R. L. Stevenson
El Dr. Jekyll y Mr. Hyde
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Historia de la puerta
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Mr. Utterson, el abogado, era hombre de semblante adusto jamás iluminado por una sonrisa, frío, parco y
reservado en la conversación, torpe en la expresión del sentimiento, enjuto, largo, seco y melancólico, y,
sin embargo, despertaba afecto. En las reuniones de amigos y cuando el vino era de su agrado, sus ojos
irradiaban un algo eminentemente humano que no llegaba a reflejarse en sus palabras pero que hablaba, no
sólo a través de los símbolos mudos de la expresión de su rostro en la sobremesa, sino también, más alto y
con mayor frecuencia, a través de sus acciones de cada día. Consigo mismo era austero. Cuando estaba solo
bebía ginebra para castigar su gusto por los buenos vinos, y, aunque le gustaba el teatro, no había traspuesto
en veinte años el umbral de un solo local de aquella especie. Pero reservaba en cambio para el prójimo una
enorme tolerancia, meditaba, no sin envidia a veces, sobre los arrestos que requería la comisión de las malas
acciones, y, llegado el caso, se inclinaba siempre a ayudar en lugar de censurar. -No critico la herejía de
Caín -solía decir con agudeza-. Yo siempre dejo que el prójimo se destruya del modo que mejor le parezca.
Dado su carácter, constituía generalmente su destino ser la última amistad honorable, la buena influencia
postrera en las vidas de los que avanzaban hacia su perdición y, mientras continuaran fre cuentando su trato,
su actitud jamás variaba un ápice con respecto a los que se hallaban en dicha sitixación.
Indudablemente, tal comportamiento no debía resultar dificil a Mr. Utterson por ser hombre, en el mejor
de los casos, reservado y que basaba su amis tad en una tolerancia sólo comparable a su bondad. Es propio
de la persona modesta aceptar el círculo de amistades que le ofrecen las manos de la fortuna, y tal era la
actitud de nuestro abogado. Sus amigos eran, o bien familiares suyos, o aquellos a quienes conocía hacía
largos años. Su afecto, como la hiedra, crecía con el tiempo y no respondía necesariamente al carácter de la
persona a quien lo otorgaba. De esa clase eran sin duda los lazos que le unían a Mr. Richard Enfield, pariente
lejano suyo y hombre muy conocido en toda la ciudad. Eran muchos los que se preguntaban qué verían
el uno en el otro y qué podrían tener en común. Todo el que se tropezara con ellos en el curso de sus
habituales paseos dominica
les afirmaba que no decían una sola palabra, que parecían notablemente aburridos y que recibían con evidente
agrado la presencia de cualquier amigo. Y, sin embargo, ambos apreciaban al máximo estas excursiones,
las consideraban el mejor momento de toda la semana y, para poder disfrutar de ellas sin interrupciones,
no sólo rechazaban oportunidades de diversión, sino que resistían incluso a la llamada del trabajo.
Ocurrió que en el curso de uno de dichos paseos fueron a desembocar los dos amigos en una callejuela de
uno de los barrios comerciales de Londres. Se trataba de una vía estrecha que se tenía por tranquila pero
que durante los días laborables albergaba un comercio floreciente. Al parecer sus habitantes eran comerciantes
prósperos que competían los unos con los otros en medrar más todavía dedicando lo sobrante de sus
ganancias en adornos y coqueterías, de modo que los escaparates que se alineaban a ambos lados de la calle
ofrecían un aspecto realmente tentador, como dos filas de vendedoras sonrientes. Aun los domingos, días
en que velaba sus más granados encantos y se mostraba relativamente poco frecuentada, la calleja brillaba
en comparación con el deslucido barrio en que se hallaba como reluce una hoguera en la oscuridad del bosque
acaparando y solazando la mirada de los transeúntes con sus contraventanas recién pintadas, sus bronces
bien pulidos y la limpieza y alegría que la caracterizaban.
A dos casas de una esquina, en la acera de la izquierda yendo en dirección al este, interrumpía la línea de
escaparates la entrada a un patio, y exactamente en ese mismo lugar un siniestro edificio pro yectaba su alero
sobre la calle. Constaba de dos plantas y carecía de ventanas. No tenía sino una puerta en la planta baja y
un frente ciego de pared deslucida en la superior. En todos los detalles se adivinaba la huella de un descuido
sórdido y prolongado. La puerta, que carecía de campanilla y de llamador, tenía la pintura saltada y descolorida.
Los vagabundos se refugiaban al abrigo que ofrecía y encendían sus fósforos,en la superficie de
sus hojas, los niños abrían tienda en sus peldaños, un escolar había probado el filo de su navaja en sus mo lduras
y nadie en casi una generación se había preocupado al parecer de alejar a esos visitantes inoportunos
ni de reparar los estragos que habían hecho en ella.
Mr. Enfield y el abogado caminaban por la acera opuesta, pero cuando llegaron a dicha entrada, el primero
levantó el bastón y señaló hacia ella.
-¿Te has fijado alguna vez en esa puerta? -preguntó. Y una vez que su compañero respondiera afirmativamente,
continuó-. Siempre la asocio mentalmente con un extraño suceso.
-¿De veras? -dijo Mr. Utterson con una ligera alteración en la voz-. ¿De qué se trata?
-Verás, ocurrió lo siguiente -continuó Mr. Enfield-. Volvía yo en una ocasión a casa, quién sabe de qué
lugar remoto, hacia las tres de una oscura ma drugada de invierno. Mi camino me llevó a atravesar un barrio
de la ciudad en que lo único que se ofrecía literalmente a la vista eran las farolas encendidas. Recorrí calles
sin cuento, donde todos dormían, ilu minadas como para un desfile y vacías como la nave de una iglesia,
hasta que me hallé en ese estado en que un hombre escucha y escucha y comienza a desear que aparezca un
policía. De pronto vi dos figuras, una la de un hombre de corta estatura que avanzaba a buen paso en dirección
al este, y la otra la de una niña de unos ocho o diez años de edad que corría por una bocacalle a la mayor
velocidad que le permitían sus piernas. Pues señor, como era de esperar, al llegar a la esquina hombre y
niña chocaron, y aquí viene lo horrible de la historia: el hombre atro pelló con toda tranquilidad el cuerpo de
la niña y siguió adelante, a pesar de sus gritos, dejándola tendida en el suelo. Supongo que tal como lo
cuento no parecerá gran cosa, pero la visión fue horrible. Aquel hombre no parecía un ser humano, sino un
juggernaut horrible. Le llamé, eché a correr hacia él, le atenacé por el cuello y le obligué a regresar al lugar
donde unas cuantas personas se habían reunido ya en torno a la niña. El hombre estaba muy tranquilo y no
ofreció resistencia, pero me dirigió una mirada tan aviesa que el sudor volvió a inundarme la frente como
cuando corriera. Los reunidos eran familiares de la víctima, y pronto hizo su aparición el médico, en cuya
búsqueda había ido precisamente la niña. Según aquel matasanos la pobre criatura no había sufrido más
daño que el susto natural, y supongo que creerás que con esto acabó todo. Pero se dio una curiosa circunstancia.
Desde el primer momento en que le vi, aquel hombre me produjo una enorme re pugnancia, y lo
mismo les ocurrió, cosa muy natural, a los parientes de la niña. Pero lo que me sorprendió fue la actitud del
médico. Respondía éste al tipo de galeno común y corriente. Era hombre de edad y aspecto indefinidos,
fuerte acento de Edimburgo y la sensibilidad de un banco de madera. Pues le ocurría lo mismo que a nosotros.
Cada vez que miraba a mi prisionero se ponía enfermo y palidecía presa del deseo de matarle. Ambos
nos dimos cuenta de lo que pensaba el otro y, dado que el asesinato nos estaba vedado, hicimos lo máximo
que pudimos dadas las circunstancias. Le dijimos al caballero de marras que daríamos a conocer su hazaña,
que todo Londres, de un extremo al otro, maldeciría su nombre, y que si tenía amigos o reputación sin duda
los perdería. Y mientras le fustigábamos de esta guisa, manteníamos apartadas a las mujeres, que se hallaban
prestas a lanzarse sobre él como arpías. En mi vida he visto círculo semejante de rostros encendidos
por el odio. Y en el centro estaba aquel hombre revestido de una especie de frialdad negra y despectiva,
asustado también -se le veía-, pero capeando el temporal como un verdadero Satán.
»"Si desean sacar partido del accidente -nos dijo-, naturalmente me tienen en sus manos. Un caballero
siempre trata de evitar el escándalo. Dígan me cuánto quieren:' Pues bien, le apretamos las clavijas y le
exigimos nada menos que cien libras para la familia de la niña. Era evidente que habría querido escapar,
pero nuestra actitud le inspiró miedo y al final accedió. Sólo restaba conseguir el dinero, y, za dónde crees
que nos condujo sino a ese edificio de la puerta? Abrió con una llave, entró, y al poco rato volvió a salir
con diez libras en oro y un talón por valor de la cantidad restante, extendido al portador contra la banca de
Coutts y firmado con un nombre que no puedo mencionar a pesar de ser ése uno de los detalles más interesantes
de mi historia. Lo que sí te diré es que era un nombre muy conocido y que se ve muy a menudo en
los periódicos. La cifra era alta, pero el que había estampado su firma en el talón, si es que era auténtica,
era hombre de una gran fortuna. Me tomé la libertad de decirle al caballero en cuestión que todo aquel
asunto me parecía sospechoso y que en la vida real un hombre no entra a las cuatro de la mañana en semejante
antro para salir al rato con un cheque por valor de casi cien libras firmado por otra persona. Pero él se
mostró frío y despectivo.
»"No tema -me dijo-, me quedaré con ustedes hasta que abran los bancos y pueda cobrar yo mis mo ese
dinero." Así pues nos pusimos todos en camino, el padre de la niña, el médico, nuestro amigo y yo. Pasamos
el resto de la noche en mi casa y a la mañana siguiente, una vez desayunados, nos dirigimos al banco
como un solo hombre. Yo mismo entregué el talón al empleado haciéndole notar que tenía razones de peso
para sospechar que se trataba de una falsificación. Pues nada de eso. La firma era legítima.
-¡Qué barbaridad! -dijo Mr. Utterson.
-Ya veo que piensas lo mismo que yo -dijo Mr. Enfield-. Sí, es una historia desagradable porque el hombre
en cuestión era un personaje detestable, un auténtico infame, mientras que la persona que firmó ese
cheque es un modelo de virtudes, un hombre muy conocido y, lo que es peor, famoso por sus buenas obras.
Un caso de chantaje, supongo. El del caballero honorable que se ve obligado a pagar una fortuna por un
desliz de juventud. Por eso doy a este edificio el nombre de «la casa del chantaje». Aunque aun eso estaría
muy lejos de explicarlo todo -añadió. Y dicho esto se hundió en sus meditaciones.
De ellas vino a sacarle Mr. Utterson con una pregunta inopinada.
-¿Y sabes si el que extendió el talón vive ahí? -Sería un lugar muy apropiado, ¿verdad? -respondió Mr.
Enfield-, pero se da el caso de que recuerdo su dirección y vive en no sé qué plaza.
-¿Y nunca has preguntado a nadie acerca de esa casa de la puerta? -preguntó Mr. Utterson.
-Pues no señor, he tenido esa delicadeza -fue la respuesta-. Estoy decididamente en contra de toda clase
de preguntas. Me recuerdan demasiado el día del juicio Final. Hacer una pregunta es como arrojar una piedra.
Uno se queda sentado tranquilamente en la cima de una colina y allá va la piedra arrastrando otras
cuantas a su paso hasta que al final van a dar todas a la cabeza de un pobre infeliz (aquel en quien menos
habías pensado) que no se ha movido de su jardín, y resulta que la familia tiene que cambiar de nombre. No
señor. Yo siempre me he atenido a una norma: cuanto más raro me parece el caso, menos preguntas hago.
-Sabio proceder, sin duda -dijo el abogado. -Pero sí he examinado el edificio por mi cuenta -continuó Mr.
Enfield-, y no parece una casa habitada. Es la única puerta, y nadie sale ni entra por ella a excepción del
protagonista de la aventura que acabo de relatarte. Y eso muy de tarde en tarde. En el primer piso hay tres
ventanas que dan al patio. En la planta baja, ninguna. Esas tres ventanas están siempre cerradas aunque los
cristales están limpios. Por otra parte de la chimenea sale generalmente humo, así que la casa debe de estar
habitada, aunque es difícil asegurarlo dado que los edificios que dan a ese patio están tan apiñados que es
imposible saber dónde acaba uno y dónde empieza el siguiente. Los dos amigos caminaron un rato más en
silencio hasta que habló Mr. Utterson.
-Es buena norma la tuya, Enfield -dijo. -Sí, creo que sí -respondió el otro.
-Pero, a pesar de todo -continuó el abogado-, hay una cosa que quiero preguntarte. Me gustaría que me
dijeras cómo se llamaba el hombre que atropelló a la niña.
-Bueno -dijo Mr. Enfield-, no veo qué mal puede haber en decírtelo. Se llamaba Hyde.
-Ya -dijo Mr. Utterson-. ¿Y cómo es físicamente? -No es fácil describirle. En su aspecto hay algo equívoco,
desagradable, decididamente detestable. Nunca he visto a nadie despertar tanta repugnancia y, sin
embargo, no sabría decirte la razón. Debe de tener alguna deformidad. Ésa es la impresión que produce,
aunque no puedo decir concretamente por qué. Su aspecto es realmente extraordinario y, sin embargo, no
podría mencionar un solo detalle fuera de lo normal. No, me es imposible. No puedo describirle. Y no es
que no le recuerde, porque te aseguro que es como si le tuviera ante mi vista en este mis mo momento.
Mr. Utterson anduvo otro trecho en silencio, evidentemente abrumado por sus pensamientos. -¿Estás seguro
de que abrió con llave? -preguntó al fin.
-Mi querido Utterson -comenzó a decir Enfield, que no cabía en sí de asombro.
-Lo sé -dijo su interlocutor-, comprendo tu extrañeza. El hecho es que si no te pregunto cómo se llamaba
el otro hombre es porque ya lo sé. Verás, Richard, has ido a dar en el clavo con esa historia. Si no has sido
exacto en algún punto, convendría que rectificaras.
-Deberías haberme avisado -respondió el otro con un dejo de indignación-. Pero te aseguro que he sido
exacto hasta la pedantería, como tú sueles decir. Ese hombre tenía una llave, y lo que es más, sigue teniéndola.
Le vi servirse de ella no hará ni una semana.
Mr. Utterson exhaló un profundo suspiro pero no dijo una sola palabra. Al poco, el joven continuaba: -
No sé cuándo voy a aprender a callarme la boca -dijo-. Me avergüenzo de haber hablado más de la cuenta.
Hagamos un trato. Nunca más volveremos a hablar de este asunto.
-Accedo de todo corazón -dijo el abogado-. Te lo prometo, Richard.
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Por arkaiko
EL DR. JEKILL Y MR. HYDE -- R. L. STEVENSON
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En busca de Mr. Hyde
En busca de Mr. Hyde
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Aquella noche, Mr. Utterson llegó a su casa de soltero sombrío y se sentó a la mesa sin gusto. Los domingos,
al acabar de cenar, tenía la costumbre de instalarse en un sillón junto al fuego y ante un atril en que
reposaba la obra de algún árido teólogo hasta que el reloj de la iglesia vecina daba las doce, hora en que se
iba a la cama tranquilo y agradecido. Aquella noche, sin embargo, apenas levantados los manteles, tomó
una vela y se dirigió a su despacho. Una vez allí, abrió la caja fuerte, sacó del apartado más recóndito un
sobre en el que se leía «Testamento del Dr. Jekyll» y se sentó con el ceño fruncido a inspeccionar su contenido.
El testamento era ológrafo, pues Mr. Utterson, si bien se avino a hacerse cargo de él una vez terminado,
se había negado a prestar la menor ayuda en su confección. El documento estipulaba no sólo que tras el
falle cimiento de Henry Jekyll, doctor en Medicina y miembro de la Royal Society, todo cuanto poseía fuera
a parar a manos de su «amigo y benefactor, Edward Hyde», sino también que, en el caso de «desaparición o
ausencia inexplicable del Dr. Jekyll durante un período de tiempo superior a los tres meses», el antedicho
Edward Hyde pasaría a dis frutar de todas las pertenencias de Henry Jekyll sin la menor dilación y libre de
cargas y obligaciones, excepción hecha del pago de sendas sumas de me nor cuantía a los miembros de la
servidumbre del doctor.
El testamento venía constituyendo desde hacía tiempo una preocupación para Mr. Utterson. Le molestaba
no sólo en calidad de abogado, sino también como amante que era de todo lo cuerdo y habitual por ser
hombre para quien lo desusado equivalía, sin más a deshonroso. Y si hasta el momento había sido la ignorancia
de quién podía ser ese Mr. Hyde lo que provocara su enojo, ahora, por un súbito capricho del destino,
lo que sabía de él era precisamente la causa de su indignación. Malo era ya cuando aquel personaje no
constituía sino un nombre del cual nada podía averiguar, pero aún era peor ahora que ese nombre comenzaba
a revestirse de atributos detestables. De la neblina movediza e incorpórea que durante tanto tiempo había
confundido su vista, saltaba de pronto a primer plano la imagen concreta de un ser diabólico.
«Creí que era locura -se dijo mientras volvía a colocar en la caja el odioso documento-, y me empiezo a
temer que sea infamia.» Apagó la vela, se puso el abrigo y se dirigió a la plaza de Cavendish, reducto de la
medicina, donde su amigo, el famoso Dr. Lanyon, tenía su casa y recibía a sus numerosos pacientes. «Si
alguien sabe algo del asunto, tiene que ser Lanyon», había decidido.
El solemne mayordomo le conocía y le dio la bienvenida. Sin dilación le condujo a la puerta del comedor,
donde sentado a la mesa, solo y paladeando una copa de vino, se hallaba el Dr. Lanyon. Era éste un
hombre cordial, sano, vivaz, de semblante arrebolado, cabellos prematuramente encanecidos y modales
bulliciosos y decididos. Al ver a Mr. Utterson se levantó precipitadamente de su asiento y salió a recibirle
tendiéndole ambas manos. Su cordialidad podía resultar quizá un poco teatral a primera vista, pero respondía
a un auténtico afecto. Los dos hombres eran viejos amigos, antiguos compañeros, tanto de colegio como
de universidad, se respetaban tanto a sí mismos como mutuamente y, lo que no siempre es consecuencia de
lo anterior, gozaban el uno con la compañía del otro.
Tras unos momentos de divagación, el abogado encaminó la charla al tema que tan desagradablemente le
preocupaba.
-Supongo, Lanyon -dijo-, que somos los amigos más antiguos que tiene Henry Jekyll.
-Ojalá no lo fuéramos tanto -dijo Lanyon riendo-. Pero sí, supongo que no. te equivocas. LY qué es de
él? Últimamente le veo muy poco.
-¿De veras? -dijo Utterson-. Creí que os unían intereses comunes.
-Y así es -fue la respuesta-. Pero hace ya más de diez años que Henry Jekyll empezó a complicarse demasiado
para mi gusto. Se ha desquiciado mentalmente y aunque, como es natural, sigue intere sándome por
mor de los viejos tiempos, como suele decirse, lo cierto es que le veo y le he visto muy poco durante estos
últimos meses. Todos esos disparates tan poco científicos... -añadió el doctor mientras su rostro adquiría el
color de la grana- habrían podido enemistar a Daimon y Pitias.
Aquella ligera explosión de ira alivió en cierto modo a Mr. Utterson. «Difieren solamente en una cuestión
científica», se dijo. Y por ser hombre desapasionado con respecto a la ciencia (excepción hecha de lo
concerniente a las escrituras de traspaso), llegó incluso a añadir: «¡Pequeñeces». Dio a su amigo unos segundos
para que recuperase su compostura y abordó luego el tema que le había llevado a aquella casa.
-¿Conoces a ese protegido suyo, un tal Hyde? -pre guntó.
-¿Hyde? -preguntó Lanyon-. No. Nunca he oído hablar de él. Debe de haberle conocido después de que
yo dejara de frecuentar su trato.
Ésta fue toda la información que el abogado pudo llevarse consigo al lecho, grande y oscuro, en que se
revolvió toda la noche hasta que las horas del ama necer comenzaron a hacerse cada vez más largas. Fue
aquélla una noche de poco descanso para su cerebro, que trabajó sin tregua enfrentado solo con la oscuridad
y acosado por infinitas interrogaciones.
Cuando las campanas de la iglesia cercana a la casa de Mr. Utterson dieron las seis, éste aún seguía meditando
sobre el problema. Hasta entonces sólo le había interesado en el aspecto intelectual, pero ahora había
captado, o mejor dicho, esclavizado su imaginación, y mientras Utterson se revolvía en las tinieblas de la
noche y de la habitación velada por espesos cortinajes, la narración de Mr. Enfield desfilaba ante su mente
como una secuencia ininterrumpida de figuras luminosas. Veía primero la infinita sucesión de farolas de
una ciudad hundida en la noche, luego la figura de un hombre que caminaba a buen paso, la de una niña
que salía corriendo de la casa del médico y cómo al fin las dos figuras se encontraban. Aquel juggernaut
humano atropellaba a la chiquilla y seguía adelante sin hacer caso de sus gritos. Otras veces veía un dormitorio
de una casa lujosa donde dormía su amigo sonriendo a sus sueños. De pronto la puerta se abría, las
cortinas de la cama se separaban y una voz despertaba al durmiente. A su lado se hallaba una figura que
tenía poder sobre él, e, incluso a esa hora de la noche, Jekyll no tenía más remedio que levantarse y obedecer
su mandato. La figura que aparecía en ambas secuencias obsesionó toda la noche al abogado, que si en
algún momento cayó en un sueño ligero, fue para verla deslizarse furtivamente entre mansiones dormidas o
moverse cada vez con mayor rapidez hasta alcanzar una velocidad de vértigo, entre los laberintos de una
ciudad iluminada por farolas, atropellando a una niña en cada esquina y abandonándola a pesar de sus gritos.
Y la figura no tenía cara por la cual pudiera reconocerle. Ni siquiera en sus sueños tenía rostro, y si lo
tenía, le burlaba apareciendo un segundo ante sus ojos para disolverse un instante después. Y así fue como
surgió de pronto y creció con presteza en la mente del abogado una curiosidad singularmente fuerte, casi
incontrolable, de contemplar la faz del verdadero Mr. Hyde. «Si pudiera verle, aunque sólo fuera una vez -
pensó-, el misterio se iría disipando y hasta puede que se desvaneciera totalmente como suele suceder con
todo acontecimiento misterioso cuando se le examina con detalle. Podría averiguar quizá la razón de la extraña
predilección o servidumbre de mi amigo (llá mesela como se quiera), y hasta de aquel sorprendente
testamento. Al menos, valdría la pena ver el rostro de un hombre sin entrañas, sin piedad, un rostro que sólo
tuvo que mostrarse una vez para despertar en la mente del poco impresionable Enfield un odio imperecedero.
»
Desde aquel día, empezó Mr. Utterson a rondar la puerta que se abría a la callejuela de las tiendas. Lo
hacía por la mañana, antes de acudir a su despacho, a mediodía, cuando el trabajo era mucho y el tiempo
escaso, por la noche, bajo la mirada de la luna que se cernía difusa sobre la ciudad. Bajo todas las
luces y a todas horas, ya estuviera la calle solitaria o animada, el abogado montaba guardia en el lugar
que para tal fin había seleccionado.
-Si él es Mr. Hyde -había decidido-, yo seré Mr. Seek.
Al fin vio recompensada su paciencia. Era una noche clara y despejada, el aire helado, las calles limpias
como la pista de un salón de baile. Las luces, inmóviles por la falta de viento, proyectaban sobre el cemento
un dibujo regular de claridad y sombra. Hacia las diez, cuando las tiendas estaban ya cerradas, la calleja
queda solitaria y, a pesar de que hasta ella llegaran los ruidos del Londres que la rodeaba, muy silenciosa.
El sonido más mínimo se oía hasta muy lejos. Los ruidos que procedían del interior de las casas eran claramente
audibles a ambos lados de la calle y el rumor de los pasos de los transeúntes precedía a éstos durante
largo rato. Mr. Utterson lle vaba varios minutos apostado en su puesto, cuando oyó unos pasos, leves y
extraños, que se acercaban. En el curso de aquellas vigilancias nocturnas se había acostumbrado al curioso
efecto que se produce cuando las pisadas de una persona aún distante se destacaban súbitamente, con toda
claridad, del vasto zumbido y alboroto de la ciudad. Nunca, sin embargo, habían acaparado su atención de
forma tan aguda y decisiva, y así fue como se ocultó en la entrada del patio sintiendo un supersticioso presentimiento
de triunfo.
Los pasos se aproximaban rápidamente y al doblar la esquina de la calle sonaron de pronto mucho más
fuerte. El abogado miró desde su escondite y pronto pudo ver con qué clase de hombre tendría que entendérselas.
Era de corta estatura y vestía muy sencillamente. Su aspecto, aun a distancia, predispuso automáticamente
en su contra al que de tal modo le vigilaba. Se dirigió directamente a la puerta cruzando la calle
para ganar tiempo y, mientras avanzaba, sacó una llave del bolsillo con el gesto seguro del que se aproxima
a casa.
En el momento en que pasaba junto a él, Mr. Utterson dio un paso adelante y le tocó en el hombro. -Mr.
Hyde, supongo.
Hyde dio un paso atrás y aspiró con un siseo una bocanada de aire. Pero su temor fue sólo momentáneo
y, aunque sin mirar directamente a la cara al abogado, contestó con frialdad:
-El mismo. ¿Qué desea?
-He visto que iba a entrar y... -respondió el abogado-. Verá usted, soy un viejo amigo del Dr. Jekyll. Mr.
Utterson, de la calle Gaunt; debe de conocerme de nombre. Al verle llegar tan oportunamente he pensado
que quizá me permitiera usted entrar.
-No encontrará al Dr. Jekyll. Está fuera -respondió Mr. Hyde mientras soplaba en el interior de la llave.
Y luego continuó sin levantar la vista. -¿Cómo me ha reconocido?
-¿Querrá usted hacerme un favor? -preguntó Mr. Utterson.
-Desde luego -replicó el otro-. ¿De qué se trata? -¿Me permite que le vea la cara? -preguntó el abogado.
Mr. Hyde pareció dudar, pero al fin, como por fruto de una repentina decisión, le miró de frente con gesto
de desafío. Los dos hombres se contemplaron fijamente unos segundos.
-Ahora ya podré reconocerle -dijo Mr. Utterson-. Puede serme muy útil.
-Sí -respondió Mr. Hyde-. No está mal que nos hayamos conocido. A propósito. Le daré mi dirección. Y
dijo un número de cierta calle del Soho.
¡Dios mío! -se dijo Mr. Utterson-. ¿Habrá estado pensando él también en el testamento?»
Pero se guardó sus temores y se dio por enterado de la dirección con un sordo gruñido.
-Y ahora dígame -dijo el otro-, ¿cómo me ha re conocido?
-Por su descripción -fue la respuesta. -¿Quién se la dio?
-Tenemos amigos comunes -dijo Mr. Utterson. -¿Amigos comunes? -repitió Mr. Hyde con cierta aspereza-.
¿Quiénes?
-Jeky11, por ejemplo -dijo el abogado.
-Él no le ha dicho nada -gritó Mr. Hyde en un acceso de ira-. No le creía a usted capaz de mentir. -
Vamos, vamos -dijo Mr. Utterson-. Ese lenguaje no le honra.
Estalló entonces el otro en una carcajada salvaje y un segundo después, con extraordinaria rapidez, había
abierto la puerta y desaparecido en el interior de la casa.
El abogado permaneció clavado en el suelo unos momentos. Era la imagen viva de la inquietud. Luego
echó a andar calle abajo parándose a cada paso y llevándose la mano a la frente como si estuviera sumido
en una profunda duda. El problema con que se debatía mientras caminaba era de esos que difícilmente llegan
a resolverse nunca. Mr. Hyde era pequeño, pálido, producía impresión de deformidad sin ser efectivamente
contrahecho, tenía una sonrisa desagradable, se había dirigido al abogado con esa combinación criminal
de timidez y osadía, y hablaba con una voz ronca, baja, como entrecortada. Todo ello, naturalmente,
predisponía en su contra, pero aun así no explicaba el grado, hasta entonces nunca experimentado, de disgusto,
repugnancia y miedo de que había despertado en Mr. Utterson. «Debe de haber algo más -se dijo
perplejo el caballero-. Tiene que haber algo más, pero este hombre no parece un ser humano. Tiene algo de
troglodita, por decirlo así. ¿Nos hallaremos, quizá, ante una nueva versión de la historia del Dr. Fell? ¿O
será la
mera irradiación de un espíritu malvado que trasciende y transfigura su vestidura de barro? Creo que debe
de ser esto último. ¡Mi pobre amigo Henry Jekyll! Si alguna vez he leído en un rostro la firma de Satanás,
ha sido en el de tu nuevo amigo. »
Saliendo de la callejuela, a la vuelta de la esquina, había una plaza flanqueada de casas antiguas y de
hermosa apariencia, la mayor parte de ellas venidas a menos y divididas en cuartos y aposentos que se alquilaban
a gentes de toda clase y condición: grabadores de mapas, arquitectos, abogados de ética dudosa y
agentes de oscuras empresas. Una de ellas, sin embargo, la segunda a partir de la esquina, continuaba teniendo
un solo ocupante, y ante su puerta, que respiraba un aire de riqueza y comodidad a pesar de estar
hundida en la oscuridad, a excepción de la claridad que se filtraba por el montante, Mr. Ut terson se detuvo
y llamó. Un sirviente bien vestido y de edad avanzada salió a abrirle.
-¿Está en casa el Dr. Jekyll, Poole? -preguntó el abogado.
-Iré a ver, Mr. Utterson -dijo el mayordomo. Mientras hablaba hizo pasar al visitante a un salón grande y
confortable, de techo bajo y pavimento de losas, caldeado (según es costumbre en las casas de campo) por
un fuego que ardía alegremente en la chimenea y decorado con lujosos armarios de roble.
-¿Quiere esperar aquí junto al fuego, señor, o prefiere que le lleve luz al comedor?
-Esperaré aquí, gracias -dijo el abogado. Se aproximó después a la chimenea y se apoyó en la alta rejilla
que había ante el fuego. Se hallaba en la habitación favorita de su amigo el doctor, una estancia que Utterson
no habría tenido el menor reparo en describir como la más acogedora de Londres. Pero esa noche sentía
un estremecimiento en las venas. El rostro de Hyde no se apartaba de su memoria. Experimentaba -cosa
rara en él- náusea y repugnancia por la vida, y dado el estado de ánimo en que se hallaba, creía leer una
amenaza en el resplandor del fuego que se reflejaba en la pulida superficie de los armarios y en el inquieto
danzar de las sombras en el techo. Se avergonzó de la sensación de alivio que le invadió cuando Poole regresó
al poco rato para anunciarle que Jekyll había salido.
-He visto entrar a Mr. Hyde por la puerta de la antigua sala de disección, Poole -dijo Mr. Utterson-. ¿Le
está permitido venir cuando el Dr. Jekyll no está en casa?
-Desde luego, Mr. Utterson -replicó el sirviente-. Mr. Hyde tiene llave.
-Al parecer, su amo confía totalmente en ese hombre, Poole -continuó el otro pensativo.
-Sí, señor, así es -dijo Poole -. Todos tenemos orden de obedecerle.
-No creo haber conocido nunca a Mr. Hyde -observó Utterson.
-¡No, por Dios, señor! Nunca cena aquí -replicó el mayordomo -. De hecho le vemos muy poco en
esta parte de la casa. Suele entrar y salir por el laboratorio.
-Bueno, entonces me iré. Buenas noches, Poole. -Buenas noches, Mr. Utterson.
El abogado se dirigió a su casa presa de gran inquietud. «Pobre Henry Jekyll -se dijo-. Ha debido de tener
una juventud desenfrenada. Cierto que desde entonces ha pasado mucho tiempo, pero de acuerdo con la ley
de Dios, las malas acciones nunca prescriben. Tiene que ser eso, el fantasma de un antiguo pecado, el cáncer
de alguna vergüenza oculta. Al fin el castigo llega inexorablemente, pede claudo, años después de que
el delito ha caído en el olvido y nuestra propia estimación ha perdonado ya la falta.»
Y el abogado, asustado por sus pensamientos, meditó un momento sobre su propio pasado rebuscando en
los rincones de la memoria por ver si alguna antigua iniquidad saltaba de pronto a la luz como surge un
muñeco de resortes del interior de una caja de sorpresas. Pero su pasado estaba hasta cierto punto libre de
culpas. Pocos hombres podían pasar revista a su vida con menos temor, y, sin embargo, Mr. Utterson sintió
una enorme vergüenza por las malas acciones que había cometido y su corazón se elevó a Dios con gratitud
por las muchas otras que había estado a punto de cometer y que, sin embargo, había evitado. Mientras seguía
meditando sobre este tema, su mente se iluminó con un rayo de esperanza. «Pero ese Mr. Hyde -se
dijo- debe de tener sus propios secretos, secretos negros a juzgar por su aspecto, secretos al lado de los cuales
el peor crimen del pobre Jekyll debe brillar como la luz del sol. Las cosas no pueden seguir corno están.
Me repugna pensar que ese ser maligno pueda rondar como un ladrón al lado mismo del lecho del pobre
Henry. ¡Desgraciado Jekyll! ¡Qué amargo despertar! Y encima, el peligro que corre, porque si ese tal Hyde
llega a sospechar de la existencia del testamento, puede impacientarse por heredar. Tengo que hacer algo
inmediatamente. Si Jekyll me lo permitiera...» Y luego añadió: «Si Jekyll me permitiera hacer algo...» Porque
una vez más veía con los ojos de la memoria, tan claras como la transparencia misma, las raras estipulaciones
del testamento.
Aquella noche, Mr. Utterson llegó a su casa de soltero sombrío y se sentó a la mesa sin gusto. Los domingos,
al acabar de cenar, tenía la costumbre de instalarse en un sillón junto al fuego y ante un atril en que
reposaba la obra de algún árido teólogo hasta que el reloj de la iglesia vecina daba las doce, hora en que se
iba a la cama tranquilo y agradecido. Aquella noche, sin embargo, apenas levantados los manteles, tomó
una vela y se dirigió a su despacho. Una vez allí, abrió la caja fuerte, sacó del apartado más recóndito un
sobre en el que se leía «Testamento del Dr. Jekyll» y se sentó con el ceño fruncido a inspeccionar su contenido.
El testamento era ológrafo, pues Mr. Utterson, si bien se avino a hacerse cargo de él una vez terminado,
se había negado a prestar la menor ayuda en su confección. El documento estipulaba no sólo que tras el
falle cimiento de Henry Jekyll, doctor en Medicina y miembro de la Royal Society, todo cuanto poseía fuera
a parar a manos de su «amigo y benefactor, Edward Hyde», sino también que, en el caso de «desaparición o
ausencia inexplicable del Dr. Jekyll durante un período de tiempo superior a los tres meses», el antedicho
Edward Hyde pasaría a dis frutar de todas las pertenencias de Henry Jekyll sin la menor dilación y libre de
cargas y obligaciones, excepción hecha del pago de sendas sumas de me nor cuantía a los miembros de la
servidumbre del doctor.
El testamento venía constituyendo desde hacía tiempo una preocupación para Mr. Utterson. Le molestaba
no sólo en calidad de abogado, sino también como amante que era de todo lo cuerdo y habitual por ser
hombre para quien lo desusado equivalía, sin más a deshonroso. Y si hasta el momento había sido la ignorancia
de quién podía ser ese Mr. Hyde lo que provocara su enojo, ahora, por un súbito capricho del destino,
lo que sabía de él era precisamente la causa de su indignación. Malo era ya cuando aquel personaje no
constituía sino un nombre del cual nada podía averiguar, pero aún era peor ahora que ese nombre comenzaba
a revestirse de atributos detestables. De la neblina movediza e incorpórea que durante tanto tiempo había
confundido su vista, saltaba de pronto a primer plano la imagen concreta de un ser diabólico.
«Creí que era locura -se dijo mientras volvía a colocar en la caja el odioso documento-, y me empiezo a
temer que sea infamia.» Apagó la vela, se puso el abrigo y se dirigió a la plaza de Cavendish, reducto de la
medicina, donde su amigo, el famoso Dr. Lanyon, tenía su casa y recibía a sus numerosos pacientes. «Si
alguien sabe algo del asunto, tiene que ser Lanyon», había decidido.
El solemne mayordomo le conocía y le dio la bienvenida. Sin dilación le condujo a la puerta del comedor,
donde sentado a la mesa, solo y paladeando una copa de vino, se hallaba el Dr. Lanyon. Era éste un
hombre cordial, sano, vivaz, de semblante arrebolado, cabellos prematuramente encanecidos y modales
bulliciosos y decididos. Al ver a Mr. Utterson se levantó precipitadamente de su asiento y salió a recibirle
tendiéndole ambas manos. Su cordialidad podía resultar quizá un poco teatral a primera vista, pero respondía
a un auténtico afecto. Los dos hombres eran viejos amigos, antiguos compañeros, tanto de colegio como
de universidad, se respetaban tanto a sí mismos como mutuamente y, lo que no siempre es consecuencia de
lo anterior, gozaban el uno con la compañía del otro.
Tras unos momentos de divagación, el abogado encaminó la charla al tema que tan desagradablemente le
preocupaba.
-Supongo, Lanyon -dijo-, que somos los amigos más antiguos que tiene Henry Jekyll.
-Ojalá no lo fuéramos tanto -dijo Lanyon riendo-. Pero sí, supongo que no. te equivocas. LY qué es de
él? Últimamente le veo muy poco.
-¿De veras? -dijo Utterson-. Creí que os unían intereses comunes.
-Y así es -fue la respuesta-. Pero hace ya más de diez años que Henry Jekyll empezó a complicarse demasiado
para mi gusto. Se ha desquiciado mentalmente y aunque, como es natural, sigue intere sándome por
mor de los viejos tiempos, como suele decirse, lo cierto es que le veo y le he visto muy poco durante estos
últimos meses. Todos esos disparates tan poco científicos... -añadió el doctor mientras su rostro adquiría el
color de la grana- habrían podido enemistar a Daimon y Pitias.
Aquella ligera explosión de ira alivió en cierto modo a Mr. Utterson. «Difieren solamente en una cuestión
científica», se dijo. Y por ser hombre desapasionado con respecto a la ciencia (excepción hecha de lo
concerniente a las escrituras de traspaso), llegó incluso a añadir: «¡Pequeñeces». Dio a su amigo unos segundos
para que recuperase su compostura y abordó luego el tema que le había llevado a aquella casa.
-¿Conoces a ese protegido suyo, un tal Hyde? -pre guntó.
-¿Hyde? -preguntó Lanyon-. No. Nunca he oído hablar de él. Debe de haberle conocido después de que
yo dejara de frecuentar su trato.
Ésta fue toda la información que el abogado pudo llevarse consigo al lecho, grande y oscuro, en que se
revolvió toda la noche hasta que las horas del ama necer comenzaron a hacerse cada vez más largas. Fue
aquélla una noche de poco descanso para su cerebro, que trabajó sin tregua enfrentado solo con la oscuridad
y acosado por infinitas interrogaciones.
Cuando las campanas de la iglesia cercana a la casa de Mr. Utterson dieron las seis, éste aún seguía meditando
sobre el problema. Hasta entonces sólo le había interesado en el aspecto intelectual, pero ahora había
captado, o mejor dicho, esclavizado su imaginación, y mientras Utterson se revolvía en las tinieblas de la
noche y de la habitación velada por espesos cortinajes, la narración de Mr. Enfield desfilaba ante su mente
como una secuencia ininterrumpida de figuras luminosas. Veía primero la infinita sucesión de farolas de
una ciudad hundida en la noche, luego la figura de un hombre que caminaba a buen paso, la de una niña
que salía corriendo de la casa del médico y cómo al fin las dos figuras se encontraban. Aquel juggernaut
humano atropellaba a la chiquilla y seguía adelante sin hacer caso de sus gritos. Otras veces veía un dormitorio
de una casa lujosa donde dormía su amigo sonriendo a sus sueños. De pronto la puerta se abría, las
cortinas de la cama se separaban y una voz despertaba al durmiente. A su lado se hallaba una figura que
tenía poder sobre él, e, incluso a esa hora de la noche, Jekyll no tenía más remedio que levantarse y obedecer
su mandato. La figura que aparecía en ambas secuencias obsesionó toda la noche al abogado, que si en
algún momento cayó en un sueño ligero, fue para verla deslizarse furtivamente entre mansiones dormidas o
moverse cada vez con mayor rapidez hasta alcanzar una velocidad de vértigo, entre los laberintos de una
ciudad iluminada por farolas, atropellando a una niña en cada esquina y abandonándola a pesar de sus gritos.
Y la figura no tenía cara por la cual pudiera reconocerle. Ni siquiera en sus sueños tenía rostro, y si lo
tenía, le burlaba apareciendo un segundo ante sus ojos para disolverse un instante después. Y así fue como
surgió de pronto y creció con presteza en la mente del abogado una curiosidad singularmente fuerte, casi
incontrolable, de contemplar la faz del verdadero Mr. Hyde. «Si pudiera verle, aunque sólo fuera una vez -
pensó-, el misterio se iría disipando y hasta puede que se desvaneciera totalmente como suele suceder con
todo acontecimiento misterioso cuando se le examina con detalle. Podría averiguar quizá la razón de la extraña
predilección o servidumbre de mi amigo (llá mesela como se quiera), y hasta de aquel sorprendente
testamento. Al menos, valdría la pena ver el rostro de un hombre sin entrañas, sin piedad, un rostro que sólo
tuvo que mostrarse una vez para despertar en la mente del poco impresionable Enfield un odio imperecedero.
»
Desde aquel día, empezó Mr. Utterson a rondar la puerta que se abría a la callejuela de las tiendas. Lo
hacía por la mañana, antes de acudir a su despacho, a mediodía, cuando el trabajo era mucho y el tiempo
escaso, por la noche, bajo la mirada de la luna que se cernía difusa sobre la ciudad. Bajo todas las
luces y a todas horas, ya estuviera la calle solitaria o animada, el abogado montaba guardia en el lugar
que para tal fin había seleccionado.
-Si él es Mr. Hyde -había decidido-, yo seré Mr. Seek.
Al fin vio recompensada su paciencia. Era una noche clara y despejada, el aire helado, las calles limpias
como la pista de un salón de baile. Las luces, inmóviles por la falta de viento, proyectaban sobre el cemento
un dibujo regular de claridad y sombra. Hacia las diez, cuando las tiendas estaban ya cerradas, la calleja
queda solitaria y, a pesar de que hasta ella llegaran los ruidos del Londres que la rodeaba, muy silenciosa.
El sonido más mínimo se oía hasta muy lejos. Los ruidos que procedían del interior de las casas eran claramente
audibles a ambos lados de la calle y el rumor de los pasos de los transeúntes precedía a éstos durante
largo rato. Mr. Utterson lle vaba varios minutos apostado en su puesto, cuando oyó unos pasos, leves y
extraños, que se acercaban. En el curso de aquellas vigilancias nocturnas se había acostumbrado al curioso
efecto que se produce cuando las pisadas de una persona aún distante se destacaban súbitamente, con toda
claridad, del vasto zumbido y alboroto de la ciudad. Nunca, sin embargo, habían acaparado su atención de
forma tan aguda y decisiva, y así fue como se ocultó en la entrada del patio sintiendo un supersticioso presentimiento
de triunfo.
Los pasos se aproximaban rápidamente y al doblar la esquina de la calle sonaron de pronto mucho más
fuerte. El abogado miró desde su escondite y pronto pudo ver con qué clase de hombre tendría que entendérselas.
Era de corta estatura y vestía muy sencillamente. Su aspecto, aun a distancia, predispuso automáticamente
en su contra al que de tal modo le vigilaba. Se dirigió directamente a la puerta cruzando la calle
para ganar tiempo y, mientras avanzaba, sacó una llave del bolsillo con el gesto seguro del que se aproxima
a casa.
En el momento en que pasaba junto a él, Mr. Utterson dio un paso adelante y le tocó en el hombro. -Mr.
Hyde, supongo.
Hyde dio un paso atrás y aspiró con un siseo una bocanada de aire. Pero su temor fue sólo momentáneo
y, aunque sin mirar directamente a la cara al abogado, contestó con frialdad:
-El mismo. ¿Qué desea?
-He visto que iba a entrar y... -respondió el abogado-. Verá usted, soy un viejo amigo del Dr. Jekyll. Mr.
Utterson, de la calle Gaunt; debe de conocerme de nombre. Al verle llegar tan oportunamente he pensado
que quizá me permitiera usted entrar.
-No encontrará al Dr. Jekyll. Está fuera -respondió Mr. Hyde mientras soplaba en el interior de la llave.
Y luego continuó sin levantar la vista. -¿Cómo me ha reconocido?
-¿Querrá usted hacerme un favor? -preguntó Mr. Utterson.
-Desde luego -replicó el otro-. ¿De qué se trata? -¿Me permite que le vea la cara? -preguntó el abogado.
Mr. Hyde pareció dudar, pero al fin, como por fruto de una repentina decisión, le miró de frente con gesto
de desafío. Los dos hombres se contemplaron fijamente unos segundos.
-Ahora ya podré reconocerle -dijo Mr. Utterson-. Puede serme muy útil.
-Sí -respondió Mr. Hyde-. No está mal que nos hayamos conocido. A propósito. Le daré mi dirección. Y
dijo un número de cierta calle del Soho.
¡Dios mío! -se dijo Mr. Utterson-. ¿Habrá estado pensando él también en el testamento?»
Pero se guardó sus temores y se dio por enterado de la dirección con un sordo gruñido.
-Y ahora dígame -dijo el otro-, ¿cómo me ha re conocido?
-Por su descripción -fue la respuesta. -¿Quién se la dio?
-Tenemos amigos comunes -dijo Mr. Utterson. -¿Amigos comunes? -repitió Mr. Hyde con cierta aspereza-.
¿Quiénes?
-Jeky11, por ejemplo -dijo el abogado.
-Él no le ha dicho nada -gritó Mr. Hyde en un acceso de ira-. No le creía a usted capaz de mentir. -
Vamos, vamos -dijo Mr. Utterson-. Ese lenguaje no le honra.
Estalló entonces el otro en una carcajada salvaje y un segundo después, con extraordinaria rapidez, había
abierto la puerta y desaparecido en el interior de la casa.
El abogado permaneció clavado en el suelo unos momentos. Era la imagen viva de la inquietud. Luego
echó a andar calle abajo parándose a cada paso y llevándose la mano a la frente como si estuviera sumido
en una profunda duda. El problema con que se debatía mientras caminaba era de esos que difícilmente llegan
a resolverse nunca. Mr. Hyde era pequeño, pálido, producía impresión de deformidad sin ser efectivamente
contrahecho, tenía una sonrisa desagradable, se había dirigido al abogado con esa combinación criminal
de timidez y osadía, y hablaba con una voz ronca, baja, como entrecortada. Todo ello, naturalmente,
predisponía en su contra, pero aun así no explicaba el grado, hasta entonces nunca experimentado, de disgusto,
repugnancia y miedo de que había despertado en Mr. Utterson. «Debe de haber algo más -se dijo
perplejo el caballero-. Tiene que haber algo más, pero este hombre no parece un ser humano. Tiene algo de
troglodita, por decirlo así. ¿Nos hallaremos, quizá, ante una nueva versión de la historia del Dr. Fell? ¿O
será la
mera irradiación de un espíritu malvado que trasciende y transfigura su vestidura de barro? Creo que debe
de ser esto último. ¡Mi pobre amigo Henry Jekyll! Si alguna vez he leído en un rostro la firma de Satanás,
ha sido en el de tu nuevo amigo. »
Saliendo de la callejuela, a la vuelta de la esquina, había una plaza flanqueada de casas antiguas y de
hermosa apariencia, la mayor parte de ellas venidas a menos y divididas en cuartos y aposentos que se alquilaban
a gentes de toda clase y condición: grabadores de mapas, arquitectos, abogados de ética dudosa y
agentes de oscuras empresas. Una de ellas, sin embargo, la segunda a partir de la esquina, continuaba teniendo
un solo ocupante, y ante su puerta, que respiraba un aire de riqueza y comodidad a pesar de estar
hundida en la oscuridad, a excepción de la claridad que se filtraba por el montante, Mr. Ut terson se detuvo
y llamó. Un sirviente bien vestido y de edad avanzada salió a abrirle.
-¿Está en casa el Dr. Jekyll, Poole? -preguntó el abogado.
-Iré a ver, Mr. Utterson -dijo el mayordomo. Mientras hablaba hizo pasar al visitante a un salón grande y
confortable, de techo bajo y pavimento de losas, caldeado (según es costumbre en las casas de campo) por
un fuego que ardía alegremente en la chimenea y decorado con lujosos armarios de roble.
-¿Quiere esperar aquí junto al fuego, señor, o prefiere que le lleve luz al comedor?
-Esperaré aquí, gracias -dijo el abogado. Se aproximó después a la chimenea y se apoyó en la alta rejilla
que había ante el fuego. Se hallaba en la habitación favorita de su amigo el doctor, una estancia que Utterson
no habría tenido el menor reparo en describir como la más acogedora de Londres. Pero esa noche sentía
un estremecimiento en las venas. El rostro de Hyde no se apartaba de su memoria. Experimentaba -cosa
rara en él- náusea y repugnancia por la vida, y dado el estado de ánimo en que se hallaba, creía leer una
amenaza en el resplandor del fuego que se reflejaba en la pulida superficie de los armarios y en el inquieto
danzar de las sombras en el techo. Se avergonzó de la sensación de alivio que le invadió cuando Poole regresó
al poco rato para anunciarle que Jekyll había salido.
-He visto entrar a Mr. Hyde por la puerta de la antigua sala de disección, Poole -dijo Mr. Utterson-. ¿Le
está permitido venir cuando el Dr. Jekyll no está en casa?
-Desde luego, Mr. Utterson -replicó el sirviente-. Mr. Hyde tiene llave.
-Al parecer, su amo confía totalmente en ese hombre, Poole -continuó el otro pensativo.
-Sí, señor, así es -dijo Poole -. Todos tenemos orden de obedecerle.
-No creo haber conocido nunca a Mr. Hyde -observó Utterson.
-¡No, por Dios, señor! Nunca cena aquí -replicó el mayordomo -. De hecho le vemos muy poco en
esta parte de la casa. Suele entrar y salir por el laboratorio.
-Bueno, entonces me iré. Buenas noches, Poole. -Buenas noches, Mr. Utterson.
El abogado se dirigió a su casa presa de gran inquietud. «Pobre Henry Jekyll -se dijo-. Ha debido de tener
una juventud desenfrenada. Cierto que desde entonces ha pasado mucho tiempo, pero de acuerdo con la ley
de Dios, las malas acciones nunca prescriben. Tiene que ser eso, el fantasma de un antiguo pecado, el cáncer
de alguna vergüenza oculta. Al fin el castigo llega inexorablemente, pede claudo, años después de que
el delito ha caído en el olvido y nuestra propia estimación ha perdonado ya la falta.»
Y el abogado, asustado por sus pensamientos, meditó un momento sobre su propio pasado rebuscando en
los rincones de la memoria por ver si alguna antigua iniquidad saltaba de pronto a la luz como surge un
muñeco de resortes del interior de una caja de sorpresas. Pero su pasado estaba hasta cierto punto libre de
culpas. Pocos hombres podían pasar revista a su vida con menos temor, y, sin embargo, Mr. Utterson sintió
una enorme vergüenza por las malas acciones que había cometido y su corazón se elevó a Dios con gratitud
por las muchas otras que había estado a punto de cometer y que, sin embargo, había evitado. Mientras seguía
meditando sobre este tema, su mente se iluminó con un rayo de esperanza. «Pero ese Mr. Hyde -se
dijo- debe de tener sus propios secretos, secretos negros a juzgar por su aspecto, secretos al lado de los cuales
el peor crimen del pobre Jekyll debe brillar como la luz del sol. Las cosas no pueden seguir corno están.
Me repugna pensar que ese ser maligno pueda rondar como un ladrón al lado mismo del lecho del pobre
Henry. ¡Desgraciado Jekyll! ¡Qué amargo despertar! Y encima, el peligro que corre, porque si ese tal Hyde
llega a sospechar de la existencia del testamento, puede impacientarse por heredar. Tengo que hacer algo
inmediatamente. Si Jekyll me lo permitiera...» Y luego añadió: «Si Jekyll me permitiera hacer algo...» Porque
una vez más veía con los ojos de la memoria, tan claras como la transparencia misma, las raras estipulaciones
del testamento.
_
El Dr. Jeky11 estaba tranquilo
El Dr. Jeky11 estaba tranquilo
_
Dos semanas después, por una de esas halagüeñas jugadas del destino, el Dr. Jekyll invitó a cenar a cinco
o seis de sus mejores amigos, inteligentes todos ellos, de reputación intachable y buenos catadores de vino,
y Mr. Utterson pudo ingeniárselas para quedarse a solas con su anfitrión una vez que partie ran el resto de
los invitados. No era aquello ninguna novedad, sino que, al contrario, había sucedido en innumerables ocasiones.
Donde querían a Utterson, le querían bien. Sus anfitriones solían retener al adusto abogado una vez
que los despreocupados y los habladores habían traspasado ya el umbral. Gustaban de permanecer un rato
en su discreta compañía, practicando la soledad, serenando el pensamiento en el fecundo silencio de aquel
hombre tras el dispendio de alegría y la tensión que ésta suponía.
El Dr. Jekyll no era excepción a la regla. Sentado como estaba frente a Utterson delante de la chimenea -
era hombre de unos cincuenta años, alto, fornido, de rostro delicado, con una expresión algo astuta, quizá,
pero que revelaba inteligencia y bondad-, su mirada demostraba que sentía por su amigo un afecto profundo
y sincero.
-Hace tiempo quería hablar contigo, Jeky11 -le dijo éste-. ¿Recuerdas el testamento que hiciste? Un buen
observador se habría dado cuenta de que el tema no era del agrado del que escuchaba. Pero, aun así, el doctor
respondió alegremente. . -¡Mi pobre Utterson! -dijo-. Qué mala suerte has tenido con que sea tu cliente.
En mi vida he visto un hombre tan preocupado como tú cuando leíste ese documento, excepto quizá ese
fanático de Lanyon ante lo que llama «mis herejías científicas». Ya. Ya sé que es una buena persona. No
tienes que fruncir el ceño. Es un hombre excelente y me gustaría verle con más frecuencia. Pero es también
un ignorante, un fanático y, sin lugar a dudas, un pedante. Nadie me ha decepcionado nunca tanto como él.
-Tú sabes que nunca he aprobado ese documento -continuó Utterson, haciendo caso omiso de las palabras
de su amigo.
-¿Te refieres a mi testamento? Sí, naturalmente, ya lo sé -dijo el doctor ligeramente enojado-. Ya me lo
has dicho.
-Pues te lo repito -continuó el abogado-. He averiguado ciertas cosas acerca de Mr. Hyde.
El agraciado rostro del Dr. Jekyll palideció hasta que labios y ojos se ennegrecieron.
-No quiero oír ni una sola palabra de ese asunto -dijo-. Creí que habíamos acordado no volver a mencionar
el tema.
-Lo que me han dicho es abominable -continuó Utterson.
-Eso no cambiará nada. No puedes entender en qué posición me encuentro -contestó el doctor no sin cierta
incoherencia-. Me hallo en una situación difícil, Utterson, en una extraña circunstancia de la vida, muy
extraña. Se trata de uno de esos asuntos que no se solucionan con hablar.
-Jekyll -dijo Utterson-, tú me conoces y sabes que soy hombre en quien se puede confiar. Puedes hablarme
con toda confianza y no dudes de que podré sacarte del atolladero.
-Mi querido Utterson -dijo el doctor-, tu bondad me conmueve. Eres un excelente amigo y no encuentro
palabras con que agradecerte el afecto que me demuestras. Te creo y confiaría en ti antes que en ninguna
otra persona, antes, ¡ay!, que en mí mismo si me fuera posible. Pero no se trata de lo que tú imaginas. No es
tan grave el asunto. Y sólo para tranquilizar tu corazón te diré una cosa. Puedo deshacerme de ese tal Mr.
Hyde en el momento en que lo desee. Te lo prometo. Mil veces te agradezco tu interés y sólo quiero añadir
una cosa que, espero, no tomes a mal. Se trata de un asunto personal y no quiero que volvamos a hablar de
ello jamás.
Utterson reflexionó unos segundos mirando al fuego.
-Estoy seguro de que tienes razón -dijo al fin poniéndose en pie.
-Pero ya que hemos tocado el tema por última vez -prosiguió el doctor-, hay un punto en el que quiero insistir.
Siento un gran interés por ese pobre Hyde. Sé que le has visto, me lo ha dicho, y me temo que estuvo
muy grosero contigo. Pero con toda sinceridad te digo que siento un interés enorme por ese hombre y quiero
que me prometas, Utterson, que si muero, serás tolerante con él y le ayudarás a hacer valer sus derechos.
Estoy seguro de que lo harías si conocieras el caso a fondo. Me quitarás un gran peso de encima si me lo
prometes.
-No puedo mentirte diciéndote que será alguna vez persona de mi agrado -dijo el abogado.
-No es eso lo que te pido -suplicó Jekyll posando una mano sobre el brazo de su amigo-. Sólo quiero justicia.
Que le ayudes en mi nombre cuando yo no esté aquí.
Utterson exhaló un irreprimible suspiro. -Está bien -dijo-. Te lo prometo.
Dos semanas después, por una de esas halagüeñas jugadas del destino, el Dr. Jekyll invitó a cenar a cinco
o seis de sus mejores amigos, inteligentes todos ellos, de reputación intachable y buenos catadores de vino,
y Mr. Utterson pudo ingeniárselas para quedarse a solas con su anfitrión una vez que partie ran el resto de
los invitados. No era aquello ninguna novedad, sino que, al contrario, había sucedido en innumerables ocasiones.
Donde querían a Utterson, le querían bien. Sus anfitriones solían retener al adusto abogado una vez
que los despreocupados y los habladores habían traspasado ya el umbral. Gustaban de permanecer un rato
en su discreta compañía, practicando la soledad, serenando el pensamiento en el fecundo silencio de aquel
hombre tras el dispendio de alegría y la tensión que ésta suponía.
El Dr. Jekyll no era excepción a la regla. Sentado como estaba frente a Utterson delante de la chimenea -
era hombre de unos cincuenta años, alto, fornido, de rostro delicado, con una expresión algo astuta, quizá,
pero que revelaba inteligencia y bondad-, su mirada demostraba que sentía por su amigo un afecto profundo
y sincero.
-Hace tiempo quería hablar contigo, Jeky11 -le dijo éste-. ¿Recuerdas el testamento que hiciste? Un buen
observador se habría dado cuenta de que el tema no era del agrado del que escuchaba. Pero, aun así, el doctor
respondió alegremente. . -¡Mi pobre Utterson! -dijo-. Qué mala suerte has tenido con que sea tu cliente.
En mi vida he visto un hombre tan preocupado como tú cuando leíste ese documento, excepto quizá ese
fanático de Lanyon ante lo que llama «mis herejías científicas». Ya. Ya sé que es una buena persona. No
tienes que fruncir el ceño. Es un hombre excelente y me gustaría verle con más frecuencia. Pero es también
un ignorante, un fanático y, sin lugar a dudas, un pedante. Nadie me ha decepcionado nunca tanto como él.
-Tú sabes que nunca he aprobado ese documento -continuó Utterson, haciendo caso omiso de las palabras
de su amigo.
-¿Te refieres a mi testamento? Sí, naturalmente, ya lo sé -dijo el doctor ligeramente enojado-. Ya me lo
has dicho.
-Pues te lo repito -continuó el abogado-. He averiguado ciertas cosas acerca de Mr. Hyde.
El agraciado rostro del Dr. Jekyll palideció hasta que labios y ojos se ennegrecieron.
-No quiero oír ni una sola palabra de ese asunto -dijo-. Creí que habíamos acordado no volver a mencionar
el tema.
-Lo que me han dicho es abominable -continuó Utterson.
-Eso no cambiará nada. No puedes entender en qué posición me encuentro -contestó el doctor no sin cierta
incoherencia-. Me hallo en una situación difícil, Utterson, en una extraña circunstancia de la vida, muy
extraña. Se trata de uno de esos asuntos que no se solucionan con hablar.
-Jekyll -dijo Utterson-, tú me conoces y sabes que soy hombre en quien se puede confiar. Puedes hablarme
con toda confianza y no dudes de que podré sacarte del atolladero.
-Mi querido Utterson -dijo el doctor-, tu bondad me conmueve. Eres un excelente amigo y no encuentro
palabras con que agradecerte el afecto que me demuestras. Te creo y confiaría en ti antes que en ninguna
otra persona, antes, ¡ay!, que en mí mismo si me fuera posible. Pero no se trata de lo que tú imaginas. No es
tan grave el asunto. Y sólo para tranquilizar tu corazón te diré una cosa. Puedo deshacerme de ese tal Mr.
Hyde en el momento en que lo desee. Te lo prometo. Mil veces te agradezco tu interés y sólo quiero añadir
una cosa que, espero, no tomes a mal. Se trata de un asunto personal y no quiero que volvamos a hablar de
ello jamás.
Utterson reflexionó unos segundos mirando al fuego.
-Estoy seguro de que tienes razón -dijo al fin poniéndose en pie.
-Pero ya que hemos tocado el tema por última vez -prosiguió el doctor-, hay un punto en el que quiero insistir.
Siento un gran interés por ese pobre Hyde. Sé que le has visto, me lo ha dicho, y me temo que estuvo
muy grosero contigo. Pero con toda sinceridad te digo que siento un interés enorme por ese hombre y quiero
que me prometas, Utterson, que si muero, serás tolerante con él y le ayudarás a hacer valer sus derechos.
Estoy seguro de que lo harías si conocieras el caso a fondo. Me quitarás un gran peso de encima si me lo
prometes.
-No puedo mentirte diciéndote que será alguna vez persona de mi agrado -dijo el abogado.
-No es eso lo que te pido -suplicó Jekyll posando una mano sobre el brazo de su amigo-. Sólo quiero justicia.
Que le ayudes en mi nombre cuando yo no esté aquí.
Utterson exhaló un irreprimible suspiro. -Está bien -dijo-. Te lo prometo.
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El caso del asesinato de Carew
El caso del asesinato de Carew
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Casi un año después, en octubre de 18..., todo Londres se conmovió ante un crimen singularmente feroz,
crimen aún más notable por ser la víctima hombre de muy buena posición. Lo que se supo fue poco, pero
sorprendente. Una criada que vivía sola en una casa no muy lejos del río había subido a su dormitorio hacia
las once para acostarse. La niebla solía cernirse sobre la ciudad al amanecer y, por lo tanto, a aquella hora
temprana de la noche la atmósfera estaba despejada y la calle a la que daba la ventana de la criada estaba
iluminada por la luna. Al parecer era aquella mujer de naturaleza romántica, pues se sentó en un baúl colocado
justamente bajo la ventana y allí se perdió en sus ensoñaciones. «Nunca -solía decir entre amargas
lágrimas-, nunca me había sentido tan en paz con la humanidad ni había pensado en el mundo con mayor
sosiego.»
Y mientras en esta actitud se hallaba acertó a ver a un anciano de porte distinguido y pelo canoso que se
acercaba por la calle. Otro caballero de corta estatura, y en el que fijó menos su atención, caminaba en dirección
contraria. Cuando ambos hombres se cruzaron (cosa que ocurrió precisamente bajo su ventana) el
anciano se inclinó y se dirigió al otro con cortesía. Se diría que el tema de la conversación no revestía gran
importancia. De hecho, por la forma en que señalaba, parecía que el anciano pedía indicaciones para llegar
a un determinado lugar. La luna se reflejaba en su rostro y la sirvienta se complació en mirarle mientras
hablaba. Respiraba caballerosidad, una bondad inocente y, al mismo tiempo, algo muy elevado, como una
satisfacción interior ampliamente justificada. Se fijó entonces en el otro hombre y se sorprendió al reconocer
en él a un tal Mr. Hyde que en una ocasión había visitado a su amo y por el que había sentido inmediatamente
una profunda antipatía. Llevaba en la mano un pequeño bastón con el que jugueteaba nerviosamente.
No respondió al anciano una sola palabra y parecía escucharle con impaciencia mal contenida. De pronto
estalló con una explosión de ira. Empezó a dar patadas en el suelo y a blandir el bastón en el aire como
(según dijo la doncella) preso de un ataque de locura. El anciano dio un paso atrás aparentemente asombrado
de la actitud de su interlocutor, y en ese momento Mr. Hyde perdió el control y le golpeó hasta derribarle
en tierra. Un segundo después, con la furia de un simio, pisoteaba salvajemente a su víctima cubriéndola
con una lluvia de golpes, tan fuertes que la criada oyó el quebrarse de los huesos y el cuerpo fue a parar a la
calzada. Ante el horror provocado por la visión y aquellos sonidos, la mu jer perdió el sentido.
Eran las dos de la mañana cuando volvió en sí y dio aviso a la policía. El asesino había desaparecido
hacía largo tiempo, pero su víctima yacía desarticulada en el centro de la calle. El bastón con que se había
cometido el crimen, aunque de una madera poco común, excepcionalmente fuerte y pesada, se había roto
por la mitad bajo el impulso de aquella insensata crueldad y una de las mitades había ido a parar a la alcantarilla
cercana. La otra, indudablemente, se la había llevado el asesino. Hallaron en posesión de la víctima
una cartera y un reloj de oro, pero ni un solo documento o tarjeta de identificación, a excepción de un sobre
lacrado y franqueado que probablemente se disponía a depositar en algún buzón de correos y que iba dirigido
a Mr. Utterson.
Se lo llevaron al abogado a la mañana siguiente antes de que se levantara, y no bien hubo fijado en él la
mirada y escuchado la narración del caso cuando dijo solemnemente las siguientes palabras:
-No diré nada hasta que haya visto el cadáver. El asunto debe de ser muy serio. Tengan la amabilidad de
esperar mientras me visto.
Y con el mismo grave talante, desayunó apresuradamente, subió a su carruaje y se dirigió a la Comisaría
de Policía donde se encontraba el cuerpo. Tan pronto como lo vio, asintió:
-Sí -dijo -. Le reconozco. Siento tener que decirles que se trata de Sir Danvers Carew.
-¡Santo cielo! -exclamó el oficial-. ¿Será posible? Al momento reflejó su mirada el destello de la amb ición.
-Esto, sin duda, provocará un escándalo -continuó-. Quizá pueda usted ayudarnos a encontrar al criminal.
Dicho esto le informó de las declaraciones de la sirvienta y le mostró la mitad del bastón.
Mr. Utterson se había estremecido ya al oír el nombre de Mr. Hyde, pero cuando vio ante sus ojos aquel
trozo de madera ya no pudo dudar más. Aunque roto y maltratado, reconoció en él el bastón que hacía muchos
años había regalado a Henry Jekyll.
-¿Es ese Mr. Hyde un hombre de corta estatura? -preguntó.
-Según la criada, es muy bajo y de aspecto desagradable en extremo -dijo el oficial.
Mr. Utterson reflexionó y dijo luego, levantando la cabeza:
-Si quiere acompañarme, puedo conducirle hasta su casa.
Eran alrededor de las nueve de la mañana y habían comenzado ya las nieblas propias de la estación. Un
manto de bruma color chocolate descendía del cie lo, pero el viento atacaba y dispersaba continuamente
esos vapores formados en orden de batalla, de modo que conforme el coche avanzaba de calle en calle Mr.
Utterson pudo contemplar una maravillosa infinidad de grados y matices de una luz casi crepuscular: aquí
una oscuridad semejante a lo más recóndito de la noche, allí un destello de marrón in tenso vivo como el
reflejo de una extraña conflagra ción. Luego, por un momento, la niebla se disipaba y un débil rayo de luz
diurna se abría paso entre inquietos jirones de vapor. El miserable barrio del Soho, visto a la luz de esos
destellos cambiantes, con sus calles fangosas, sus transeúntes desalmados y esas farolas que, o no habían
apagado todavía, o habían vuelto a encender para combatir esa nueva invasión de la oscuridad, parecía a los
ojos del abogado un barrio de pesadilla. Sus pensamientos eran, por otra parte, de los más sombríos que
cabe imaginar, y cuando miraba a su compañero de viaje sentía ese escalofrío de terror que la ley y sus
agentes suelen despertar en ocasiones incluso entre los más honrados.
En el momento en que el carruaje se detenía ante la casa indicada, la niebla se disipó ligeramente para
mostrar una casa miserable, una taberna, una casa de comidas francesa, un cuchitril donde se vendían cachivaches
y baratijas, gran número de niños harapientos acogidos al abrigo de los quicios de las puertas y
mujeres de distintas nacionalidades que, llave en mano, se dirigían a tomarse su traguito mañanero.
Pero al momento la niebla volvió a cernirse sobre ese barrio de la ciudad aislando a Mr. Utterson de su
mísero entorno. Se hallaban él y su acompañante ante la casa del protegido del doctor Jekyll, el presunto
heredero de un cuarto de millón de libras esterlinas.
Abrió la puerta una mujer de cabellos canosos y rostro marfileño. Tenía una expresión maligna temperada
por la hipocresía, pero sus modales eran excelentes. Sí, afirmó, aquella era la casa de Mr. Hyde,
pero su amo había salido. La noche anterior había vuelto de madrugada para salir de nuevo, una hora después.
No, no tenía nada de raro. Mr. Hyde tenía unas costumbres muy irregulares y salía con frecuencia.
Por ejemplo, había pasado dos meses sin volver por su casa hasta que regresó la noche anterior.
-Muy bien, entonces condúzcanos a sus aposentos -dijo el abogado. Y cuando la mujer abrió la boca para
afirmar que era imposible, continuó-: Será mejor que le informe de la identidad de este caballero. Es el inspector
Newcomer, de Scotland Yard.
Un rayo de alborozo abominable iluminó el rostro de la mujer.
-¡Ah! -exclamó -. Se ha metido al fin en un lío, ¿eh? ¿Qué ha hecho?
Mr. Utterson y el inspector intercambiaron una mirada.
-No parece que le tenga mucha estimación -observó el segundo. Y luego continuó-: Y ahora, buena mujer,
permítanos que este caballero y yo echemos un vistazo a las habitaciones de su amo.
De toda la casa, habitada únicamente por la anciana en cuestión, Mr. Hyde había utilizado sólo un par de
habitaciones que había amueblado con lujo y exquisito gusto. Tenía una despensa llena de vinos, la vajilla
era de plata, los manteles delicados; de la pared colgaba una buena pintura, regalo -supuso Utterson- de
Henry Jekyll, que era muy entendido en la materia, y las alfombras eran gruesas y de colores agradables a
la vista. Todo en aquellos aposentos daba la impresión de que alguien había pasado por ellos a toda prisa
revolviendo hasta el último rin cón. Diseminadas por el suelo había prendas de vestir con los bolsillos vueltos
hacia fuera, los cajones estaban abiertos y en la chimenea había un montón de cenizas grisáceas que
revelaban que alguien había estado quemando un montón de papeles.
De entre estos restos desenterró el inspector la matriz de un talonario de cheques de color verde que se
había resistido a la acción del fuego. Detrás de la puerta encontraron la otra mitad del bastón y, dado que
esto confirmaba sus sospechas, el policía se mostró encantado del hallazgo. Una visita al banco, donde averiguaron
que el presunto asesino tenía depositados en su cuenta varios miles de libras, acabó de satisfacer la
curiosidad del inspector Newcomer.
-Se lo aseguro, caballero -dijo a Mr. Utterson-. Puede usted darle por preso. Debe de haber perdido la cabeza
o no habría dejado la mitad de su bastón en un sitio tan fácil de encontrar. Y lo que es más importante,
no habría quemado el talonario de cheques. Dinero es precisamente lo que más va a necesitar en estos momentos.
No tenemos más que esperar a que se pase por el banco y proceder a su detención.
Pero esto último no resultó tan fácil como el policía se las prometía. Mr. Hyde tenía muy pocos conocidos
-incluso el amo de la criada que había presenciado el crimen le había visto sólo un par de veces - y
no fue posible localizar a ninguno de sus familiares. No existían, por otra parte, fotografías suyas, y los
pocos que pudieron describirle dieron versiones contradictorias sobre su apariencia, como suele ocurrir
cuando se trata de observadores no profesionales. Sólo coincidieron todos en un punto. En destacar esa
vaga sensación de deformidad que el fugitivo despertaba en todo el que le veía.
Casi un año después, en octubre de 18..., todo Londres se conmovió ante un crimen singularmente feroz,
crimen aún más notable por ser la víctima hombre de muy buena posición. Lo que se supo fue poco, pero
sorprendente. Una criada que vivía sola en una casa no muy lejos del río había subido a su dormitorio hacia
las once para acostarse. La niebla solía cernirse sobre la ciudad al amanecer y, por lo tanto, a aquella hora
temprana de la noche la atmósfera estaba despejada y la calle a la que daba la ventana de la criada estaba
iluminada por la luna. Al parecer era aquella mujer de naturaleza romántica, pues se sentó en un baúl colocado
justamente bajo la ventana y allí se perdió en sus ensoñaciones. «Nunca -solía decir entre amargas
lágrimas-, nunca me había sentido tan en paz con la humanidad ni había pensado en el mundo con mayor
sosiego.»
Y mientras en esta actitud se hallaba acertó a ver a un anciano de porte distinguido y pelo canoso que se
acercaba por la calle. Otro caballero de corta estatura, y en el que fijó menos su atención, caminaba en dirección
contraria. Cuando ambos hombres se cruzaron (cosa que ocurrió precisamente bajo su ventana) el
anciano se inclinó y se dirigió al otro con cortesía. Se diría que el tema de la conversación no revestía gran
importancia. De hecho, por la forma en que señalaba, parecía que el anciano pedía indicaciones para llegar
a un determinado lugar. La luna se reflejaba en su rostro y la sirvienta se complació en mirarle mientras
hablaba. Respiraba caballerosidad, una bondad inocente y, al mismo tiempo, algo muy elevado, como una
satisfacción interior ampliamente justificada. Se fijó entonces en el otro hombre y se sorprendió al reconocer
en él a un tal Mr. Hyde que en una ocasión había visitado a su amo y por el que había sentido inmediatamente
una profunda antipatía. Llevaba en la mano un pequeño bastón con el que jugueteaba nerviosamente.
No respondió al anciano una sola palabra y parecía escucharle con impaciencia mal contenida. De pronto
estalló con una explosión de ira. Empezó a dar patadas en el suelo y a blandir el bastón en el aire como
(según dijo la doncella) preso de un ataque de locura. El anciano dio un paso atrás aparentemente asombrado
de la actitud de su interlocutor, y en ese momento Mr. Hyde perdió el control y le golpeó hasta derribarle
en tierra. Un segundo después, con la furia de un simio, pisoteaba salvajemente a su víctima cubriéndola
con una lluvia de golpes, tan fuertes que la criada oyó el quebrarse de los huesos y el cuerpo fue a parar a la
calzada. Ante el horror provocado por la visión y aquellos sonidos, la mu jer perdió el sentido.
Eran las dos de la mañana cuando volvió en sí y dio aviso a la policía. El asesino había desaparecido
hacía largo tiempo, pero su víctima yacía desarticulada en el centro de la calle. El bastón con que se había
cometido el crimen, aunque de una madera poco común, excepcionalmente fuerte y pesada, se había roto
por la mitad bajo el impulso de aquella insensata crueldad y una de las mitades había ido a parar a la alcantarilla
cercana. La otra, indudablemente, se la había llevado el asesino. Hallaron en posesión de la víctima
una cartera y un reloj de oro, pero ni un solo documento o tarjeta de identificación, a excepción de un sobre
lacrado y franqueado que probablemente se disponía a depositar en algún buzón de correos y que iba dirigido
a Mr. Utterson.
Se lo llevaron al abogado a la mañana siguiente antes de que se levantara, y no bien hubo fijado en él la
mirada y escuchado la narración del caso cuando dijo solemnemente las siguientes palabras:
-No diré nada hasta que haya visto el cadáver. El asunto debe de ser muy serio. Tengan la amabilidad de
esperar mientras me visto.
Y con el mismo grave talante, desayunó apresuradamente, subió a su carruaje y se dirigió a la Comisaría
de Policía donde se encontraba el cuerpo. Tan pronto como lo vio, asintió:
-Sí -dijo -. Le reconozco. Siento tener que decirles que se trata de Sir Danvers Carew.
-¡Santo cielo! -exclamó el oficial-. ¿Será posible? Al momento reflejó su mirada el destello de la amb ición.
-Esto, sin duda, provocará un escándalo -continuó-. Quizá pueda usted ayudarnos a encontrar al criminal.
Dicho esto le informó de las declaraciones de la sirvienta y le mostró la mitad del bastón.
Mr. Utterson se había estremecido ya al oír el nombre de Mr. Hyde, pero cuando vio ante sus ojos aquel
trozo de madera ya no pudo dudar más. Aunque roto y maltratado, reconoció en él el bastón que hacía muchos
años había regalado a Henry Jekyll.
-¿Es ese Mr. Hyde un hombre de corta estatura? -preguntó.
-Según la criada, es muy bajo y de aspecto desagradable en extremo -dijo el oficial.
Mr. Utterson reflexionó y dijo luego, levantando la cabeza:
-Si quiere acompañarme, puedo conducirle hasta su casa.
Eran alrededor de las nueve de la mañana y habían comenzado ya las nieblas propias de la estación. Un
manto de bruma color chocolate descendía del cie lo, pero el viento atacaba y dispersaba continuamente
esos vapores formados en orden de batalla, de modo que conforme el coche avanzaba de calle en calle Mr.
Utterson pudo contemplar una maravillosa infinidad de grados y matices de una luz casi crepuscular: aquí
una oscuridad semejante a lo más recóndito de la noche, allí un destello de marrón in tenso vivo como el
reflejo de una extraña conflagra ción. Luego, por un momento, la niebla se disipaba y un débil rayo de luz
diurna se abría paso entre inquietos jirones de vapor. El miserable barrio del Soho, visto a la luz de esos
destellos cambiantes, con sus calles fangosas, sus transeúntes desalmados y esas farolas que, o no habían
apagado todavía, o habían vuelto a encender para combatir esa nueva invasión de la oscuridad, parecía a los
ojos del abogado un barrio de pesadilla. Sus pensamientos eran, por otra parte, de los más sombríos que
cabe imaginar, y cuando miraba a su compañero de viaje sentía ese escalofrío de terror que la ley y sus
agentes suelen despertar en ocasiones incluso entre los más honrados.
En el momento en que el carruaje se detenía ante la casa indicada, la niebla se disipó ligeramente para
mostrar una casa miserable, una taberna, una casa de comidas francesa, un cuchitril donde se vendían cachivaches
y baratijas, gran número de niños harapientos acogidos al abrigo de los quicios de las puertas y
mujeres de distintas nacionalidades que, llave en mano, se dirigían a tomarse su traguito mañanero.
Pero al momento la niebla volvió a cernirse sobre ese barrio de la ciudad aislando a Mr. Utterson de su
mísero entorno. Se hallaban él y su acompañante ante la casa del protegido del doctor Jekyll, el presunto
heredero de un cuarto de millón de libras esterlinas.
Abrió la puerta una mujer de cabellos canosos y rostro marfileño. Tenía una expresión maligna temperada
por la hipocresía, pero sus modales eran excelentes. Sí, afirmó, aquella era la casa de Mr. Hyde,
pero su amo había salido. La noche anterior había vuelto de madrugada para salir de nuevo, una hora después.
No, no tenía nada de raro. Mr. Hyde tenía unas costumbres muy irregulares y salía con frecuencia.
Por ejemplo, había pasado dos meses sin volver por su casa hasta que regresó la noche anterior.
-Muy bien, entonces condúzcanos a sus aposentos -dijo el abogado. Y cuando la mujer abrió la boca para
afirmar que era imposible, continuó-: Será mejor que le informe de la identidad de este caballero. Es el inspector
Newcomer, de Scotland Yard.
Un rayo de alborozo abominable iluminó el rostro de la mujer.
-¡Ah! -exclamó -. Se ha metido al fin en un lío, ¿eh? ¿Qué ha hecho?
Mr. Utterson y el inspector intercambiaron una mirada.
-No parece que le tenga mucha estimación -observó el segundo. Y luego continuó-: Y ahora, buena mujer,
permítanos que este caballero y yo echemos un vistazo a las habitaciones de su amo.
De toda la casa, habitada únicamente por la anciana en cuestión, Mr. Hyde había utilizado sólo un par de
habitaciones que había amueblado con lujo y exquisito gusto. Tenía una despensa llena de vinos, la vajilla
era de plata, los manteles delicados; de la pared colgaba una buena pintura, regalo -supuso Utterson- de
Henry Jekyll, que era muy entendido en la materia, y las alfombras eran gruesas y de colores agradables a
la vista. Todo en aquellos aposentos daba la impresión de que alguien había pasado por ellos a toda prisa
revolviendo hasta el último rin cón. Diseminadas por el suelo había prendas de vestir con los bolsillos vueltos
hacia fuera, los cajones estaban abiertos y en la chimenea había un montón de cenizas grisáceas que
revelaban que alguien había estado quemando un montón de papeles.
De entre estos restos desenterró el inspector la matriz de un talonario de cheques de color verde que se
había resistido a la acción del fuego. Detrás de la puerta encontraron la otra mitad del bastón y, dado que
esto confirmaba sus sospechas, el policía se mostró encantado del hallazgo. Una visita al banco, donde averiguaron
que el presunto asesino tenía depositados en su cuenta varios miles de libras, acabó de satisfacer la
curiosidad del inspector Newcomer.
-Se lo aseguro, caballero -dijo a Mr. Utterson-. Puede usted darle por preso. Debe de haber perdido la cabeza
o no habría dejado la mitad de su bastón en un sitio tan fácil de encontrar. Y lo que es más importante,
no habría quemado el talonario de cheques. Dinero es precisamente lo que más va a necesitar en estos momentos.
No tenemos más que esperar a que se pase por el banco y proceder a su detención.
Pero esto último no resultó tan fácil como el policía se las prometía. Mr. Hyde tenía muy pocos conocidos
-incluso el amo de la criada que había presenciado el crimen le había visto sólo un par de veces - y
no fue posible localizar a ninguno de sus familiares. No existían, por otra parte, fotografías suyas, y los
pocos que pudieron describirle dieron versiones contradictorias sobre su apariencia, como suele ocurrir
cuando se trata de observadores no profesionales. Sólo coincidieron todos en un punto. En destacar esa
vaga sensación de deformidad que el fugitivo despertaba en todo el que le veía.
_
El incidente de la carta
El incidente de la carta
_
Era ya avanzada la tarde cuando Mr. Utterson llegó a casa del doctor Jekyll, donde Poole le admitió al
punto y le condujo a través de las dependencias de servicio y del patio que antes fuera jardín hasta el edificio
que se conocía indiferentemente con los nombres de laboratorio o sala de disección. El doctor había
comprado la casa a los herederos de un famoso cirujano y, por encaminarse sus gustos más hacia la química
que hacia la anatomía, había cambiado el destino de la construcción que se alza ba al fondo del jardín.
Era la primera vez que el abogado pisaba esa parte de la vivienda de su amigo. Fijó la vista con curiosidad
en aquel sombrío edificio sin ventanas y, una vez dentro de él, paseó la mirada a su alrededor experimentando
una desagradable sensación de extrañeza al ver aquella sala de disección antes poblada de estudiantes
ávidos de entender y ahora solitaria y silenciosa, las mesas cargadas de aparatos destinados a la
investigación química, las cajas de madera y la paja de embalar diseminadas por el suelo y la luz que se
filtraba a través de la cúpula nebulosa. Al fondo, una escalera subía hasta una puerta tapizada de fieltro rojo
cuyo umbral traspuso al fin Mr. Utterson para entrar al gabinete del doctor. Era ésta una habitación grande
rodeada de armarios de puertas de cristal y amueblada, entre otras cosas, con un espejo de cuerpo entero y
un escritorio. Se abría al patio por medio de tres ventanas de vidrios polvorientos y protegidas con barrotes
de hierro. Un fuego ardía en la chimenea y sobre la repisa había una lámpara encendida, pues hasta en el
interior de las casas comenzaba a acumularse la niebla.
Allí, al calor del fuego, estaba sentado el doctor Jekyll, que parecía mortalmente enfermo. No se levantó
para recibir a su amigo, sino que le saludó con un gesto de la mano y una voz irreconocible.
-Dime -dijo Mr. Utterson tan pronto como Poole abandonó la habitación-. ¿Sabes la noticia?
El doctor se estremeció.
-La han estado gritando los vendedores de periódicos por la calle. La he oído desde el comedor. -
Permíteme que te diga lo siguiente -dijo el abogado-: Carew era cliente mío, pero también lo eres tú y quiero
que me digas la verdad de lo sucedido. ¿Has sido lo bastante loco como para ocultar a ese hombre?
-Utterson, te juro por el mismo Dios -exclamó el doctor-, te juro por lo más sagrado, que no volveré a
verle nunca más. Te doy mi palabra de caballero de que he terminado con Hyde para el resto de mi vida.
Nunca volveré a verle. Y te aseguro que él no desea que le ayude. No le conoces como yo. Está a salvo,
totalmente a salvo, y nunca se volverá a saber de él.
El abogado escuchaba, sombrío. No le gustaba la apariencia enfebrecida de su amigo.
-Pareces estar muy seguro de él -dijo-. Por tu bien deseo que no te equivoques. Si hay un juicio, tu nombre
puede salir a relucir en él.
-Estoy completamente seguro de lo que digo -replicó Jekyll-. Tengo razones de peso para hacer esta
afirmación, razones que no puedo confiar a nadie. Pero sí hay una cosa sobre la que puedes aconsejarme.
He recibido una carta y no sé si mostrársela o no a la policía. Quiero dejar el asunto en tus manos, Utterson.
Tú juzgarás con prudencia, estoy seguro. Ya sabes que confío plenamente en ti.
-Jemes que pueda conducir a su detención? -preguntó el abogado.
-No -respondió su interlocutor-. La verdad es que no me importa lo que pueda sucederle a Hyde. Por lo
que a mí respecta, ha muerto. Pensaba sólo en mi reputación, que todo este horrible asunto ha puesto en
peligro.
Utterson rumió las palabras de su amigo durante unos instantes. El egoísmo que encerraban le sorprendía
y aliviaba al mismo tiempo.
-Bueno -dijo al fin-. Veamos esa carta.
La misiva estaba escrita con una caligrafía extraña, muy picuda, y llevaba la firma de Edward Hyde. Decía
en términos muy concisos que su benefactor, el doctor Jekyll, a quien tan mal había pagado las mil generosidades
que había tenido con él, no debía preocuparse por su seguridad, pues tenía medios de escapar,
de los cuales podía fiarse totalmente. Al abogado le gustó la carta. Daba a aquella intimidad mejores visos
de lo que él había sospechado y se censuró interiormente por sus pasadas sospechas. -¿Tienes el sobre? -
preguntó.
-Lo he quemado -replicó Jekyl1- sin darme cuenta de lo que hacía. Pero no llevaba matasellos. La trajo
un mensajero.
-¿Puedo quedármela y consultar el caso con la almohada? -preguntó Utterson.
-Quiero que decidas por mí, pues he perdido toda confianza en mí mismo.
-Lo pensaré -respondió el abogado-. Y ahora una cosa más. ¿Fue Hyde quien te dictó los términos del
testamento con respecto a tu desaparición?
El doctor estuvo a punto de desmayarse. Apretó los labios con fuerza y asintió.
-Lo sabía -dijo Utterson-. Ese hombre tenía in tención de asesinarte. Te has librado de milagro. -Pero de
esta experiencia he sacado algo muy importante -contestó el doctor solemnemente-. Una lección. ¡Dios
mío, Utterson, qué lección he aprendido!
Dicho esto hundió el rostro entre las manos durante unos segundos.
Camino de la puerta, el abogado se detuvo a intercambiar unas palabras con Poole.
-A propósito -le dijo-, ¿han traído hoy alguna carta? ¿Podría describirme al mensajero?
Pero Poole dijo estar seguro de que no había lle gado nada, a excepción del correo.
-Y eran sólo circulares -añadió.
La respuesta de Poole renovó los temores del visitante. Estaba claro que la misiva hab&iac
Era ya avanzada la tarde cuando Mr. Utterson llegó a casa del doctor Jekyll, donde Poole le admitió al
punto y le condujo a través de las dependencias de servicio y del patio que antes fuera jardín hasta el edificio
que se conocía indiferentemente con los nombres de laboratorio o sala de disección. El doctor había
comprado la casa a los herederos de un famoso cirujano y, por encaminarse sus gustos más hacia la química
que hacia la anatomía, había cambiado el destino de la construcción que se alza ba al fondo del jardín.
Era la primera vez que el abogado pisaba esa parte de la vivienda de su amigo. Fijó la vista con curiosidad
en aquel sombrío edificio sin ventanas y, una vez dentro de él, paseó la mirada a su alrededor experimentando
una desagradable sensación de extrañeza al ver aquella sala de disección antes poblada de estudiantes
ávidos de entender y ahora solitaria y silenciosa, las mesas cargadas de aparatos destinados a la
investigación química, las cajas de madera y la paja de embalar diseminadas por el suelo y la luz que se
filtraba a través de la cúpula nebulosa. Al fondo, una escalera subía hasta una puerta tapizada de fieltro rojo
cuyo umbral traspuso al fin Mr. Utterson para entrar al gabinete del doctor. Era ésta una habitación grande
rodeada de armarios de puertas de cristal y amueblada, entre otras cosas, con un espejo de cuerpo entero y
un escritorio. Se abría al patio por medio de tres ventanas de vidrios polvorientos y protegidas con barrotes
de hierro. Un fuego ardía en la chimenea y sobre la repisa había una lámpara encendida, pues hasta en el
interior de las casas comenzaba a acumularse la niebla.
Allí, al calor del fuego, estaba sentado el doctor Jekyll, que parecía mortalmente enfermo. No se levantó
para recibir a su amigo, sino que le saludó con un gesto de la mano y una voz irreconocible.
-Dime -dijo Mr. Utterson tan pronto como Poole abandonó la habitación-. ¿Sabes la noticia?
El doctor se estremeció.
-La han estado gritando los vendedores de periódicos por la calle. La he oído desde el comedor. -
Permíteme que te diga lo siguiente -dijo el abogado-: Carew era cliente mío, pero también lo eres tú y quiero
que me digas la verdad de lo sucedido. ¿Has sido lo bastante loco como para ocultar a ese hombre?
-Utterson, te juro por el mismo Dios -exclamó el doctor-, te juro por lo más sagrado, que no volveré a
verle nunca más. Te doy mi palabra de caballero de que he terminado con Hyde para el resto de mi vida.
Nunca volveré a verle. Y te aseguro que él no desea que le ayude. No le conoces como yo. Está a salvo,
totalmente a salvo, y nunca se volverá a saber de él.
El abogado escuchaba, sombrío. No le gustaba la apariencia enfebrecida de su amigo.
-Pareces estar muy seguro de él -dijo-. Por tu bien deseo que no te equivoques. Si hay un juicio, tu nombre
puede salir a relucir en él.
-Estoy completamente seguro de lo que digo -replicó Jekyll-. Tengo razones de peso para hacer esta
afirmación, razones que no puedo confiar a nadie. Pero sí hay una cosa sobre la que puedes aconsejarme.
He recibido una carta y no sé si mostrársela o no a la policía. Quiero dejar el asunto en tus manos, Utterson.
Tú juzgarás con prudencia, estoy seguro. Ya sabes que confío plenamente en ti.
-Jemes que pueda conducir a su detención? -preguntó el abogado.
-No -respondió su interlocutor-. La verdad es que no me importa lo que pueda sucederle a Hyde. Por lo
que a mí respecta, ha muerto. Pensaba sólo en mi reputación, que todo este horrible asunto ha puesto en
peligro.
Utterson rumió las palabras de su amigo durante unos instantes. El egoísmo que encerraban le sorprendía
y aliviaba al mismo tiempo.
-Bueno -dijo al fin-. Veamos esa carta.
La misiva estaba escrita con una caligrafía extraña, muy picuda, y llevaba la firma de Edward Hyde. Decía
en términos muy concisos que su benefactor, el doctor Jekyll, a quien tan mal había pagado las mil generosidades
que había tenido con él, no debía preocuparse por su seguridad, pues tenía medios de escapar,
de los cuales podía fiarse totalmente. Al abogado le gustó la carta. Daba a aquella intimidad mejores visos
de lo que él había sospechado y se censuró interiormente por sus pasadas sospechas. -¿Tienes el sobre? -
preguntó.
-Lo he quemado -replicó Jekyl1- sin darme cuenta de lo que hacía. Pero no llevaba matasellos. La trajo
un mensajero.
-¿Puedo quedármela y consultar el caso con la almohada? -preguntó Utterson.
-Quiero que decidas por mí, pues he perdido toda confianza en mí mismo.
-Lo pensaré -respondió el abogado-. Y ahora una cosa más. ¿Fue Hyde quien te dictó los términos del
testamento con respecto a tu desaparición?
El doctor estuvo a punto de desmayarse. Apretó los labios con fuerza y asintió.
-Lo sabía -dijo Utterson-. Ese hombre tenía in tención de asesinarte. Te has librado de milagro. -Pero de
esta experiencia he sacado algo muy importante -contestó el doctor solemnemente-. Una lección. ¡Dios
mío, Utterson, qué lección he aprendido!
Dicho esto hundió el rostro entre las manos durante unos segundos.
Camino de la puerta, el abogado se detuvo a intercambiar unas palabras con Poole.
-A propósito -le dijo-, ¿han traído hoy alguna carta? ¿Podría describirme al mensajero?
Pero Poole dijo estar seguro de que no había lle gado nada, a excepción del correo.
-Y eran sólo circulares -añadió.
La respuesta de Poole renovó los temores del visitante. Estaba claro que la misiva hab&iac
Por arkaiko
EL DIABLO DE LA BOTELLA -- Robert Louis Stevenson
EL DIABLO DE LA BOTELLA -- Robert Louis Stevenson
El diablo de la botella
Había un hombre en la isla de Hawaii al que llamaré Keawe; porque la verdad es que aún vive y que su nombre debe permanecer secreto, pero su lugar de nacimiento no estaba lejos de Honaunau, donde los huesos de Keawe el Grande yacen escondidos en una cueva. Este hombre era pobre, valiente y activo; leía y escribía tan bien como un maestro de escuela, además era un marinero de primera clase, que había trabajado durante algún tiempo en los vapores de la isla y pilotado un ballenero en la costa de Hamakua. Finalmente, a Keawe se le ocurrió que le gustaría ver el gran mundo y las ciudades extranjeras y se embarcó con rumbo a San Francisco.
San Francisco es una hermosa ciudad, con un excelente puerto y muchas personas adineradas; y, más en concreto, existe en esa ciudad una colina que está cubierta de palacios. Un día, Keawe se paseaba por esta colina con mucho dinero en el bolsillo, contemplando con evidente placer las elegantes casas que se alzaban a ambos lados de la calle. «¡Qué casas tan buenas!» iba pensando, «y ¡qué felices deben de ser las personas que viven en ellas, que no necesitan preocuparse del mañana!». Seguía aún reflexionando sobre esto cuando llegó a la altura de una casa más pequeña que algunas de las otras, pero muy bien acabada y tan bonita como un juguete, los escalones de la entrada brillaban como plata, los bordes del jardín florecían como guirnaldas y las ventanas resplandecían como diamantes. Keawe se detuvo maravillándose de la excelencia de todo. Al pararse se dio cuenta de que un hombre le estaba mirando a través de una ventana tan transparente que Keawe lo veía como se ve a un pez en una cala junto a los arrecifes. Era un hombre maduro, calvo y de barba negra; su rostro tenía una expresión pesarosa y suspiraba amargamente. Lo cierto es que mientras Keawe contemplaba al hombre y el hombre observaba a Keawe, cada uno de ellos envidiaba al otro.
De repente, el hombre sonrió moviendo la cabeza, hizo un gesto a Keawe para que entrara y se reunió con él en la puerta de la casa.
—Es muy hermosa esta casa mía—dijo el hombre, suspirando amargamente—. ¿No le gustaría ver las habitaciones?
Y así fue como Keawe recorrió con él la casa, desde el sótano hasta el tejado; todo lo que había en ella era perfecto en su estilo y Keawe manifestó gran admiración.
—Esta casa—dijo Keawe—es en verdad muy hermosa; si yo viviera en otra parecida, me pasaría el día riendo. ¿Cómo es posible, entonces, que no haga usted más que suspirar?
—No hay ninguna razón—dijo el hombre—para que no tenga una casa en todo semejante a ésta, y aun más hermosa, si así lo desea. Posee usted algún dinero, ¿no es cierto?
—Tengo cincuenta dólares—dijo Keawe—, pero una casa como ésta costará más de cincuenta dólares.
El hombre hizo un cálculo.
—Siento que no tenga más —dijo—, porque eso podría causarle problemas en el futuro, pero será suya por cincuenta dólares.
—¿La casa?—preguntó Keawe.
—No, la casa no—replicó el hombre—, la botella. Porque debo decirle que aunque le parezca una persona muy rica y afortunada, todo lo que poseo, y esta casa misma y el jardín, proceden de una botella en la que no cabe mucho más de una pinta. Aquí la tiene usted.
Y abriendo un mueble cerrado con llave, sacó una botella de panza redonda con un cuello muy largo, el cristal era de un color blanco como el de la leche, con cambiantes destellos irisados en su textura. En el interior había algo que se movía confusamente, algo así como una sombra y un fuego.
—Esta es la botella—dijo el hombre, y, cuando Keawe se echó a reír, añadió—: ¿No me cree?
Pruebe usted mismo. Trate de romperla.
De manera que Keawe cogió la botella y la estuvo tirando contra el suelo hasta que se cansó; porque rebotaba como una pelota y nada le sucedía.
—Es una cosa bien extraña—dijo Keawe—, porque tanto por su aspecto como al tacto se diría que es de cristal.
—Es de cristal—replicó el hombre, suspirando más hondamente que nunca—, pero de un cristal templado en las llamas del infierno. Un diablo vive en ella y la sombra que vemos moverse es la suya; al menos eso creo yo. Cuando un hombre compra esta botella el diablo se pone a su servicio; todo lo que esa persona desee, amor, fama, dinero, casas como ésta o una ciudad como San Francisco, será suyo con sólo pedirlo. Napoleón tuvo esta botella, y gracias a su virtud llegó a ser el rey del mundo; pero la vendió al final y fracasó. El capitán Cook también la tuvo, y por ella descubrió tantas islas; pero también él la vendió, y por eso lo asesinaron en Hawaii. Porque al vender la botella desaparecen el poder y la protección; y a no ser que un hombre esté contento con lo que tiene, acaba por sucederle algo.
—Y sin embargo, ¿habla usted de venderla?—dijo Keawe.
—Tengo todo lo que quiero y me estoy haciendo viejo —respondió el hombre—. Hay una cosa que el diablo de la botella no puede hacer... y es prolongar la vida; y, no sería justo ocultárselo a usted, la botella tiene un inconveniente; porque si un hombre muere antes de venderla, arderá para siempre en el infierno.
—Sí que es un inconveniente, no cabe duda—exclamó Keawe—. Y no quisiera verme mezclado en ese asunto. No me importa demasiado tener una casa, gracias a Dios; pero hay una cosa que sí me importa muchísimo, y es condenarme.
—No vaya usted tan deprisa, amigo mío—contestó el hombre—. Todo lo que tiene que hacer es usar el poder de la botella con moderación, venderla después a alguna otra persona como estoy haciendo yo ahora y terminar su vida cómodamente.
—Pues yo observo dos cosas—dijo Keawe—. Una es que se pasa usted todo el tiempo suspirando como una doncella enamorada; y la otra que vende usted la botella demasiado barata.
—Ya le he explicado por qué suspiro —dijo el hombre—. Temo que mi salud está empeorando; y, como ha dicho usted mismo, morir e irse al infierno es una desgracia para cualquiera. En cuanto a venderla tan barata, tengo que explicarle una peculiaridad que tiene esta botella. Hace mucho tiempo, cuando Satanás la trajo a la tierra, era extraordinariamente cara, y fue el Preste Juan el primero que la compró por muchos millones de dólares; pero sólo puede venderse si se pierde dinero en la transacción. Si se vende por lo mismo que se ha pagado por ella, vuelve al anterior propietario como si se tratara de una paloma mensajera. De ahí se sigue que el precio haya ido disminuyendo con el paso de los siglos y que ahora la botella resulte francamente barata. Yo se la compré a uno de los ricos propietarios que viven en esta colina y sólo pagué noventa dólares.
Podría venderla hasta por ochenta y nueve dólares y noventa centavos, pero ni un céntimo más; de lo contrario la botella volvería a mí. Ahora bien, esto trae consigo dos problemas. Primero, que cuando se ofrece una botella tan singular por ochenta dólares y pico, la gente supone que uno está bromeando. Y segundo..., pero como eso no corre prisa que lo sepa, no hace falta que se lo explique ahora. Recuerde tan sólo que tiene que venderla por moneda acuñada.
—¿Cómo sé que todo eso es verdad? —preguntó Keawe.
—Hay algo que puede usted comprobar inmediata mente—replicó el otro—. Deme sus cincuenta dólares, coja la botella y pida que los cincuenta dólares vuelvan a su bolsillo. Si no sucede así, le doy mi palabra de honor de que consideraré inválido el trato y le devolveré el dinero.
—¿No me está engañando?—dijo Keawe.
—¿No me está engañando?—dijo Keawe.
El hombre confirmó sus palabras con un solemne juramento.
—Bueno; me arriesgaré a eso—dijo Keawe—, porque no me puede pasar nada malo.
Acto seguido le dio su dinero al hombre y el hombre le pasó la botella.
—Diablo de la botella—dijo Keawe—, quiero recobrar mis cincuenta dólares.
Y, efectivamente, apenas había terminado la frase cuando su bolsillo pesaba ya lo mismo que antes.
—No hay duda de que es una botella maravillosa —dijo Keawe.
—Y ahora muy buenos días, mi querido amigo, ¡que el diablo le acompañe!—dijo el hombre.
—Un momento—dijo Keawe—, yo ya me he divertido bastante. Tenga su botella.
—La ha comprado usted por menos de lo que yo pagué —replicó el hombre, frotándose las manos—. La botella es completamente suya; y, por mi parte, lo único que deseo es perderlo de vista cuanto antes.
Con lo que llamó a su criado chino e hizo que acompañará a Keawe hasta la puerta.
Cuando Keawe se encontró en la calle con la botella bajo el brazo, empezó a pensar. «Si es verdad todo lo que me han dicho de esta botella, puede que haya hecho un pésimo negocio», se dijo a sí mismo. «Pero quizá ese hombre me haya engañado.» Lo primero que hizo fue contar el dinero, la suma era exacta: cuarenta y nueve dólares en moneda americana y una pieza de Chile. «Parece que eso es verdad», se dijo Keawe. «Veamos otro punto.»
Las calles de aquella parte de la ciudad estaban tan limpias como las cubiertas de un barco, y aunque era mediodía, tampoco se veía ningún pasajero. Keawe puso la botella en una alcantarilla y se alejó. Dos veces miró para atrás, y allí estaba la botella de color lechoso y panza redonda, en el sitio donde la había dejado. Miró por tercera vez y después dobló una esquina; pero apenas lo había hecho cuando algo le golpeó el codo, y ¡no era otra cosa que el largo cuello de la botella! En cuanto a la redonda panza, estaba bien encajada en el bolsillo de su chaqueta de piloto.
—Parece que también esto es verdad—dijo Keawe.
La siguiente cosa que hizo fue comprar un sacacorchos en una tienda y retirarse a un sitio oculto en medio del campo. Una vez allí intentó sacar el corcho, pero cada vez que lo intentaba la espiral salía otra vez y el corcho seguía tan entero como al empezar.
—Este corcho es distinto de todos los demás—dijo Keawe, e inmediatamente empezó a temblar y a sudar, porque la botella le daba miedo.
Camino del puerto vio una tienda donde un hombre vendía conchas y mazas de islas salvajes, viejas imágenes de dioses paganos, monedas antiguas, pinturas de China y Japón y todas esas cosas que los marineros llevan en sus baúles. En seguida se le ocurrió una idea. Entró y le ofreció la botella al dueño por cien dólares. El otro se rió de él al principio, y le ofreció cinco; pero, en realidad, la botella era muy curiosa: ninguna boca humana había soplado nunca un vidrio como aquél, ni cabía imaginar unos colores más bonitos que los que brillaban bajo su blanco lechoso, ni una sombra más extraña que la que daba vueltas en su centro; de manera que, después de regatear durante un rato a la manera de los de su profesión, el dueño de la tienda le compró la botella a Keawe por sesenta dólares y la colocó en un estante en el centro del escaparate.
—Ahora—dijo Keawe—he vendido por sesenta dólares lo que compré por cincuenta o, para ser más exactos, por un poco menos, porque uno de mis dólares venía de Chile. En seguida averiguaré la verdad sobre otro punto.
—Ahora—dijo Keawe—he vendido por sesenta dólares lo que compré por cincuenta o, para ser más exactos, por un poco menos, porque uno de mis dólares venía de Chile. En seguida averiguaré la verdad sobre otro punto.
Así que volvió a su barco y, cuando abrió su baúl, allí estaba la botella, que había llegado antes que él.
En aquel barco Keawe tenía un compañero que se llamaba Lopaka.
—¿Qué te sucede—le preguntó Lopaka—que miras el baúl tan fijamente?
Estaban solos en el castillo de proa. Keawe le hizo prometer que guardaría el secreto y se lo contó todo.
Estaban solos en el castillo de proa. Keawe le hizo prometer que guardaría el secreto y se lo contó todo.
—Es un asunto muy extraño—dijo Lopaka—, y me temo que vas a tener dificultades con esa botella. Pero una cosa está muy clara: puesto que tienes asegurados los problemas, será mejor que obtengas también los beneficios. Decide qué es lo que deseas; da la orden y si resulta tal como quieres, yo mismo te compraré la botella porque a mí me gustaría tener un velero y dedicarme a comerciar entre las islas.
—No es eso lo que me interesa—dijo Keawe—. Quiero una hermosa casa y un jardín en la costa de Kona donde nací; y quiero que brille el sol sobre la puerta, y que haya flores en el jardín, cristales en las ventanas, cuadros en las paredes, y adornos y tapetes de telas muy finas sobre las mesas, exactamente igual que la casa donde estuve hoy; sólo que un piso más alta y con balcones alrededor, como en el palacio del rey; y que pueda vivir allí sin preocupaciones de ninguna clase y divertirme con mis amigos y parientes.
—Bien—dijo Lopaka—, volvamos con la botella a Hawaii; y si todo resulta verdad, como tú supones, te compraré la botella, como ya he dicho, y pediré una goleta.
Quedaron de acuerdo en esto y antes de que pasara mucho tiempo el barco regresó a Honolulu, llevando consigo a Keawe, a Lopaka y a la botella. Apenas habían desembarcado cuando encontraron en la playa a un amigo que inmediatamente empezó a dar el pésame a Keawe.
—No sé por qué me estás dando el pésame—dijo Keawe.
—¿Es posible que no te hayas enterado—dijo el amigo—de que tu tío, aquel hombre tan bueno, ha muerto; y de que tu primo, aquel muchacho tan bien parecido, se ha ahogado en el mar?
Keawe lo sintió mucho y al ponerse a llorar y a lamentarse, se olvidó de la botella. Pero Lopaka estuvo reflexionando y cuando su amigo se calmó un poco, le habló así:
—¿No es cierto que tu tío tenía tierras en Hawaii, en el distrito de Kaü?
—No—dijo Keawe—; en Kaü no: están en la zona de las montañas, un poco al sur de Hookena.
—Esas tierras, ¿pasarán a ser tuyas?—preguntó Lopaka.
—Así es—dijo Keawe, y empezó otra vez a llorar la muerte de sus familiares.
—No—dijo Lopaka—; no te lamentes ahora. Se me ocurre una cosa. ¿Y si todo esto fuera obra de la botella? Porque ya tienes preparado el sitio para hacer la casa.
—Si es así—exclamó Keawe—, la botella me hace un flaco servicio matando a mis parientes. Pero puede que sea cierto, porque fue en un sitio así donde vi la casa con la imaginación.
—La casa, sin embargo, todavía no está construida —dijo Lopaka.
—¡Y probablemente no lo estará nunca!—dijo Keawe—, porque si bien mi tío tenía algo de café, ava y plátanos, no será más que lo justo para que yo viva cómodamente; y el resto de esa tierra es de lava negra.
—Vayamos al abogado—dijo Lopaka—. Porque yo sigo pensando lo mismo.
Al hablar con el abogado se enteraron de que el tío de Keawe se había hecho enormemente rico en los últimos días y que le dejaba dinero en abundancia.
—¡Ya tienes el dinero para la casa!—exclamó Lopaka.
—Si está usted pensando en construir una casa—dijo el abogado—, aquí está la tarjeta de un arquitecto nuevo del que me cuentan grandes cosas.
—¡Cada vez mejor! —exclamó Lopaka—. Está todo muy claro. Sigamos obedeciendo órdenes.
De manera que fueron a ver al arquitecto, que tenía diferentes proyectos de casas sobre la mesa.
—Usted desea algo fuera de lo corriente—dijo el arquitecto—. ¿Qué le parece esto?
Y le pasó a Keawe uno de los dibujos.
Cuando Keawe lo vio, dejó escapar una exclamación, porque representaba exactamente lo que él había visto con la imaginación.
«Esta es la casa que quiero», pensó Keawe. «A pesar de lo poco que me gusta cómo viene a parar a mis manos, ésta es la casa, y más vale que acepte lo bueno junto con lo malo.»
De manera que le dijo al arquitecto todo lo que quería, y cómo deseaba amueblar la casa, y los cuadros que había que poner en las paredes y las figuritas para las mesas; y luego le preguntó sin rodeos cuánto le llevaría por hacerlo todo.
El arquitecto le hizo muchas preguntas, cogió la pluma e hizo un cálculo; y al terminar pidió exactamente la suma que Keawe había heredado.
Lopaka y Keawe se miraron el uno al otro y asintieron con la cabeza.
«Está bien claro», pensó Keawe, «que voy a tener esta casa, tanto si quiero como si no. Viene del diablo y temo que nada bueno salga de ello; y si de algo estoy seguro es de que no voy a formular más deseos mientras siga teniendo esta botella. Pero de la casa ya no me puedo librar y más valdrá que acepte lo bueno junto con lo malo.»
De manera que llegó a un acuerdo con el arquitecto y firmaron un documento. Keawe y Lopaka se embarcaron otra vez camino de Australia; porque habían decidido entre ellos que no intervendrían en absoluto, y dejarían que el arquitecto y el diablo de la botella construyeran y decoraran aquella casa como mejor les pareciese.
El viaje fue bueno, aunque Keawe estuvo todo el tiempo conteniendo la respiración, porque había jurado que no formularía más deseos, ni recibiría más favores del diablo. Se había cumplido ya el plazo cuando regresaron. El arquitecto les dijo que la casa estaba lista y Keawe y Lopaka tomaron pasaje en el Hall camino de Kona para ver la casa y comprobar si todo se había hecho exactamente de acuerdo con la idea que Keawe tenía en la cabeza.
La casa se alzaba en la falda del monte y era visible desde el mar. Por encima, el bosque seguía subiendo hasta las nubes que traían la lluvia; por debajo, la lava negra descendía en riscos donde estaban enterrados los reyes de antaño. Un jardín florecía alrededor de la casa con flores de todos los colores; había un huerto de papayas a un lado y otro de árboles del pan en el lado opuesto; por delante, mirando al mar, habían plantado el mástil de un barco con una bandera. En cuanto a la casa, era de tres pisos, con amplias habitaciones y balcones muy anchos en los tres.
Las ventanas eran de excelente cristal, tan claro como el agua y tan brillante como un día soleado. Muebles de todas clases adornaban las habitaciones. De las paredes colgaban cuadros con marcos dorados: pinturas de barcos, de hombres luchando, de las mujeres más hermosas y de los sitios más singulares; no hay en ningún lugar del mundo pinturas con colores tan brillantes como las que Keawe encontró colgadas de las paredes de su casa. En cuanto a los otros objetos de adorno, eran de extraordinaria calidad, relojes con carillón y cajas de música, hombrecillos que movían la cabeza, libros llenos de ilustraciones, armas muy valiosas de todos los rincones del mundo, y los rompecabezas más elegantes para entretener los ocios de un hombre solitario. Y como nadie querría vivir en semejantes habitaciones, tan sólo pasar por ellas y contemplarlas, los balcones eran tan amplios que un pueblo entero hubiera podido vivir en ellos sin el menor agobio; y Keawe no sabía qué era lo que más le gustaba: si el porche de atrás, a donde llegaba la brisa procedente de la tierra y se podían ver los huertos y las flores, o el balcón delantero, donde se podía beber el viento del mar, contemplar la empinada ladera de la montaña y ver al Hall yendo una vez por semana aproximadamente entre Hookena y las colinas de Pele, o a las goletas siguiendo la costa para recoger cargamentos de madera, de ava y de plátanos.
Después de verlo todo, Keawe y Lopaka se sentaron en el porche.
—Bien —preguntó Lopaka—, ¿está todo tal como lo habías planeado?
—No hay palabras para expresarlo—contestó Keawe—. Es mejor de lo que había soñado y estoy que reviento de satisfacción.
—Sólo queda una cosa por considerar—dijo Lopaka—; todo esto puede haber sucedido de manera perfectamente natural, sin que el diablo de la botella haya tenido nada que ver. Si comprara la botella y me quedara sin la goleta, habría puesto la mano en el fuego para nada. Te di mi palabra, lo sé; pero creo que no deberías negarme una prueba más.
—He jurado que no aceptaré más favores—dijo Keawe—. Creo que ya estoy suficientemente comprometido.
—No pensaba en un favor—replicó Lopaka—. Quisiera ver yo mismo al diablo de la botella. No hay ninguna ventaja en ello y por tanto tampoco hay nada de qué avergonzarse; sin embargo, si llego a verlo una vez, quedaré convencido del todo. Así que accede a mi deseo y déjame ver al diablo; el dinero lo tengo aquí mismo y después de eso te compraré la botella.
—Sólo hay una cosa que me da miedo—dijo Keawe—. El diablo puede ser una cosa horrible de ver; y si le pones ojo encima quizá no tengas ya ninguna gana de quedarte con la botella.
—Soy una persona de palabra—dijo Lopaka—. Y aquí dejo el dinero, entre los dos.
—Muy bien —replicó Keawe—. Yo también siento curiosidad. De manera que, vamos a ver: déjenos mirarlo, señor Diablo.
Tan pronto como lo dijo, el diablo salió de la botella y volvió a meterse, tan rápido como un lagarto; Keawe y Lopaka quedaron petrificados. Se hizo completamente de noche antes de que a cualquiera de los dos se le ocurriera algo que decir o hallaran la voz para decirlo; luego Lopaka empujó el dinero hacia Keawe y recogió la botella.
—Soy hombre de palabra —dijo—, y bien puedes creerlo, porque de lo contrario no tocaría esta botella ni con el pie. Bien, conseguiré mi goleta y unos dólares para el bolsillo; luego me desharé de este demonio tan pronto como pueda. Porque, si tengo que decirte la verdad, verlo me ha dejado muy abatido.
—Lopaka—dijo Keawe—, procura no pensar demasiado mal de mí; sé que es de noche, que los caminos están mal y que el desfiladero junto a las tumbas no es un buen sitio para cruzarlo tan tarde, pero confieso que desde que he visto el rostro de ese diablo, no podré comer ni dormir ni rezar hasta que te lo hayas llevado. Voy a darte una linterna, una cesta para poner la botella y cualquier cuadro o adorno de casa que te guste; después quiero que marches inmediatamente y vayas a dormir a Hookena con Nahinu.
—Keawe—dijo Lopaka—, muchos hombres se enfadarían por una cosa así; sobre todo después de hacerte un favor tan grande como es mantener la palabra y comprar la botella, y en cuanto a ser de noche, a la oscuridad y al camino junto a las tumbas, todas esas circunstancias tienen que ser diez veces más peligrosas para un hombre con semejante pecado sobre su conciencia y una botella como ésta bajo el brazo. Pero como yo también estoy muy asustado, no me siento capaz de acusarte. Me iré ahora mismo; y le pido a Dios que seas feliz en tu casa y yo afortunado con mi goleta, y que los dos vayamos al cielo al final a pesar del demonio y de su botella.
De manera que Lopaka bajó de la montaña; Keawe, por su parte, salió al balcón delantero; estuvo escuchando el ruido de las herraduras y vio la luz de la linterna cuando Lopaka pasaba junto al risco donde están las tumbas de otras épocas; durante todo el tiempo Keawe temblaba, se retorcía las manos y rezaba por su amigo, dando gracias a Dios por haber escapado él mismo de aquel peligro.
Pero al día siguiente hizo un tiempo muy hermoso y la casa nueva era tan agradable que Keawe se olvidó de sus terrores. Fueron pasando los días y Keawe vivía allí en perpetua alegría. Le gustaba sentarse en el porche de atrás; allí comía, reposaba y leía las historias que contaban los periódicos de Honolulu; pero cuando llegaba alguien a verle, entraba en la casa para enseñarle las habitaciones y los cuadros. Y la fama de la casa se extendió por todas partes; la llamaban Ka-
Hale Nui— la Casa Grande—en todo Kona; y a veces la Casa Resplandeciente, porque Keawe tenía a su servicio a un chino que se pasaba todo el día limpiando el polvo y bruñendo los metales; y el cristal, y los dorados, y las telas finas y los cuadros brillaban tanto como una mañana soleada. En cuanto a Keawe mismo, se le ensanchaba tanto el corazón con la casa que no podía pasear por las habitaciones sin ponerse a cantar; y cuando aparecía algún barco en el mar, izaba su estandarte en el mástil.
Así iba pasando el tiempo, hasta que un día Keawe fue a Kailua para visitar a uno de sus amigos.
Le hicieron un gran agasajo, pero él se marchó lo antes que pudo a la mañana siguiente y cabalgó muy deprisa, porque estaba impaciente por ver de nuevo su hermosa casa; y, además, la noche de aquel día era la noche en que los muertos de antaño salen por los alrededores de Kona; y el haber tenido ya tratos con el demonio hacía que Keawe tuviera muy pocos deseos de tropezarse con los muertos. Un poco más allá de Honaunau, al mirar a lo lejos, advirtió la presencia de una mujer que se bañaba a la orilla del mar; parecía una muchacha bien desarrollada, pero Keawe no pensó mucho en ello. Luego vio ondear su camisa blanca mientras se la ponía, y después su holoku rojo; cuando Keawe llegó a su altura la joven había terminado de arreglarse y, alejándose del mar, se había colocado junto al camino con su holoku rojo; el baño la había revigorizado y los ojos le brillaban, llenos de amabilidad. Nada más verla Keawe tiró de las riendas a su caballo.
—Creía conocer a todo el mundo en esta zona—dijo él. ¿Cómo es que a ti no te conozco?
—Soy Kokua, hija de Kiano—respondió la muchacha—, y acabo de regresar de Oahu. ¿Quién es usted?
—Te lo diré dentro de un poco—dijo Keawe, desmontando del caballo—, pero no ahora mismo. Porque tengo una idea y si te dijera quién soy, como es posible que hayas oído hablar de mí, quizá al preguntarte no me dieras una respuesta sincera. Pero antes de nada dime una cosa: ¿estás casada?
Al oír esto Kokua se echó a reír.
—Parece que es usted quien hace todas las preguntas—dijo ella—. Y usted, ¿está casado?
—No, Kokua, desde luego que no—replicó Keawe—, y nunca he pensado en casarme hasta este momento. Pero voy a decirte la verdad. Te he encontrado aquí junto al camino y al ver tus ojos que son como estrellas mi corazón se ha ido tras de ti tan veloz como un pájaro. De manera que si ahora no quieres saber nada de mí, dilo, y me iré a mi casa; pero si no te parezco peor que cualquier otro joven, dilo también, y me desviaré para pasar la noche en casa de tu padre y mañana hablaré con el.
Kokua no dijo una palabra, pero miró hacia el mar y se echó a reír.
—Kokua—dijo Keawe—, si no dices nada, consideraré que tu silencio es una respuesta favorable; así que pongámonos en camino hacia la casa de tu padre.
Ella fue delante de él sin decir nada; sólo de vez en cuando miraba para atrás y luego volvía a apartar la vista; y todo el tiempo llevaba en la boca las cintas del sombrero.
Cuando llegaron a la puerta, Kiano salió a la veranda y dio la bienvenida a Keawe llamándolo por su nombre. Al oírlo la muchacha se lo quedó mirando, porque la fama de la gran casa había llegado a sus oídos; y no hace falta decir que era una gran tentación. Pasaron todos juntos la velada muy alegremente; y la muchacha se mostró muy descarada en presencia de sus padres y estuvo burlándose de Keawe porque tenía un ingenio muy vivo. Al día siguiente Keawe habló con Kiano y después tuvo ocasión de quedarse a solas con la muchacha.
—Kokua —dijo él—, ayer estuviste burlándote de mí durante toda la velada; y todavía estás a tiempo de despedirme. No quise decirte quién era porque tengo una casa muy hermosa y temía que pensaras demasiado en la casa y muy poco en el hombre que te ama. Ahora ya lo sabes todo, y si no quieres volver a verme, dilo cuanto antes.
—No—dijo Kokua; pero esta vez no se echó a reír ni Keawe le preguntó nada más.
Así fue el noviazgo de Keawe; las cosas sucedieron deprisa; pero aunque una flecha vaya muy veloz y la bala de un rifle todavía más rápida, las dos pueden dar en el blanco. Las cosas habían ido deprisa pero también habían ido lejos y el recuerdo de Keawe llenaba la imaginación de la muchacha; Kokua escuchaba su voz al romperse las olas contra la lava de la playa, y por aquel joven que sólo había visto dos veces hubiera dejado padre y madre y sus islas nativas. En cuanto a Keawe, su caballo voló por el camino de la montaña bajo el risco donde estaban las tumbas, y el sonido de los cascos y la voz de Keawe cantando, lleno de alegría, despertaban al eco en las cavernas de los muertos. Cuando llegó a la Casa Resplandeciente todavía seguía cantando. Se sentó y comió en el amplio balcón y el chino se admiró de que su amo continuara cantando entre bocado y bocado. El sol se ocultó tras el mar y llegó la noche; y Keawe estuvo paseándose por los balcones a la luz de las lámparas en lo alto de la montaña y sus cantos sobresaltaban a las tripulaciones de los barcos que cruzaban por el mar.
«Aquí estoy ahora, en este sitio mío tan elevado», se dijo a sí mismo. «La vida no puede irme mejor; me hallo en lo alto de la montaña; a mi alrededor, todo lo demás desciende. Por primera vez iluminaré todas las habitaciones, usaré mi bañera con agua caliente y fría y dormiré solo en el lecho de la cámara nupcial.»
De manera que el criado chino tuvo que levantarse y encender las calderas; y mientras trabajaba en el sótano oía a su amo cantando alegremente en las habitaciones iluminadas. Cuando el agua empezó a estar caliente el criado chino se lo advirtió a Keawe con un grito; Keawe entró en el cuarto de baño; y el criado chino le oyó cantar mientras la bañera de mármol se llenaba de agua; y le oyó cantar también mientras se desnudaba; hasta que, de repente, el canto cesó. El criado chino estuvo escuchando largo rato, luego alzó la voz para preguntarle a Keawe si toda iba bien, y Keawe le respondió «Sí», y le mandó que se fuera a la cama, pero ya no se oyó cantar más en la Casa Resplandeciente; y durante toda la noche, el criado chino estuvo oyendo a su amo pasear sin descanso por los balcones.
Lo que había ocurrido era esto: mientras Keawe se desnudaba para bañarse, descubrió en su cuerpo una mancha semejante a la sombra del líquen sobre una roca, y fue entonces cuando dejó de cantar. Porque había visto otras manchas parecidas y supo que estaba atacado del Mal Chino: la lepra.
Es bien triste para cualquiera padecer esa enfermedad. Y también sería muy triste para cualquiera abandonar una casa tan hermosa y tan cómoda y separarse de todos sus amigos para ir a la costa norte de Molokai, entre enormes farallones y rompientes. Pero ¿qué es eso comparado con la situación de Keawe, que había encontrado su amor un día antes y lo había conquistado aquella misma mañana, y que veía ahora quebrantarse todas sus esperanzas en un momento, como se quiebra un trozo de cristal?
Estuvo un rato sentado en el borde de la bañera, luego se levantó de un salto dejando escapar un grito y corrió afuera; y empezó a andar por el balcón, de un lado a otro, como alguien que está desesperado.
«No me importaría dejar Hawaii, el hogar de mis antepasados», se decía Keawe. «Sin gran pesar abandonaría mi casa, la de las muchas ventanas, situada tan en lo alto, aquí en las montañas. No me faltaría valor para ir a Molokai, a Kalaupapa junto a los farallones, para vivir con los leprosos y dormir allí, lejos de mis antepasados. Pero ¿qué agravio he cometido, qué pecado pesa sobre mi alma, para que haya tenido que encontrar a Kokua cuando salía del mar a la caída de la tarde?
¡Kokua, la que me ha robado el alma! ¡Kokua, la luz de mi vida! Quizá nunca llegue a casarme con ella, quizá nunca más vuelva a verla ni a acariciarla con mano amorosa, esa es la razón, Kokua, ¡por ti me lamento!»
Tienen ustedes que fijarse en la clase de hombre que era Keawe, ya que podría haber vivido durante años en la Casa Resplandeciente sin que nadie llegara a sospechar que estaba enfermo; pero a eso no le daba importancia si tenía que perder a Kokua. Hubiera podido incluso casarse con Kokua y muchos lo hubieran hecho, porque tienen alma de cerdo; pero Keawe amaba a la doncella con amor varonil, y no estaba dispuesto a causarle ningún daño ni a exponerla a ningún peligro.
Algo después de la media noche se acordó de la botella. Salió al porche y recordó el día en que el diablo se había mostrado ante sus ojos; y aquel pensamiento hizo que se le helara la sangre en las venas.
«Esa botella es una cosa horrible», pensó Keawe, «el diablo también es una cosa horrible y aún más horrible es la posibilidad de arder para siempre en las llamas del infierno. Pero ¿qué otra posibilidad tengo de llegar a curarme o de casarme con Kokua? ¡Cómo! ¿Fui capaz de desafiar al demonio para conseguir una casa y no voy a enfrentarme con él para recobrar a Kokua?».
Entonces recordó que al día siguiente el Hall iniciaba su viaje de regreso a Honolulu. «Primero tengo que ir allí», pensó, «y ver a Lopaka. Porque lo mejor que me puede suceder ahora es que encuentre la botella que tantas ganas tenía de perder de vista.»
No pudo dormir ni un solo momento; también la comida se le atragantaba; pero mandó una carta a Kiano, y cuando se acercaba la hora de la llegada del vapor, se puso en camino y cruzó por delante del risco donde estaban las tumbas. Llovía; su caballo avanzaba con dificultad; Keawe contempló las negras bocas de las cuevas y envidió a los muertos que dormían en su interior, libres ya de dificultades; y recordó cómo había pasado por allí al galope el día anterior y se sintió lleno de asombro. Finalmente llego a Hookena y, como de costumbre, todo el mundo se había reunido para esperar la llegada del vapor. En el cobertizo delante del almacén estaban todos sentados, bromeando y contándose las novedades; pero Keawe no sentía el menor deseo de hablar y permaneció en medio de ellos contemplando la lluvia que caía sobre las casas, y las olas que estallaban entre las rocas, mientras los suspiros se acumulaban en su garganta.
—Keawe, el de la Casa Resplandeciente, está muy abatido—se decían unos a otros. Así era, en efecto, y no tenía nada de extraordinario.
Luego llegó el Hall y la gasolinera lo llevó a bordo. La parte posterior del barco estaba llena de haoles (blancos) que habían ido a visitar el volcán como tienen por costumbre; en el centro se amontonaban los kanakas, y en la parte delantera viajaban toros de Hilo y caballos de Kaü; pero Keawe se sentó lejos de todos, hundido en su dolor, con la esperanza de ver desde el barco la casa de Kiano. Finalmente la divisó, junto a la orilla, sobre las rocas negras, a la sombra de las palmeras; cerca de la puerta se veía un holoku rojo no mayor que una mosca y que revoloteaba tan atareado como una mosca. «¡Ah, reina de mi corazón», exclamó Keawe para sí, «arriesgaré mi alma para recobrarte!»
Poco después, al caer la noche, se encendieron las luces de las cabinas y los haoles se reunieron para jugar a las cartas y beber whisky como tienen por costumbre; pero Keawe estuvo paseando por cubierta toda la noche. Y todo el día siguiente, mientras navegaban a sotavento de Maui y de Molokai, Keawe seguía dando vueltas de un lado para otro como un animal salvaje dentro de una jaula.
Al caer la tarde pasaron Diamond Head y llegaron al muelle de Honolulu. Keawe bajó en seguida a tierra y empezó a preguntar por Lopaka. Al parecer se había convertido en propietario de una goleta—no había otra mejor en las islas—y se había marchado muy lejos en busca de aventuras, quizá hasta Pola-Pola, de manera que no cabía esperar ayuda por ese lado. Keawe se acordó de un amigo de Lopaka, un abogado que vivía en la ciudad (no debo decir su nombre), y preguntó por él. Le dijeron que se había hecho rico de repente y que tenía una casa nueva y muy hermosa en la orilla de Waikiki; esto dio que pensar a Keawe, e inmediatamente alquiló un coche y se dirigió a casa del abogado.
La casa era muy nueva y los árboles del jardín apenas mayores que bastones; el abogado, cuando salió a recibirle, parecía un hombre satisfecho de la vida.
—¿Qué puedo hacer por usted?—dijo el abogado.
—Usted es amigo de Lopaka—replicó Keawe—, y Lopaka me compró un objeto que quizá usted pueda ayudarme a localizar.
El rostro del abogado se ensombreció.
—No voy a fingir que ignoro de qué me habla, míster Keawe—dijo—, aunque se trata de un asunto muy desagradable que no conviene remover. No puedo darle ninguna seguridad, pero me imagino que si va usted a cierto barrio quizá consiga averiguar algo.
A continuación le dio el nombre de una persona que también en este caso será mejor no repetirlo.
Esto sucedió durante varios días, y Keawe fue conociendo a diferentes personas y encontrando en todas partes ropas y coches recién estrenados, y casas nuevas muy hermosas y hombres muy satisfechos aunque, claro está, cuando alguien aludía al motivo de su visita, sus rostros se ensombrecían.
«No hay duda de que estoy en el buen camino», pensaba Keawe. «Esos trajes nuevos y esos coches son otros tantos regalos del demonio de la botella, y esos rostros satisfechos son los rostros de personas que han conseguido lo que deseaban y han podido librarse después de ese maldito recipiente. Cuando vea mejillas sin color y oiga suspiros, sabré que estoy cerca de la botella.»
Sucedió que finalmente le recomendaron que fuera a ver a un haole en Beritania Street. Cuando llegó a la puerta, alrededor de la hora de la cena, Keawe se encontró con los típicos indicios: nueva casa, jardín recién plantado y luz eléctrica tras las ventanas; y cuando apareció el dueño un escalofrío de esperanza y de miedo recorrió el cuerpo de Keawe, porque tenía delante de él a un hombre joven tan pálido como un cadáver, con marcadísimas ojeras, prematuramente calvo y con la expresión de un hombre en capilla.
«Tiene que estar aquí, no hay duda», pensó Keawe, y a aquel hombre no le ocultó en absoluto cuál era su verdadero propósito.
—He venido a comprar la botella—dijo.
Al oír aquellas palabras el joven haole de Beritania Street tuvo que apoyarse contra la pared.
—¡La botella!—susurró—. ¡Comprar la botella!
Dio la impresión de que estaba a punto de desmayarse y, cogiendo a Keawe por el brazo, lo llevó a una habitación y escanció dos vasos de vino.
—A su salud—dijo Keawe, que había pasado mucho tiempo con haoles en su época de marinero—.
Sí—añadió—, he venido a comprar la botella. ¿Cuál es el precio que tiene ahora?
Al oír esto al joven se le escapó el vaso de entre los dedos y miró a Keawe como si fuera un fantasma.
—El precio—dijo—. ¡El precio! ¿No sabe usted cuál es el precio?
—Por eso se lo pregunto—replicó Keawe—. Pero ¿qué es lo que tanto le preocupa? ¿Qué sucede con el precio?
—La botella ha disminuido mucho de valor desde que usted la compró, Mr. Keawe—dijo el joven tartamudeando.
—Bien, bien; así tendré que pagar menos por ella —dijo Keawe—. ¿Cuánto le costó a usted?
El joven estaba tan blanco como el papel.
—Dos centavos—dijo.
—¿Cómo? —exclamó Keawe—, ¿dos centavos? Entonces, usted sólo puede venderla por uno. Y el que la compre... —Keawe no pudo terminar la frase; el que comprara la botella no podría venderla nunca y la botella y el diablo de la botella se quedarían con él hasta su muerte, y cuando muriera se encargarían de llevarlo a las llamas del infierno
El joven de Beritania Street se puso de rodillas.
—¡Cómprela, por el amor de Dios!—exclamó—. Puede quedarse también con toda mi fortuna.
Estaba loco cuando la compré a ese precio. Había malversado fondos en el almacén donde trabajaba; si no lo hacía estaba perdido; hubiera acabado en la cárcel.
—Pobre criatura—dijo Keawe—; fue usted capaz de arriesgar su alma en una aventura tan desesperada, para evitar el castigo por su deshonra, ¿y cree que yo voy a dudar cuando es el amor lo que tengo delante de mí? Tráigame la botella y el cambio que sin duda tiene ya preparado. Es preciso que me dé la vuelta de estos cinco centavos.
Keawe no se había equivocado; el joven tenía las cuatro monedas en un cajón; la botella cambió de manos y tan pronto como los dedos de Keawe rodearon su cuello le susurró que deseaba quedar limpio de la enfermedad Y, efectivamente, cuando se desnudó delante de un espejo en la habitación del hotel, su piel estaba tan sonrosada como la de un niño. Pero lo más extraño fue que inmediatamente se operó una transformación dentro de él y el Mal Chino le importaba muy poco y tampoco sentía interés por Kokua; no pensaba más que en una cosa: que estaba ligado al diablo de la botella para toda la eternidad y no le quedaba otra esperanza que la de ser para siempre una pavesa en las llamas del infierno. En cualquier caso, las veía ya brillar delante de él con los ojos de la imaginación; su alma se encogió y la luz se convirtió en tinieblas.
Cuando Keawe se recuperó un poco, se dio cuenta de que era la noche en que tocaba una orquesta en el hotel. Bajó a oírla porque temía quedarse solo; y allí, entre caras alegres, paseó de un lado para otro, escuchó las melodías y vio a Berger llevando el compás; pero todo el tiempo oía crepitar las llamas y veía un fuego muy vivo ardiendo en el pozo sin fondo del infierno. De repente la orquesta tocó Hiki-ao-ao, una canción que él había cantado con Kokua, y aquellos acordes le devolvieron el valor.
«Ya está hecho», pensó, «y una vez más tendré que aceptar lo bueno junto con lo malo.»
Keawe regresó a Hawaii en el primer vapor y tan pronto como fue posible se casó con Kokua y la llevó a la Casa Resplandeciente en la ladera de la montaña.
Cuando los dos estaban juntos, el corazón de Keawe se tranquilizaba; pero tan pronto como se quedaba solo empezaba a cavilar sobre su horrible situación, y oía crepitar las llamas y veía el fuego abrasador en el pozo sin fondo. Era cierto que la muchacha se había entregado a él por completo; su corazón latía más deprisa al verlo, y su mano buscaba siempre la de Keawe, y estaba hecha de tal manera de la cabeza a los pies que nadie podía verla sin alegrarse. Kokua era afable por naturaleza. De sus labios salían siempre palabras cariñosas. Le gustaba mucho cantar y cuando recorría la Casa Resplandeciente gorjeando como los pájaros era ella el objeto más hermoso que había en los tres pisos. Keawe la contemplaba y la oía embelesado y luego iba a esconderse en un rincón y lloraba y gemía pensando en el precio que había pagado por ella; después tenía que secarse los ojos y lavarse la cara e ir a sentarse con ella en uno de los balcones, acompañándola en sus canciones y correspondiendo a sus sonrisas con el alma llena de angustia.
Pero llegó un día en que Kokua empezó a arrastrar los pies y sus canciones se hicieron menos frecuentes y ya no era sólo Keawe el que lloraba a solas, sino que los dos se retiraban a dos balcones situados en lados opuestos, con toda la anchura de la Casa Resplandeciente entre ellos.
Keawe estaba tan hundido en la desesperación que apenas notó el cambio, alegrándose tan sólo de tener más horas de soledad durante las que cavilar sobre su destino y de no verse condenado con tanta frecuencia a ocultar un corazón enfermo bajo una cara sonriente Pero un día, andando por la casa sin hacer ruido, escuchó sollozos como de un niño y vio a Kokua moviendo la cabeza y llorando como los que están perdidos.
—Haces bien lamentándote en esta casa, Kokua—dijo Keawe—. Y, sin embargo, daría media vida para que pudieras ser feliz.
—¡Feliz!—exclamó ella—. Keawe, cuando vivías solo en la Casa Resplandeciente, toda la gente de la isla se hacía lenguas de tu felicidad; tu boca estaba siempre llena de risas y de canciones y tu rostro resplandecía como la aurora. Después te casaste con la pobre Kokua y el buen Dios sabrá qué es lo que le falta, pero desde aquel día no has vuelto a sonreír. ¿Qué es lo que me pasa? Creía ser bonita y sabía que amaba a mi marido. ¿Qué es lo que me pasa que arrojo esta nube sobre él?
—Pobre Kokua—dijo Keawe. Se sentó a su lado y trató de cogerle la mano; pero ella la apartó—.
Pobre Kokua —dijo de nuevo—. ¡Pobre niñita mía! ¡Y yo que creía ahorrarte sufrimientos durante todo este tiempo! Pero lo sabrás todo. Así, al menos, te compadecerás del pobre Keawe; comprenderás lo mucho que te amaba cuando sepas que prefirió el infierno a perderte; y lo mucho que aún te ama, puesto que todavía es capaz de sonreír al contemplarte.
Y a continuación, le contó toda su historia desde el principio.
—¿Has hecho eso por mí?—exclamó Kokua—. Entonces, ¡qué me importa nada!—y, abrazándole, se echó a llorar.
—¡Querida mía!—dijo Keawe—, sin embargo, cuando pienso en el fuego del infierno, ¡a mí sí que me importa!
—No digas eso—respondió ella—; ningún hombre puede condenarse por amar a Kokua si no ha cometido ninguna otra falta. Desde ahora te digo, Keawe, que te salvaré con estas manos o pereceré contigo. ¿Has dado tu alma por mi amor y crees que yo no moriría por salvarte?
—¡Querida mía! Aunque murieras cien veces, ¿cuál sería la diferencia?—exclamó él—. Serviría únicamente para que tuviera que esperar a solas el día de mi condenación.
—Tú no sabes nada—dijo ella—. Yo me eduqué en un colegio de Honolulu; no soy una chica corriente. Y desde ahora te digo que salvaré a mi amante. ¿No me has hablado de un centavo? ¿Ignoras
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