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Por arkaiko

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A LAS AGUAS -- GUY DE MAUPASSANT

 

 

A LAS AGUAS
GUY DE MAUPASSANT




DIARIO DEL MARQUÉS DE ROSEVEYRE



12 DE JUNIO 1880.— ¡A Loëche! ¡Quieren que vaya a pasar un mes a Loëche! ¡Misericordia!¡ Un mes en esta ciudad que dicen ser la más triste, la más muerta, la más aburrida de las villas! ¡Qué digo, una ciudad! ¡Es un agujero, no una ciudad!
¡Me condenan a un mes de baño..., en fin!

13 DE JUNIO.— He pensado toda la noche en este viaje que me espanta ¡Solo me queda una cosa por hacer, voy a llevar una mujer! ¿Podrá distraerme esto, tal vez? Y además yo aprenderé, con esta prueba, si estoy maduro para el matrimonio.
Un mes a solas, un mes de vida en común con alguien, de una vida en pareja completa, de conversación a todas las hora del día y de la noche.¡Diablos!
Estar con una mujer durante un mes, es verdad, no es tan grave como tenerla de por vida; pero es de por sí mucho más serio que estar con ella por una noche. Sé que podré devolverla, con algunos cientos de luises; ¡pero entonces permaneceré solo en Loëche, lo que no es nada divertido!
La elección será difícil. No quiero ni una coqueta ni una espabilada. Es necesario que no me sienta ni ridículo ni orgulloso de ella. Quiero que se diga: “El marqués de Roseveyre está de buena suerte”; pero no quiero que se cuchichee: “
Ese pobre marqués de Roseveyre!”. En suma, tengo que exigir a mi pasajera compañera todas las cualidades que exigiría a mi compañera definitiva. La única diferencia que se puede establecer es aquella que existe entre el objeto nuevo y el objeto de ocasión.¡Bah!, ¡se puede encontrar, voy a pensar en ello!

14 DE JUNIO.—¡Berthe!...He aquí mi acompañante. Veinte años, guapa, recién salida del Conservatorio, esperando un papel, futura estrella. Buenos modales, altivez, carácter y...amor. Objeto de ocasión pudiendo pasar por nuevo.

15 DE JUNIO.— Está libre. Sin compromiso de negocios o de corazón, ella acepta, yo mismo he encargado sus vestidos, para que no tenga aspecto de jovencita.

20 DE JUNIO.— Basilea. Duerme. Voy a comenzar mis notas de viaje.
De hecho, ella es encantadora. Cuando llegó a la estación delante de mi, no la reconocía, hasta tal punto tenía aspecto de mujer de mundo. Verdaderamente tiene porvenir esta niña....en el teatro.
Me pareció cambiada en sus modales, en su andar, en su actitud y sus gestos, en la forma de sonreír, en la voz, en todo, irreprochable, en fin.¡Y peinada!¡oh! Peinada de una forma divina, de una manera encantadora y sencilla, en una mujer que ya no tiene que atraer las miradas, que ya no tiene que agradar a todos, cuyo papel ya no es seducir, a primera vista, a los que la vean, sino que quiere gustar a uno solo, discretamente, y únicamente. Y esto se dejaba ver en todo su aspecto.
Se mostraba tan finamente y tan completamente, la metamorfosis me pareció tan absoluta y hábil, que le ofrecí mi brazo como hubiera hecho con mi mujer. Ella lo tomó con soltura como si se tratara de mi mujer.
Frente a frente en el portalón permanecimos en un primer momento inmóviles y mudos. Después ella levantó su velo y sonrió...Nada más. Un sonreír de buen tono.¡Oh! Me daba miedo besarla, la comedia de la ternura, el eterno y banal juego de las jóvenes. Pero no, ella se contuvo. Es fuerte.
Más tarde hemos charlado un poco como dos jóvenes esposos, un poco como dos extraños. Era amable. Muchas veces sonreía mirándome. Era yo ahora quien tenía ganas de abrazarla. Pero permanecí tranquilo.
En la frontera, un funcionario abrió bruscamente la puerta y me preguntó:
—¿Su nombre, señor?
Me sorprendió. Respondí:
—Marqués de Roseveyre.
—¿A dónde se dirige usted?
—A las termas de Loëche, en le Valais.
Escribió en un registro. Respondió:
—¿La señora es su mujer?
¿Qué hacer? ¿Qué responder? Levanté los ojos hacia ella dudando. Ella estaba pálida y miraba a lo lejos...
Sentí que iba a ofenderla muy gratuitamente. Y además, en fin, sería mi compañía durante un mes.
Dije:
—Sí, señor.
De repente la vi enrojecer. Me sentí feliz.
Pero en el hotel, llegando aquí, la propietaria le tendió el registro. Ella me lo pasó muy rápidamente; me di cuenta de que ella me estaba mirando mientras escribía. ¡Era nuestra primera noche de intimidad!...¿Una vez pasada la página, quien leería este registro? Yo escribí: “Marqués y marquesa de Roseveyre, dirigiéndose a Loëche.”

21 DE JUNIO.— Seis de la mañana. Bâle. Salimos para Berne. Decididamente tengo buena mano.

21 DE JNIO.— Diez de la noche. Jornada singular. Estoy un poco emocionado. Esto es tonto y divertido.
Durante el trayecto, hemos podido hablar un poco. Se había levantado un poco temprano; estaba cansada; dormitaba.
Tan pronto estuvimos en Berne, quisimos contemplar ese panorama de los Alpes que yo no conocía en absoluto; y he aquí que salimos por la ciudad, como dos recién casados.
Y de repente percibimos una llanura desmesurada, y allá abajo, allá abajo, los glaciares. De lejos, así, no parecían inmensos, y sin embargo aquella vista me produjo un escalofrío en las venas. Un resplandeciente sol poniente caía sobre nosotros; el calor era terrible. Fríos y blancos permanecían ellos, los montes helados. El Jungfrau, el Vierge, dominando a sus hermanos, extendía su ancha falda de nieve, y todos, hasta perderse de vista, se alzaban a su alrededor, los gigantes de cabeza blanca, las eternas cimas heladas que el agonizante día hacía más claras, como plateadas, sobre el azul oscuro de la noche.Su infinidad inerte y colosal daba la sensación de comienzo de un mundo sorprendente y nuevo, de una región escarpada, muerta, petrificada pero atrayente como el mar, llena de un poder de seducción misteriosa. El aire que había acariciado sus cimas siempre heladas parecía venir hacia nosotros por encima de los campos estrechos y floridos, muy diferente al aire fecundante de las llanuras. Tenía algo de desapacible y de poderoso, de estéril, como un aroma de espacios inaccesibles.
Berthe, ensimismada, observaba sin cesar, sin poder pronunciar ni una palabra.
De repente me cogió la mano y la apretó. Yo mismo sentía en el alma esa especie de fiebre, esa exaltación que nos
sobrecoge delante de ciertos espectáculos inesperados. Agarré esa pequeña mano temblorosa y la llevé a mis labios; y la besé, a fe mía, con amor.
Permanecí un poco turbado.¿Pero por quien? ¿Por ella o por los glaciares?

24 DE JUNIO.—Loëche, diez de la noche.
Todo el viaje ha sido delicioso. Hemos pasado medio día en Thun, contemplando la ruda frontera de montañas que debíamos franquear al día siguiente.
Al amanecer, atravesamos el lago, el más hermoso de Suiza tal vez. Unas mulas nos esperaban. Nos sentamos sobre sus lomos y partimos. Después de haber desayunado en un pueblecito, comenzamos a escalar, entrando lentamente en la garganta que
sube poblada de árboles, siempre dominada por las altas cumbres. De territorio en sitio, sobre las pendientes que parecen venir del cielo; se distinguen puntos blancos, chalets construidos allí no se sabe cómo. Atravesamos torrentes,percibimos, a veces, entre dos puntiagudas cimas y cubiertas de abetos, una inmensa pirámide de nieve que parecía tan próxima que hubiéramos jurado alcanzarla en diez minutos, pero que apenas habríamos llegado en veinticuatro horas.
A veces atravesábamos caos de piedras, estrechas llanuras tapizadas de rocas desprendidas como si dos montañas se hubieran enfrentado en esta contienda, dejando sobre el campo de batalla los restos de sus miembros de granito.
Berthe, extenuada, dormía sobre su animal, abriendo de vez en cuando los ojos para ver de nuevo. Acabó por adormecerse, y yo la sujetaba por una mano, feliz de su contacto, de sentir a través de su vestido el suave calor de su cuerpo. Llegó la
noche, todavía subíamos. Nos paramos delante de la puerta de un pequeño albergue perdido en la montaña.
¡Dormimos!¡Oh!¡Dormimos!
Al amanecer, corrí a la ventana, y prorrumpí en un grito. Berthe llegó a mi lado y se quedó estupefacta y embelesada.
Habíamos dormido en la nieve.
Todo a nuestro alrededor, montes enormes y estériles cuyos huesos grises sobresalían bajo su abrigo blanco, montes sin pinos, sombríos y helados, se elevaban tan alto que parecían inaccesibles.
Una hora después de estar en ruta de nuevo, percibimos, al fondo de este embudo de granito y de nieve, un lago negro, sombrío, sin una onda, que durante largo tiempo habíamos seguido. Un guía nos trajo algunos edelweiss, las flores blancas de los glaciares. Berthe hizo un ramillete para su blusa.
De repente, la garganta de peñascos se abrió delante de nosotros, descubriendo un horizonte sorprendente: toda la cadena de los Alpes piamonteses más allá del valle del Ródano. Las enormes cumbres, de lugar en lugar, dominaban la multitud de cimas menores. Eran el monte Rose, arduo y macizo; el Cervin, recta pirámide donde muchos hombres han muerto, el Dent-du-Midi; otros cientos de puntos blancos, relucientes como cabezas de diamantes, bajo el sol.
Pero bruscamente el sendero que seguíamos se detuvo al borde de un precipicio, y en el abismo, en el fondo del agujero negro de dos mil metros, encerrado entre cuatro muros de rectos peñascos, sombríos, salvajes, sobre una capa de hierba, percibimos algunos puntos blancos con bastante parecido a corderos en un prado. Eran las casas de Loëche.
Fue necesario dejar las mulas, siendo el camino tan peligroso. El sendero desciende a lo largo de la roca, serpentea, gira, va, vuelve, sin jamás perder de vista el precipicio, y siempre también el pueblo que crece a medida que nos acercamos. Es a lo que se le llama el pasaje de la Gemmi, uno de los más bellos de los Alpes, sino el más bello.
Berthe, apoyándose en mi, prorrumpía gritos de alegría y gritos de pavor, feliz y temerosa como un niño. Como estábamos a algunos pasos de los guías y ocultos por un voladizo de la roca, me abrazó. Yo la abracé...
Yo me había dicho:
—En Loëche, pondré cuidado en hacer entender que no estoy con mi mujer.
Pero por todos lados yo la había tratado como tal, en todas partes la había hecho pasar por la marquesa de Roseveyre. No podía ahora inscribirla bajo otro nombre. Y además la habría herido en el corazón, y verdaderamente era encantadora.
Pero le dije:
—Querida amiga, llevas mi apellido, la gente me cree tu marido; espero que te comportes con todo el mundo con una extrema prudencia y una extrema discreción. Nada de conocidos, de charlas, de relaciones. Que te crean noble, peor actúa de forma que nunca tenga que reprocharme lo que he hecho.
Ella respondió:
—No tenga miedo, mi pequeño René.

26 DE JUNIO.— Loëche no es triste. No. Es salvaje, pero muy hermosa. Este muro de rocas altas de dos mil metros, de donde se deslizan cientos de torrentes semejantes a hilillos de plata; este ruido eterno del agua que discurre; este pueblo sepultado en los Alpes desde donde se ve, como desde el fondo de un pozo, el solo lejano atravesar el cielo; el glaciar vecino, muy blanco en la escotadura de la montaña, y ese pequeño valle lleno de arroyos, lleno de árboles, pleno de frescura y de vida, que desciende hacia el Ródano y deja ver en el horizontes las cimas nevadas del Piémont: todo esto me seduce y me encandila. Tal vez si...si Berthe no estuviera aquí?...
Es perfecta, esta niña, reservada y distinguida mas que nadie. Yo escucho decir:
—¡Qué hermosa es, esta marquesita!...

27 DE JUNIO.— Primer baño. Descendemos directamente de la habitación a las piscinas, donde veinte bañistas tiemblan, ya vestidos con largos vestidos de lana, juntos hombres y mujeres. Unos comen, otros leen, otros charlan. Mueven delante de si pequeñas tablas flotantes. A veces juegan al anillo, lo que no siempre es decoroso. Vistos a través de las galerías que rodean el baño, tenemos aspecto de gruesos sapos en una tinaja.
Berthe ha venido a sentarse a esta galería para charlar un poco conmigo. La han mirado mucho.

28 DE JUNIO.— Segundo baño. Cuatro horas de agua. Las tomaré de ocho en ocho horas. Tengo por compañeros bañistas el príncipe de Vanoris (Italia), el conde Lovenberg (Austria), el barón Samuel Vernhe (Hungría u otra parte), además
una quincena de personajes de menor importancia, pero todos nobles. Todo el mundo es noble en las villas termales.
Ellos me piden, uno tras otro, ser presentados a Berthe. Yo respondo: “¡Si!” y me retiro. Me creen celoso, ¡qué tontería!

29 DE JUNIO.— ¡Diablos! ¡diablos! La princesa de Vanoris ha venido ella misma en persona a buscarme, deseando conocer a 3
mi mujer, en el momento en que entrábamos en el hotel. Yo le presenté a Berthe, pero le he rogado con delicadeza que evitara encontrarse con esta dama.

2 DE JULIO.— El príncipe nos ha agarrado del cuello para llevarnos a su apartamento, donde los bañistas insignes tomaban el té. Berthe era, sin duda alguna, mejor que todas las damas; ¿pero qué hacer?

3 DE JULIO.— ¡A fe mía, qué le vamos a hacer! Entre estos treinta hidalgos, ¿no se encuentran al menos diez de fantasía?
¿Entre estas dieciséis o diecisiete mujeres, están más de doce seriamente casadas, y de estas doce, más de seis irreprochables? ¡Tanto peor para ellas, tanto peor para ellos!¡Ellos lo han querido!

10 DE JULIO.— BERTHE es la reina de Loëche! ¡Todo el mundo está loco por ella; la celebran, la miman, la adoran! Por otra parte, ella es soberbia en gracia y distinción. Me envidian.
La princesa de Vanoris me ha preguntado:
—¡Ah! Marques, ¿dónde ha encontrado este tesoro?
Yo tenía deseos de responder:
—¡Primer premio del Conservatorio, curso de comedia, contratada en el Odeón, libre a partir del 5 de agosto de 1880!
¡Qué cara hubiera puesto, Dios mío!

20 DE JULIO.— Berthe es realmente sorprendente. Ni una falta de tacto, ni una falta de gusto; ¡una maravilla!

10 DE AGOSTO.— Paris. Se acabó. Tengo el corazón hecho polvo. La víspera de la partida creí que todo el mundo iba a llorar.
Decidimos ir a ver amanecer sobre el Torrenthon, luego de volver a descender a la hora de nuestra partida.
Nos pusimos en marcha hacia media noche, sobre unas mulas. Los guías portaban faroles: y la larga caravana se extendía
por el camino sinuoso del bosque de pinos. Luego atravesamos los pastos donde rebaños de vacas erraban en libertad.
Después alcanzamos la región de las rocas, donde la misma hierba desaparecía.
A veces, en la sombra, se distinguía, sea a derecha, sea a izquierda, una masa blanca, un amontonamiento de nieve en un agujero de la montaña.
El frío llegaba a ser mordiente, pinchaba los ojos y la piel. El viento desecante de las cimas soplaba, quemando las
gargantas, aportando los hálitos helados de cien lugares de picos congelados.
Cuando llegamos a nuestro destino era ya de noche. Desembalamos todas las provisiones para beber el champán al amanecer.El cielo palidecía sobre nuestras cabezas. Vimos de pronto un obstáculo a nuestros pies; luego, a unos cientos de metros, otra cima.
El horizonte entero parecía lívido, sin que se distinguiera nada todavía a lo lejos.
Pronto descubrimos, a la izquierda, una enorme cima, el Jungfrau, después otra, después otra. Aparecían poco a poco como
si fueran levantándose a lo largo del nacimiento del día. Y nosotros quedábamos estupefactos de encontrarnos así en el
medio de estos colosos, en este país desolado de nieves eternas. De repente, en frente, se nos mostró la desmesurada
cadena del Piémont. Otras cumbres aparecieron al norte. Realmente era el inmenso país de los grandes montes de frentes
helados, desde el Rhindenhorn, pesado como su nombre, hasta el fantasma a penas visible del patriarca de los Alpes, el Mont Blanc.
Unos eran orgullosos y rectos, otros acuclillados, otros deformes, pero todos homogéneamente blancos, como si algún Dios
hubiera arrojado sobre la jorobada tierra un sábana inmaculada.
Unos parecían tan cerca que habríamos podido saltar sobre ellos.; otros estaban tan lejos que apenas les distinguíamos.
El cielo se volvió rojo; y todos enrojecieron. Las nubes parecían sangrar sobre ellos. Era maravilloso, casi pavoroso.
Pero pronto la nube encendida palideció, y toda la armada de cumbres insensiblemente se volvió rosa, de un rosa suave y
tierno como los vestidos de una jovencita.
Y el sol apareció por encima de la capa de nieves. Entonces, de repente, el pueblo entero de los glaciares se hizo blanco,
de un blanco brillante, como si el horizonte estuviera lleno de una multitud de cúpulas de plata.
Las mujeres, extasiadas, miraban.
Se estremecieron; un tapón de champán acababa de saltar; Y el príncipe de Vanoris, ofreciendo un vaso a Berthe, gritó:
—¡Bebo por la marquesa de Roseveyre!
Todos clamaron: “ ¡Yo bebo por la marquesa de Roseveyre!”
Ella montó encima de su mula y respondió:
—¡Yo bebo por todos mis amigos!
Tres horas más tarde, cogimos el tren para Ginebra, en el valle del Ródano.
Tan pronto estuvimos a solas Berthe, tan feliz y contenta hace un rato, se puso a sollozar, el rostro entre sus manos.
Yo me lancé a sus rodillas:
—¿Qué tienes? ¿Qué tienes? Dime, ¿qué tienes?
Ella balbuceó entre sus lágrimas:
—¡Es... es..es pues que se ha acabado ser una mujer honesta!
¡Verdaderamente, en ese momento estuve a punto de cometer una tontería, una gran tontería...!
No la hice.
Dejé a Berthe entrando en Paris. Tal vez más tarde habría sido demasiado débil.

(El diario del marqués de Roseveyre no ofrece ningún interés durante los dos años siguientes. En la fecha 20 de julio de 1883 encontramos las líneas siguientes).

20 DE JULIO DE 1883.— Florencia. Triste recuerdo dentro de poco. Me paseaba por los Cassines cuando una mujer hizo parar su coche y me llamó. Era la princesa de Vanoris. Tan pronto me tuvo al alcance de la voz:
—¡Oh!, marqués, mi querido marqués, ¡qué contenta estoy de reencontrarle! Rápido, rápido, deme noticias de la marquesa;
es realmente la mujer más encantadora que he visto en toda mi vida!.
Me quedé sorprendido, no sabiendo qué decir y golpeado en el corazón de una forma violenta. Balbuceé:
—No me hable nunca de ella, princesa, hace tres años que la he perdido.
Ella me cogió la mano.
—¡Oh! ¡Cómo lo siento, amigo mío!
Se fue. Me sentí triste, descontento, pensando en Berthe, como si acabáramos de separarnos.
¡El Destino muy a menudo se equivoca!
Cuántas mujeres honestas habían nacido para ser mujerzuelas, y lo demuestran.
¡Pobre Berthe! Cuántas otras habían nacido para ser mujeres honestas...y ésta...más que las demás...tal vez....En fin, no pensemos más.
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Guy de Maupassant -- CARTA QUE SE ENCONTRÓ A UN AHOGADO

 

Guy de Maupassant -- CARTA QUE SE ENCONTRÓ A UN AHOGADO

Guy de Maupassant
CARTA QUE SE ENCONTRÓ A UN AHOGADO


¿Me pregunta usted, señora, si me burlo? ¿No puede usted creer que un hombre
no haya sentido jamás amor? Pues bien: no, no he amado nunca, nunca.
¿De qué depende eso? No lo sé... Pero no he sentido jamás ese estado de
embriaguez del corazón que llaman amor. Jamás he vivido en ese ensueño, en esa
locura, en esa exaltación a que nos lanza la imagen de una mujer, ni me vi nunca
perseguido, obsesionado, calenturiento, embebecido por la esperanza o la posesión
de un ser convertido de pronto para mí en el más deseable de todos los encantos, en
la más hermosa de todas las criaturas, más interesante que todo el universo. En mi
vida he llorado ni he sufrido por ninguna de ustedes. Tampoco he pasado las noches
en vela pensando en una mujer. No conozco ese despertar que su pensamiento y su
recuerdo iluminan. No conozco tampoco la excitación enloquecedora del deseo,
cuando se le espera, y la divina melancolía sentimental, cuando ella ha huido,
dejando en el cuarto un perfume sutil de violeta y de carne.
Jamás he amado.
Muy a menudo me he preguntado a qué es esto debido y, verdaderamente, no lo
sé muy bien. Aunque llegué a encontrar varias razones, se refieren a la metafísica, y
no sé si las apreciará usted.
Analizo demasiado a las mujeres para dejarme dominar por sus encantos. Pido a
usted mil perdones por esta confesión que explicaré. Hay en toda criatura dos
naturalezas diferentes: una moral y otra física.
Para amar tendría que descubrir, entre esas dos naturalezas, una armonía que no
hallé jamás. Siempre una de las dos hállase a mayor altura que la otra; unas veces
la naturaleza física, y otras la moral.
La inteligencia que tenemos el derecho de exigir a una mujer para amarla no tiene
nada de común con la inteligencia viril. Es más y es menos. Es menester que una
mujer tenga el entendimiento franco, delicado, sensible, fino, impresionable. No
necesita dominio ni iniciativa en el pensamiento, pero es menester que tenga
bondad, elegancia, ternura, coquetería y esa facultad de asimilación que en poco
tiempo la hace semejante al hombre, cuya vida comparte. Su primerísima cualidad
debe ser la sutileza, ese delicado sentido que es para el alma lo que el tacto es para
el cuerpo. La revelan mil cosas insignificantes: los contornos, los ángulos y las
formas en el orden intelectual.
Las mujeres bonitas, en general, no tienen una inteligencia en consonancia con su
persona. A mí, el menor defecto de concordia me hiere la vista al primer momento.
Esto no tiene importancia en la amistad, que es un pacto en el cual se transige con
los defectos y las cualidades. Se puede, al juzgar a un amigo o a una amiga,
dándose cuenta de sus buenas condiciones, prescindir de las malas y apreciar con
exactitud su valor, abandonándose a una simpatía íntima, profunda y encantadora.
Para amar, hay que ser ciego, entregarse completamente, no ver nada, no
razonar, no comprender. Hay que hallarse dispuesto a adorar las debilidades tanto
como las bellezas y, para esto, renunciar a todo juicio, a toda reflexión, a toda
perspicacia.
Soy incapaz de cegarme hasta ese punto y muy rebelde a la seducción no
razonada.
Pero no es esto todo. Tengo tan elevado concepto de la armonía, que nada
realizará nunca mi ideal. ¡Va usted a tacharme de loco! Escúcheme. Una mujer, a mi
juicio, puede tener un alma deliciosa y un cuerpo encantador, sin que su alma y su
cuerpo estén perfectamente de acuerdo. Quiero decir que las personas que tienen la
nariz de una forma especial no pueden pensar de cierto modo. Los gruesos no tienen
el derecho de usar las mismas palabras que los delgados. Señora: usted, que tiene
los ojos azules, no puede observar la existencia, juzgar las cosas y los
acontecimientos como si tuviera los ojos negros. Los matices de su mirada deben
corresponder fatalmente con los matices de su pensamiento. Para comprender todo
esto tengo el olfato de un perro perdiguero. Ríase si le place, pero es tal como lo
digo. Creí, sin embargo, haber amado un día durante una hora. Me dejé dominar
tontamente por la influencia de las circunstancias que nos rodeaban. Me había
dejado seducir por un espejismo boreal. ¿Quiere usted que le refiera esta historia?
Una noche me tropecé con una encantadora personita, muy exaltada, la cual, para
satisfacer una fantasía poética, quería pasar la noche conmigo en una lancha, en
medio del río; yo hubiera preferido un cuarto y una cama, pero, a pesar de todo,
acepté la barca y el río.
Estábamos en el mes de junio. Mi amiga había escogido una noche de luna para
dar rienda suelta a su exaltacion.
Comimos en un ventorrillo, a la orilla del agua, y a las diez nos embarcamos. La
aventura me parecía estúpida; pero como mi compañera me gustaba, no me enfadé.
Sentándome en el banco frente a ella, cogí los remos y partimos.
No podía negar que el espectáculo era encantador. Bordeábamos una isla
montañosa, llena de ruiseñores, y la corriente nos impulsaba rápidamente por el
agua, cubierta de reflejos plateados. Por doquiera oíamos el grito monótono y claro
de los sapos; croaban las ranas en las orillas, y los rumores del agua corriente
formaban alrededor nuestro un sonido confuso, casi imperceptible, inquietante, que
nos daba una vaga sensación de miedo misterioso.
El encanto de las noches cálidas y de las aguas brillantes con el reflejo de la luna
nos invadía.
Daba gusto vivir y, navegando de aquel modo, soñar y sentir al lado de una mujer
tierna y hermosa.
Encontrábame algo conmovido, emocionado, embriagado por la claridad de la luna
y con la obsesión de mi compañera. "Siéntese usted a mi lado", me dijo. Obedecí.
Ella repuso: "Dígame versos". Pareciéndome demasiado, me negué a complacerla.
Insistió. Decididamente le gustaban las cosas por todo lo alto; quería que se tocara
la cuerda del sentimiento a toda orquesta. desde la luna hasta la rima. Acabé por
ceder y le recité, por burla, una deliciosa composición de Luis Bouilhet, cuyas
estrofas dicen:
Odio ante todo al lacrimoso vate
que frente al estrellado firmamento
musita un nombre, al que sin Lisa o Juana
le parece vacío el universo.
¡Oh, qué graciosa gente la que cuelga
faldas sobre la fronda de los llanos,
y en la verde colina cofias blancas
para que el mundo tenga algún encanto!
¿Qué sabe de la música divina,
vibrante voz de la Natura eterna,
quien no gusta de ir solo en las cañadas
y al susurrar del bosque sueña en hembras?
Creí se enfadaría, mas no fue así.
—¡Qué verdad es eso! —murmuró.
Quedéme estupefacto. ¿Habría comprendido?
Poco a poco nuestra barca se acercó a la orilla, penetrando bajo un sauce, que la
detuvo. Cogiendo a mí compañera por el talle, acerqué con dulzura los labios a su
cuello. Pero me rechazó con un movimiento irritado y brusco, diciendo:
—¡Suélteme! ¡Es usted un grosero!
Procuré atraerla. Ella se defendía y, agarrándose al árbol; por poco vamos al agua.
Juzgué prudente desistir de mis pretensiones. Entonces ella dijo:
—Le ruego que siga remando. ¡Estoy tan bien aquí! ¡Sueño! ¡Es tan agradable!
Después, con un poco de ironía en el acento, añadió:
—¿Tan pronto ha olvidado usted los versos que acaba de recitar?
Era justo. Callé.
—Vamos, reme usted —me dijo, y cogí de nuevo los remos.
Empezaba a parecerme la noche muy larga, y ridícula mi actitud.
Mi compañera me preguntó:
—¿Quiere usted hacerme una promesa?
—Sí. ¿Cuál?
—Permanecer tranquilo y correcto, discretamente, mientras yo...
—¿Qué?
—Verá usted. Quisiera echarme en el fondo de la barca, a su lado, mirando las
estrellas.
—Comprendo —exclamé.
—No, no comprende usted —replicó ella—. Vamos a echarnos uno al lado del otro;
pero le prohíbo que me toque, que me abrace; en fin..., que..., que me acaricie...
Prometí. Entonces ella advirtió:
—Si hace usted un movimiento inconveniente, haré zozobrar la barca.
Y nos echamos en el suelo, uno al lado del otro. Los vagos balanceos de la canoa
nos mecían. Los ligeros rumores de la noche, llegando más distintos al fondo de la
embarcación, nos hacían vibrar, estremeciéndonos. ¡ Sentía crecer en mí una
extraña y punzante emoción, una ternura infinita, algo como una necesidad de abrir
los brazos para estrechar en ellos alguna cosa, y el corazón para amar, de
entregarme a alguien, de entregar mis pensamientos, mi cuerpo, mi vida, todo mi
ser!
Mi compañera murmuró como en un sueño:
—¿En dónde estamos? ¿Dónde vamos que parece que abandono este mundo?
¡Qué dulzura más grande! ¡Oh! Si me amara usted... un poco.
El corazón me latía con violencia. Nada pude responder; me pareció que la amaba.
No sentía ningún deseo violento. Estaba muy bien de aquel modo a su lado; me
parecía suficiente aquello.
Y permanecimos largo rato, largo rato, inmóviles. Nos habíamos cogido una mano;
una fuerza misteriosa nos contenía: una fuerza desconocida, superior, una alianza
pura, íntima, absoluta de nuestros cuerpos que eran el uno del otro sin tocarse.
¿Qué significaba aquello? ¿Lo sé yo? ¿Amor quizá?
El día clareaba poco a poco. Eran las tres de la madrugada. Lentamente una
inmensa claridad invadía el cielo. La canoa tropezó con algo. Me incorporé: habíamos
llegado a un islote.
Permanecía en éxtasis, encantado. Frente a nosotros, en toda la extensión, el
firmamento se iluminaba de un rojo violáceo, salpicado de nubes entrelazadas
semejantes a un humo dorado. El río estaba de color purpúreo y tres casas de la
orilla parecían arder.
Inclinéme hacia mi compañera para decirle:
—Mire usted.
Pero me callé de pronto enloquecido y solamente la vi a ella. También ella estaba
bañada en la luz rosada, un rosa de carne mezclado con un poco del matiz del cielo.
Sus cabellos eran de color de rosa, de color de rosa eran también sus ojos y sus
dientes, su traje, sus encajes, su sonrisa. Todo era del color de rosa. Y tan
enloquecido estaba que creí tener a la aurora ante mí.
Se levantó dulcemente tendiéndome sus labios. Inclinéme hacia ellos, estremecido,
delirante; sintiendo muy bien que iba a besar el cielo, la dicha, un sueño convertido
en mujer, un ideal descendido a la humanidad.
Pero entonces ella me dijo:
—Tiene usted una oruga en el pelo.
¡Y por esto sonreía!
Me pareció que había recibido un fuerte golpe en la cabeza.
De pronto sentíme como si hubiera perdido toda la esperanza que tenía en el
mundo.
Esto es todo, señora. Es pueril, tonto, estúpido. Desde ese día creo que no amaré
jamás... Pero... ¿quién sabe?
El joven sobre cuyo cuerpo se halló esta carta fue sacado ayer del Sena, entre
Bougival y Marly. Un marinero compasivo que lo había registrado para saber su
nombre presentó el papel que acabamos de copiar.

 

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