguas del lago, se sentaron sobre una columna de mármol, examinando la escena, que parecía mágica. Uno de ellos levantó la cabeza y, con una voz que retumbó en ecos, dijo:
-Estos son los restos de los templos que construí para ti, mi amor, y estas las piedras de un palacio que levanté para tu alegría. No queda nada más que hable a las-naciones de la gloria a la que dediqué mi vida y de la pompa por la que exploté al débil.
"Amor mío, piensa y reflexiona acerca de los hechos que finalmente vencieron sobre mi ciudad y en torno del Tiempo que destruyó mis esfuerzos.
"El olvido ya borró el imperio que establecí: de él sólo quedan los átomos de amor que creó tu belleza y los efectos de la belleza que animó tu amor.
"Erigí un templo en Jerusalén; los sacerdotes lo santificaron, pero el tiempo lo destruyó. Sin embargo, Dios consagró el altar que, para el amor, construí en mi corazón; allí se mantiene a salvo de los poderes de la destrucción.
"Los hombres dijeron de mí: ‘Qué rey sabio’; los ángeles, en cambio: ‘Qué insignificante es su sabiduría.’ Pero los ángeles se alegraron cuando te encontré, amor mío, y cantaron para ti el cántico de Amor y deseo; sin embargo, los hombres no oyeron mi himno...
"Los días de mi reino eran barrera que impedía que comprendieran al Amor y la belleza de la vida, pero cuando te vi. despertó el Amor y derribó esas barreras; entonces lamenté la vida que había perdido pensando que todo lo que existía bajo el sol era vanidad.
"Cuando el Amor me iluminó, me volví humilde, tanto ante las tribus que habían temido mi poder militar como ante mi propio pueblo.
"Pero cuando llegó la muerte, enterró mis armas mortíferas en la tierra y condujo mi amor hacia Dios.
Y el otro fantasma dijo:
-Tal como la flor adquiere vida y perfume aromático che la tierra, el alma saca sabiduría y fuerza de la debilidad y los errores de la materia.
Entonces, ambos, fundidos en uno, se fueron diciendo:
La Eternidad sóla salva al Amor,
Porque el Amor es como la Eternidad.
A LA PUERTA DEL TEMPLO
Para hablar del Amor purifiqué mis labios con el fuego sagrado, pero no pude encontrar palabras adecuadas.
Cuando conocí el amor, las palabras se diluyeron en un lánguido jadeo y el canto de mi corazón en un profundo silencio.
¡Oh vosotros que me habéis preguntado acerca del Amor, vosotros, a los que persuadí de sus misterios y maravillas, ahora, desde que el Amor me envolvió con su velo, tengo que preguntaros sobre el rumbo del Amor y su mérito.
¿Quién puede responder a mis preguntas? Pregunto sobre lo que hay en mi interior: quiero enterarme por mí mismo. ¿Quién de vosotros puede revelarme a mí mismo mi yo más profundo, mi alma a mi alma?
Decidme, por el amor de Bios, qué es la llama que arde en mi corazón devorando mis fuerzas y anulando mi voluntad. ¿Qué son esas suaves y ásperas manos escondidas que aprietan mi alma; qué es ese vino que, mezcla de felicidad y dulce pena, baña mi corazón?
¿Qué son esas alas que rondan mi almohada en el silencio de la noche, manteniéndome despierto mirando nadie sabe a qué?
¿Qué es ese algo invisible en el que clavo la mirada, qué ese algo incomprensible que rumio, qué el sentimiento que no puede ser percibido?
En mis visiones hay un sentimiento más hermoso que el eco dula risa y más arrobador que la felicidad.
¿Por qué me rindo a un poder desconocido que me mata y me vuelve a la vida hasta que apunta la aurora y llena mi habitación con su luz?
Los fantasmas de la vigilia tiemblan entre mis párpados secos y las sombras de los sueños rondan mi duro lecho. ¿Qué es lo que llamamos Amor? Decidme, ¿qué es ese secreto escondido en el tiempo que afecta todos los sentidos? ¿Qué es ese sentido que aparece a la vez como origen y resultado de todo?
¿Qué es esta vigilia que de la vida y la muerte hace un sueño más extraño que la vida y más grave que la muerte? Decidme, amigos, ¿alguno de vosotros no despertaría del sueño de la Vida si el Amor tocara su alma con la punta de su dedo?
¿Quién de vosotros no abandonaría padre y madre al llamado de la doncella amada de su corazón?
¿Quién de vosotros no navegaría mares distantes, cruzaría desiertos y treparía el pico más alto para encontrarse con la mujer que su alma eligió?
¿Qué alma juvenil no seguiría hasta el fin del mundo a la doncella que con su hálito aromático, su dulce voz y manos mágicamente suaves enajenó su alma?
¿Qué ser no quemaría su corazón como incienso ante un dios que escucha sus súplicas y accede a sus plegarias?
Ayer me detuve a la puerta del templo e interrogué a quienes pasaban sobre el misterio y el mérito del Amor.
Y por delante de mí pasó un anciano de rostro delgado y melancólico que suspiró y dijo:
-El amor es una debilidad natural que nos legó el primer hombre.
Pero un joven viril replicó:
-El amor une nuestro presente con el pasado y el futuro. Entonces una mujer de cara trágica agregó:
-El amor es un veneno mortífero que inyectan víboras negras que se arrastran desde las cuevas del inrierno. El veneno parece fresco como el rocío y el alma sedienta lo bebe anhelante; después de una pasajera embriaguez, el bebedor enferma y muere una muerte lenta.
Luego, una jovencita de mejillas rosadas dijo sonriendo:
-El amor es el vino que sirven las novias del amanecer: fortifica las almas fuertes y les permite ascender a las estrellas. Después de ella, un hombre vestido de negro y con barba, frunciendo el ceño arguyó:
-El amor es la ciega ignorancia con la que comienza y termina la juventud.
Otro, sonriendo, declaró:
-El amor es un conocimiento divino que permite que el hombre vea tanto como los dioses.
Tanteando el camino con su bastón, un ciego dijo entonces:
-El amor es una niebla enceguecedora que impide que el alma perciba el secreto de la existencia, de modo que el corazón sólo ve fantasmas temblorosos de deseo entre los cerros y sólo oye ecos de gritos en los valles mudos.
Un joven, tocando su viola, cantó:
-El amor es un rayo mágico que emite el núcleo ardiente del alma y que ilumina la tierra circundante. Hace que percibamos la vida como un hermoso sueño entre un despertar y otro.
Y un anciano enfermizo, que arrastraba sus pies como andrajos, dijo temblorosamente:
-El amor es el descanso del cuerpo en el silencio de la tumba, la tranquilidad del alma en el abismo de la Eternidad. Después dé él, un niño de cinco años afirmó riendo:
-El amor es mi papá y mi mamá y nadie conoce el amor más que mi papá y mi mamá.
Y así cada uno de los que pasó dio del Amor la imagen de sus esperanzas y frustraciones, dejándolo en el misterio como antes.
Entonces oí una voz en el interior del templo:
-La vida está dividida en dos mitades, una helada, la otra ardiente.; la mitad ardiente es el Amor.
Luego entré al templo, me arrodillé y alegrándome, recé:
Haz de mí, oh Dios, comida
Para la llama inflamada...
Haz de mí, oh Señor, alimento
Para el fuego sagrado... Amén.
NARCÓTICOS Y ESCALPELOS
"Es inmoderado y fanático hasta la locura. Aunque es un idealista, su finalidad literaria consiste en envenenar la mente de los jóvenes... Si hombres y mujeres siguieran los consejos de Gibran sobre el matrimonio, se romperían los lazos familiares, la sociedad sucumbiría y el mundo se volvería un infierno poblado de diablos y demonios.
"Su estilo es hermosamente seductor, lo que significa el peligro de este inveterado enemigo de la humanidad. A los habitantes de esta montaña sagrada (el monte Líbano) les aconsejamos que rechacen las insidiosas enseñanzas de este hereje anarquista y que quemen sus libros, para que sus doctrinas no lleven por el mal camino a los inocentes. Leímos Alas Rotas y verificamos que era veneno cubierto de miel."
Eso es lo que la gente dice de mí, y está en lo cierto, porque soy muy fanático y siendo predilección tanto por la destrucción como por la construcción. Mi corazón odia lo que mis detractores santifican y ama lo que ellos rechazan. Y si pudiera desarraigar algunas costumbres, creencias y tradiciones de la gente, lo haría sin dudar. Cuando afirman que mis libros son un veneno, dicen la verdad, porque lo que yo digo es veneno para ellos. Pero mienten cuando dicen que lo mezclo con miel, porque yo uso el veneno en toda su potencia y lo sirvo en un vaso transparente. Los que me llaman dealista que anda en las nubes son los mismos que se alejan del vaso transparente que contiene lo que llaman veneno, porque saben que sus estómagos no lo resisten.
Puede sonar truculento, pero ¿acaso la truculencia no es preferible a la simulación seductora?
Los pueblos del Oriente quieren que el escritor sea como una abeja y esté siempre libando miel. Glotones de mil, la prefieren a cualquier otro alimento.
Los pueblos del Oriente quieren que sus poetas se quemen como incienso ante sus sultanes. Los cielos orientales están nauseabundos de incienso, pero los pueblos de Oriente no tienen bastante.
Quieren que el mundo aprenda su historia, estudie sus antigüedades, costumbres y tradiciones y qué adquiera su lengua. También cuentan con que los que los conocen no repetirán las palabras de Baidaba el filósofo, Ben Rished, Ephraim Al-Cyriani y Juan de Damasco.
Los pueblos del Oriente, en síntesis, quieren hacer de su pasado una justificación y un lecho de ocio. Huyen del pensamiento positivo y de las enseñanzas positivas y de cualquier conocimiento de la realidad que pueda aguijonearlos y despertarlos de su sueño.
El Oriente está enfermo, pero está tan acostumbrado a sus dolencias que ha llegado a considerarlas naturales y hasta nobles cualidades que lo distinguen de otros pueblos.
Considera que quien no tiene esas cualidades está incompleto y es inepto para recibir el don divino de la perfección.
En Oriente los médicos de la sociedad son muchos, y muchos los pacientes que siguen sin curarse, pero parecen aliviados de sus enfermedades porque se encuentran bajo los efectos de narcóticos sociales. Pero esos tranquilizantes ¡ólo enmascaran los síntomas.
Varias son las fuentes de las que se destilan esos narcóticos, pero la principal es la filosofía oriental de la sumisión al destino (la obra de Dios). Otra fuente es la cobardía de los médicos sociales qué temen aumentar el dolor administrando medicinas drásticas.
Vayan algunos ejemplos de esos tranquilizantes sociales: Una pareja de esposos descubre que, por razones sustanciales, el odio ha reemplazado al amor entre ellos. Después de un largo tormento, mutuo se separan. Inmediatamente sus padres se reúnen y llegan a algún acuerdo para reconciliar a la pareja deshecha. Primero acosan a la mujer con falsedades; luego ablandan al marido con engaños similares. No convencen a ninguno de los dos, pero ambos se humillan en una ficción de paz. Sin embargo, esta situación no dura: los efectos del narcótico social se disipan pronto y la miserable pareja vuelve por nuevas dosis.
O bien un grupo o un partido se rebela contra un gobierno despótico y propone reformas políticas para liberar de sus cadenas a los oprimidos. Distribuye manifiestos, pronuncia feroces discursos y publica artículos punzantes. Pero al mes siguiente nos enteramos de que el gobierno puso preso a su dirigente o lo silenció dándole un importante rango. Y no se oyó más nada.
O una secta se rebéla contra su jefe religioso, acusándolo de cometer delitos y amenazando con adoptar otra religión, más humana y libre de supersticiones. Pero poco después nos enteramos de que los hombres sabios del país lograron la reconciliación del pastor y la grey aplicando narcóticos sociales.
Criando un débil se queja de la opresión del fuerte, su prójimo lo calmará: "Calla y alégrate, así lo dispone el Destino."
Cuando un aldeano duda de la santidad del sacerdote, le dirán: "Atiende sólo a sus enseñanzas y olvida sus defectos y fechorías."
Cuando un maestro reprende a un estudiante, suele decir: "Las excusas que inventa un joven perezoso suelen ser, peores que el mismo delito."
Si una hija se niega a adherir a las costumbres de la madre, ésta dirá: "La hija no es mejor que la madre: en consecuencia debe seguir los pasos maternos."
Si un joven pide a un sacerdote que le explique el significado de un viejo rito, el predicador lo reprobará, diciendo: "Hijo, el que no mire la religión con los ojos de la fe no verá nada más que niebla y humo."
De ese modo el Oriente descansa sobre su lecho mullido. El que duerme despierta un momento cuando lo pica una pulga y:luego retoma su sueño narcótico.
Y si alguien intenta despertarlos, los que duermen lo acusan de comportarse groseramente y de no dormir ni dejar dormir. Luego cierran nuevamente los ojos y susurran a los oídos de sus almas: "Es un infiel que envenena la mente de los jóvenes y socava los fundamentos eternos."
Muchas veces pregunté a mi alma: "¿Soy uno de esos rebeldes despiertos que rechazan los narcóticos?" Y mi alma respondió crípticamente. Pero cuando oigo que injurian mi nombre y mis principios, me siento seguro de que estoy despierto y de que puedo contarme entre los que no se rinden a los sueños de la droga, que pertenezco a aquellos fuertes de corazón que caminan por senderos estrechos y espinosos en los que también se pueden encontrar flores, en medio de lobos que aúllan y de ruise&n
Por arkaiko

GIBRÁN KHALIL GIBRÁN
EL LOCO
(1918)
Me preguntáis como me volví loco. Así sucedió:
Un día, mucho antes de que nacieran los dioses, desperté de un profundo sueño y descubrí que me habían robado todas mis máscaras -si; las siete máscaras que yo mismo me había confeccionado, y que llevé en siete vidas distintas-; corrí sin máscara por las calles atestadas de gente, gritando:
-¡Ladrones! ¡Ladrones! ¡Malditos ladrones!
Hombres y mujeres se reían de mí, y al verme, varias personas, llenas de espanto, corrieron a refugiarse en sus casas. Y cuando llegué a la plaza del mercado, un joven, de pie en la azotea de su casa, señalándome gritó:
-Miren! ¡Es un loco!
Alcé la cabeza para ver quién gritaba, y por vez primera el sol besó mi desnudo rostro, y mi alma se inflamó de amor al sol, y ya no quise tener máscaras. Y como si fuera presa de un trance, grité:
-¡Benditos! ¡Benditos sean los ladrones que me robaron mis máscaras!
Así fue que me convertí en un loco.
Y en mi locura he hallado libertad y seguridad; la libertad de la soledad y la seguridad de no ser comprendido, pues quienes nos comprenden esclavizan una parte de nuestro ser.
Pero no dejéis que me enorgullezca demasiado de mi seguridad; ni siquiera el ladrón encarcelado está a salvo de otro ladrón.
DIOS
En los días de mi más remota antigüedad, cuando el temblor primero del habla llegó a mis labios, subí a la montaña santa y hablé a Dios, diciéndole:
-Amo, soy tu esclavo. Tu oculta voluntades mi ley, y te obedeceré por siempre jamás.
Pero Dios no me contestó, y pasó de largo como una potente borrasca.
Y mil años después volví a subir a la montaña santa, y volví a hablar a Dios, diciéndole:
-Creador mío, soy tu criatura. Me hiciste de barro, y te debo todo cuanto soy.
Y Dios no contestó; pasó de largo como mil alas en presuroso vuelo.
Y mil años después volví a escalar la montaña santa, y hablé a Dios nuevamente, diciéndole:
-Padre, soy tu hijo. Tu piedad y tu amor me dieron vida, y mediante el amor y la adoración a ti heredaré tu Reino. Pero Dios no me contestó; pasó de largo como la niebla que tiende un velo sobre las distantes montañas.
Y mil años después volví a escalar la sagrada montaña, y volví a invocar a Dios, diciéndole:
-¡Dios mío!, mi supremo anhelo y mi plenitud, soy tu ayer y eres mi mañana. Soy tu raíz en la tierra y tú eres mi flor en el cielo; junto creceremos ante la faz del sol.
Y Dios se inclinó hacia mí, y me susurró al oído dulces palabras. Y como el mar, que abraza al arroyo que corre hasta él, Dios me abrazó.
Y cuando bajé a las planicies, y a los valles vi que Dios también estaba allí.
AMIGO MÍO
Amigo mío... yo no soy lo que parezco. Mi aspecto exterior no es sino un traje que llevo puesto; un traje hecho cuidadosamente, que me protege de tus preguntas, y a ti, de mi
negligencia.
El "yo" que hay en mí, amigo mío, mora en la casa del silencio, y allí permanecerá para siempre, inadvertido, inabordable.
No quisiera que creyeras en lo que digo ni que confiaras en lo que hago, pues mis palabras no son otra cosa que tus propios pensamientos, hechos sonido, y mis hechos son tus propias esperanzas en acción.
Cuando dices: "El viento sopla hacia el oriente", digo: "Sí, siempre sopla hacia el oriente"; pues no quiero que sepas entonces que mi mente no mora en el viento, sino en el mar.
No puedes comprender mis navegantes pensamientos, ni me interesa que los comprendas. Prefiero estar a solar en el mar.
Cuando es de día para tí, amigo mío, es de noche para mí; sin embargo, todavía entonces hablo de la luz del día que danza en las montañas, y de la sombra purpúrea que se abre paso por el valle; pues no puedes oír las canciones de mi oscuridad, ni puedes ver mis alas que se agitan contra las estrellas, y no me interesa que oigas ni que veas lo que pasa en mí; prefiero estar a solas con la noche.
Cuando tú subes a tu Cielo yo desciendo a mi infierno. Y aún entonces me llamas a través del golfo infranqueable que nos separa: " ¡Compañero! ¡Camarada!" Y te contesto:
" ¡Compañero! ¡Camarada!, porque no quiero que veas mi Infierno. Las llamas te cegarían, y el humo te ahogaría. Y me gusta mi Infierno; lo amo al grado de no dejar que lo visites. Prefiero estar solo en mi Infierno.
Tu amas la Verdad, la Belleza y lo Justo, y yo, por complacerte, digo que está bien, y simulo amar estas cosas. Pero en el fondo de mi corazón me río de tu amor por estas entidades. Sin embargo, no te dejo ver mi risa: prefiero reír a solas.
Amigo mío, eres bueno, discreto y sensato; es más: eres perfecto. Y yo, a mi vez, hablo contigo con sensatez y discreción, pero... estoy loco. Sólo que enmascaro mi locura. Prefiero estar loco, a solas.
Amigo mío, tú no eres mi amigo. Pero, ¿cómo hacer que lo comprendas? Mi senda no es tu senda y, sin embargo, caminamos juntos, tomados de la mano.
EL ESPANTAPÁJAROS
-Debes de estar cansado de permanecer inmóvil en este solitario campo- dije en día a un espantapájaros.
-La dicha de asustar es profunda y duradera; nunca me cansa- me dijo.
Tras un minuto de reflexión, le dije:
-Es verdad; pues yo también he conocido esa dicha. -Sólo quienes están rellenos de paja pueden conocerla -me dijo.
Entonces, me alejé del espantapájaros, sin saber si me había elogiado o minimizado.
Transcurrió un año, durante el cual el espantapájaros se convirtió en filósofo.
Y cuando volví a pasar junto a él, vi que dos cuervos habían anidado bajo su sombrero.
LAS SONÁMBULAS
En mi ciudad natal vivían una mujer y sus hija, que caminaban dormidas.
Una noche, mientras el silencio envolvía al mundo, la mujer y su hija caminaron dormidas hasta que se reunieron en el jardín envuelto en un velo de niebla.
Y la madre habló primero:
- ¡Al fin! -dijo-. ¡Al fin puedo decírtelo, mi enemiga! ¡A ti, que destrozaste mi juventud, y que has vivido edificando tu vida en las ruinas de la mía! ¡Tengo deseos de matarte!
Luego, la hija habló, en estos términos:
- ¡Oh mujer odiosa, egoísta .y vieja! ¡Te interpones entre mi libérrimo ego y yo! ¡Quisieras que mi vida fuera un eco de tu propia vida marchita! ¡Desearías que estuvieras muerta!
En aquel instante cantó el gallo, y ambas mujeres despertaron.
-¿Eres tú, tesoro? -dijo la madre amablemente.
-Sí; soy yo, madre querida -respondió la hija con la misma amabilidad.
EL PERRO SABIO
Un día, un perro sabio pasó cerca de un grupo de gatos. Y viendo el perro que los gatos parecían estar absortos, hablando entre sí, y que no advertían su presencia, se detuvo a escuchar lo que decían.
Se levantó entonces, grave y circunspecto, un gran gato, observó a sus compañeros.
-Hermanos -dijo-, orad; y cuando hayáis orado una y otra vez, y vuelto a orar, sin duda alguna lloverán ratones del cielo.
Al oírlo, el perro rió para sus adentros, y se alejó de los gatos, diciendo:
-¡Ciegos e insensatos felinos! ¿No está escrito, y no lo he sabido siempre, y mis padres antes que yo que lo que llueve cuando elevamos al Cielo súplicas y plegarias son huesos, y no ratones?
LOS DOS ERMITAÑOS
En una lejana montaña vivían dos ermitaños que rendían culto a Dios y que se amaban uno al otro.
Los dos ermitaños poseían una escudilla de barro que constituía su única posesión.
Un día, un espíritu malo entró en el corazón del ermitaño más viejo, el cual fue a ver al más joven.
-Hace ya mucho tiempo que hemos vivido juntos -le dijo-. Ha llegado la hora de separarnos. Por tanto, dividamos nuestras posesiones.
Al oírlo, el ermitaño más joven se entristeció.
-Hermano mío -dijo-, me causa pesar que tengas que dejarme. Pero si es necesario que te marches, que así sea. Y fue por la escudilla de barro, y se la dio a su compañero, diciéndole
-No podemos repartirla, hermano; que sea para ti.
-No acepto tu caridad -replicó el otro-. No tomaré sino lo que me pertenece. Debemos partirla.
El joven razonó:
-Si rompemos la escudilla, ¿de qué nos servirá a ti o a mí? Si te parece, propongo que la juguemos a suerte.
Pero el ermitaño persistió en su empeño.
-Sólo tomaré lo que en justicia me corresponde, y no confiaré la escudilla ni mis derechos a la suerte. Debe partirse la escudilla.
El ermitaño más joven, viendo que no salían razones, dijo:
-Está bien: si tal es tu deseo, y si te niegas a aceptar la escudilla, rompámosla y repartámosla.
Y entonces el rostro del ermitaño más viejo se descompuso de ira, y gritó:
- ¡Ah, maldito_ cobarde! no te atreves a pelear, ¿eh?
DEL DAR Y EL RECIBIR
Había una vez un hombre que poseía todo un valle lleno de agujas. Y un día, la madre de Jesús acudió a aquel hombre y le dijo:
-Amigo mío, la túnica de mi hijo se rasgó, y tengo que remendársela antes de que salga para el templo. ¿Quieres darme una de tus agujas?
Pero, en vez de darle la aguja, aquel hombre pronunció un erudito discurso acerca Del dar y del recibir, para que María se lo repitiera a su Hijo antes de que éste saliera para el templo.
LOS SIETE EGOS
En la hora más silente de la noche, mientras estaba yo acostado y dormitando, mis siete egos sentáronse en rueda a conversar en susurros, en estos términos:
Primer Ego: -He vivido aquí, en este loco, todos estos años, y no he hecho otra cosa que renovar sus penas de día y reavivar su tristeza de noche. No puedo soportar más mi destino, y me rebelo.
Segundo Ego: -Hermano, es mejor tu destino que el mío, pues me ha tocado ser el ego alegre de este loco. Río cuando está alegre y canto sus horas de dicha, y con pies alados danzo sus más alegres pensamientos. Soy yo quien se rebela contra tan fatigante existencia.
Tercer Ego: - ¿Y de mi qué decís, el ego aguijoneado por el amor, la tea llameante de salvaje pasión y fantásticos deseos? Es el ego enfermo de amor el que debe rebelarse contra este loco.
Cuarto Ego: -El más miserable de todos vosotros soy yo, pues sólo me tocó en suerte el odio y las ansias destructivas. Yo, el ego tormentoso, el que nació en las negras cuevas del infierno, soy el que tiene más derecho a protestar por servir a este loco.
Quinto Ego: -No; yo soy, el ego pensante, el ego de la imaginación, el que sufre hambre y sed, el condenado a vagar sin descanso en busca de lo desconocido y de lo increado... soy yo, y no vosotros, quien tiene más derecho a rebelarse.
Sexto Ego: -Y yo, el ego que trabaja, el agobiado trabajador que con pacientes manos y ansiosa mirada va modelando los días en imágenes y va dando a los elementos sin forma contornos nuevos y eternos... Soy yo, el solitario, el que más motivos tiene para rebelarse contra este inquieto loco.
Séptimo Ego: - ¡Qué extraño que todos os rebeléis contra este hombre por tener a cada uno de vosotros una misión prescrita de antemano! ¡Ah! ¡Cómo quisiera ser uno de vosotros, un ego con un propósito y un destino marcado! Pero no; no tengo un propósito fijo: soy el ego que no hace nada; el que se sienta en el mudo y vacío espacio que no es espacio y en el tiempo que no es tiempo, mientras vosotros os afanáis recreándoos en la vida. Decidme, vecinos, ¿quién debe rebelarse: vosotros o yo?
Al terminar de hablar el Séptimo Ego, los otros seis lo miraron con lástima, pero no dijeron nada más; y al hacerse la noche más profunda, uno tras otro se fueron a dormir, llenos de una nueva y feliz resignación.
Sólo el Séptimo Ego permaneció despierto, mirando y atisbando a la Nada, que está detrás de todas las cosas.
LA GUERRA
Una noche, hubo fiesta en palacio, y un hombre llegó a postrarse ante el príncipe; todos los invitados se quedaron mirando al recién llegado, y vieron que le faltaba un ojo, y que la cuenca vacía sangraba. Y el príncipe le preguntó a aquel hombre:
-¿Qué te ha sucedido?
- ¡Oh príncipe! -respondió el hombre-, mi profesión es ser ladrón, y esta noche, como no hay luna, fui a robar la tienda del cambista, pero mientras subía y entraba por la ventana cometí un error, y entré en la tienda del tejedor, y en la oscuridad tropecé con el telar del tejedor, y perdí un ojo. Y ahora, ¡oh príncipe! suplico justicia contra el tejedor.
El príncipe mandó traer al tejedor y, al llegar éste al palacio, el soberano decretó que le vaciaran un ojo.
- ¡Oh príncipe! -dijo el tejedor-, el decreto es justo. No me quejo de que me hayan sacado un ojo. Sin embargo, ¡ay de mí!, necesitaba yo los dos ojos para ver los dos lados de la tela que hago. Pero tengo un vecino de oficio zapatero, que tiene los dos ojos sanos, y en su trabajo no necesita los dos ojos...
El príncipe entonces, envió por el zapatero. Y éste acudió, y le sacaron un ojo.
¡Y se hizo justicia!
LA ZORRA
Al amanecer, una zorra miró su sombra, y se dijo:
-Hoy almorzaré un camello. -Y pasó toda la mañana buscando camellos. Pero al mediodía volvió a mirar su sombra, y se dijo: -Bueno... me conformaré con un ratón.
EL REY SABIO
Había una vez, en la lejana ciudad de Wirani, un rey que gobernaba a sus súbditos con tanto poder como sabiduría. Y le temían por su poder, y lo amaban por su sabiduría.
Había también un el corazón de esa ciudad un pozo de agua fresca y cristalina, del que bebían todos los habitantes; incluso el rey y sus cortesanos, pues era el único pozo de la ciudad.
Una noche, cuando todo estaba en calma, una bruja entró en la ciudad y vertió siete gotas de un misterioso líquido en el pozo, al tiempo que decía:
-Desde este momento, quien beba de esta agua se volverá loco.
A la mañana siguiente, todos los habitantes del reino, excepto el rey y su gran chambelán, bebieron del pozo y enloquecieron, tal como había predicho la bruja.
Y aquel día, en las callejuelas y en el mercado, la gente no hacía sino cuchichear:
-El rey está loco. Nuestro rey y su gran chambelán perdieron la razón. No podemos permitir que nos gobierne un rey loco; debemos destronarlo.
Aquella noche, el rey ordenó que llenaran con agua del pozo una gran copa de oro. Y cuando se la llevaron, el soberano ávidamente bebió y pasó la copa a su gran chambelán, para que también bebiera.
Y hubo un gran regocijo en la lejana ciudad de Wirani, porque el rey y el gran chambelán habían recobrado la razón.
AMBICIÓN
Una vez sentáronse a la mesa de una taberna tres hombres. Uno de ellos era tejedor, el otro carpintero, y el tercero sepulturero.
-Hoy vendí una fina mortaja de lino en dos monedas de oro -dijo el tejedor-. Por tanto, bebamos todo el vino que nos plazca.
-Y yo -dijo el carpintero-, vendí mi mejor ataúd. Además del vino, que nos traigan un suculento asado.
-Yo sólo cavé una tumba -dijo el sepulturero-, pero mi amo me pagó el doble. Que nos traigan también pasteles de miel.
Y durante toda aquella noche hubo gran movimiento en la taberna, pues los tres amigos a menudo pedían más vino, carne y pasteles. Y estaban muy contentos.
Y el tabernero se frotaba las manos, sonriendo a su mujer, pues los huéspedes gastaban espléndidamente.
Al salir los tres amigos de la taberna la luna ya estaba en lo alto; iban caminando los tres felices cantando y gritando. El tabernero y su mujer parados a la puerta de la taberna, miraron complacidos a sus huéspedes.
- ¡Ah! - ¡qué caballeros tan generosos y alegres! -exclamó la mujer-. Ojalá que nos trajeran suerte y todos los días fueran así; nuestro hijo no tendría que trabajar de tabernero, ni tendría que afanarse tanto: podríamos darle una buena educación, para que fuera sacerdote.
EL NUEVO PLACER
Anoche inventé un nuevo placer. y me disponía a probarlo por vez
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